España hueca I – Un breve e introductorio salto al vacío

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Mientras disfrutábamos de una de las mejores comidas de los últimos meses en un pueblo perdido de La Mancha, nos llegó un e-mail: “su pedido será entregado mañana entre las 8 y las 9.30 a.m.”. Apuramos los postres y rápidamente pusimos el coche en marcha para estar en casa lo antes posible. La experiencia gastronómica y enoturística de los días pasados en esa localidad manchega ha quedado almacenada en los móviles y subida a la nube; puede que publicada en alguna red social con sus respectivos likes, comentarios y recomendaciones. Remarcando la ubicación del pueblo de no más de 200 habitantes en un enclave natural donde casi no hay cobertura (la suficiente para no estar desconectado del todo) uno puede “relajarse”, beber “los caldos” más desconocidos y deliciosos por un módico precio y “aislarse” por un día o dos del estrés urbano.

La España “vacía” o “vaciada” es un término que no me resulta nada atractivo: el concepto aquí usado es antropocéntrico, los lugares no están “vacíos” porque no haya seres humanos en ellos. Hay vida más allá de lo humano e incluso a veces más interesante; cosa distinta es la discusión sociológica, política y económica de por qué progresivamente se ha ido deshabitando la zona rural o si realmente alguna vez ha estado tan poblada como parece sugerir la machacona campaña publicitaria de la “España vacía”; todo esto debería implicar un estudio pormenorizado, reflexivo y laborioso; algo que el libro que popularizó el fenómeno no hizo (Sergio del Molino escribió en 2016 La España vacía: libro de una mediocridad formidable… aunque funciona muy bien como consulta bibliográfica de otras obras mucho más trascendentes).

Por otra parte, es un concepto sobreexplotado a través de una mercadotecnia publicitaria de fácil digestión por neo-burgueses deseosos de escapar de la rutina urbanita para calmar su ansiedad administrativa o emprendedora (entre la pusilanimidad impotente y el cretinismo arribista más recalcitrante), mientras disfrutan de parajes “naturales”, cocinan “barbacoas veganas” junto a prados repletos de vacas, conejos, jabalíes y demás “habitantes” de estas zonas “vacías”, o nadan en pozas “secretas” restregando los pies en las piedras de ríos colindantes para exfoliarse las durezas y callosidades al estilo de un “gran spa natural y salvaje” que les ayuda a reconectar con la naturaleza y mantener conversaciones espirituales con la Pachamama para después, con las “pilas recargadas”, volver a sus casas del centro (extrarradio o urbanización) de la gran ciudad y desempaquetar el último pedido de Amazon (normalmente un trasto tecnológico). Es decir, los domingueros 2.0: “Los domingueros vuelven al redil de la ciudad que les espera, que les fatigará más aún con sus semáforos y sus cines de barrio y sus escaparates con liquidaciones. Los domingueros encienden el último pitillo que quedó en el paquete y contestan malhumorados cuando alguien, ¿quién puede ser?, pregunta si falta mucho para llegar… Y la ciudad, endomingada en el silencio, les acoge y les va engullendo desde todos los andenes, desde todas las carreteras de acceso, desde todos los rincones en los que el aire brota espeso, húmedo y maloliente… Los domingueros regresan a la cueva del desengaño, del sueño torpe que no descansa, y abren de par en par la ventana para asomarse a ver si logran descubrir, en lo alto, las estrellas”. Julio Manegat, Spanish Show.

Siempre que vuelvo a la capital desde cualquier orilla del país, tengo la misma sensación. España está hueca por dentro como una campana y uno se ve forzado a atravesar un largo espacio de silencio antes de hallar en medio de la soledad ese badajo o pendejo que es Madrid”. 

