El porteador de narcóticos. Parte III

Difunde cultura

sacó su carrera de cinco años en cuatro y ahora realiza una tesis, porque no quiere repetir la experiencia familiar; su destino es enseñar a quienes aprecien su sapiencia. Lo malo de ello es que Paquito es un pelín arrogante, porque según él le ha costado lágrimas conseguir lo que tiene; pero los mineros luchan por su vida a diario y no alardean de dichas hazañas; los pescadores de alta mar tampoco. Es igual, Paquito es así y con su chulería se le quiere. Ahora, el escultor de la fealdad ensimismada es mejor.

Volviendo al trono de la imperfección humana nuestro amigo horroroso se pasaba la noche tragando cubatas y ojeando el bolsillo de su camisa para no perder de vista su postre especial; llegó un momento que le dije un poco cabreado:

– ¡Haz el favor de disfrutar más del ambiente y mirar menos tu camisa, que te lo podrás fumar luego!

Él me dirigió una mirada totalmente canalla, roja y vidriosa sin aceptar mi lectura de cartilla porque nunca lo había hecho con él, y no se lo merece. Aún así rebatió mi bronca con pocas palabras:

– ¡Nene déjame ser feliz a mi manera que olvidé lo que es serlo!

Ahí se acabaron todas mis reprimendas. Hay veces que determinada gente te enseña la palabra amistad ligándola con el ser libre; no importa dónde está tu lugar de ida, lo que hagas y pienses; debes permanecer presente en sus sufrimientos y demandas; eso es ser amigo, querer a un amigo, respetando su libertad por encima de su voluntad. Él era un feo libre y legítimo. Veíamos de manera un tanto difusa no por miopía diagnosticada ya que ninguno de nosotros necesitaba lentillas de diez dioptrías, sino por la gloriosa dama etílica que corría por nuestras venas haciéndonos creer que éramos más esbeltos e incluso invencibles. Muy pasada la media noche la alegría pasaba de mano en mano, de copa en copa sin límite de pasta, con aforo incompleto en todo local de ocio que pisábamos, y nuestras almas canallescas seguían pidiendo más jolgorio, más desenfreno, menos ataduras, ninguna cortapisa; estaba siendo una noche elogiable. Sin siquiera estar ninguno de nosotros federados en ningún tipo de especialidad deportiva, los cuerpos aguantaban el exceso con un fondo físico propio del más curtido atleta de competición. Pero como todo en esta andrajosa vida marcada por objetivos materiales, el disloque estaba llegando a su fin y el principio de la vuelta a casa era cuestión de minutos: quedaba el capricho.

Los primeros y segundos platos de caché propio de reyes y marqueses dieron paso al castigo estomacal de riegos varios, pero ahora tocaban los cigarrillos bastardos. Nos despedimos jurando amistad imperecedera a nuestro colega, poniendo en marcha la romería de vuelta al hotel; y el protagonista del grupo, a muy pocos metros del templo del sueño encendió la joya; unas caladas valientes para que entraran sus efectos en los cerebros ya tocados pero nunca hundidos por la fe en la fuerza de todos nosotros, nos daban un último aliento de recuerdos. Es entonces cuando la belleza huertana personificada en el adefesio sufría una descomposición fulgurante que hizo aumentar la velocidad del paso hasta la carrera desesperada por alcanzar el mingitorio a la vez que defecador posadero, y que su culo no se inundara de furia y fervor escatológicos. No llegó a tiempo; se cagó encima subiendo por el ascensor con la camisa ya casi fuera de su cuerpo (¿y por qué siempre se quita la camisa y no los pantalones primero?), y el cinturón apartado, la cara tornaba de una tez ligeramente amarillenta a un color morado pasión de Triana, con sus correspondientes ojos desencajados por la decepción del producto fumado; todo en honor a la diarrea:

– ¡Madre mía qué peste por Dios!

Fue el grito de uno de nosotros en el montacargas de carne humana; pero el bello en ilusorio proyecto a lo suyo, pensando en la cagada y deseando lo siguiente:

Furor anal, déjame respirar.

Por un momento creía que gases iban a llegar.

Pero una marea de mierda, un suspiro fatal,

hizo que mi culo temblara y sin poder pensar,

me puse con ganas a cagar dentro de mi orgullo rectal,

y fuera del correspondiente lugar.

Un torrente marrón y verde se cierne sobre mi pesar.

Quién me mandó comprar esta mierda,

que ahora y en apresuradas descargas he tenido que vomitar,

sin pausa y con mucha prisa la tormenta ha de pasar,

y cuando esta diarrea termine podré dilucidar,

si fue un exceso de viandas, o el cigarrillo mortal.

Salimos corriendo hacia la habitación del dios del culo sucio; al llegar allí oíamos cómo se sentaba de nuevo en sus aposentos dispuesto a escribir otro episodio referente al señor excremento, y escuchábamos sus ruegos. Terminó la faena e inmediatamente se escuchó el sonido del agua cayendo por la ducha; el pobre estaba en destrozo. Pero de todo se sale, hasta de una diarrea asesina; cogimos una bolsa, metimos sus calzoncillos pintados con la maestría de un impresionismo anal y los arrojamos sin esperarlo por el patio de luces hasta el mismo foso. En una sola noche habíamos transgredido una serie de leyes civiles que no tenían la categoría de crimen; pero tirar mierda descompuesta debería llevar pena de cárcel. Intentábamos hacer como que no pasaba nada; cada uno a su cama sin rechistar ni pensar, e intentar dormir hasta bien entrada la mañana, que entró con fuerza y señorío en nuestras alcobas; habíamos dejado preparados los equipajes con las mudas limpias para solamente tener que darnos una ducha rápida y al auto. Estábamos esperando al guapísimo en su habitación cuando de repente uno de nosotros miró, encontrando en el lugar del asesinato cular a una doncella de la limpieza, cogiendo el cuerpo del delito y exclamando con pasión:

¡María pero esto qué es, un carsonsillo cagao,…Mmaarraannooss!

No teníamos mucho tiempo para largarnos de ahí; enviamos a Paquito para que pudiera agilizar los trámites de registro de nuestra marcha; nuestro amadísimo feo salió hecho un pincel, sin mierda ninguna que pudiéramos ver. Y bajamos con prisa a la entrada a la hospedería donde nos esperaba Francisco el inteligente con las llaves del transporte privado.

Maletas metidas sin parar hasta que ya seguros de nuestra marcha pudimos relajarnos un poco; un listo del grupo, y no quiero recordar quién, tuvo la genial idea de volver a llamar al distribuidor de la chocolatada para decirle que iba a ser denunciado por habernos suministrado género de mala calidad; pero al instante, nuestro feo del alma de nuevo empezaba a reír imaginando la cara de los agentes de la ley cuando contáramos lo ocurrido. Y es que lo que no pase en nuestra nación, no puede ocurrir en ningún otro lugar. Pensando de camino a casa, una panda de jovenzuelos dieron si querer sentido a la comedia nacional, haciendo cada vez más valioso el sentido de ser fiel a nuestras maneras de ser, nuestra creatividad hispana; y lo mejor de todo: a nuestro camino hacia la felicidad aún a costa de un arrebato de mierda.

— FIN —


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