España hueca III – Crónicas reales ante mundos fantasmagóricos

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En términos periodísticos (y varios más) la objetividad no existe. La neutralidad tampoco. En nuestro idioma no hay ni tan siquiera sustantivos neutros. El periodismo común y habitual es básicamente literatura de opinión (máxime en el caso español). Sobre periodismo (vaya usted a saber qué es y qué significa en el siglo XXI) y sus derivados más o menos interesantes (metodologías para el análisis comunicativo, etnografía de audiencias o semiótica de géneros comparados…) escribiré en otro momento. En este texto quiero darle la relevancia que se merece a un “subgénero” periodístico que durante este corto siglo he denostado, pero que últimamente y gracias a la buena praxis de algunas plumas latinoamericanas se ha tornado en mi estilo periodístico-literario predilecto: la crónica.

El gran cronista argentino Martín Caparrós: “El lenguaje periodístico habitual está anclado en la simulación de esa famosa «objetividad» que algunos, ahora, para ser menos brutos, empiezan a llamar neutralidad. La prosa informativa (despojada, distante, impersonal) es un intento de eliminar cualquier presencia de la prosa, de crear la ilusión de una mirada sin intermediación: una forma de simular que aquí no hay nadie que te cuenta, que «ésta es la realidad». El truco ha sido equiparar objetividad con honestidad y subjetividad con manejo, con trampa. Pero la subjetividad es ineludible, siempre está. Es casi obvio: todo texto (aunque no lo muestre) está en primera persona. Todo texto, digo, está escrito por alguien, es necesariamente una versión subjetiva de un objeto narrado: un enredo, una conversación, un drama. No por elección; por fatalidad: es imposible que un sujeto dé cuenta de una situación sin que su subjetividad juegue en ese relato, sin que elija qué importa o no contar, sin que decida con qué medios contarlo. (…)”. Queda pues claro que la objetividad no es más que una fantasmagoría; ahora bien, los estilos subjetivamente seleccionados pueden variar y hacer de algunas crónicas piezas extraordinarias. El cronista puede dejarse llevar por un lenguaje lacónico, sintético, ecuánime, o por el contrario literario, intuitivo y arbitrario. E incluso rizar el rizo combinándolo todo en una pieza que se asemeje a la literatura de altos vuelos.

Muchos de los cronistas procedentes de la prensa convencional de repente se sienten aliviados escribiendo crónicas; el periodista colombiano José Alejandro Castaño, autor del estremecedor ¿Cuánto cuesta matar a un hombre? Relatos reales de las comunas de Medellín, recuerda su paso por diferentes periódicos: “Los diarios son nueces duras y huecas por dentro. Yo viví ese drama de la prisa inútil, del esfuerzo perdido, del vértigo simulado, en fin, del cansancio sin gozo en las salas de redacción de El Colombiano, de El País, de El Tiempo, de El Heraldo. Fue como hacer un doctorado sobre el tedio, y casi me gradué con honores”. Es en la crónica precisamente donde estos autores encuentran el estilo literario, la libertad personal para contar lo que realmente desean y les interesa de manera pausada, reflexiva y sensata (al leer algunas crónicas estos adjetivos pueden parecer contradictorios). El mexicano Carlos Monsiváis, uno de los padres de la crónica latinoamericana, definía la crónica como “la reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”.

