Breves divagaciones sobre el nacimiento

Difunde cultura

Me cago en esta vida

que acabo de empezar

me cago en este día y me cago en este par

de juláis que esperan la felicidad

trayendo a este mundo a uno

que no pidió entrar”


Alegría, canción de apertura de Gas (1996) disco de Los Enemigos

¡Que levante la mano quien pidió nacer! (…) ¿Nadie?

Tanto nacimiento como muerte han sido considerados regalos divinos durante siglos (y aún hay gente que lo considera así): Dios te da la vida y Dios te la quita. Cuando la sociedad occidental se seculariza las interpretaciones del nacimiento y la muerte se bifurcan: la muerte se convierte en un hecho con capacidad de agencia por parte de lo humano. Aunque la muerte sea inevitable los seres humanos podemos, al menos, darle un sentido y escoger las razones por las que morir: por un futuro mejor, por la humanidad, por Dios, por la patria, por nuestros hijos, por la democracia, de manera cobarde o heroica, por causas nobles o miserables, incluso podemos optar por el suicidio, etc. Además se cuestiona el problema ontológico y metafísico de la muerte por parte de la consciencia humana y se filosofa sobre ello. En cambio el nacimiento se convierte en un acto puramente biológico, “natural”, casi apartado de lo humano, debe darse por cuestiones de supervivencia de la especie y no se ofrece un planteamiento filosófico sobre ello. ¿Por qué nacemos? ¿Es inevitable como la muerte? ¿Qué éramos antes de nacer?… ¡Bah! Nacemos y punto, es algo “natural”, como nacen los caballos, los perros o los ratones.

Nacer es un verbo deponente activo, esto es, un verbo que, en latín, sólo tiene forma pasiva pero se traduce en voz activa en las lenguas romances. Se cambia su verdadero significado: de ser nacido se pasa a nacer. El ejemplo más popular que respeta el significado pasivo primigenio de ser nacido es to be born, se conjuga el verbo to be conservando la forma pasiva. En inglés no existe nacer como verbo: uno es nacido, la condición gramatical de nacer no es verbal, es adjetival. En los idiomas donde nacer tiene el falso significado activo parece que uno tuvo la voluntad de nacer: yo nací tal día de tal mes de tal año. Nada de eso. Fuiste nacido. Fuiste dado a luz. Nuestra voluntad de nacer no existe.

Si la capacidad de elegir es una parte fundamental de lo que consideramos humano el nacimiento es la contradicción primigenia, puesto que la criatura que es nacida no elige. El primer determinismo que se nos presenta es el hecho de venir a este mundo sin nuestro permiso. Somos forzados a existir. En sentido heideggeriano somos “arrojados al mundo”. En el pasaje Dasein, aperturidad y verdad de su obra magna Ser y tiempo Heidegger se pregunta: “¿Ha decidido alguna vez el Dasein libremente y por sí mismo, y podrá decidir jamás, si quiere o no venir a la «existencia»?”. Nadie puede justificar haber nacido ni a nadie se le debería pedir que lo hiciera. Las preguntas: “¿qué derecho tienes a existir?” o “¿por qué has nacido?” no tienen sentido aplicadas al bebé. En todo caso estas preguntas deben dirigirse a los progenitores y más concretamente a las mujeres como potenciales madres: “¿por qué querrías tener un hijo?” o “¿por qué no querrías tener un hijo?”. Lógicamente la aparición de los anticonceptivos y la biotecnología han facilitado la elección de las mujeres con respecto a su decisión de tener descendencia. Las sucesivas crisis económicas y la (auto)esclavitud laboral como modo de vida neoliberal, han influido en las decisiones de no tener hijos y en el consecuente invierno demográfico de las democracias occidentales. Pero quitando de la ecuación estas dos premisas, que siempre se ponen como una suerte de justificación condescendiente a la hora de no tener prole, sería interesante plantear cuestiones que vayan más allá. ¿Es rechazable una filosofía de vida en la que de manera razonada y consecuente se opte por no tener descendencia?

¿Sigue estando mal visto hoy día que una mujer no quiera ser madre? Volvamos a la cuestión de tratar el nacimiento como algo “natural”, biológico. Curiosamente en inglés la palabra birth tiene el significado de nacimiento y también de parto. Es indisociable el ser nacido del parir. La criatura que viene al mundo es parida por una persona histórica, cultural y socialmente construida, igual que lo será esa criatura. La determinación biologicista que interpreta el nacimiento humano como algo “natural” es una reducción que no nos distingue de ningún otro mamífero en el reino animal. Pareciese que una mujer da a luz como una hembra babuino, una gata o una cobaya. Esto carece de sentido. No hay nada más artificial que dar a luz en el paritorio de un hospital, en una piscina de partos o en casa (parto domiciliario). El ser humano no es un ser natural. La biología no es la Naturaleza. Por otro lado el ser humano es el único animal que posee “conciencia autoconsciente” y su mayor expresión es que somos conscientes de nuestra propia finitud. Por lo tanto la mujer como ser humano es consciente de su finitud y de la finitud de la criatura que puede o no dar a luz, y elige o no traer al mundo una nueva vida dependiendo de múltiples factores, ya sean económicos, políticos, filosóficos, culturales, fisiológicos… esto no tiene nada que ver con la Naturaleza.

