¿Lo mejor del mal?. Parte III

Difunde cultura

– Hasta mañana entonces.

Colgó Enrique sin pedir más información; tampoco se asustó por la llamada; era una voz bastante parsimoniosa desprendiendo una cultura propia de un hombre de estudios más que superiores, con unas obligaciones aparentemente muy importantes. Enrique se dejó llevar por esa intuición que le había salvado de emboscadas hechas por falsos confidentes, así como de presuntas faenas de subjefes sirvientes del designado a dedo de turno. Pero esa noche después de la cena sí se tomó un buen vaso de caldo escocés reserva de quince años con poca roca, como le gusta cada vez que tiene que pensar en algo importante en su vida, asimilándola sorbo a sorbo. Sin perder el sueño (Enrique siempre ha podido presumir de una flema admirable) tras haber dormido más de diez horas esa madrugada, pasó la mañana pensando en lo que iba a encontrarse, lo que tenía que descubrir; su instinto le hacía presagiar una avalancha de información, de datos sobre su amigo que no le pudo desvelar en vida y que tampoco le mantuvieron desvelado.

La carrillera de ternera en salsa que sobró de la comida de Navidad preparada por su hermana Lola con sumo cariño para el clan familiar, le supo deliciosa. Después, un buen café que a las tres y media de la tarde saboreaba, con la liturgia de la correspondiente dosis de nicotina embutida en papel. Un breve sueño saludable para su corazón, fortísimo, y a las seis y veinte salió con su automóvil de camino a El Espinar, subiendo el puerto de Guadarrama. La carretera le servía para intentar averiguar con todas sus neuronas en guardia lo que debía escuchar, a la vez que le iba persuadiendo del mal tiempo; nevaba bastante esa tarde. Eran las siete menos dos minutos cuando parecía ver la casa a mano izquierda, con la figura de un hombre de pie bien abrigado fumando en el balcón; la entrada a la misma era simplemente un estampa de fotografía. Verde y blanca con poco ruido a sus espaldas, muchas nevadas e innumerables conversaciones no escritas que seguro dieron de sí a noches vitales y nada largas. Dejó el vehículo bien estacionado sin bloquear ni entrada ni salida desde allí; y no sabiendo por qué razón Enrique llegó sin su arma reglamentaria diciéndose a sí mismo que no iba a pasar nada esta vez, que no iban a intentar jugársela gratuitamente; era su corazonada, que una vez más volvió a cumplirse.

El señor fue a saludarle sonriente y asombrosamente lento:

– ¡Señor Enrique, buenas tardes y felices fiestas!

Esa extremada educación fue fielmente correspondida:

– Gracias por las tardes pero las fiestas, de felices, pocas.

Se acordaba de Marcos con un hilo de amargura…le habría encantado tenerlo allí con él. Pero su anfitrión no dejaba de sorprenderle con datos sobre los dos espadachines:

– Lo sé y créame que lo siento. Una pérdida insustituible para todos nosotros.

– ¿Nosotros?, ¿puede decirme para empezar quién es usted?

– Pues no si le soy sincero, porque no existo en ningún archivo, no hago la declaración de la renta, no tengo pasaporte en regla, tampoco encontrará propiedades a mi nombre.

– Pues mal empezamos caballero.

– Entonces, empecemos mejor; ¿le apetece algo de beber y pasamos dentro?

– De acuerdo, me ayudará; pero solamente servirá de algo si…

– Le pongo una copa de güisqui muy añejo.

Enrique se quedó perplejo al ver a su conversador sacando su marca más querida, la que tantas noches le ha quitado el estrés de su corrosivo trabajo. La conversación comenzó a fluir de un modo más racional. Enrique sacó su sangre investigadora para adivinar las intenciones de su contrincante.

– ¿Por qué nos vemos aquí?

– Porque quiero que sepa algo muy importante, algo que su amigo Marcos me dijo que debía conocer al morir él.

– Desembuche por favor. Espero no sea nada malo referente a mi amigo que en paz descanse.

– Nada más lejos de la realidad señor Enrique. Marcos es, ha sido y será uno de los fundadores y constructor de nuestra organización al servicio del poder civil.

– ¿Me lo explica con más detalle?.

– Es muy claro. Las muertes recientes de los mayores desgraciados que han pisado nuestra patria han sido gracias al habernos adelantado a Dios.

