Tríptico psico-cronológico

Difunde cultura

Un internamiento narrativo de la desgracia al tedio

De vez en cuando merece la pena hacer uso de la cronología, aunque sólo sea para cumplir el dicho de Sempronio en el acto noveno de La Celestina: “Toda comparación es odiosa”.

En 1887 la periodista Nellie Bly se hizo pasar por loca para ingresar en el manicomio femenino de Blackwell´s Island, donde pasó los 10 días que describió en su libro Diez días en un manicomio denunciando los abusos que sufrían las enfermas mentales por parte de la institución “sanitaria”.

En 1963 Samuel Fuller, basándose libremente en el libro de Bly, rodó su película Shock Corridor, en la que un periodista obsesionado con ganar el premio Pulitzer se hace pasar por loco para ingresar en un manicomio y tratar de averiguar quién asesinó a Sloan, antiguo paciente del psiquiátrico.

En 1979 Torcuato Luca de Tena publica su novela Los renglones torcidos de Dios, narrando las peripecias de Alice Gould, ingresada en un manicomio como paranoica, aunque ella afirme ser detective profesional que se interna voluntariamente para tratar de descubrir un crimen (Luca de Tena se hizo pasar por psicótico y estuvo 18 días ingresado en un manicomio con el fin de documentarse).

Las similitudes en los hilos argumentales de estas tres obras son obvias, pero no su desarrollo narrativo ni su profundidad analítica. Evidentemente, las narrativas periodística, cinematográfica y ficcional no pueden (ni deben) ser la misma.

El trabajo de Nellie Bly fue un precursor del “periodismo de investigación” (usado de manera bastante trivial y con excesiva frecuencia hoy en día) aunque con el suficiente uso del morbo tan necesario para atraer la atención del público, ya que Bly trabajaba en el New York World de Joseph Pulitzer que junto a su enemigo William Randolph Hearst crearon el sensacionalismo barato y el amarillismo periodístico.

“…le dieron guantadas y le golpearon la cabeza con saña. Aquello hizo que la pobre criatura llorara aún más, de modo que la ahogaron. Después la llevaron a rastras hasta el cuarto de baño y sus aterrados gritos fueron sofocados. Tras una ausencia de varias horas volvió a la sala de estar y vi claramente las marcas de los dedos en su cuello.”

Diez días en un manicomio, Nellie Bly, 1887

Bly condensa en su pequeño libro una demoledora crítica a las instituciones sanitarias mentales para la época y podría también preceder los movimientos antipsiquiátricos a partir de la década de 1960, la visión de los manicomios como prisiones que aíslan a los “seres anormales y molestos” para no perturbar el orden social, “…los que tal hacen merecen la prisión pura y simple, la exclusión en sus formas más rigurosas, puesto que manifiestan la resistencia a la uniformidad moral y social, que es la razón de ser del asilo…” tal como lo expresa Michel Foucault en su monumental Historia de la locura en la época clásica. La obra de Bly tiene un componente de actualidad post-pandémica, dado el trato recibido por infinidad de ancianos en supuestas residencias “de lujo” españolas que afloró en plena pandemia del Covid pero que desgraciadamente se intuía y no se hacía nada al respecto, ¿se hace ahora? Una obra que cabalga entre la crónica y el estudio sociológico de manera muy intuitiva, documentalista, casi profética.

Shock Corridor es una película maldita; tiene muchos detractores porque en apariencia es una película algo banal, un pelín artificiosa y roza por momentos lo delirante, pero creo que Fuller consiguió lo que buscaba (como casi siempre): todo lo criticable anterior forma parte de una narración cargada de simbolismo (a veces simple, sí, pero no por eso menos relevante), cierto tono poético y trata de indagar en lo que Fuller siempre ha querido retratar: la absoluta falsedad e hipocresía del sueño americano.

Como bien dice el crítico Danny Peary “a veces la película cae en el sensacionalismo y los diálogos por momentos son forzados pero de repente se dicen cosas emotivas, honestas y valientes que no se solían decir en el cine Americano”. El también crítico Thomas Elsaesser comentó sobre Shock Corridor “los personajes de Fuller siempre tienen personalidades divididas: una cierta simetría entre los dilemas que se les imponen desde el exterior y la naturaleza contradictoria de sus propios impulsos internos”. De hecho en esta película se expone claramente la búsqueda identitaria del protagonista a través del mundo exterior (en este caso un mundo cerrado: el manicomio) y sus propios demonios internos, quedando en el aire si el protagonista ya sufría una patología antes de ingresar en el manicomio o la ha adquirido a raíz de convivir en ese pequeño infierno. O quizás todos tenemos nuestra propias patologías impulsados por una sociedad cerrada en sí misma, que no quiere ver ni analizar los monstruos creados por normas sociales a las que nos aferramos “de manera cívica” y… ¿Qué ocurre cuando el monstruo pertenece a la propia institución supuestamente reparadora?… “Entre el principio contractual que arroja al criminal fuera de la sociedad y la imagen del monstruo “vomitado” por la naturaleza, ¿Dónde encontrar un límite, como no sea en una naturaleza humana que se manifiesta no en el rigor de la ley, no en la ferocidad del delincuente, sino en la sensibilidad del hombre racional que hace la ley y no comete crimen?” Michel Foucault en su maravillosa obra Vigilar y Castigar. El propio Fuller declaraba en una entrevista de 1980 en Cinema Papers con Tom Ryan “Quería rodar una historia sobre el maltrato a los pacientes de los psiquiátricos, gente loca maltratada por gente sana que realmente actúa como loca. No queremos saber nada de la gente mentalmente enferma, los tratamos como cadáveres. La gente les vuelve la espalda, no les interesan”.

“Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”

Eurípides (cita al comienzo y al final de Shock Corridor, 1963)

Queda claro que los pacientes a quienes el protagonista (un sobreactuado Peter Breck) tiene que interrogar haciendo de detective, son un trasunto del trío de miedos y paranoias norteamericanos: comunismo, racismo y belicismo. Esto queda representado entre el delirio, lo extravagante y lo brillante por James Best, Hari Rhodes y Gene Evans. A ellos se une el protagonista, que en su afán de llegar lo más lejos posible y ser reconocido en el ámbito periodístico pone en riesgo su salud por un premio fútil e hipócrita como es el Pulitzer que al final lo deja mudo, pétreo, convertido en una estatua de su propio éxito. Todo esto lo filma Fuller de una manera desacomplejada, dando rienda suelta a la violencia, lo bárbaro e incluso lo abyecto (en el sentido de Julia Kristeva), creando un micro estudio sociológico de como las obsesiones culturales norteamericanas afectan y devoran la vida cotidiana.

Podemos reconocer que hay un uso excesivo y simplista de la psicología freudiana, pero al mismo tiempo sostiene una crítica al sistema sanitario mental que conecta con Nellie Bly. Es verdad que el uso de las imágenes en color justo en los momentos de cordura de los pacientes es un tratamiento algo manido y vulgar, pero Fuller siempre fue un director que actuó con total libertad en el plano artístico-estético, en este caso usando su propio material de rodaje en localizaciones naturales como el Amazonas. Sin caer en el melodrama telenovelesco (como sí anticipó otro clásico del “cine de enfermos mentales” The snake pit del año 1948 dirigido por Anatole Litvak y basado en la interesante novela homónima de Mary Jane Ward) Fuller despliega todo su potencial crítico, paródico e incluso surreal que posteriormente celebrarán Lynch, Scorsese, Jarmusch o Tarantino. Como dijo en una famosa entrevista: “Being wrong is the right way of living”.

Hace 20 años, en mi época más devoradora de libros, todo el mundo me recomendaba la popular obra de Torcuato Luca de Tena. Me pasa algo curioso que con el tiempo he constatado que es más común de lo que pensaba: si me insisten con hacer algo que de primeras no me apetece mucho no lo suelo hacer jamás. Al final por una insistencia de alguien a quien consideraba de un gusto crítico similar al mío acabé leyendo Los renglones torcidos de Dios.

Con ese hype que me habían generado y mi poco entusiasmo por leer el libro, la primera lectura me pareció un suplicio; típico thriller (como mil más) que ni siquiera consiguió atraparme en el suspense que, con un vocabulario pomposo y redundante, trata de generar, usando los clichés más pueriles para lectores interesados en circunloquios permanentes esperando un clímax final super impactante que, bajo mi juicio, ni llega ni se le espera (nunca me han interesado especialmente los finales “redondos”, en general depende del juego narrativo y su desarrollo o ritmo).

Para escribir este artículo lo he releído, y en esta segunda lectura debo decir que sigo pensando lo mismo en términos generales, pero en particular hay ciertos capítulos que me han interesado más que antes: el primero “Un hombre y una mujer” creo que es una buena introducción para un thriller básico, aquí Luca de Tena sintetiza bien el personaje principal y el hecho fundamental que va a sostener la historia, aunque después todo termine siendo un “sindios”, múltiples personajes con poca profundidad, repletos de clichés mejor postulados en otras obras similares… hasta el capítulo “Una carta de amor”, donde me parece interesante el uso de cartas reales escritas por un esquizofrénico con lo que implica de carácter interpretativo y caligráfico. Los capítulos “N” y “Ñ” me provocaron una sonrisa maléfica, se titulan respectivamente “Alice Gould cuenta su historia” y “Prosigue la historia de Alice Gould”, ya que podría haber utilizado estos títulos en todos los capítulos de la novela o haberla dividido en tan sólo esos dos… y por último mi capítulo favorito “Dos escuelas frente a frente”, tal vez por ser el más “ensayístico” y donde se plantea la pregunta más interesante de toda la novela “¿Cuál es esa humanidad que te atribuyes graciosamente si colaboras al encierro de una persona que sabes que está sana, sólo porque la odias? ¿En esto consiste tu sociología?”.

“A los profesionales sanitarios que emplean sus vidas en el noble y esforzado servicio de los más desventurados errores de la Naturaleza”

Dedicatoria de Torcuato Luca de Tena en su libro Los renglones torcidos de Dios, 1979

Por lo demás carece de la hondura analítica que las dos obras anteriores poseen. Mi reencuentro con Los renglones torcidos de Dios no ha sido muy satisfactorio pero al menos he sacado algo de provecho; es en definitiva, un best-seller que, al igual que el Código da Vinci, parecía algo único y todo el mundo se olvidó de El nombre de la rosa, con la reciente versión cinematográfica aparentemente sólo existe esta novela sobre el sombrío mundo de los manicomios. Película que, por cierto, no me genera ningún tipo de interés, he tenido suficiente con leer la novela dos veces. Aun así los amantes de Fuller debemos agradecer que el director, Oriol Paulo, haya declarado que Shock Corridor ha sido una referencia para él.

*Gracias a Carol por su inestimable ayuda en la revisión, corrección y título del texto.

Corredor sin retorno – Shock Corridor (1963)

Ficha: filmaffinity.com/es/film809520.html


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