Lotería y sepelios. Parte II

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Después de comer se van cada uno a su casa a dormir la mona hasta las horas que le den la real gana. Figenio se levanta siempre de peor humor, porque desde que tiene tanta pasta no sabe lo que hacer con su tiempo, y se aburre hasta agriarle el carácter. Se hace un té y pone la tele con quinientos canales para no ver ninguno; la suscripción platino le cuesta trescientos euros al mes, y a la empresa menos de noventa: negocio redondo con este y otros ignorantes. Se va por aburrimiento al centro deportivo para relajarse después de hacer menos de treinta largos en la piscina, vencido por la desgana. Cuando no podía pagar todos estos privilegios artificiales, dedicaba las mañanas a cuidarse con ímpetu los días que salía a andar temprano salvo en caso de lluvia, y los que no, se sentaba a buscar una plaza de esclavo en cualquier chiringuito que se conocía como empresa, sin grandes resultados como era obvio, ¡pero estaba ocupado y no tenía esa cara de lechuga sin aderezar de ahora! Los amigos eran gente inteligente, porque su Fige les quitó las deudas y algún que otro pellizco más se llevaron, firmado en plan de jubilación a tope para cuando quieran pasearse sin más preocupación que ir al gimnasio, comer de lujo en el hogar del jubilado del barrio a precio de carcajada, pues se podían permitir eso y gamba roja los fines de semana, sus cabezadas de hora y media en pisos totalmente reformados gracias a la generosidad financiera del jefe Figenio, el de los tres que de verdad se preocupa por cómo ocupar su tiempo. Le queda una espina clavada para ver si es tan indiscutible eso de poderoso caballero es Don Dinero. A buscar pareja en las redes sociales. Figenio se registra en amoraprimerclick.com, pone datos falsos para no atestar su chat con mensajes de adoración hacia su persona, y empiezan a caer las primeras conversaciones. A consejo del gran Hugo escribió como ocupación autónomo, y eso de yo me lo guiso yo me lo como parece que vino muy bien, porque a los tres días de empezar esa aventura, quedó en el centro de la ciudad adecuadamente ataviado para la ocasión con una mujer dos años menor que él y con intereses comunes: hacer que se gustan no siendo cierto; cometió el error de no quitarse el reloj exclusivo de su muñeca, dando con la cacería utilizando arma de calibre largo. Se le propuso ir directamente al grano en algún hotel discreto, después de una cena en el sitio que ella pretendió elegir, pero Figenio y su afición por el gasto en lo que le viene bien, hicieron lo contrario. Es lo mismo, los mensajes de intento de arponeo continuaron durante la noche:

—Me has encantado, de verdad. Eres un hombre magnífico, culto y muy caballeroso. Mañana termino pronto; podemos cenar y después pasarlo muy bien.

Intentó evitarlo a toda costa, pero no tuvo el hombre otra opción que bloquearla y seguir su marcha como si nada; el domingo quedó con el par de separados con dineros, sus compinches insobornables y comentó la hazaña:

—No era posible lo que estaba viviendo; de no comerme un rosco a tener que hacer huecos en la agenda, y yo no quiero eso chicos.

Carmelo y Hugo lo conocen, se conocen desde las primeras patadas al balón, y se percatan que Fige no está siendo feliz; el capitalazo que tiene no le llena:

—Es que no son las personas correctas para ti. Nosotros nos hemos criado con gente sencilla, ¿crees que te pega tanto de todo Fige? —dijo Hugo.

—La verdad es que estoy peor que nunca; me hago el mejor seguro médico que hay y en la primera analítica, el colesterol por las nubes. Tengo que comprobar todas las semanas que mi dinero está ahí, que los fondos de inversión en donde he puesto una parte siguen dando lo que necesito; llevo tiempo sin sentirme tranquilo, salvo cuando estoy con vosotros. Mal rollo lo mío chicos. No sé.

—Bueno tranquilo; ¿por qué no te vas una temporada a otro país? —preguntó Carmelo

—Es verdad Fige, puedes probarte largándote a yo qué sé, muy lejos, a Japón por ejemplo —aconseja Hugo.

