España hueca IV – Un recorrido por libros (muy) poco transitados

Difunde cultura

La lectura es una actividad fundamentalmente solitaria, y la gente tiene espanto a la soledad. Entre las insignificantes inquietudes culturales, la adicción a las redes sociales, el cultivo orgulloso de la ignorancia, la búsqueda incesante de esa entelequia absurda llamada felicidad (happycracia) y un largo etcétera, es normal que vivamos con pánico el refugio individual y queramos en todo momento compartir con propios y ajenos cualquiera de nuestras actividades (viajes, comidas, fiestas varias, malestares de todo tipo, el tedioso desarrollo biológico de bebés, niños y otras criaturas, el último pedo que nos hemos tirado…).

En este país no lee ni Dios. No existe una cultura de la lectura. Los pocos que leen lo suelen hacer por afición propia autodidacta, por haberse criado en una familia lectora que crea el hábito (como es mi caso) o por tener un nexo con el ámbito laboral o académico (lo cual suele degenerar en lecturas clónicas, monotemáticas e idiotizantes). En general somos más opinadores que lectores y nos encanta juzgar de oídas, normalmente por afinidades ideológicas, estéticas o dogmáticas aunque tengamos las estanterías llenas de libros para presumir de decoración “intelectual”. Como si el interiorismo engalanado de nuestra casa nos contagiara la cultura necesaria para entablar conversaciones triviales con hipsters a los que invitamos a un brunch los domingos: los pobrecillos cuando cogen uno de esos libros “decorativos” suelen estornudar por el polvo acumulado en las tapas duras con letras doradas y de colorines chillones (o acaso han desarrollado una alergia crónica a la celulosa debido a su desbordante pasión tecnófila “eco-friendly” por los e-books).

Se habla mucho de autores “mainstream”, pero se leen (muy) poco. Existen algunas obras literarias sobre la España rural (vinculadas con la despoblación) que se mueven entre lo “canónico” y lo marginal (las primeras están olvidadas, las segundas ni tan siquiera han existido); en este artículo hablaré de las excluidas, descartadas, repudiadas (son muchas más de las que aquí nombro) que han vivido siempre al margen de otras más populares y bajo mi percepción son dignas de ser reivindicadas. Por lo tanto no esperen encontrar en este texto recomendaciones de Cervantes, Cela, Delibes, los Aldecoa, Sender, Pardo Bazán, Galdós, Baroja, Azorín, Martín Gaite, Valle-Inclán etc. autores fantásticos que adoro, algunos con gran éxito editorial y otros con una popularidad bastante generalizada (aunque soy consciente que casi nadie los lee hoy), pero voy a tratar de dar visibilidad a unos pocos de los que permanecen y han permanecido en el oscurantismo divulgativo (a veces por pura ignorancia y otras por elitismo académico o intelectual).

Diario de una maestra (1961) de Dolores Medio es una magnífica novela, narrada a modo de diario pero con narrador omnisciente: Irene ejerce como maestra en un pueblo recóndito de Asturias justo cuando comienza la guerra civil, y allí sus ideas republicanas, renovadoras e inconformistas chocarán con el conservadurismo y la mezquindad de un pueblo política y culturalmente hueco. “Irene Gal no oye los comentarios que a su paso va levantando, pero sabe lo que la gente dice y lo que piensa. La psicología de un pueblo no se diferencia de la de otro pueblo. Y los pueblos reciben siempre con recelo toda innovación, cualquier intento de rebeldía… Y está también la política, la pequeña política, que ha convertido cada pueblo, cada aldea, cada familia, en un avispero”. Obra comprometida de una ganadora del Premio Nadal que ahora está prácticamente ignorada.

Decía García Hortelano que los libros de Juan Benet son como una expedición en solitario a la alta montaña. En su novela Volverás a Región (1967) Benet retrata el paisaje demoledor y demolido de un territorio literariamente inventado: Región, y las consecuencias que la guerra civil tuvo en él. Este universo característicamente faulkeriano se alimenta de imágenes y metáforas desconcertantes que parecen aunar a Burroughs y Lynch en una conciencia narrativa pre-rizomática (las figuras de Deleuze y Guattari son alargadas): “La Sierra de Región se presenta como un testigo enigmático, poco conocido e inquietante, de tanto desorden y tanto paroxismo: un zócalo y unos alrededores kársticos y permeables inducen a pensar en una tardía mudanza, un viaje al exilio”; “Una guerra civil, en un país en ruinas, es siempre así: es preciso esperar —en el seno de cada sorprendido corazón— a que los reactivos del coraje, el rencor, los resentimientos, el deseo de venganza, el afán por el valor, transformen la emulsión de lechosos copos en un precipitado de violenta coloración”. Novela experimental que creó escuela generacional. Imprescindible.