En su famoso texto Birth and Death la filósofa Virginia Held sostiene: Si una mujer decide quedarse embarazada, o seguir con un embarazo, está tomando una decisión que sólo un ser humano consciente puede adoptar, y el nacimiento resultante es absolutamente diferente al acto natural de un nacimiento no humano. Interpretar el parto humano como fundamentalmente biológico es tan engañoso como interpretar la vida y la muerte humanas como absolutamente biológicas. Por supuesto que son también biológicas, pero se trata únicamente de su atributo primario en algunos contextos limitados, como en un contexto médico, o sólo uno de entre muchos puntos de vista, como el de la biología. En ese sentido, si hemos llegado a reconocer que en la vida y en la muerte humana hay algo más que lo que podamos llegar a comprender con un marco biológico, de igual modo deberíamos reconocer que en el parto humano ocurre lo mismo. Por encima de todo, dar a luz es más humano, porque se puede elegir evitarlo, mientras que la muerte, al final, es inevitable”. Paradójicamente, se puede elegir la manera de morir aunque sea inevitable, pero no se puede elegir ser nacido aunque sea evitable.

La filósofa Iris Marion Young comenta en su texto Pregnant Embodiment: Subjectivity and Alienation: “El embarazo no pertenece a la mujer. Es o bien el estado del feto en desarrollo, que la mujer contiene, o es un proceso objetivable y observable desde un escrutinio científico, o se cosifica a la mujer en si misma, como una condición biológica o fisiológica… El embarazo omite la subjetividad”. Esta cosificación de la mujer como mera receptora o incubadora tiene una relación directa con los mitos culturales del parto como suceso natural o acontecimiento divino donde ambas visiones se solapan en una suerte de intervención panteísta-sobrehumana: dar a luz es un milagro”. La concepción cultural de la mujer desde la perspectiva erótico-maternal refuerza el pensamiento de que toda mujer desea ser madre, reduciendo su meta vital a una única característica biológica que proviene de una idealización patriarcal, una percepción casi metafísica e ideológica de la mujer como procreadora universal, como diosa de la fertilidad, mami del rebaño que prepara la comida y cuida a su prole. Curiosamente esta reducción biologicista-mítica de la mujer pasa por alto lo que realmente sucede en la biología, fisiología y anatomía de los cuerpos femeninos. Recordemos lo que escribía el más dotado de los psicólogos junguianos Erich Neumann en su libro La Gran Madre: “La Gran Diosa exige en todas partes sacrificios, porque los momentos decisivos en la vida de la mujer (menstruación, desfloración, concepción y parto) están íntimamente ligados a un sacrificio de sangre”. La sangre como lo sucio, lo impío, lo que hay que ocultar porque una mujer-madre ideal debe ser (y ha sido históricamente representada) pulcra, higiénicamente pura, virginalmente angelical. Esa sangre es también indicativa del paralelismo entre lo naciente y lo moribundo, la luz y la sombra, la vida y la muerte. Esto ha generado tabúes, leyendas y miedos tanto en el mundo mítico-religioso (pre-moderno) debido a supersticiones, creencias y fetichismos como en el mundo sanitario-hospitalario (moderno y posmoderno) con su visión aséptica, esterilizada, cosificante e hipercientificista.

En su enorme estudio comparativo de las mitologías, Joseph Campbell comenta en su primer tomo Mitologías primitivas en el capítulo 2 Las huellas de la experiencia en el apartado La fuerza estructurante de la vida sobre la tierra: “En mitología, por supuesto, la imagen del nacimiento por el útero es una figura extremadamente común para el origen del universo, y la unión sexual que debe haberlo precedido se representa en el acto ritual así como en historia. Además, el funcionamiento misterioso (uno puede incluso decir mágico) del cuerpo femenino en su ciclo menstrual, en el cese del ciclo durante el período de gestación y en la agonía del nacimiento —y la aparición de un nuevo ser— es seguro que ha dejado huellas profundas en la mente. El miedo a la sangre menstrual y el aislamiento de las mujeres durante sus períodos, los ritos del nacimiento, y todo el saber mágico asociado con la fecundidad humana, ponen de manifiesto que nos encontramos en el campo de uno de los mayores centros de interés de la imaginación humana. En el más temprano arte ritual la forma femenina desnuda se encuentra continuamente, mientras que el hombre está normalmente ornamentado o enmascarado, como chamán o cazador, en la representación de algún acto. El miedo a la mujer y el misterio de su maternidad han sido para el hombre unas fuerzas que dejan huella, no menos impresionantes que los miedos y misterios del mundo de la naturaleza. Y se pueden encontrar en las mitologías y en las tradiciones rituales de toda nuestra especie innumerables ejemplos de los implacables esfuerzos del hombre para relacionarse afectivamente —en la forma, por así decir, de una cooperación antagonista— a estas dos fuerzas extranjeras y sin embargo íntimamente necesitadas: la mujer y el mundo”.