Lo dejan con la cabeza llena de dudas; a Fige no le sienta bien la vida que está llevando. Solamente le alivia saber que cada mañana tiene el porvenir resuelto. Y todo esto le dio tiempo a pensarlo en una noche, lo que hizo que se levantara con la energía de un ligón de domingo un lunes por la mañana. De camino a la administración de lotería en línea recta al llegar a un paso de cebra, a punto de cruzar ve llegar un torpedo conducido por un señor muy mayor que pasa de él; Figenio tiene que dar un par de pasos atrás rápido, porque de lo contrario se lo llevan por delante:

—¡Eh, maleducado!

Levanta las manos indignado mientras le recrimina, a lo que el salvaje conductor no hace otra que ignorarlo y seguir a su ritmo con su bólido. Un señor de pasados sesenta y cinco que había detrás de él vestido con ropa de tirar al contenedor le sonríe amablemente y le advierte:

—Lleva cuidado que aquí te limpian en menos que canta un gallo si no miras a los dos lados.

—¿Se ha dado usted cuenta?; si no respetamos los pasos de cebra, ¿dónde vamos a llegar?

—Ya lo ha dicho usted; donde estamos llegando, al desastre.

—¡Qué razón tiene!

Siguió Fige de camino al despacho de la suerte y vio que había una cola que respetar, no muy larga, traducido en cinco personas fuera del establecimiento. Se puso tras la última persona que había esperando y una vez ya en posición de paciencia, miró detrás de él y vio al señor que le sonreía con cara de querer hablar un rato con un café en el bar de más solera del barrio. Ese medio anciano de jersey ya cansado de vivir, abrigo viejo y pantalón nada sucio pero también un tanto gastado, abrigaban a un hombre que no dejaba de mostrar una cara de tener suerte por levantarse todos los días. Figenio retomó la conversación con él para matar el tiempo hasta que les tocara, aunque no necesitó empezarla para romper el hielo; fuel el otro interlocutor:

—Menos mal que has tenido reflejos, que si no te atropella y se queda igual.

—Y yo de camino a ver a Dios, vamos que en el camposanto me veía.

—¿Camposanto, Dios?; ¿quieres que te cuente?

—Por favor, le escucho.

—Yo he trabajado de enterrador muchos años, y te digo que ni Dios ni nada. He visto de todo, a todo tipo de gente, pero para mi, puedo decirte que Dios no existe.

—Habrá visto todo tipo de gente, pero supongo que hay más buena que mala.

—No, es al revés; hay más mala que buena. Mire, he visto trozos de carne, he visto a familias enteras en un entierro odiándose por lo que supongo que era la herencia; el padre o la madre enterrándolos y los hijos con ganas de matarse a tiros ahí mismo.

—¿De verdad me dice usted eso?

—Puedo seguir contando (sin dejar de sonreír). Lo que más se me ha quedado clavado es cuando teníamos que enterrar a un crío pequeño. La cara de dolor de los padres la llevo aquí (señalando con un dedo su corazón); eso no se olvida jamás, madres hechas polvo ya sin ganas de vivir, padres destrozados, que parecían zombis; eso no se olvida. Y como le decía, familias peleadas en el entierro por el dinero. Hay más mala gente que buena, y Dios para mi no existe; te vas y se acabo, así que vive todo lo que puedas, disfruta de la vida porque esto es lo que hay.

—No me asuste hombre, que voy a ver si me toca algo que anoche lo soñé.

—Déjate de sueños y vive ahora, con más o menos dinero, que no creas que lo soluciona todo porque no. Disfruta todo lo que puedas (con cara de querer hacerse amigo de Fige hasta su sepelio).

Es en esa última declaración cuando el turno de Fige llega y comprueba que no ha tenido suerte, así que a apoquinar repitiendo los mismos números, por eso de pescar insistiendo con el mismo cebo que ya enganchará el pez gordo. Tanto sueño para nada, ni coche de lujo, ni mansión en urbanización exclusiva, ni dádiva a sus amigotes, ni manjares de lunes a domingo con colesterol altivo. El ser casi pobre le hace mantenerlo a raya, y los nervios de viaje, que no está mal. Sale de la administración despidiéndose del hombre que le ha dado una lección de cómo aprovechar el presente, que el ayer se enterró, y el mañana no ha nacido aún:

—¡Adiós y mucha suerte!

