Tic-tac-toc IV

Difunde cultura

El lema 24/7 anuncia un tiempo sin tiempo, extraído de cualquier demarcación material o identificable, un tiempo sin secuencia o repetición. En su reduccionismo perentorio, celebra una alucinación de la presencia, una permanencia inalterable compuesta de operaciones incesantes, sin fricción”.


Jonathan Crary, 24/7: El capitalismo al asalto del sueño, 2013

La filósofa y profesora Teresa Brennan acuñó el término biodesregulación en su libro Globalization and Its Terrors. Esta biodesregulación erosiona nuestras limitaciones temporales (externas e internas) y a la vez nos despoja de nuestro tiempo natural en nombre de un mercado económico libre e infinito que aboga por el consumismo y el enriquecimiento codicioso. ¿Cómo se concilian estos imperativos avariciosos de los mercados desregulados con nuestras necesidades humanas? La adaptación de nuestros cuerpos a este régimen espacio-temporal acelerado e hiperproductivo conlleva una serie de problemas que generan un déficit entre lo que un cuerpo puede hacer y lo que se le pide (exige) que haga. Las costumbres sociales de descanso, reposo u ocio y las propias regulaciones tácitas primigenias (como no trabajar después de la puesta de sol) se han ido difuminando. El impacto de la automatización tecnológica y la forzosa sustitución de los humanos por máquinas ha acelerado todos los aspectos relacionados con la producción laboral. Casi todos los empleos hoy demandan un esfuerzo “extra”, un tiempo “adicional”, una (auto)esclavitud “servil”. La desregulación del cuerpo humano, en su íntima relación con el comercio y el trabajo, busca eliminar las limitaciones que impone el tiempo humano y natural e implementar una regulación temporal para la (bio)máquina. Cuanto más rápido va la tecnología mayor es la producción y rentabilidad de una empresa, por lo tanto la capacidad de un trabajador humano no se compara con la capacidad de otro trabajador humano, sino con el robot, la máquina, el algoritmo, el autómata. La tecnología puede trabajar y producir 24/7, ¿y nosotros?

El historiador Anson Rabinbach explicaba en su libro The Human Motor: Energy, Fatigue, and the Origins of Modernity como los empresarios y capataces de las fábricas en el siglo XIX se dieron cuenta de que era rentable permitir que los trabajadores dispusieran de pequeños tiempos de descanso para que, en el largo plazo, fueran más eficaces y constantes. Estos descansos debían ser escrupulosamente supervisados con unos fines económicamente beneficiosos: “La relación entre el tiempo trabajado y la productividad se convirtió en un asunto muy relevante. La cuestión abarcaba no sólo la reducción de la jornada laboral, sino también la tendencia de la industria a aplicar nuevas técnicas de gestión para controlar el tiempo de trabajo útil del trabajador. La introducción del reloj (Kontroll Uhr) y el sistema de tarjetas perforadas (Arbeitszeitkarte) en las empresas alemanas alrededor de 1900 ejemplificó esta restricción más estricta sobre el tiempo trabajado, al igual que una mayor jerarquía en la fábrica y aumento de la vigilancia”. Hoy la depreciación del valor de la fuerza de trabajo hace que el descanso sea infravalorado e incluso rechazado desde el punto de vista económico. ¿Qué haces que no estás produciendo? ¡No seas vago! ¡Haz algo de provecho! El ajetreo, el movimiento permanente, la acción inercial es lo que da prestigio socio-económico (aunque muchas veces este ajetreo perpetuo no es más que postureo mecánico ejecutado artificiosamente en reuniones interminables, viajes constantes o proyectos laborales inabarcables cuya finalidad circular es la justificación del tiempo insustancialmente invertido). Este modelo de actividad frenética no es una revisión o modificación de la ética laboral decimonónica sino un modelo de normatividad novedoso que, para desarrollarse, necesita imperiosamente de la temporalidad 24/7. Todo ha sido invadido y convertido en tiempo de consumo, tiempo de trabajo, tiempo de marketing. ¿Y el sueño?

