Tic-tac-toc I

Difunde cultura

Necesitamos desalienar el tiempo: reconectar el tiempo de reloj con sus fuentes y reconocer su carácter mecánico creado. Como tal, el interés por las múltiples dimensiones temporales de nuestras vidas no es un mero ejercicio teórico y académico; es más bien una estrategia de vida”.

Barbara Adam, Timewatch: The Social Analysis of Time, 1995

En la quinta edición del DSM (Biblia de la patologización y generalización de las enfermedades mentales) TOC son las siglas de Trastorno Obsesivo-Compulsivo, que “se caracteriza por una preocupación generalizada por el orden, el perfeccionismo y el control (sin espacio para la flexibilidad) que en última instancia enlentece o interfiere sobre la realización de una tarea”. Es decir: todo el mundo en mayor o menor medida sufre TOCs. Quizás el TOC que más se ha extendido durante los últimos dos siglos es la obsesión por el tiempo y su presunta escasez. Esta preocupación y agobio por la falta de tiempo se torna en queja permanente a la que se dedica demasiado tiempo. Que poco tiempo tengo. No puedo hacer esto en tan poco tiempo. No dedico el tiempo suficiente a tal cosa. ¿Cuánto queda? ¡Qué poco! Entramos en bucles temporales lamentándonos por la falta de tiempo. Perdemos el tiempo reclamando más tiempo.

Desde la Antigüedad el tiempo ha sido obligatoriamente ritualizado, medido, calibrado para escapar de las incertidumbres vitales. Hay que configurar el tiempo, dividirlo, compartimentarlo para que nuestros rituales, actividades, ocupaciones, tareas puedan ser evaluadas, establecidas y sobre todo repetidas. Cada civilización ha necesitado de una específica configuración temporal y formas de medir ese tiempo: desde los relojes solares, los de arena, el calendario, a los cronómetros digitales etc. Nos sostenemos bajo ciclos temporales. Siempre ha sido así. Los sociólogos británicos Jonathan Gershuny y Oriel Sullivan coordinan un fantástico libro acerca del tiempo What we really do all day (2019) y la introducción escrita por ambos comienza de esta manera gráfica y entendible: “Algunos de nosotros podemos recordar a los Picapiedra y los Supersónicos; familias nucleares de dibujos animados, respectivamente de la edad de piedra y de la era espacial, de la televisión de los años 60. Los Picapiedra, con todas sus comodidades modernas y su residencia-cueva totalmente equipada, vivían, desde el punto de vista de la mitad menos rica de la población británica, en un futuro de lujo suburbano estadounidense al que aún aspiran. Ellos, y la madre y el padre de Los Supersónicos en su hogar satelital en órbita, tenían los mismos roles de ama de casa y sostén de la familia que nuestros padres y abuelos. Los maridos dejaban la cueva o la estación espacial después de tomar un desayuno preparado por sus esposas, iban al trabajo y tras la jornada laboral regresaban en sus vehículos privados propulsados a pie o a reacción, y por la noche miraban las mismas pequeñas pantallas de televisión colocadas en la esquina de la cueva o cúpula espacial. Ambas familias tenían los mismos patrones tranquilizadores e inalterables de actividad diaria. La falta de cambios fue la broma principal en el argumento de ambas series. Y, como nos muestra la evidencia presentada en este libro, al menos durante el más de medio siglo de cambios capturados por nuestros datos de uso del tiempo, y a pesar del enorme progreso de la tecnología durante ese período, existe una cierta similitud sobre el uso diario del tiempo en estos últimos cincuenta años”. ¿Por qué tenemos la sensación hoy día de no tener tiempo? Quizás este TOC está basado en una falacia.

“—Una vez llevé a tu padre al cine. Psicosis 24 horas. No es una película, más bien una obra artística conceptual. La película de Hitchcock proyectada tan despacio que tarda veinticuatro horas en pasar.

Me lo dijo.

¿Qué fue lo que te dijo?

Me dijo que era como ver morir el universo durante un período de unos siete mil millones de años.

Estuvimos diez minutos”.


