American IV: The Man Comes Around (2002)

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Aquella luz, aquella hermosa, horrible luz. Y ante sus ojos, manifestado físicamente en gloriosa realidad durante apenas una fracción de segundo, estaba el Hombre de Blanco. El Hombre, venido a la tierra para aparecerse ante Saulo en un torrente de maravillosa y deslumbrante belleza, un río de sustancia divina, era de un blanco tan blanco, tan puro y tan brillante, que le abrasó los ojos y los cubrió de escamas”.


Johnny Cash, El hombre de blanco, 1986

Que el hombre de negro titulase su única novela El hombre de blanco y narrase en ella la historia de Saulo que al caer del caballo ve la luz divina y se transforma en el apóstol Pablo puede parecer una contradicción difícil de asimilar. Johnny Cash fue un músico lleno de paradojas, se cayó de su propio caballo más de una vez y poseía diferentes identidades dando uso a sus diversos nombres dependiendo de los contextos: “Tengo varios nombres. Soy Johnny Cash en público, en las carátulas de los discos, en las etiquetas de los CDs y en las vallas publicitarias. Soy Johnny para muchas personas en el negocio. Para June, soy John, y ese es mi nombre entre mis íntimos. Finalmente, soy J.R., mi nombre desde pequeño. Mis hermanos, hermanas y otros familiares todavía me llaman así”. Todas estas nomenclaturas manifiestan una suerte de esquizofrenia que se refleja en la carrera artística de Johnny Cash, que pasó de rebelde iconoclasta y defensor de causas perdidas tocando en prisiones a tener su propio show televisivo de tono familiar y cristiano, una especie de eucaristía del country con un propósito claramente crematístico.

Estas personalidades ambivalentes, contradictorias y paradójicas se ven reflejadas especialmente en la música country estadounidense. Pensemos en músicos coetáneos de Cash como Elvis o Bob Dylan, cuyas vidas artísticas han estado igualmente marcadas por incoherencias y vaivenes tanto musicales como ideológicos. La figura masculina blanca de la clase trabajadora sureña norteamericana delimita estas paradojas de manera muy evidente sosteniendo discursos como la defensa de la tradición popular, el apoyo a los inadaptados, pobres y outsiders, defendiendo la vida “natural”, contemplativa, anárquica y desobediente al estilo de Thoreau pero al mismo tiempo recelosos del extranjero, preservando el colonialismo (los indios nativos pueden tener derechos pero limitados), manteniendo una actitud cuanto menos laxa con respecto al racismo, apoyándose en alegatos patrióticos y casi siempre amparándose en la Segunda Enmienda de una manera paranoica. Durante algunos de sus conciertos Johnny Cash presentaba así su tema “patriotero” Ragged Old Flag: “Doy gracias a Dios por toda la libertad que tenemos en este país, la aprecio y la atesoro, incluso el derecho a quemar la bandera. Pero también tenemos el derecho a portar armas y si quemas mi bandera, te dispararé. Eso si, te dispararé con mucho amor, como un buen americano”.

A finales de los 70 la carrera de Johnny Cash estaba en claro declive. En los 80 prácticamente desapareció de la industria musical y a principios de los 90 casi nadie le recordaba. El productor Rick Rubin se interesó por su figura y lo sacó, literalmente, del ostracismo. Se valió de la imagen de Cash como proscrito y outsider, lo rebautizó como “El padrino del Gangsta Rap” (vinculándolo con las frustraciones de los marginados) y produjo una serie de álbumes míticos con un Johnny Cash debilitado de salud, fatigado vocalmente y profundamente taciturno. Los 6 discos de la serie American Recordings forman un estudio etnográfico musical de una crudeza devastadora. Fusionan de manera perfecta al músico rockabilly rebelde, drogadicto, salvaje, y al venerable y ascético sacerdote del country con un estilo lacónico, austero e insondable.

El cuarto álbum de la serie, The Man Comes Around, fue el último disco que Johnny Cash grabó antes de morir. Es su Requiem. La producción es asombrosa. Ojo a los músicos que colaboran: Nick Cave, Fiona Apple, Mike Campbell, John Frusciante, Don Henley… Es un disco áspero muy cercano al folk, al country primigenio y tradicional (con tintes de blues) que al mismo tiempo ofrece ese refinamiento típico del pop-rock más mainstream. De nuevo la paradoja, la ambivalencia, el extraño y atrayente melting pot de la cultura musical anglosajona, particularmente norteamericana. El rango vocal de Cash era limitado y su poca versatilidad no le permitía muchas veces mantener el tono adecuado, pero lo que hacía distintiva su voz de barítono era la autenticidad: la enorme capacidad vocal de Cash para transmitir sufrimiento y sinceridad. Este disco eleva al paroxismo ese tono ronco, severo y cansado de su voz, por lo que al escucharle recitar los versos del Apocalipsis en el tema de apertura The Man Comes Around (“And I heard, as it were, the noise of thunder. One of the four beasts saying, ‘Come and see.’ and I saw, and behold a white horse”) uno siente la ferocidad de un gruñido de ultratumba y a la vez la tersura de una confesión sosegada en el lecho de muerte.

El álbum anterior (American III: Solitary Man) se grabó principalmente en una cabaña que June Carter y Johnny Cash tenían en Virginia, pues la salud de Cash no le permitía viajar con asiduidad a los estudios de Los Angeles. Rick Rubin y el ingeniero de sonido David Ferguson habían habilitado un pequeño estudio que se mantuvo para este último álbum, generando esa atmósfera de aislamiento y retiro desde la que Cash entonaba, recitaba y narraba. La salud de Cash estaba tan debilitada que tenía que parar en medio de las grabaciones para tomar aire y poder respirar. Rubin escogió las canciones que debía versionar de forma precisa y apropiada: “Si la fragilidad de la voz coincidía con la fragilidad de la letra sería mucho mejor. Si tenía la canción adecuada, la debilidad de su voz se convertía en fortaleza”. Otra vez la paradoja, la aparente contradicción de ese vigor frágil que hace de este disco (y toda la serie de American Recordings) una obra metafísicamente inabarcable.

En la conmovedora y mística versión que hace de la tradicional Danny Boy (grabada en una iglesia con el único acompañamiento del órgano) podemos imaginar a Johnny Cash en su particular purgatorio, nunca sabremos si acabó ascendiendo o descendiendo.

Menú y maridaje

Nada mejor para acompañar este disco que unas cuantas recetas casheras. John Carter Cash, el hijo de Johnny Cash y June Carter, publicó en 2018 el libro The Cash and Carter Family Cookbook, un libro de recetas familiares. Podemos empezar con una frittata de salchichas y queso cheddar al estilo sureño junto a una ensalada de patatas de Rosanne Cash. Un buen aperitivo comunitario son los nachos con queso y frijoles refritos de Joseph Cash. Por supuesto no puede faltar el pan de maíz casero de la familia Cash. El estofado Brunswick de John Carter tiene buena pinta para acabar con los platos salados. De postre el bizcocho de plátano de la abuela Carrie Cash o una tarta de nueces pecanas y whiskey del primo Jack Carter. El refrigerio es fácil: cerveza a saco, un buen bourbon, whiskey de Tennessee y el cóctel Trainspotter.

Compañía

Este disco se puede (y debe) compartir desde infinidad de formatos y plataformas, pero seamos sinceros: su escucha debe ser abismalmente solitaria. Así de claro, no admite discusión.


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