“Valdorria se aparece ante los ojos del viajero como un pueblo condenado a su despoblación total. Salvo en dos o tres casas, el olor a cerrado y las hierbas salvajes se extienden por las paredes dándole a todo el pueblo un aspecto fantasmal”

Julio Llamazares, El río del olvido, 1990

Nadie como Julio Llamazares para reconstruir con espíritu literario y personalidad de cronista el mundo rural español. Su lirismo navega entre lo nostálgico y la crudeza realista más salvaje. Ha abanderado la narración sobre la despoblación del entorno rural español incluso antes de publicar su popular novela-monólogo-crónica La lluvia amarilla (Andrés, último habitante de un pueblo abandonado aragonés, a través de un monólogo interior hace de cronista, valiéndose de su memoria discontinua y alucinada); obra de un existencialismo abrumador en la cual personaje, naturaleza y pueblo fantasmal se funden en un mismo narrador de fuerza áspera, brusca, desapacible confundiéndose al mismo tiempo con el paisaje abrupto, enriscado, fragoso. “Fueron años difíciles, años de soledad y de desesperanza. Pero, también, y quizá por ello mismo, años que despertaron en nosotros un sentido de la solidaridad y la amistad que hasta entonces ignorábamos. Todos éramos conscientes de nuestra indefensión ante la cólera del tiempo y del invierno en la montaña, nos sabíamos solos y olvidados en medio de una tierra que ya nadie transitaba y esa misma indefensión nos acercaba y nos unía más aun que la amistad y que la sangre”. La simbiosis entre Andrés y el entorno rural en el que vive es absoluta, va más allá de cualquier relación de carácter social (burgués); todo forma parte indisoluble de esa tierra dura, aislada, deshabitada donde la suerte del territorio, del pueblo espectral va inevitablemente unida a la suerte de Andrés. “Me sirve ahora, al cabo de los años, cuando el dolor encharca mis pulmones como una lluvia amarga y amarilla, para escuchar sin miedo a la lechuza que anuncia ya mi muerte entre el silencio y las ruinas de este pueblo que, dentro de muy poco, morirá también conmigo”.

Probablemente el mejor libro de crónicas sobre la despoblación rural española de la última década sea Los últimos. Voces de la Laponia española (2017) del periodista Paco Cerdá. Precisamente el capítulo dedicado a Soria lo titula El origen de la fe amarilla y cuenta como Llamazares encontró la inspiración pasando por Sarnago, pueblo al norte de Soria (en la novela Llamazares establece la acción en Ainielle, pueblo aragonés): “Recorrí una por una las casas de Sarnago, las cuadras invadidas por las zarzas, la vieja iglesia hundida bajo el peso de su propio desamparo. Vi los bancos roídos por la muerte, los arados podridos, los muebles carcomidos por la herrumbre y la tristeza. Vi el óxido y la hiedra adueñarse poco a poco del corazón y la memoria de las cosas. Y mientras recorría las cocinas y las habitaciones solitarias madrigueras ahora de los zorros, los fantasmas y los pájaros pensé en sus antiguos habitantes y, sobre todo, en aquel que un día quedaría completamente solo en medio del olvido y de la muerte”. Paco Cerdá recurre al periodista y teólogo Abel Hernández, oriundo de Sarnago, en su libro Historias de la Alcarama, prologado por Llamazares; escribe justamente sobre el último habitante de Sarnago: “Sólo quedaba él. El Aurelio. Un hombre tosco, desaliñado, de voz profunda y oscura, con zahones y una manta de cuadros al hombro tocando la cuerna por las esquinas para sacar la cabrada y conducirla al monte (…) Aurelio Sáez, último vecino de Sarnago, murió el 23 de abril de 1979, fiesta de la comunidad de Castilla y León, aniversario de los Comuneros, a los 47 años de edad. Tenía dos hermanas, pero nadie acudió a recoger sus restos por lo que su cadáver acabó en la sala de disección de la Facultad de Medicina. Así murió mi pueblo. Nadie puso su esquela en la puerta de la iglesia ni tocaron las campanas a muerto. Nadie escribió en el periódico la necrológica del último vecino de Sarnago. Así de trágico y abrupto, sin misticismos ni arrobamientos extáticos, fue el final del último habitante del pueblo que inspiró La lluvia amarilla”.

“¡Oh tierras de Alvargonzález,
en el corazón de España,
tierras pobres, tierras tristes,
tan tristes que tienen alma!”