Flecha directa al corazón de Enrique; lo que no atinaba a descubrir pero sí acertaba a intentar sonsacar a los demás:

– ¿Os habéis cargado a esos cabrones de mierda?, ¿cómo es posible?; no me lo puedo creer.

– Pues empiece a creer por una vez en su vida porque salvo la inmortalidad, en los días que corren todo es posible.

Enrique se bebió el primer vaso en tres tragos, como esperando algo, un tipo de información sobre la cual un reducido número de favorecidos podían disfrutar sin difundir:

– Se trata de un programa que tanto el gobierno de hoy como algunos anteriores llevaban pensando en ejecutar, hasta que las circunstancias fueron suficientemente propicias para ello. Dichas circunstancias se dieron hace bien poco si quiere que no le mienta. Es un programa llamado “finalización del proceso penal”.

– Será más bien cachondeo penal o salto por encima del código – respondió Enrique.

– Mire usted; la ley es ley pero también falla, porque al haberla hecho nuestra especie, tiene su defectos; los que en este monte pastan son los que no se equivocan. Un grupo de ángeles se ha dedicado a pulir esos defectos y lo seguiremos haciendo, pase lo que pase, mande quien mande. ¿Sigue sin entenderme?

– Sí, sigo sin entender señor sin nombre.

– Llevamos años perdiendo la confianza de nuestra gente, la de la calle, la que sustenta el futuro de este país que a nivel social anda yéndose literalmente al carajo señor comisario. Y eso no podíamos permitirlo de ninguna manera, bajo ningún tipo de concepto. Gracias a las excelentes relaciones que el anterior presidente de nuestro querido gobierno sin gobierno tenía con el primer ministro británico de turno, en una conversación informal, el sajón le comentó del hallazgo de una medicación que no me pregunte por qué, logra hacer que defectuosos como los que ya se han ido, bien se quitan de en medio por su propia y manipulada químicamente voluntad, o bien si sus retorcidas mentes llegan a superar esos brotes de suicidio, el fallo cardíaco debido al esfuerzo de sus brillantes cabecitas, les llega en un máximo de cuarenta y ocho horas.

– Me está dejando sin palabras.

– Pues espere que ahora viene lo mejor. Dicha medicación no deja rastro en el cuerpo una vez la persona fallece. Tal y como se lo digo; nada de rastro. Por eso, y también gracias a nuestros forenses, jefes policiales, ministros y secretarios de interior, de este, aquel, el otro, el que viene y el de más allá, el caso se cierra, la gente se alivia y en esta ciudad se vive un poco mejor. Pero lo que más me reconforta es que, familias hundidas empiezan a creer en la justicia, por lo menos la divina.

– ¡Si es que usted puede llamarle justicia!

Enrique estaba muy descontento, perdido y decepcionado con lo que estaba oyendo. Su desconocido compañero hablador, ni se inmutaba.

– Es justicia señor Enrique; es ecuanimidad desde que, en el momento que metemos a uno de esos individuos en el maco sabiendo que no hay otra cosa que hacer, solamente supone un coste para el Estado, un sufrimiento innecesario para los allegados de las víctimas, una rabia imposible de definir y muchos menos de controlar para el resto de personas que, como decía bien su amigo Marcos, son y merecen tener una vida normal. Justicia es saber que sus sobrinos y cualquier hijo de vecino tiene el derecho adquirido de llegar sano y salvo a casa después de su trabajo. Justicia consiste en tener la certeza de poder ejercer sus derechos civiles cuando usted cumple con sus obligaciones sin oponerse; ¿sigo?

– Sí caballero, siga, porque está empezando a convencerme, aunque le va a costar; se lo prometo.

– Justicia señor Enrique Sarabia, desde que este país empezó a ser país y no un latifundio al servicio de cualquier dictador de tres al cuarto, consiste en dar a cada persona no solamente igualdad de oportunidades; consiste en conceder a cada uno simple y llanamente lo que se merece. Es tener la posibilidad de limpiar la suciedad sin ser vistos, de darle un trompazo al mismísimo diablo y decirle: “tu enemigo te manda saludos”. Es creer que se nos cuida, que se nos protege, que hay futuro en este lugar. Y lo hemos conseguido gracias a unos pocos que han tenido la valentía de como usted dice “saltarse la ley”, para hacerla más ley que nunca señor Enrique. Unos pocos con el valor suficiente, entre ellos su amigo Marcos Suárez que sabían que por las buenas, con el código penal en la mano, no es suficiente. Que no hay más ley en determinados casos, como los que usted veía en la televisión mientras tomaba café o comía tranquilamente, que la del ojo por ojo si se quiere ser respetado. A este Estado y su gente, que para eso le sirve, hay que respetarlo; estos chicos no respetaban nada, y mucho menos a nadie.