Siguiendo la aventura narrativa de Benet el escritor Luis Mateo Díez crea su imponente trilogía El reino de Celama (2002), compuesta cronológicamente por: El espíritu del páramo, La ruina del cielo y El oscurecer. El territorio mítico de Celama es una inmensa alegoría de un monumental mundo rural, su memoria y el fatal destino de su desaparición; las primeras líneas del primer libro son una declaración de intenciones literarias: “Lo que pudiera contar es casi lo mismo que lo que pudiera recordar de un sueño, o de un mal sueño para ser más exacto. A veces pienso que un memorial sería lo más adecuado: poner sencillamente las palabras al servicio de los recuerdos, ordenadas con el único fin de que el olvido no se haga dueño y señor de ese reino de la nada en que se convertirá Celama”. La libertad narrativa de Díez es asombrosa: prosa descriptiva, relato, ensayo, poesía, teatro… En el segundo libro es particularmente fascinante la versión libre de Antígona que compone en el capítulo 49, con el discurso de Creón sobre el cainismo típicamente español: “Dos hermanos se matan. ¿Adónde vamos a llegar? Razones, resentimientos, sórdidas y oscuras determinaciones, desigualdades, envidias. Se matan los hermanos y acaban matándose los pueblos. Se matan los hermanos y, en el seno de las familias, es el efecto de las mismas guerras civiles, fratricidas, un ejemplo que hay que cortar por lo sano”. Obra colosal, magnética y pletórica.

Ángel María de Lera retrató de manera muy fidedigna la emigración en la época de posguerra principalmente en dos novelas: Hemos perdido el sol (1963) y Tierra para morir (1964); esa emigración que tuvo su reflejo en la despoblación de las zonas rurales españolas. Cuando comenzó la industrialización tardía a partir de 1960 este proceso fue acelerándose cada vez más. De Lera reproduce tanto la emigración nacional (del pueblo a la ciudad) como la internacional (marchas a otros países europeos). En Tierra para morir: “Al mismo tiempo, empezó la emigración. Primero a Bilbao, Avilés, Barcelona y Madrid. Después, a Francia y, por último, a Alemania, a Suiza… Todos los hombres, e incluso las muchachas, en edad de trabajar se fueron marchando. Uno tiraba de otro y parecía que la cadena no tendría nunca fin. Una especie de agonía empezó a arrastrarse por las calles del pueblo, cerrando las casas una tras otra. Igual que una epidemia. Igual que cuando el cólera o la gripe mala”. En Hemos perdido el sol: “Todos habéis venido sin la menor idea de lo que os esperaba. Solo os han hablado de marcos, de libertad sexual… Pero nada de las dificultades del idioma, ni de los inevitables problemas familiares, ni de las costumbres de estas gentes, tan distintas a las nuestras en muchas cosas, ni de la escasez de viviendas…con tanta divisa como producen los emigrantes, se tendría que haber establecido un sistema de protección y orientación eficaz más allá del Consulado y de la Cáritas. Se evitarían muchas cosas, entre ellas el que la emigración no se convirtiera muchas veces en un mercado de carne”. Su estilo directo, barojiano y repleto de diálogos roza la crónica, de hecho de Lera colaboró en algunos periódicos durante su vida profesional. Excelentes novelas de un autor vital en la narrativa realista de posguerra.

Novela de una potencia, energía e intensidad tremendas es Viento del Norte (1950) de Elena Quiroga. La Galicia rural y su paisaje actúan como un personaje más en esta obra enorme donde lo onírico, los mitos rurales y la tragedia desbordante nos recuerdan a una Emily Brontë con rasgos lorquianos y a veces valle-inclanescos. Un universo cerrado en un entorno rural tan bello como estremecedor. “¿Qué decía la lluvia? El agua que genera era simple y mansa como una aldeana. Álvaro supo que lo que importa siempre es lo verdadero, lo recóndito, los primeros trazos, los seres humanos sin careta, con la nobleza de lo humilde, con lo entrañable de la carne”. Con esta exultante y poética novela ganó el Premio Nadal una autora hoy en día excluida del canon.