Antonio Machado, La tierra de Alvargonzález, 1912

Tremendamente cautivador es el capítulo que Cerdá dedica a La Rioja, hablando de El Collado, aldea absolutamente aislada perteneciente al municipio de Santa Engracia del Jubera, con una densidad poblacional de 1,85 habitantes por kilómetro cuadrado. En Logroño, en 79,5 kilómetros cuadrados viven 151.000 personas; en Santa Engracia del Jubera, en 86 kilómetros cuadrados de terreno únicamente habitan 159 personas. Casi mil veces menos. Zona que estuvo durante años completamente deshabitada. A principio de 1990 algunos expatriados de la zona empezaron a resucitarla: “El 14 de septiembre de 1991, un cuarto de siglo después de la última ocasión, en El Collado se celebraron las fiestas del pueblo. Hubo 400 participantes. Poco a poco, un puñado de vecinos fueron reformando las casas de sus padres y abuelos, muchos según la arquitectura tradicional: piedra encima de piedra. Algunos lo hacían para volver los fines de semana y en las vacaciones. Otros reconstruyeron sus viejas casas para culminar un sueño que parece una locura: asentarse de nuevo en la aldea abandonada. En la aldea a la que nunca llegó la electricidad”. La conversación que Cerdá mantiene con uno de sus habitantes, Marcos Moya de 72 años, es brutal: “—Yo he pasado por todas las etapas de iluminación, como mis ancestros. Aquí he estado con candil de aceite, candil de carburo, lumigás, linterna, una batería de coche para una sola luz, luego la ampliación de baterías para tener más luz y, finalmente, llegaron las placas solares, el generador eólico y el generador eléctrico —dice”. Con una orografía tan accidentada, los móviles carecen de cobertura, a pesar de los generadores eléctricos no pueden conectar lavadoras, tienen que lavar a mano, con las placas solares en invierno (con nieblas y nubes casi permanentemente) suelen tener cortes de luz y a veces apagones totales que les hacen vivir en esa época del año prácticamente aislados: “En uno de esos inviernos de ostracismo prolongado, de estar un día tras otro aprisionado en la aldea, Marcos ha llegado a desafiar montones de nieve que le llegaban a la cintura para salir andando a por la medicación que necesita a causa de una vieja enfermedad.—Esto es crear la despoblación. Esto es la demotanasia: que no te permitan subsistir. Si te niegan los servicios más básicos y te ponen pegas ante todo y por todo, no te dejan desarrollarte. No hacen posible que vivas con normalidad. Si nos dejan aislados en invierno, potencian que nos tengamos que marchar y abandonemos nuestras raíces —protesta”.

Esta demotanasia por parte de los organismos oficiales no es nueva: en 1964 Ramón Carnicer publicó su libro Donde las Hurdes se llaman Cabrera, algo llamativo sobre todo para la época y el contexto político en que el libro vio la luz. En 1962 Carnicer viajó a la inhóspita comarca leonesa de La Cabrera, zona no solo aislada sino donde el tiempo parecía haberse detenido. Desde el obispado hasta el gobierno civil ejercieron presiones para que el libro no se publicase pero, asombrosamente, Carnicer logró editarlo tal como él mismo lo concibió. Las crónicas que despliega Carnicer beben de la tradición costumbrista española: las conversaciones que mantiene con los lugareños, las descripciones de casas y por supuesto del paisaje que rodea esta comarca alejada de la “civilización” quedan perfectamente ligadas con la enorme crítica que subyace hacia los estamentos políticos y católicos. Las crónicas mediante las que Carnicer describe la comarca leonesa dejan patente el destierro e incluso encierro al que estos pueblos estaban sometidos sin casi posibilidad de vínculo con el resto del país en pleno proceso de industrialización. “—Ahora dicen que hay que apuntarse para la paga del Gobierno. Al poco rato pasan otras dos mujeres. Van camino de Robledo, son más jóvenes y llevan sus azadas al hombro. Se repiten los saludos y las impresiones sobre el tiempo, y cuando les pregunto qué tal se vive, la más joven responde: Estamos abandonados. El Gobierno no se acuerda de nosotros. Creen que somos lo peor de España, pero no somos tan malos, no (…) Entre los curas viejos y sus feligreses se advertía un claro entendimiento, y no por descender a su nivel disminuía su autoridad e influencia ni perdían el respeto de la gente. Los jóvenes, al contrario, se mantenían a una altura jerárquica poco propicia a la comprensión, la confianza y el afecto. Sus ideas sociales, meditadas acaso para los suburbios, no se mostraban muy eficaces en la resignada pobreza de aquellos pueblos”.

