Docurealities en el capitalismo de plataformas

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La música de Los Rodríguez me ha parecido siempre un bodrio inaguantable; hace unas semanas asistí a un concierto entre Ariel Rot, Kiko Veneno y Tomasito donde “tocaron” juntos una versión de “Sin documentos” (prototípico éxito infumable de la antigua banda de Calamaro). Fue catártico: ni Kiko Veneno ni Tomasito se sabían la letra completa, solo farfullaban mientras Ariel Rot trataba de imponerse con su meliflua voz, Veneno siempre cantaba el mismo estribillo en bucle una y otra vez, Tomasito balbuceaba dando palmas desatado tratando de seguir el ritmo de la batería… un amigo me comentó: “si están grabando un documental de la gira, ésta debería ser la canción de cierre” y pensé: “joder, documentales sin documentos… documentales sin nada que decir”.

En la actualidad los documentales se producen como churros de baja estofa: grasientos, empalagosos, indigestos (no como los de la churrería Ramón en la plaza de los naranjos en Marbella: ligeros, esponjosos, sedosos…) y la gente parece consumirlos con una voracidad digna de glotones que, además de colmar su apetito “intelectual”, sacia su conciencia identitaria. En esta gula imparable de documentales de todo pelaje el consumidor se empacha, se mimetiza con lo que considera a priori de su “cuerda ideológica”, se empana (lo rebozado y refrito suele tener digestiones pesadas), se aliena (tenía que introducir algún concepto marxista) y su capacidad mental se reduce a ser capaz de encontrar el mando a distancia, acurrucarse en el sofá dando rienda suelta al ritual del “estado vegetativo” sin plantearse la “calidad” de lo que consume, ni cómo ni porqué la plataforma ha elaborado ese “producto” o quienes han participado en dicha elaboración; siempre hay algún influencer, familiar o amigo de confianza que te recomienda “lo que estás deseando ver” actuando como algoritmos físicos, tangibles, reales. Evidenciando la ausencia absoluta de capacidad crítica propia.

“Ser es ser percibido”

George Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento humano, 1710

¿Qué son las plataformas? En el nivel más general las plataformas son infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen. De esta manera se posicionan como intermediarias que reúnen a diferentes usuarios: clientes, anunciantes, proveedores de servicios, productores, distribuidores e incluso objetos físicos. Casi siempre estas plataformas también vienen con una serie de herramientas que permiten a los usuarios construir sus propios productos, servicios y espacios de transacciones” Nick Srnicek en Capitalismo de plataformas. Estas plataformas digitales dependen de los llamados “efectos de red”, es decir, cuanto más numerosos sean los usuarios de una plataforma, más valiosa será ésta para los demás. Importa la cantidad, no la calidad. La plataforma prima por encima de todo, no su contenido. Da igual que utilices las diversas plataformas que el capitalismo nos ofrece para leer El Quijote, ver pornografía o insultar a tus enemigos ideológicos; lo único que realmente interesa es el uso en sí. Las plataformas son sistemáticas, construyen y forman parte fundamental del Sistema que rige nuestras vidas. La “calidad” es la propia plataforma digital, su interfaz, su acumulación de datos, sus algoritmos… Jaron Lanier en su profético libro You are not a gadget: “Una idea en boga en los círculos técnicos es que la cantidad no solo se convierte en calidad cuando se alcanza cierta escala, sino que también lo hace según principios que ya somos capaces de entender. Algunos de mis colegas creen que un millón, o mil millones de insultos fragmentarios, constituirán con el tiempo una sabiduría superior a la de cualquier ensayo bien meditado, siempre que haya algoritmos estadísticos secretos y sofisticados que recombinen los fragmentos. Yo no estoy de acuerdo. Me viene a la cabeza una expresión de los primeros días de la informática: «Basura que entra, basura que sale»”.