Conectando con esa magnitud poética, trágica y simbólica Víctor Catalá (seudónimo de Caterina Albert i Paradís) publicó en 1905 su apoteósica novela Soledad. La protagonista Mila se marcha junto a su marido a vivir como guardeses de una ermita en las montañas del Pirineo catalán; aislados en el escarpado paraje rural se desatan conflictos internos y externos generando una narración cargada de un lirismo alegórico enormemente sugerente. Comparada con Cumbres borrascosas, Anna Karenina o Madame Bovary, Soledad es una rareza desconocida verdaderamente soberbia. “Mila paseó detenidamente la mirada por el paisaje. Todo cuanto abarcaba con la vista presentaba un color gris ceniciento, uniforme, compacto y apagado: el melancólico cielo de aquel día nublado, la gran montaña que iba a confundirse con aquél allá en la altura, y la densa niebla que de medio monte abajo lo ocultaba todo, formas, límites y horizontes”.

Que la política económica medioambiental ha contribuido claramente a la desaparición de municipios y pueblos es un hecho. Jesús Moncada lo narra de manera magistral en su novela Camino de Sirga (1988). Nos cuenta la historia de su pueblo Mequinenza (municipio de Zaragoza) durante un siglo. Gracias a su ubicación a las orillas del Ebro y muy cerca del Segre era una villa con una gran cuenca minera y bastante comercio fluvial, pero en 1957 comenzó la construcción del pantano de Ribarroja hasta su terminación en 1971, modificando por completo el curso del río y dejando al pueblo sin motor económico, sumido en la desgracia y naufragando en las aguas del pantano. En el epílogo del libro que Moncada titula Exilio sin regreso: “Poco antes del cierre de las compuertas del pantano de Ribarroja, la lluvia se descolgó con violencia sobre la villa demolida y desierta. Las barrancas de la sierra del Castillo se precipitaron con furia sobre los muelles, rompieron las amarras podridas del cementerio y los dispersaron. A la deriva en un Ebro furioso que había olvidado los surcos de las quillas y la cadencia de las remas, zozobraron por cuellos y piedras. El Verge del Carme se astilló frente a la Isla de los Trece Santos, la proa se atascó entre los álamos de la orilla. Cuando el río dejó, nadie reconoció los restos de la nave; el rebaño de la riada había borrado las letras del tercer nombre. El viejo Neptú, botado con discursos, banderas y música en el muelle de las Viudas uno de los días esplendorosos de L’Edèn, era para siempre una carcasa anónima de madera muerta”.

Si hay una novela que ha sabido condensar la experiencia emocional y sociológica de la mujer en el mundo rural, y la posterior emigración a la gran ciudad con el trasfondo de la guerra civil tal vez sea Pedra de tartera (Canto rodado) (1985) de la escritora María Barbal. Con un lenguaje sucinto, preciso y sobrio Barbal crea en esta noveleta un espacio de expresión narrativa tan desnudo que sus pocas páginas logran generar desasosiego, congoja y al mismo tiempo una ternura que para nada es gratuita. “Los de ciudad son hechos diferentes, son un poco melindrosos en lo de la comida y enseguida les parece que son los grandes señoríos. Sólo con trabajar detrás de un mostrador, ya se les sube a la cabeza. Esto lo explicaban los tíos y yo me lo creía de cabo a rabo, pero me gustaba que los primos de Barcelona subieran cada año, porque era una alegría ver cómo llenaban la casa y se abrazaban a los tíos secando alguna lágrima y repetían: ¡esta chica cada vez se hace más bonita y qué cabello más ondulado y bonito que tiene!”. Un pequeño tesoro.

Dejo las novelas por un momento para hablar de cuentos con júbilo narrativo galaico-portugués de la mano de Xosé Luís Méndez Ferrín, escritor de los espléndidos relatos Arraianos (1991): “Está poblado este libro de gentes transgresoras que se mueven entre montañas y por navas y eriales en las que el poder político pusiera un día una Raya imaginaria que nunca logró separar totalmente al pueblo que llamamos portugués de su Norte gallego, y viceversa. Los hombres y las mujeres de La Raya fueron llamados «arraianos», y lo siguen siendo a su paso por los cuentos aquí reunidos”. La narración es un constante desarrollo en la indagación de la frontera geográfica y su deconstrucción como límite. Componiendo los diversos relatos con hechos históricos y mitos populares gallegos, jugando con las leyendas transfronterizas gallegas y portuguesas, íberas al fin y al cabo. Un asombroso disfrute.