El antinatalismo es una visión filosófica que está éticamente en contra de la reproducción y del nacimiento de seres humanos. Esta filosofía bebe de varias corrientes, desde el pesimismo nihilista schopenhaueriano (mal interpretado) hasta el utilitarismo negativo pasando por el nirvana budista como ejemplo de ausencia de voluntad (no muy bien entendido). El filósofo más interesante de este movimiento es el argentino Julio Cabrera, que con una terminología heideggeriana, en su libro Critica de la moral afirmativa: una reflexión sobre nacimiento, muerte y valor de la vida escribe sobre la procreación: “En situaciones intramundanas, se considera que obramos de manera moralmente reprobable cuando colocamos a alguien en una situación que sabemos dolorosa pudiendo evitarlo. ¿Qué impide aplicar este criterio valorativo al acto de la procreación, siendo que, a la luz de la ontología natural, disponemos de abundante información estructural acerca del posible naciendo, referente a su desamparo estructural y al dolor —y consiguiente inhabilitación moral— que inevitablemente le acompañarán? Si es verdad que el humano es un ser-para-la-muerte, ¿qué sentido tiene hacer nacer a alguien para que sea-para-la-muerte?”. Según el polémico filósofo David Benatar tener hijos es básicamente como un esquema Ponzi y en su libro El dilema humano expone: “Los hijos son una forma de conseguir un cierto sentido terrenal. Sin embargo, esta no es una justificación suficiente para procrear. La razón más importante es que tener hijos para procurarse cosas positivas supone participar en un esquema Ponzi procreador. Cada generación crea otra nueva para mitigar su situación existencial vacía. Como todos los esquemas Ponzi, este tampoco terminará bien. Habrá inevitablemente una última generación. Cuanto antes sea esta última generación, menos gente se verá arrojada a la existencia y, por tanto, al dilema humano”. Para Benatar el dilema humano es la ausencia de sentido cósmico, la finitud vital (ni siquiera la inmortalidad sería buena), la mala calidad de vida (llena de dolor) y su irrelevancia. Este dilema es irresoluble, ni tan siquiera el suicidio lo soluciona ya que la muerte forma parte del dilema humano, es intrínseca a este, por lo tanto para él la única solución es no llegar a existir, acabar con la natalidad.

¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!

Apurar, cielos, pretendo,

ya que me tratáis así,

qué delito cometí

contra vosotros naciendo;

aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido.

Bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor;

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido”.


Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño (Jornada primera, escena segunda), 1635

La filósofa de la natalidad por antonomasia es Hannah Arendt (paradójicamente, o no, Arendt no tuvo hijos), en su tesis doctoral El concepto de amor en San Agustín escribe: “El hecho decisivo definitorio del hombre como ser consciente, como ser que recuerda, es el nacimiento o “natalidad”, o sea, el hecho de que hemos entrado al mundo por el nacimiento”. Para Arendt la vida humana, venida al mundo por el nacimiento y dispuesta a la transformación, al acontecimiento del cambio y la mudanza, no es un atributo del inmutable Ser, sino del devenir por la trasformación: es un acontecimiento de la natalidad, es decir, el nacimiento y el milagro de nuestros comienzos creativos son los que nos moldean de manera indeleble y demuestran nuestra capacidad para actuar creativamente en el mundo. Aquí Hannah Arendt argumenta lo contrario que Heidegger (fueron amantes durante 3 años y luego siguieron siendo amigos a pesar de las diferencias ideológicas); mientras que Heidegger fue el filósofo de la muerte, Arendt lo fue del nacimiento. Sin embargo, ¿no empieza uno a morir precisamente cuando nace? La paradoja más evidente de dar vida es que al mismo tiempo se da muerte, cada nacimiento es una muerte en espera. En las tumbas se suele grabar la fecha en que nacieron y murieron los difuntos. La propia vida se indica a menudo con un simple guion entre la fecha de nacimiento y la de la muerte. Esa linealidad temporal indica una correspondencia entre nacimiento y muerte: son las dos fechas que más se rememoran en el recorrido vital humano. En el sentido más vital de la filosofía antigua, desde Sócrates hasta Cicerón o Séneca, filosofar (vivir) es aprender a morir. En sus Ensayos Montaigne escribe en el capítulo 19 del libro primero que filosofar es aprender a morir citando a Séneca: “Prima, quae uitam dedit, hora carpsit. Nascentes morimur, finisque ab origine pendet. (La primera hora, que nos dio la vida, nos la arrancó. Al nacer morimos, y el fin deriva del origen)”.