– ¿Estaba Marcos metido en ello?

– Marcos fue uno de los fundadores del programa. Recibimos la orden directa de presidencia del gobierno junto con el ministerio del interior de elegir a los adecuados para este trabajo, porque es obligado hacerlo así. Los mejores, y no por su experiencia sino por su espíritu de silencio. Usted era nuestro candidato dentro de la policía, inclusive en su retiro. Sabemos que todavía manda, asesora e interviene cuando quiere y tiene las puertas abiertas. Uno de los cinco mejores comisarios de la democracia de España, por resultados y fidelidad al Estado.

– Me encantaría saber entonces, la razón de no elegirme a mí.

Enrique necesitaba tener todo atado y bien atado en su vida; y más ahora en un cómodo descanso. Su compañero vespertino le indicó diáfano por qué:

– Su feliz prejubilación, su familia; le confiesa todo a su hermana. Su relación con Pedro Fernández del Valle.

– ¿También conocen mi pasado?

– Necesitamos conocer todo de los que elegimos para ser miembros del club. Tenga en cuenta que esta idea se gestó estando Marcos en activo todavía, pero esperábamos el instante adecuado para implementarla; llegó con la aparición del fármaco, la deseada pastilla disuelta en agua, unos cuantos fallos más por parte de juececillos demasiado cagados con la idea de unirse, y unas pocas manifestaciones reclamando normalidad para sus gentes. Un relevo adecuado, efectivo. Necesitábamos dar en la diana desde el primer tiro.

Enrique empezaba a asentir con la cabeza; sobre todo porque su amigo Marcos, el que nunca le mintió, su norte, su confesor, le dejó sin comer el postre para dárselo a deshoras permitiéndole saborearlo cuchara a cuchara, párrafo por párrafo que el señor equis esbozaba de sus labios. Otra vez al ataque:

– Comprenda que no es ninguna guerra ni un juego sucio; hay hombres y mujeres que se encuentran encerrados porque no han tenido la oportunidad de ser decentes y libres a la vez; los hay que se merecen unas buenas hostias con un porrillo de años, y se libran de esas dos cosas gracias a fenómenos de abogados que cobran minutas que yo ahora podría pagar al igual que usted cuando alcanzó el trono policial; pero la gran mayoría de currantes de aquí y que ambos tenemos muy cerca, ni por asomo sueñan con tener la posibilidad de vacilar a la grandiosa señora. Pero esta vez, por una vez en nuestras vidas, lo que nos mandan desde el infierno para meternos miedo a los demás se lo devolvemos con su papi, para que se dé cuenta que Dios existe, está con nosotros y se adelanta a la maldad.

– Y dígame. ¿qué ha ganado contándome esto?

– Fue una decisión personal de Marcos cuando conocía su enfermedad; me lo pidió exclusivamente una vez nos dejara. Sabemos que se lo llevará con usted hasta el fin de sus días aquí con nosotros. Seguimos confiando en su integridad.

– Pues ahí ha acertado, señor…

– Llámeme Antonio, mi verdadero nombre; sé que lo recordará y guardará siempre consigo, y que no intentará averiguar mis apellidos. Recuerde que hacemos muy bien una cosa: ejecutar sin ser vistos. La valía de un profesional de este gremio estriba en lo que ve y deja hacer más que por lo que puede hacer, señor Enrique. Así se comportan nuestros estadistas del mundo moderno. Hay muchos intereses y metas en este experimento farmacológico, créame. No va en ello únicamente la eliminación del mal gestado en estas mentes torcidas. También se está trabajando a nivel mundial en la creación de fármacos capaces de anular el pensamiento erróneo potenciando el creativo, para que así contemos con individuos al servicio de la mejora de la calidad de vida de cualquier tipo de estrato social. Genios que sean capaces de sacar inventos hasta ahora nunca pensados, y desarrollar máquinas jamás ocurridas en el mundo de la medicina que harán posible unas futuras generaciones hechas para un buen fin, por una vez en la historia.

– Ya la creo ya. Pensaba yo que la ciencia ficción es cosa del cine.