—¡Adiós muchacho!

Ya volvía a ser en ese momento el Gran Figenio; pocas personas pueden decir que esa mañana no tienen que trabajar, pudiendo pasarla gastando unos dineros en el azar para luego ir a casa, entretenerse con alguna documentación a mandar con nada de prisa, comer, echarse una siesta de rey, y luego a seguir intentando ganar unas perras flacas o gordas según la oferta de trabajo, pero con las espaldas cubiertas por el estado y la familia. Su vida va a ralentí, como unos tiburones que duran más de cien años de lo despacio que nadan. Mientras no le toque el día del disgusto de no ser rico y no ver a Dios nunca, bien irá la cosa. Figenio no quiere líos y pasa el resto del día haciendo maestría de la tocada de pelotas con las redes sociales, comprobar la próxima fecha de sellado del paro, unos vídeos cachondos para animarse antes de le cena, un par de llamadas a la familia y uno de sus amiguetes, y a la cama pronto que está cansado de tanta tensión emocional. Esa noche no fue de locura soñadora; se despertó con la mente en blanco pensando qué hacer con su vida, y para no agobiarse se vistió con otra ropa y se fue a pasear por el centro sin tener que aguantar a gente envidiosa o malvada para llevar un sueldo a casa. Cuando ya llevaba una media hora de caminata observa que le dan por el móvil un aviso de una oferta de empleo interesante, relacionada con el asunto formativo. Figenio se da la vuelta y de camino a casa llama al número de teléfono que le indican; queda en la oficina de empleo un viernes a primera hora para entrevistarse con el empleador, una mujer con semblante de ida le explica que es un trabajo exigente pero que come en casa y hasta el día siguiente, que se olvide de preocupaciones, con catorce pagas (apenas las dan ya en la empresa privada, por si se le ocurre investigar), veranos largos para que repose su mente tan ajetreada, y navidades y semana santa sagradas para el disfrute de su cuerpo serrano con tocino de estar tan aparcado. El listo de Fige firma con impaciencia el contrato que le va a dar una cantidad para pagar su hipoteca, el desodorante de marca de primera, los filetes y algún que otro capricho para el ropero, y gracias a su simpatía, no al altísimo de todos los santos, que ahora no existe según su convencimiento.

El sueño de Figenio se acabó cuando se vio de monitor con denominación de género señalada en bolígrafo como inefable (ni viril Fige ni preciosa Fige), porque lo que no se define lleva premio en forma de subvención, en una guardería satánica con la herencia de lo más granado de la sociedad; así están sus compañeras de trabajo que lo persiguen siempre que pueden:

—¡Jose Allbberrttoo, Jose Albeerrttoo!

—Mari, que no me llamo Jose Alberto, me llamo Figenio.

—¡Ay Figenio perdona hijo mío, es que voy tan liada!; mira la foto de las criaturas, son unos ángeles.

Figenio veía una brigada de terroristas del Grupo Revolucionario Antisistema (sea cual sea), ya que hijas de engreídos sin conciencia, hijos de abogadas sin estómago, gemelos de narcos al menudeo, y cagones que miran a Fige como el próximo al que mearle encima cuando los coge en brazos, son la tónica de todas las mañanas. Figenio exhibía un color de piel radiante al no conocer el trajín mental cada día de su vida. Comía sin prisa, dormía sin preocuparse de la hora y andaba por todo rincón de la ciudad al paso de un pensionista de cuarenta y largos con un corazón a prueba de todo, y ha pasado de la opulencia a las tortillas de ansiolíticos proscritos porque no puede tomarse una baja, que no hay candidaturas para sustituirle; todos los días se lamenta de su pésima suerte:

—¿Es que me merezco yo esto, con lo buena persona que soy?

Merecía sufrir un poco el hombre, que ya llevaba pitorreándose del personal demasiado tiempo; así que a apencar que no te pasa nada; hay variedad en el ecosistema del mundo; ying y yang, loterías y sepelios; ya te tocaba rey mío.

–FIN–


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9 de febrero de 2024

Me gustaría creerte, amigo mío, creer que tengo la suerte de no tener todo lo que quiero, pero más me gustaría probarlo.

Es un buen cuento

Antonio
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