En su formidable libro 24/7: El capitalismo al asalto del sueño, Jonathan Crary expone: “El mundo 24/7 socava de manera constante toda distinción entre día y noche, luz y oscuridad, acción y reposo. Es una zona de insensibilidad, de amnesia, de aquello que destruye la posibilidad de la experiencia”. En la uniformidad monolítica y totalizante del capitalismo no hay lugar para lo antagónico, lo opuesto o lo alternativo fuera del propio mercado capitalista (recordemos la resobada frase atribuida a Fredric Jameson: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”). El sueño constituye una temporalidad hipersubjetiva, una incongruencia, un espacio de crisis premoderno. En los siglos XVII y XVIII el sueño perdió la posición estable que ocupaba en la concepción aristotélica o renacentista, y se hizo incompatible con las nociones modernas de productividad y racionalidad. Descartes, Locke y Hume despreciaban el sueño como un tiempo estéril en el que la mente no se regía por la lógica y frenaba el conocimiento. Era un obstáculo para la sabiduría. En el siglo XIX se hizo muy popular la distinción maniquea entre sueño y vigilia; el desvelo mantenía la mente clara y la actividad cerebral en funcionamiento, mientras que el sueño inhibía esa capacidad de pensamiento y provocaba una regresión del cerebro a un modo más primitivo, más elemental. En el siglo XX una de las torturas más usadas para la obtención de confesiones prefabricadas y autoinculpatorias en conflictos bélicos o represiones autoritarias era la privación de sueño. Desde la NKVD estalinista en los años 30 hasta las Fuerzas Armadas de EEUU (muy recientemente en Guantánamo) han usado este método como tortura eficaz. La falta de sueño puede provocar psicosis, ansiedad, depresión y hasta daños neurológicos irreversibles tras varias semanas de insomnio.

Actualmente el sueño se concibe como una función variable (posible de manejar) y se define de una manera puramente fisiológica. Por supuesto, tiene su particular nicho de mercado y se ha hecho un negocio económicamente muy rentable con su valor y escasez. Estas últimas décadas ha habido un enorme incremento de las clínicas del sueño y sus estudios hospitalarios a través de la rama neurofisiológica y, desde luego, su patologización. La farmacalogía tiene una importancia nuclear en la mercantilización del sueño: la gente no sólo toma pastillas para dormir sino también para mantenerse despierta el día siguiente. Expertos en sueño difunden sus opiniones y consejos como si hubiesen descubierto la piedra filosofal del sueño perfecto. Páginas web, chats, streamings aconsejan como se debe dormir con gran acogida a pesar de que mirar pantallas durante mucho tiempo influye negativamente en la conciliación del sueño. La industria del descanso para dormir mejor copa la publicidad con sillones, colchones y almohadas ergonómicamente milagrosos. Todo este ingente negocio desvía la atención de lo sistemático. Tenemos multitud de preocupaciones, trastornos y conflictos vitales derivados de un sistema socio-económico defectuoso y aberrante, pero no podemos dormir bien porque no tenemos el último modelo de colchón viscoelástico, no hemos tomado buena nota de los consejos en las conferencias impartidas por los grandes gurús del sueño o no nos estamos medicando como dios manda. La paradoja llega a su punto culminante cuando nos bombardean con consejos para descansar mejor, las horas que debemos dormir y como hacerlo, por todos los canales audiovisuales posibles para al final recomendar la simplona perogrullada: “Lo mejor es desconectar”.

La continua medición del tiempo que debemos pasar durmiendo genera ansiedad al despertar y descubrir que no hemos dormido lo suficiente. Muchos insomnes viven con angustia la imposibilidad de cumplir las supuestas 8 horas de rigor (idea originaria de Robert Owen: 8 horas de trabajo, 8 de descanso y 8 de tiempo libre) y el habitual patrón circadiano de dormir por la noche y estar despierto durante el día. Los ritmos circadianos no son equilibrios estancos, a veces varían dependiendo de la tecnología, los hábitos sociales y los factores económicos. En el siglo XIX hubo una variación debido a la omnipresencia de la iluminación artificial: el ser humano se tuvo que adaptar a la luz nocturna. Por lo tanto lo relevante no es la cantidad de tiempo que debemos dormir, ni los periodos supuestamente normativos en los que hacerlo (la siesta es una práctica común) sino la calidad del tiempo invertido en el sueño que se debe traducir en descanso real. ¿Cuántas veces hemos dormido las 8 horas normativas o incluso alguna más y nos hemos levantado literalmente reventados? No descansamos en calma. Contaminación lumínica. Contaminación acústica. Consumismo. Cansancio extremo. Hiperproductividad. Hipercreatividad. Presiones laborales. Incertidumbres vitales. La mente maquinando sin descanso a un ritmo endiablado en la era del 24/7 donde hay que mantenerse alerta, despiertos, fecundos, útiles para poder seguir funcionando disfuncionalmente. Crary expone en su libro este ejemplo gráfico: “Una figura lingüística aplicable a las máquinas, a primera vista intrascendente aunque predominante, es la de sleep mode (modo de espera). La idea de un aparato en un estado de reposo pero todavía alerta transforma el sentido más amplio del sueño en una condición en la cual la operatividad y el acceso están simplemente diferidos o disminuidos. Se sustituye la lógica del apagado-encendido, de manera tal que nada está del todo «apagado» y no hay nunca un estado real de descanso”. Todos nuestros gadgets tienen la función de hibernación o suspensión que solemos usar con frecuencia. Descansamos como ellos. Su tiempo de suspensión es nuestro tiempo de suspensión. Su obsolescencia programada es nuestra obsolescencia programada.