Don DeLillo, Punto omega, 2010

En 2010, el artista Christian Marclay creó una obra audiovisual llamada The Clock. Montó varios extractos de series y películas que hacían alusión al tiempo. Mediante imágenes de relojes, diálogos o actuaciones con el concepto de tiempo como fondo estructuró una coordinación visual en la que se representaban las veinticuatro horas del día. Todos esos fragmentos fueron cuidadosamente sincronizados para conseguir que la hora que marcaba la obra mediante las referencias visuales y sonoras fuera exactamente la misma que la hora oficial del país en el que se exhibía. Era una proyección que duraba 24 horas y después volvía a empezar, provocando un bucle sin fin. Marclay señalaba de esta manera la supeditación del cuándo respecto al qué. La tiranía de la medida lineal del tiempo. La tiranía del reloj. Daban igual las imágenes mostradas, lo relevante era cuándo sucedían, en este caso a la misma hora que la de los espectadores. En esta obra el tiempo era un circuito continuo cerrado en sí mismo. No había principio ni final. No había pasado ni futuro. Era un presente constante a pesar de estar confeccionado con retazos de obras pasadas. El propio espectador experimentaba la duración del tiempo en términos agobiantes, estresantes y alarmantes porque estaba literalmente viendo el tiempo pasar ante sus ojos. Si estuviésemos las 24 horas del día mirando el reloj nos volveríamos locos. Marclay otorgaba al espectador la decisión de su propia finitud con respecto a la obra y su tiempo personal, cada uno decidía cuando ponía fin a la visualización de la película. Ese memento mori al abandonar la sala revelaba como la muerte siempre tiene lugar en el presente. La muerte no sucedió ni sucederá, simplemente sucede.

The Clock dialogaba con San Agustín. En el capítulo catorce ¿Qué es el tiempo? del libro undécimo La creación y el tiempo de sus Confesiones escribió: “Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es él y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad”.

La eternidad en el sistema socio-económico capitalista es la perpetua búsqueda de ganancias. El Capital no es un fin, es un proceso en permanente circulación cuyo principio y final temporal es el mismo: dinero. El final de un ciclo es el comienzo de otro con la misma intención. El eterno retorno económico de lo siempre igual. Jacques Derrida lo expresaba brillantemente en Dar (el) tiempo: I. La moneda falsa: “La economía implica la idea de intercambio, de circulación, de retorno. La figura del círculo se encuentra en el centro de toda la problemática de la oikonomia, así como en el de todo el campo económico: intercambio circular, circulación de los bienes, de los productos, de las mercancías, amortización de los gastos, ganancias, sustitución de los valores de uso y los valores de cambio. Este motivo de la circulación puede dar a pensar que la ley de la economía es el retorno circular al punto de partida, al origen, también a la casa”. La tiranía de la medida lineal del tiempo se solapa con la tiranía circular del dinero. La mercantilización del tiempo. El tiempo es inversión (económica). El tiempo es dinero. Benjamin Franklin: “Recuerda que el tiempo es dinero. El que, con su trabajo, puede ganar diez chelines al día, y en vez de ello, sale de casa, o haraganea la mitad del día, aunque no gaste más que seis peniques en sus diversiones, debe tener en cuenta que no es ese su único gasto, sino que ha gastado realmente (o mejor dicho, ha despilfarrado) otros cinco chelines”.

¿Está superada hoy esa ética protestante que conformaba el espíritu capitalista desde el análisis weberiano? Luc Boltanski y Eve Chiapello en su maravilloso libro El nuevo espíritu del capitalismo manifiestan que han existido tres diferentes espíritus capitalistas: el primero implicaba un ascetismo racional, el segundo daba importancia al saber y a la responsabilidad y el tercero, en el que nos encontramos, prioriza por encima de todo las conexiones, el cambio, el movimiento, la adaptabilidad: “En un mundo conexionista, la distinción entre vida privada y vida profesional tiende a difuminarse bajo el efecto de una doble confusión: por un lado, entre las cualidades de la persona y las de su fuerza de trabajo (indisociablemente mezcladas en la noción de competencia); por otro, entre la posesión personal -y, en primer lugar, la posesión de uno mismo- y la propiedad social, depositada en la organización. Resulta entonces difícil establecer la distinción entre el tiempo de la vida privada y el tiempo de la vida profesional, entre las cenas con los amigos y las comidas de negocios, entre los vínculos afectivos y las relaciones útiles…”. Es decir, el negocio y el ocio se confunden. El tiempo privado intelectual, el interés en determinados hobbies: lecturas, deportes, cine… está conectado con nuestro trabajo. La siliconización de las vidas ociosas. El tiempo debe ser productivo. No tenemos tiempo de aburrirnos porque el tiempo vivido es en sí mismo un aburrimiento. Las inquietudes culturales e intelectuales son mínimas. Estoy tan cansado cuando termino mi jornada laboral que lo único que quiero al llegar a casa es “desconectar”. Si trabajas en tu propia casa el espacio privado/laboral/negocio/ocio te da tiempo para seguir produciendo. La empresa te “aconsejará” que eches alguna horilla extra (¿remunerada?) y tú pensarás automáticamente “no tengo nada mejor que hacer”. E incluso en un gesto de servidumbre, saldrá de ti mismo el echar más horas porque ¿qué otra cosa puedo hacer aquí? El tiempo es el tiempo laboral, medible, ¿rentable?, ¿provechoso?, ¿eficaz? El tiempo fuera del trabajo es una quimera que oscila entre el eterno tedio y el hedonismo fugaz.