Desde nuestro eurocentrismo judeo-cristiano neoliberal vemos el nacimiento como la posibilidad de una vida nueva e individual, con carácter de futuro, una vida por formar, que debe ser guiada para ser rentable en términos de felicidad, comodidad, bienestar, prosperidad y sobre todo cuenta bancaria. En Oriente hay otras cosmovisiones; por ejemplo, según las nociones budistas de la reencarnación, nuestra vida presente es sólo una dentro de una larga sucesión de vidas. El lugar que uno ocupa en el mundo actual está determinado por el propio karma de cada uno. Es decir, el nacimiento de un individuo no es el resultado de un accidente, ni tampoco es decisión de un dios que premia o castiga; al contrario, es la consecuencia de las acciones intencionales que el individuo hizo en el pasado, las buenas y las malas. La creatio ex nihilo que nos propone nuestra cultura occidental fue lo que rechazó Schopenhauer para abrazar la cultura hindú y el budismo. Se tiende a representar a Schopenhauer como un pesimista nihilista y es cierto que se valía de una metodología pesimista, pero no era su finalidad. Su pesimismo era un recorrido, un viaje, un trayecto vital para llegar al verdadero acto de pura libertad: dejar de desear. Lo explica maravillosamente Roberto Rodríguez Aramayo en su libro Schopenhauer: la lucidez del pesimismo. En el preámbulo escribe: “Schopenhauer nos ofrece la crónica del viaje de la vida. La voluntad sería un caminante que ve iluminada su senda por la luz del intelecto. Gracias a esa luz logra vislumbrar que ha llegado al borde de un abismo y que por lo tanto su ruta es errónea, por lo que decide darse la vuelta y retroceder al punto de partida”. En un aforismo de sus Manuscritos berlineses Schopenhauer expresa: “El punto final de la persona es tan real como su comienzo y, en este sentido, tras la muerte no pasamos a ser sino lo que ya éramos antes del nacimiento”. Cuando morimos volvemos al lugar del que procedemos: la no existencia. Nacer es morir. Morir es nacer. Schopenhauer es más un asceta místico que un pesimista gruñón y resentido.

El nacimiento se ha interpretado de manera happyflower y happycrática como un proceso de libertad. Supuestamente se le da libertad a un nuevo ser, se le da la oportunidad de hacerse una persona de “provecho”, tomar sus propias decisiones, definirse, (auto)crear(se)… Este pensamiento, que roza la cursilería existencial, provocaría la ira de Cioran. Para Emil Cioran (otro filósofo atraído por el budismo) somos libres solo en la superficie; en lo más profundo, la palabra “voluntad” no tiene ningún sentido. ¿Cómo puede ser libre un ser que no puede evitar ni su nacimiento ni su muerte? En su famoso libro Del inconveniente de haber nacido escribe lo siguiente: “No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarlo. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento. Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: «Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo…». Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres”. Este aforismo de Cioran sitúa el foco de la desgraciada existencia humana en el propio acto de ser nacido: parafraseando a Heidegger podríamos decir que Cioran sustituye el ser-para-la-muerte por el ser-para-el-nacimiento y el nacimiento es la tara primigenia, el tabú originario, el paradójico impedimento de existir.

En la obra de Sófocles Edipo en Colono, El Coro exponía (versos 1225-1237): El no haber nacido triunfa sobre cualquier razón. Pero ya que se ha venido a la luz lo que en segundo lugar es mejor, con mucho, es volver cuanto antes allí de donde se viene. Porque, cuando se deja atrás la juventud con sus irreflexivas locuras, ¿qué pena se escapa por entero? ¿Cuál de los sufrimientos no está presente? Envidia, querellas, discordia, luchas y muertes, y cae después en el lote, como última, la despreciable, endeble, insociable, desagradable vejez, donde vienen a parar todos los males peores”.

¿Merece la pena vivir? Si la respuesta es afirmativa la siguiente pregunta es ¿para qué vivir? Cantaba Yosi: Toda la vida trabajando sin parar para pagarte una fosa en el corral”. ¿Carpe Diem?


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3 de junio de 2024

Indudablemente vida y muerte son las dos caras de una misma moneda, forman parte de esa dualidad que constituye el acto de existir y no puede comprenderse una sin otra. Mientras que la vida es el hilo conductor que une un extremo y el otro proporcionando el sentido o sinsentido de cada una de las vidas en si mismas. Fantástico artículo!

Juanjo
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