El sueño no puede ser eliminado, es un proceso biológico necesario, pero sí puede ser desechado y menospreciado dentro del transhumanismo prometeico imperante que piensa que la distinción entre ser vivo y máquina es una ilusión, creyendo que la conciencia individual se podrá digitalizar, almacenar e implantar en sucesivos cuerpos despersonalizados. La “carcasa” física es obsoleta pero la “conciencia humana” permanece “viva” de manera perpetua, interactuando con archivos y datos infinitos. Esta fantasía tecnodistópica reduce la función del tiempo de descanso y sueño a una limitación vital que impide realizarse individualmente hasta el infinito y poder ser un eterno triunfador. Dentro del paradigma neoliberal, tecnófilo y globalizado, dormir es de perdedores.

Reducir el sueño al mínimo, ¿no daría la posibilidad de vivir la vida al máximo? Quitarle importancia al sueño y reflejarlo como un mal menor nos hace vivir como sonámbulos. El insomnio, junto al estrés o la depresión, es la patología más común entre las sociedades “desarrolladas”. El tiempo pasado en vela, en plena vigilia nos despersonaliza, nos despoja de nuestra condición de sujetos. Emmanuel Lévinas lo expresaba de manera precisa en el capítulo La Hipóstasis de su sensacional libro De la existencia al existente: “La vigilia es anónima. No hay «mi vigilanci de noche, en el insomnio, es la noche misma la que vela. Ello vela. En esta vela anónima donde estoy enteramente expuesto al ser, todos los pensamientos que llenan mi insomnio están suspendidos de nada. Carecen de soporte. Si se quiere, yo soy más bien el objeto que el sujeto de un pensamiento anónimo. (…) El insomnio nos pone, pues, en una situación en que la ruptura con la categoría del sustantivo no es sólo la desaparición de todo objeto, sino la extinción del sujeto”.

El tiempo del sueño es esencial. No sólo por el descanso o la reactivación vital sino por la discontinuidad que crea, la necesidad de ruptura, de poner fin a la acción diaria para volver a empezar. Emil Cioran comentaba lo siguiente en conversación con Léo Gillet en 1982: “¿Qué es el insomnio? ¡A las ocho de la mañana estás exactamente igual que a las ocho de la noche! No hay progreso alguno. No hay sino esa inmensa noche que está ahí. Y la vida sólo es posible mediante la discontinuidad. Por eso soporta la gente la vida, gracias a la discontinuidad que da el sueño. La desaparición del sueño crea una continuidad funesta”. La temporalidad en el sueño es un interludio en el que la vida detenida bordea la conciencia, genera un cierto vínculo con el futuro y sus posibilidades de regeneración. Entrar en ese estado insensible e ideal de sueño profundo podría ser una anticipación esperanzada de un despertar que revele la imprevisibilidad de una nueva existencia. La mayoría de culturas asocian el sueño con la muerte porque ambos demuestran la continuidad del mundo en nuestra ausencia. Tal vez si nos tomásemos el sueño de manera más digna, responsable y severa esa ausencia podría tener un cierto halo de resurrección cotidiana.

¿No podremos dormir hasta que tengamos la conciencia tranquila? Si nuestra vida psíquica inconsciente está llena de una sexualidad y una violencia que seguramente rechazaríamos si fuéramos conscientes de ellas, no parece que tengamos unas muy buenas perspectivas futuras de dormir bien por las noches. Si añadimos a eso la culpa y la necesidad de castigo que pueden derivarse de una sensación inconsciente de deuda, el panorama se nos vuelve menos halagüeño aún. Y no es algo de lo que podamos culpar al discurso religioso, pues somos nosotros mismos nuestros más severos jueces y, además, vivimos en una época de constante y despiadada evaluación. Como ya hemos visto, el inconsciente tiene una fijación con lo que hemos dejado sin hacer –o no hemos terminado, o hemos dejado incompleto– durante el día, y modula todos esos elementos poniéndolos al servicio de sus propios fines. Ante semejantes condiciones, dormir se nos antoja un logro cada vez más milagroso”.


Darian Leader, ¿Por qué no podemos dormir? Nuestra mente durante el sueño y el insomio, 2019


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8 de octubre de 2023

Impecable artículo; un negocio rentable con su valor y escasez. De excelente narración, guía hacia una clara reflexión: perdemos la salud por el capital. Enhorabuena.

Carlos Abellán López
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