Cuando trabajo y esparcimiento se asemejan cada vez más en su estructura, más estrictamente se los separa mediante invisibles líneas de demarcación. De ambos han sido por igual excluidos el placer y el espíritu. En uno como en otro imperan la gravedad animal y la pseudoactividad.

Theodor Wiesengrund Adorno, Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada, 1951

El concepto de ajetreo en la actualidad es muy usado por sociólogos que estudian el tiempo y su supuesta escasez. La socióloga australiana Judy Wajcman comenta en su espectacular libro Esclavos del tiempo: vidas aceleradas en la era del capitalismo digital:¿Ha adquirido la noción de ajetreo un nuevo significado positivo en nuestra cultura? ¿Es el ajetreo un símbolo de estatus para quienes disponen de mayor capital social? En un fascinante argumento, Jonathan Gershuny afirma que, mientras que hace un siglo quienes tenían un mayor nivel de ingresos se definían por su tiempo libre, hoy, en una inversión de la clásica Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen, se otorga mayor prestigio a quienes presentan largas jornadas y están más ajetreados en su trabajo”. Trabajadores asalariados, funcionarios, empresarios… presumen de como dedican su tiempo vital al trabajo. A veces lo hacen de manera abierta, clara, sin tapujos. Otras lo hacen desde un falso victimismo, señalando como cumplen su trabajo con una escrupulosidad y entrega que no les deja tiempo para nada más, como si esperasen además de un reconocimiento laboral por parte de sus empresas, uno social por parte de amigos, familiares y allegados que den validez a un esfuerzo que con el paso del tiempo se mostrará palmariamente fútil. La socióloga británica Oriel Sullivan señala: “Mientras que el concepto de falta de tiempo tiene connotaciones negativas, ajetreo es a lo sumo neutro, y de hecho puede comportar las connotaciones positivas propias de ajetreo como antónimo de ociosidad”. Es el ajetreo, y no el ocio, lo que ocupa el lugar privilegiado en nuestras vidas. El tiempo ni acelera ni frena. No vivimos en una película a cámara rápida o lenta. El tiempo sencillamente pasa. Lo que se acelera son nuestras costumbres sociales, culturales y tecnológicas. Y precisamente estas aceleraciones hacen que nuestras vidas tan codiciosamente ajetreadas y supeditadas al mundo del trabajo nos desorienten a la hora de percibir y aprovechar el tiempo: somos esclavos del tiempo laboral.

Los jóvenes padres actuales viven obsesionados con dedicarles bastante tiempo a sus hijos. Tener hijos lógicamente les arrebata tiempo propio y al mismo tiempo se “desviven” buscando tiempo de “calidad” que ofrecerles. ¿Qué es tiempo de “calidad”? Existe la creencia utópica de una paternidad intensiva, entusiasta y devota mezclada con la mitificación nostálgica de un tiempo pasado familiar, que aparentemente era más fructífero en las relaciones intergeneracionales pero en el que realmente había mucho más desapego y se prestaba la atención justa y necesaria a los niños. También se puede dar el reflejo especular opuesto. Como mis padres no me mostraron el suficiente cariño, la necesaria atención o el amor adecuado en mi infancia o adolescencia tengo que resarcir ese vacío existencial sobreprotegiendo, custodiando y garantizando mi amor, cariño y afecto por mis hijos 24/7. No es únicamente un aspecto individual. El excesivo amparo, apoyo y auxilio de los hijos (niños en general) tiene una clara conexión con la infantilización sociocultural que vivimos. Suzanne Bianchi, John Robinson y Melissa Milkie comentan en su libro Changing Rhythms of American Family Life: “Aunque el tiempo padre-hijo se ha mantenido constante o ha aumentado con los años, casi la mitad de los padres y madres estadounidenses siguen teniendo la sensación de que pasan muy poco tiempo con sus hijos”. A pesar de la mecanización de muchas tareas domésticas gracias a los electrodomésticos, las mejoras tecnológicas en cuanto a entretenimiento, trabajo o formación y los presuntos avances sociales en términos de cuidados, conciliación o prestaciones con respecto a las vacaciones o bajas paternales y maternales ¿por qué siguen teniendo esa sensación de falta de tiempo?, ¿es con respecto al cuidado de los hijos o a su propio tiempo de ocio?