En 2006, Netflix publicó diez millones de puntuaciones de películas de medio millón de sus clientes como parte de un reto dirigido a diseñar un mejor algoritmo de recomendaciones. Se suponía que los datos eran anónimos, pero unos investigadores de la Universidad de Texas en Austin demostraron que podían reidentificar a esas personas comparando sus puntuaciones y marcas temporales con la información pública disponible en la Internet Movie Database (IMDb). Dicho de otro modo, si viste una película una noche determinada, le diste una puntuación positiva en Netflix y luego la calificaste también en la IMDb, estos investigadores podían inferir que fuiste tú quien hizo todo eso. Las preferencias cinematográficas son un material sensible; pueden revelar tendencias políticas y sexuales”. Carissa Véliz, Privacidad es poder. Lo público y lo privado se confunden de una manera perversa en el ámbito de las plataformas: nos gusta ser recomendados, que adivinen nuestro próximo interés, que se adelanten a nuestros deseos, que nos lleven de la mano hacia ese nuevo documental que nos hará vislumbrar la verdad que podremos compartir con quienes somos afines… eso sí, sin mucho esfuerzo. Queremos que nos digan que ver, que escuchar, que probar o a que jugar porque no tenemos tiempo suficiente para pensar, sopesar o indagar; así que nos dejamos llevar, pero para poder ser aconsejados es necesario que quién nos aconseje sepa algo de nosotros: gustos, preferencias, inclinaciones, datos, información… “Hoy en día la economía está dominada por una nueva clase, que ya no es dueña de los medios de producción, sino que es propietaria de la información” McKenzie Wark, Un manifiesto hacker. Teniendo en cuenta que estas plataformas se encuentran muy encajadas en nuestros hogares, cuerpos y mentes, es realmente complejo entender que cada vez que las usamos estamos publicitándonos para que ellas asimilen nuestras voluntades y nos proporcionen lo esperado por nosotros. Enclaustrados en nuestras habitaciones como hikikomoris pensamos que disfrutamos de nuestro espacio privado, aunque la perversidad real es que este espacio está permanentemente invadido por lo público: la televisión conectada a Internet con nuestras plataformas favoritas bombardeándonos con nuevas recomendaciones, los móviles siempre encendidos a nuestro lado, los portátiles cargándose a todas horas… es decir, nuestras vidas publicitadas 24/7 en la hiperconectividad cibernética.

“…compré este motel y lo dirigí yo mismo, desarrollando un método infalible para poder observar y escuchar las interacciones de las vidas de diferentes personas sin que se enteraran de que eran observadas. Lo hice tan solo por mi ilimitada curiosidad acerca de la gente, y no únicamente como si fuera un voyeur perturbado”

Gay Talese, El motel del voyeur, 2016

Es normal que ahora el género cinematográfico por excelencia sea el biopic (junto al remake), la vida privada hecha pública. La mayoría de estas películas trata de mostrar las vidas de artistas, deportistas, políticos y celebridades varias enfatizando los lugares comunes morbosos, con un tratamiento de pseudo-documental sonrojante y sensacionalista; por supuesto el enfoque psicologizante predomina sobre el contexto socio-político o el análisis de la época cultural vivida por la celebridad retratada. Todo esto está estudiado para que el público sienta ese reflejo especular de vivir la vida a través de los ojos de su ídolo, o para que conecte de manera íntima con la típica narrativa de ascenso-caída (idolatría-repudio), provocando la catarsis aristotélica del espectador, y su mímesis con los protagonistas de estos potingues sentimentaloides. La gente necesita, hoy más que nunca, existir a través de otros, sean seres humanos o inteligencias artificiales, mediante guiones hechos a medida de sus anhelos. “También cuando entramos en Internet seguimos guiones escritos por otros: instrucciones algorítmicas ajenas que pocos de nosotros serían capaces de entender, aunque se nos revelara el código oculto. Cuando buscamos información a través de Google u otros motores de búsqueda, estamos siguiendo un guion. Cuando nos fijamos en un producto recomendado por Amazon o Netflix, seguimos un guion. Cuando elegimos entre una lista de categorías para describirnos a nosotros mismos o nuestras relaciones en Facebook, nos atenemos a un guion. Estos guiones pueden ser extraordinariamente ingeniosos y útiles, como lo fueron en las fábricas tayloristas, pero también mecanizan los desordenados procesos de la exploración intelectual y hasta los del apego social. Como ha argumentado el programador informático Thomas Lord, “el software puede acabar convirtiendo las más íntimas y personales actividades humanas en «rituales» sin sentido cuyos pasos se «codifican según la lógica de las páginas web». En lugar de actuar conforme a nuestro propio conocimiento e intuición, reproducimos los movimientos que se nos dictan”, Nicholas Carr, Superficiales.