– La ciencia ficción sí. La ciencia es cosa del ahora y por y para el hombre. Es la esperanza de todos nosotros unida a la fe que otros tantos ponemos. De hecho, actualmente en colaboración con otros ministerios estamos intentando localizar y mantener controlados a otros psicópatas potenciales con el fin de evitar que lleguen a cometer ningún tipo de atropello y sacarlos de la circulación, vial y vital; ya veremos cómo. Es un deber a cumplir y que otros seguirán haciendo cuando no estemos.

Enrique enmudeció con todo lo expuesto. En su fuero interno había visto cómo hombres y mujeres que nacen con la maldad impresa en sus pieles, salían de los tribunales haciendo de su insensibilidad extrema una decepción desbocada, una frustración desembocada en deseos de cambio para que estas cosas dejaran de ocurrir. Lo más sorprendente para Enrique era saber que Marcos estaba en el ajo de la justicia sin juez, del apaño con el todopoderoso; pero bueno, hasta el mismo Estado tuvo que reconocer su fallo y permitir a estos señores con la ayuda de sus grandes líderes, dejar que hagan mirando a otro lado, jurando ante el dolor hecho carne en los familiares de los asesinados, que harían todo lo posible por volver a evitar estas tropelías a la masa, que no merecía más que un respiro en el camino de una vida de por sí ya bastante dura.

La noche siguió con la tertulia de dos desconocidos que intentaban entender cómo era posible arreglar los desmanes de este mundo, ignorando las pautas establecidas por unos sabios que imponían reglas sociales a fin de evitar la anarquía como forma de vida, y por otro lado, la explicación de Antonio, el nexo entre lo casi divino y lo terrenal, que daba sentido aparente a la ferocidad de la venganza por haber dejado a unos cuantos desamparados ante la dama balanza. Enrique supo en esa oscuridad, que hay elementos de juicio para cualquiera de nosotros, que tenemos la diminuta opción de pensar en el mal menor en esta ocasión por un buen resultado, en la paz interior de todos lo que se quitan de encima las sábanas cada mañana sabiendo que van a ser rentables, sin nada ni nadie que les pueda atormentar. Enrique durmió en esa casa de montaña con un pijama prestado; la conversación terminó pasadas las cinco de la mañana. Se levantó Antonio a las dos de la tarde para preparar una barbacoa que salió francamente exquisita; las carnes de esta tierra son de calidad afamada.

Y sin dar tiempo a un café, se despidieron de forma muy cordial, empezando Antonio:

– Recuerde que por mucho que quiera encontrar no hallará nada, y le pido que no lo haga; Marcos también me lo dijo por el bien de todos. Sé que usted es una persona confiable y confiada en nosotros. Por esa razón y por consejo de su amigo, he querido conocerle y explicarle todo lo que usted sospechaba. Espero volvamos a vernos, no sé cuándo; pero que los dos estemos coleando para tener otra cita tan agradable como esta. Le deseo una entrada de año excelente.

Enrique también correspondió a esa despedida de manera correcta:

– Yo también se lo deseo de verdad. Prometo por la vida de mi hermana y de mis sobrinos que lo hablado aquí se va conmigo, y con ninguna otra compañía que no sea la mía. Lo haré por mi amigo Marcos; juré fidelidad a sus palabras y será cumplida. Buenas tardes Antonio y pórtese bien, me debe otra cita.

– Siempre me he portado bien; por eso estoy aquí con usted. Con quien debo estar, aparte de mi familia que también me necesita.

– Adiós Antonio.

– Adiós Enrique; muy buena suerte. Hasta la próxima.

Enrique salió con un poco de prisa por llegar a su refugio; necesitaba un descanso largo en horas y profundo en sueño; la jornada le había dejado agotado. Llegó pasadas las siete (terminaron la comida a las cinco y media), y como alma que lleva el diablo se quitó la ropa para tumbarse en su amigo sofá incapaz de prestar ni compartir, ver un rato la televisión y después llamar a su hermana Lola, confirmando sus asistencia a la comida del treinta y uno, y la cena de Nochevieja.

Durmió de un tirón, casi once horas. Se despertó claro pensando en sus chicos, en el gran Marcos Suárez, en él mismo, sobre el hecho que de ahora en adelante, abrazar la muerte para aquellos que la merecen significa evitarla sobre quienes no la desean, para dar sentido a la inmortalidad de la frase: justicia para todos desde ahora, y no para unos pocos y pocas. Enrique recordaba alegre lo vivido en unión a lo pendiente por saber. Calles limpias, gente feliz. Quienes vuelan con plumas encima de su casa…no se equivocan.

— FIN —


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