“La tierra que alimentaba a Don Quijote es una tierra pobre, tan desollada por seculares chaparrones, que por dondequiera afloran a ras de ella sus entrañas berroqueñas”

Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, 1905

Merecen ser mencionadas las crónicas viajeras Castilla a pie y Donde la vieja Castilla se acaba de Ignacio Sanz y Avelino Hernández Lucas respectivamente; fueron grandes amigos, de hecho Ignacio Sanz ha escrito una biografía de Avelino recientemente: Vida de San Avelindo. Ambos elaboran textos que mezclan la etnografía, el folclore y las fábulas; son muy interesantes desde el punto de vista pedagógico, ambos también escribieron literatura infantil y participaron en tareas de animación sociocultural con el entorno rural como trasfondo. “Un par de consejos, por si lo has menester. Porque es cierto lo del frío, llévate jersey grueso, aun en verano, para el anochecer y la alborada. Toma cuanto jamón, chorizo y pan de hogaza te ofrecieren. Y bebe en todas las fuentes. Vuélvete a mirar atrás, desde el recodo de la cuesta, al marcharte de un pueblo hecho en valle, en cerro o en ladera. Escucha la codorniz y la calandria en primavera, los tordos en otoño, el cierzo si es invierno y las esquilas y el balar de los rebaños en cualquier lugar y tiempo. Habla con todos los viejos que te encuentres”. Prólogo del propio Avelino Hernández en su libro.

Entroncan estos dos últimos autores con las crónicas televisivas que nos dejó José Antonio Labordeta en su famoso programa Un país en la mochila, programa con el que algunos crecimos y recordamos con cariño y afecto. De manera afable, campechana y muy literaria se abría paso entre los diferentes pueblos de la España interior. Gran poeta y cantautor. “Quisiera cobijarte en una tierra de montaña o de ríos o dura sierra, viendo como el paisaje surge creciendo de bosques o praderas, carbón o trigo”. Canción de cuna sobre la tierra estéril de su álbum Tiempo de espera.

Para concluir, recomendar desde aquí (en un estilo de metalenguaje cibernético) el blog de Faustino Calderón www.lospueblosdeshabitados.net crónicas de la España despoblada a la manera clásica pasadas por el tamiz de Internet; un blog sin estridencias ni ampulosidad, sencillo, informativo y didáctico. El propio Faustino escribe los textos, muchas veces mediante conversaciones que ha mantenido con los lugareños, por lo que es un material actualizado de cómo se orienta la vida rural en los pueblos más deshabitados de nuestro país a través de la oralidad. Un blog espléndido que ayuda a visibilizar y entender mejor la problemática de la España despoblada.

Crónicas, todas ellas, más auténticas que cualquier artículo o texto escrito por el nuevo influencer rural de turno o periodista especializado en “sociología matemática sobre cuadrantes fragmentarios de estadística demográfica”. Larga vida a la crónica entendida como cuento, relato, narración realista con tintes poéticos, historicismo diletante y entusiasta, entrevista silenciosa, autobiografía, ensayo existencialista…a fin de cuentas Literatura imponente y solemne.

*Gracias a Carol por su inestimable ayuda en la revisión y corrección de este texto.


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