Se intercalan sentimientos opuestos de querer cuidar de su prole y tener tiempo para ellos mismos: viajar solos, disfrutar de sus propias aficiones, salir del espectro consumista infantil (cine, música, series, dibujos…) y mantener conversaciones adultas, etc. La generación de padres post-meta-modernos ha vivido experiencias adolescentes y juveniles con una fuerte inclinación a la desobediencia y la rebeldía, influidos muchas veces por el poder identitario de algunas tribus urbanas. En algunos casos el coqueteo con las drogas, el abuso del alcohol y el descubrimiento del sexo iban ligados. Cuando estas generaciones tienen hijos se someten psicológicamente a una suerte de profecía culpable auto-referencial. Espero que mis hijos no cometan los mismos errores que yo. Que no abusen de drogas y alcohol. Que no descubran el sexo a una edad demasiado temprana. Teóricamente deberían ser padres más abiertos y avanzados en cuanto a las opciones sexuales y de pareja de sus retoños pero muchas veces no es así en la práctica. Que sus parejas sean de otra raza o religión y sobre todo económicamente dependientes es una preocupación clara entre esta nueva generación progenitora. La endogamia con respecto a filias y fobias se refuerza entre círculos de amistades afines ideológicamente o con cierto estatus social. Y por supuesto el temor a que sean gays, lesbianas o que decidan ser María en lugar de Mario o Mario en lugar de María se da en muchos nuevos padres aparentemente tolerantes con los colectivos queer (aplauden que suceda en otras familias pero en la propia es más complicado de asimilar). Muchos de estos padres hípsters, habiendo sido criados generalmente en una libertad más o menos amplia, tienen aversiones y recelos propios de sus (bis)abuelos (como si los tiempos no hubiesen avanzado). Víctor Lenore lo deja claro en su libro Indies, hípsters y gafapastas: “El mundillo hípster español ofrece un extraño batido de anglofilia, clasismo, sexismo, esnobismo y racismo cultural”. El reaccionarismo tradicionalista más recalcitrante y el puritanismo progre mojigato generan una combinación explosiva que salpica, lo quieran o no, a las nuevas familias súper cuquis, modernas y hípsters que publican sus felices fotos en cualquier red social con multitud de filtros estéticos. Los filtros morales son los que realmente se imponen en casa, aunque conlleven frustración y desengaño.

Los padres helicópteros están a la orden del día. Suelen vigilar a los niños o adolescentes día y noche en una perversa nostalgia solipsista, hipertutelando a sus herederos que más tarde se rebelaran por completo o serán dependientes funcionales con capacidad nula de autonomía. Todo este proceso sectario de vivir egoístamente a través de sus vástagos acarrea una gran cantidad de tiempo agotador vanamente invertido. Eva Millet plantea las siguientes preguntas en el primer capítulo de su libro Hiperpaternidad. Del modelo “mueble” al modelo “altar”:¿Se imaginan a sus padres pidiendo una entrevista con el director de la escuela para que al niño o la niña les toquen unos maestros en concreto? ¿O a sus padres haciéndoles (no ayudando, haciéndolos directamente) los deberes? ¿O a su madre o padre golpeando a un profesor porque le ha puesto una mala nota o han osado castigarle? ¿O insultando a un árbitro y al equipo rival en un partido infantil? (…) Muchos de los padres actuales ejercen, entre otros, de mánager, animadores culturales, guardaespaldas, orientadores académicos, chóferes y mayordomos de los hijos. Todo ello provoca, según los expertos, progenitores estresados e hijos agobiados que, en muchas ocasiones, crecen «incapacitados» debido al exceso de protección”. Recordemos el discurso de Margaret Thatcher: “La sociedad no existe, sólo los individuos y sus familias”. Con todas estas cuestiones y el famoso mantra neoliberal Los Picapiedra parecen el colmo de la familia avanzada y equilibrada.