Hay tropecientos documentales sobre cualquier cosa que se desee ver: cocina, deporte, asesinatos, cambios de look, performatividades varias, naturaleza, política… Lo curioso es que la gran mayoría tiene el mismo “encuadre”: la perspectiva del Reality Show, desde el aparente documental con tintes sociológicos neo-hípster hasta la vida de Rocío Carrasco. “Los reality shows representan varios de los autoengaños propios de las personas emocionalmente inmaduras: el sueño de que te observan todo el rato, te valoran y te categorizan; el sueño de que tu vida es el material ideal para una película y de que merecerías que sonase tu propia banda sonora, cuidadosamente escogida, mientras caminas por la calle” Jia Tolentino, Falso espejo: reflexiones sobre el autoengaño. Las plataformas tienen fundamentalmente un propósito: vender; y para vender lo mejor es diversificar, es decir, crear diferentes nichos de mercado donde se pueda reproducir la fórmula del éxito. Y en eso el capitalismo de plataformas es el puto amo.

“Las imágenes pobres son por lo tanto imágenes populares: imágenes que pueden ser hechas por muchas personas. Expresan todas las contradicciones de la muchedumbre contemporánea: su oportunismo, narcisismo, deseo de autonomía y creación, su incapacidad para concentrarse o decidirse, su permanente capacidad de transgredir y su simultanea sumisión”

Hito Steyerl, Los condenados de la pantalla, 2012

Gustavo Bueno en Telebasura y democracia distinguía entre basura “fabricada” y basura “desvelada”, aunque ambas suelen tener correlación. La basura “desvelada” es la que se muestra tal cual, pudiendo tener cierta parte de fabricación; el ejemplo típico es Gran Hermano: la basura se revela en sí misma a pesar de tener ciertas partes guionizadas o artificialmente preparadas. La basura “fabricada” conlleva más artificiosidad, es más evidente la manipulación con fines ideológicos o puramente doctrinarios; el ejemplo puede ser los informativos de cualquier cadena de televisión, donde se tiende a tergiversar datos o noticias (a sabiendas) dependiendo del credo editorial de la cadena en cuestión. Pues bien, hoy día el capitalismo de plataformas ha unido tanto la basura “fabricada” como la “desvelada” en una simbiosis tan precisa que son indistinguibles, y muchos de los docurealities que mezclan ambas se disfrazan de “obras de culto”, buscando nichos de mercado tan florecientes como los hípsters o pseudo-intelectuales culturetas que se creen aristócratas singulares con conciencia social por estar viendo un documental sobre alimentación sana, el Amazonas, la “chinificación” de Detroit o drag queens mientras que la plebe cretinizada pierde el tiempo con Sálvame, Gran Hermano, los documentales de futbolistas o La Isla Porno. Todo, absolutamente todo, pertenece al mismo estómago voraz e insaciable del Sistema que hemos construido, queramos o no, con nuestra aquiescencia. Con un análisis profundo que vaya más allá de los meros clichés clasistas se puede “desvelar” que todos estos nichos replican narrativas, formatos y configuraciones muy similares; la semejanza entre Gran Hermano y Drag Race es más que evidente, pero no lo es menos la de los documentales sobre True Crimes (tan populares hoy) y el tratamiento que hizo la televisión española de los 90 sobre el asesinato de las niñas de Alcàsser. De hecho “El caso Alcàsser” producido por Netflix ¿critica el tratamiento morboso de los hechos o precisamente revive y alimenta lo mórbido ya olvidado? Decía Gramsci: “la crisis consiste, precisamente, en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”.

No se trata de ser moralizante y señalar lo que es bueno o malo, tampoco de caer en el nihilismo más absoluto donde nada importa nada y no hay nada que hacer; la intención es más bien el ser conscientes de que vivimos dentro de un Sistema enorme que nos ha engullido, y nos ofrece pantagruélicamente ofertas imposibles de abarcar en nuestras vidas finitas. Hay quien prefiere escoger cuidadosamente perder su tiempo en nichos de mercado elitistas (en el sentido etimológico de la palabra: “minoría selecta”) de los que también el Sistema se alimenta y regurgita, para mi placer culpable de saber que pertenezco, gracias a mi intelectualismo barato, al capitalismo de plataformas donde puedo disfrutar de Barbet Schroeder, Frederick Wiseman, Harun Farocki, Werner Herzog, James Benning…

*Gracias a Carol por su inestimable ayuda en la corrección y revisión del texto.


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