Un personaje típicamente español, que sigue vigente en nuestros días, es el cacique. Estos señores feudales tuvieron (y tienen) una relevancia nuclear en el uso puramente crematístico del entorno rural que gobernaban (y siguen gobernando): desde la explotación meramente agrícola de la tierra hasta la urbanización de todo tipo de terreno con fines turísticos o habitacionales. Un deconstruccionista posmoderno podría decir que hay un “subgénero” de personajes caciquiles en nuestra literatura. Jarrapellejos (1914) es el paradigma por antonomasia. Felipe Trigo es un escritor prácticamente desaparecido de los cánones literarios de nuestro país; el subtítulo que puso a su novela es fabuloso: Jarrapellejos. Vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo. “Y encima, flotando con la siniestra sombra de un murciélago brutal, Jarrapellejos, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero…putrefacción, fermentación que iba corrompiendo lo sano y asimilándose lo que ya quedase bien podrido. A los presidiarios se les hacía guardas de la cárcel y serenos. A los arruinados por el vino y por el juego, alcaldes. Al que resistíase un tanto en su innata probidad y estorbaba un poco, diputado… Siempre el agasajo y el favor como germen de fermento”. La España del capitalismo de amiguetes, del cortijo y el amparo del terrateniente, de la sordina de la corruptela, de los reyezuelos de provincias ¿os suena? Obra que debería ser de lectura obligatoria cada año.

Siguiendo la estela de este “subgénero” apareció en 1963 El cacique de Luis Romero, escritor inexistente incluso para el mundillo literario. Novela de una socarronería, sarcasmo y humor negro que podría haber firmado Azcona y filmado Berlanga. Muere el cacique del pueblo, y Romero narra con maestría el día del entierro, mostrando la cobardía de una sociedad enclaustrada en el bienestar de la protección caciquil y ahogada en su propia impotencia, que da la bienvenida reverenciando al nuevo cacique sin rechistar. Diálogos afilados como cuchillos. Una joya. “Después de pronunciadas las palabras, el Gobernador ha hecho una breve reverencia a los hijos del finado, y, sorteando las tumbas, avanza en dirección a don Froilán. Al llegar frente a él le sonríe y le tiende la mano. Todos contemplan la escena. El Alcalde, con sus colegas, se aproximan también a don Froilán. Muchos de los presentes le rodean, pugnan por estrecharle la mano o por hablarle; él se mantiene grave, atento pero distante”.

De sepelio caciquil también va la extraordinaria novela La espuela (1965) escrita por Manuel Barrios, finalista del premio Nadal en un par de ocasiones y absolutamente olvidado hoy. Obra de un aire faulkeriano donde los personajes que vivieron junto a Enrique Medina, cacique y terrateniente andaluz, lo recuerdan en el día de su entierro; conforme pasan las horas el mito aristócrata del señorito andaluz va cayendo por su propio peso. “No había que olvidar la astucia de Enrique para envolver a los demás cuando se lo proponía. Su misma pasión por las cosas sugestionaba, y un curita de pueblo, con menos mundo que años, caería pronto en la trampa, ganado por las apariencias. Enrique Medina: un hombre que hacía obras de caridad sin que su mano izquierda supiera lo que hacía su derecha”. El uso de la analepsis en la narrativa es exquisito.

Propina: gracias a Juan Manuel de Prada (amante de los escritores malditos) descubrí al olvidado entre los olvidados, al verdadero “ghost writer”, al indecoroso jamás recomendado por los circuitos literarios especulativos o experimentales, el gran Silverio Lanza (heterónimo de Juan Bautista Amorós). Su figura da para un artículo monográfico así que desde aquí recomiendo su obra completa prologada por el propio de Prada. Una absoluta gozada. Para abrir boca, de esta manera discordante se definía “ideológicamente” Silverio Lanza: “Yo soy anarquista porque deseo la falta de todo gobierno basado en el caciquismo, y como éste es indispensable mientras influyan en la política (voten) gentes sin instrucción, sin educación, sin responsabilidad moral o material, sin civismo y sin conciencia de sus actos, soy anarquista circunstancial para todos los partidos demócratas, y en España no hay políticos (incluso los carlistas) que no prediquen, con buena o mala fe, una democracia que no mejora nada, ni aun las condiciones morales y materiales de los electores infravertebrados, y que sólo beneficia a los caciques y a sus protegidos. En esencia no soy anarquista, porque armonizo el individualismo con el colectivismo mediante la resobada frase: Todos para cada uno y cada uno para todos: conque niego la ciudadanía de quien no se sacrifica por todos (Sociedad, Estado) y niego el Estado que no se sacrifica por cada individuo. Desde que admito la sociedad, admito su gobierno, su forma de gobierno y su personal Gobierno; pero quiero el gobierno dirigido por la aristocracia intelectual, formada por la aristocracia del saber, del trabajo y de la virtud”.

*Gracias a Carol por su inestimable ayuda en la revisión y corrección de este texto.


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