Se adquiere una identidad como grupo familiar al rechazar el modelo tradicional de la familia, tan vinculado al conservadurismo, creando cierta atmósfera o apariencia de colegueo entre padres e hijos que comparten gustos, intereses y experiencias (algo que será cuestionado cuando los hijos alcancen la adolescencia y quieran afianzar su propia identidad). Todo ello refleja un ulterior desarrollo del narcisismo occidental en el que los hijos ya casi no se distinguen de sus padres, sino que son una prolongación identitaria de los mismos. Desde la Transición se ha ido estrechando en España la identificación entre padres e hijos, algo que tiene innumerables consecuencias. De ahí proviene la solidaridad entre progenitores y retoños frente a las críticas de autoridades externas, como pueden ser los profesores: «Si te metes con mi hijo, te estás metiendo conmigo». Y los mimos, alabanzas y expectativas que los padres tienen en relación con sus descendientes son, en el fondo, un modo de otorgarse reconocimiento a sí mismos.”.

Iñaki Domínguez, Sociología del moderneo, 2017

Las familias siguen sostenidas, mayoritariamente, en términos de cuidados y afectos por las madres. Judy Wajcman lo refleja en su libro: “Tanto entre las madres de clase trabajadora como de clase media, la buena maternidad se define como la capacidad de dedicar un tiempo y unos recursos ilimitados a los hijos. En la medida en que el tamaño de la familia se reduce, los hijos pasan a adquirir una posición central, y en ese sentido se considera que una buena paternidad requiere una dedicación extraordinaria. La denominada maternidad intensiva es un ideal cultural ante el que se espera que las mujeres sacrifiquen sus carreras profesionales, su tiempo libre y todo lo que sea necesario para asegurarse de que sus hijos salen adelante. También se espera que los padres se impliquen de igual modo en el cuidado de sus hijos. El último medio siglo ha presenciado grandes cambios en las actitudes de los hombres con respecto a la paternidad en particular, así como en las concepciones de la masculinidad más en general. Sin embargo, la creencia compartida en unas relaciones familiares igualitarias todavía no ha hallado su adecuado paralelismo en el comportamiento de los hombres. Por ejemplo, el sustancial incremento del tiempo que los padres dedican a sus hijos es el triple los fines de semana que los días laborables, con el resultado de que las responsabilidades rutinarias del cuidado de los hijos se dejan en manos de las esposas los días en que tienen que trabajar”. De lunes a viernes con mami, los findes con papi. Estableciendo las bases temporales del presumible e inevitable divorcio. El tiempo familiar dedicado a los hijos es esclavizante, no hay que sorprenderse, etimológicamente familia viene de famulus (esclavo en latín).

No tenemos ni menos ni más tiempo que hace siglos. El tiempo ha sido siempre el mismo. El uso que hacemos de él es lo que difiere. La forma actual de perder el tiempo es lo que nos engaña, confunde y desorienta con la falsa percepción de su carencia. El tiempo no es antropocéntrico, existe independientemente de nosotros y no se detiene, avanza inexorablemente. La cuestión no es si perderlo o no. Siempre se pierde. La cuestión es cómo perderlo. Walter Benjamin distinguía entre dos tipos de experiencias: Erfahrung y Erlebnis. Erfahrung es la experiencia sedimentada, que deja huella, resuena, deja poso, conmueve, se condensa en memoria y recuerdo mientras que Erlebnis es la experiencia vivida, es decir, una vivencia, algo que pasa, ocurre sin más, no sedimenta, no se retiene en forma de memoria, no evoca más allá del momento pasajero. Hoy poseemos muchas (pseudo)vivencias y muy pocas experiencias vitales realmente evocadoras. La aceleración tecnológica y la ínfima capacidad de atención y reflexión nos llevan a vivir momentos de manera eventual, banal, puramente consumista, tiempo de usar y tirar. Nos aterra la sensación de no tener nada que hacer. Hay que hacer algo y si no me apetece pensar en exceso o no sé lo qué hacer pues lleno mi tiempo contemplando imágenes a golpe de like. El relativismo escéptico se ha insertado en las mentes a la hora de consumir el tiempo. Da igual lo que hagas. Todo tiene el mismo valor. El asunto es entretenerse. ¡No! No es lo mismo perder el tiempo leyendo a Proust, deleitándose con el cine de Larisa Shepitko, aburriéndose sin hacer nada de manera contemplativa, disfrutando de los playoffs de la NBA, trabajando de 8.00 a 17.00 o viendo en bucle videos de Tik-Tok.

* Gracias a Carol por su inestimable ayuda en la revisión y corrección de este texto.


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