Manuel Vicent, “El badajo”, El País, 1983

Tenemos pánico a lo vacío, Pablo D´Ors en su Biografía del silencio: “Nos asusta el escenario vacío; nos da la impresión de que nos aburriremos en esa desolación. Pero ese vacío es nuestra identidad más radical, pues no es otra cosa que pura capacidad de acogida”. ¿Cuál es la capacidad de acogida de estas zonas rurales cada vez más despobladas? El eterno retorno del turismo. Parafraseando el brindis de Homer Simpson: “¡Por el turismo! Causa y a la vez solución de todos nuestros problemas (económicos)”. Habría que definir qué entendemos por turismo y qué tipo de turismo queremos (los españoles en este caso). Tomaremos la definición académica del profesor Miguel Ledhesma: “Turismo es todo el espectro que se genera a partir de la idea y/o de la acción que implica el desplazamiento de los seres humanos a un lugar diferente al de su residencia con posibilidades recreativas, es decir, con intenciones de descanso, diversión y/o contacto con el destino receptor. El turismo se presenta entonces como un fenómeno ubicuo, complejo y multidisciplinar que comprende aristas económicas, sociales, políticas, artísticas, antropológicas, medioambientales, históricas, geográficas, educativas, psicológicas, comunicativas … que involucra simultáneamente al sector empresarial, al estatal, al no gubernamental, al sector profesional, a las poblaciones que habitan cada destino turístico y a los turistas, además, el turismo implica conflicto, lucha de poder, competencia. Los sujetos rivalizan por la búsqueda de dinero, de poder, de reconocimiento, de títulos académicos, de contactos, etc.”. Si es un fenómeno complejo, no puede darse una explicación sencilla, y mucho menos teniendo en cuenta que compromete a tantos sectores; asimismo la situación particular de la despoblación del interior español tiene una serie de imbricaciones sociopolíticas laberínticas desde el Plan de Estabilización nacional de 1959, pasando por los regionalismos, la desigualdad entre las diferentes Comunidades Autónomas, turismo costero e isleño (mayoritariamente foráneo) vs. turismo rural e interior (mayoritariamente nacional), etc…

También hay que tener en cuenta al poderoso caballero: la especulación inmobiliaria, especialmente en zonas costeras y en menor medida en la zona rural del interior, derivó en la mayor crisis económica de este siglo, haciendo que muchas segundas y terceras viviendas (algunas de la época del desarrollismo franquista, otras por mero lucro y unas cuantas por lujo provinciano) pasasen de ser quimeras veraniegas (o domingueras) de familias de clase media a residencias de acaudalados extranjeros, negocios lucrativos para empresas (muchas de ellas también extranjeras) o directamente ruinas “okupadas”. Cabría preguntarse si para los gobiernos (regionales incluidos), empresas y entramados capitalistas de distinta calaña ha sido alguna vez una prioridad la intención de “repoblar” esta España “vacía” que aparentemente tanto preocupa mediante leyes, inversiones y mecanismos de ayudas sociales bienintencionadas. La respuesta suele ser un largo y vacío silencio.

El intelectualismo literario neorruralista de tintes provincianos (directamente relacionado con lo que se llama “rojipardismo”) ha hecho más por visualizar este problema que la Realpolitik; pero como todo intelectualismo repentino y atrayente tiene un discurso sentimentalista, autoreferencial y con un cierto carácter elitista que puede desembocar en un reaccionarismo identitario neocastizo que busca regresar a valores familiares tradicionales de una manera moralista y nostálgica, escondiendo un fariseísmo centralista “malasañero” que huele a naftalina. “El intelectual provinciano de ordinario se cansa pronto; tiene poco aguante para los desdenes, más fingidos que reales, de los que le rodean. Quiere ser reconocido y acatado muy pronto”. Miguel de Unamuno, Andanzas y visiones españolas, Por capitales de provincia.

Siguiendo la metáfora campanil de Manuel Vicent, cantaba Rosendo en su canción Por cierto:… las campanas repicando jode que jode ¿a qué sí? No te muestres tan iluso, ni confuso y mucho menos servil…”; en próximas entregas seguiremos tratando este tema y por supuesto “hablaremos del gobierno”.

*Gracias a Carol por su inestimable ayuda en la corrección y revisión del texto.


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