No existe nada más perverso que la comodidad. La veracidad de esta aseveración la advirtió con voz de genio el capitalismo, que inyectó en nuestras venas la anestesia de la comodidad como bálsamo donde en esta vida de nadas materialistas y de esclavitudes no abolidas sino pagadas ( y mal), la ceguera construyera un mundo consumista bajo cuyo friso entrásemos al templo del engaño y la estafa y nos perdiésemos por su laberinto de estupideces y velocidades insípidas que nos llevan entre paños de recuerdos acerca de lo que pudimos ser, hasta la ensenada de la parca.
El siglo XVIII alumbró una ilustración cuya luz se impuso sobre la penumbra medieval y feudalista, de iglesia-estado con monarquías absolutistas en la cúspide de una estructura social hecha de asfixia donde el pueblo pagaba con diezmos prácticamente sin regreso y con pobreza, el precio de su irrelevancia.
La cabeza de Luis XVI apostillaba un duelo de intenciones cuya tormenta obligó a las monarquías a abrir sus dictaduras al poder de la ilustración y con él a la ciencia y al aprovechamiento de esta por parte del comercio. Como escribió Francis Bacon con anterioridad a la revolución francesa, “el conocimiento es poder”.
Pero si algo conoce bien el capitalismo, es el alma humana. Marx en el siglo XIX ya argumentó como uno de los fines que perseguía el capitalismo era el ocultamiento del origen de los productos, una niebla con aroma de azahar creada para que un producto no resulte incómodo ni a nuestros sentidos ni a nuestros principios y que hoy día se despoja de toda fanfarria para afirmar sin tapujos ni vergüenza que un limón se vende en el sureste español teniendo como procedencia Argentina siendo nuestra hermosa tierra mediterránea fecunda en limoneros. No hay que ser ningún premio nobel de economía para saber que a alguien se le está explotando por el camino para que un limón traído desde más de diez mil kilómetros de distancia salga más barato que uno que tienes a tan sólo tres. Pero ya el capitalismo ha hecho estragos en nuestra conciencia para que tan sólo seamos seres consumistas y el único factor que me separe de poder consumir un producto o no sea el tener el dinero suficiente para pagar su precio. Los principios hace tiempo que se despeñaron por el acantilado de los finales, aunque si existan personas de forma individual que todavía se hallen asidos a la liana de sus conciencias y estas a su vez a unos principios basados en intentar no joder demasiado ni al prójimo ni al planeta.
Por supuesto el capitalismo se adueñó del conocimiento científico para someterlo al escrutinio del mercado y destronó al feudalismo por factores en mi opinión tanto internos como externos en una suerte de conjunción argumentaría de las teorías de Dobs y de Sweeze (recomiendo leer el artículo sobre la lucha dialéctica que ambos pensadores sostuvieron que podrán encontrar en la biblioteca de Cumlingus).
El capitalismo compra los sentidos impulsivos y compulsivos del alma humana al tiempo que la teme y por ello, por el estudio de la misma y por la valentía de hombres y mujeres que se alzaron frente a la tiranía del capital privado, bien abdicó o bien supo detectar que había que conceder ciertos derechos laborales a la clase obrera y embriagar de absurdeces a la plebe para que esta, primero no se sublevase y segundo viviese bajo la narcolepsia de la comodidad como epitafio de cualquier acto revolucionario que supusiese poner en riesgo la comodidad de su vida cotidiana. Cualquiera que pusiera en riesgo la producción para un mercado insaciable, especulativo, destructivo y grotesco pero el mismo tiempo adictivo, tendría la consideración a partir de entonces de persona a destruir por la misma plebe que es destruida por los patricios y patricias de cada época, ya no digamos en la actual época de feudo capitalismo tecnológico.
El capitalismo nos robó las manos que nos dejamos robar convirtiéndonos en seres dependientes. La inmensa mayoría de la población no sabemos hacer nada que nos permita subsistir si el mercado no nos abastece. Es más cómodo comprar que plantar o tejer, aunque esa dependencia genere un consumo innecesario (adornado de palabras abyectas como moda, por ejemplo) y ese consumo origine una necesidad de obtención de un volumen de materias primas incalculable para dotar a ese mercado de lo necesario para cubrir una demanda innecesaria, y esto mismo sea el origen de tanta guerra y con ello de tanta muerte de personas incluidos niños y niñas. Pero nada ya resulta incómodo. Ni tan siquiera la verdad pues la afluencia inagotable hacia nuestra conciencia de imágenes de destrucción proporcionada por las redes sociales es una anestesia para la misma y un eco de voces que nos susurra a cada instante “da igual la sangre de niños y niñas, da igual la injusticia y la muerte o el desgarro de la naturaleza. Si haces caso a tu conciencia no tendrás un armario lleno de ropa o una nevera llena”. Aunque casi toda esa ropa no la necesites o aunque sepas que tirarás muchos productos de la nevera porque caducarán. Y ahí entra otro factor en juego: el miedo.

El miedo produce incomodidad y la incomodidad como antítesis de la comodidad necesita unos culpables que exponer públicamente y el sistema los ha encontrado en la política, unos representantes que a día de hoy pueden ser injuriados o incluso amenazados desde un simple teléfono móvil provocando en quien injuria una sensación de altivez que luego usará en favor de auto inocularse mensajes zafios, a menudo racistas, y desde luego simplistas aduciendo de forma subconsciente que si él o ella están en disposición de insultar a tal o a cual, aquella persona a la que deciden prestar sus oídos debe ser poco más o menos que un ser divino. “Son nuestros representantes públicos los culpables. Yo no soy responsable de nada. No me haga usted sentir el fétido aliento de la incomodidad”.
“No incomodes” parece uno de los mandamientos principales que rige el mundo de hoy día. Si supiese que para pagar sólo cinco euros por ese producto traído desde miles de kilómetros de distancia y que no necesito, han tenido que esclavizar a personas los resquicios en el laberinto del alma por los que se adentra la incomodidad me harían abstenerme y entonces la producción de mercado sobre determinados productos se tambalearían durante un tiempo. (hay que recordar el ejemplo de aquel orangután enfrentado a máquinas que destruían su entorno natural para obtener aceite de palma y como se castigó durante un tiempo a los productos que traían aceite de palma). Lo importante es que no se vea, que no resulte incómodo. Por eso el capitalismo pone como pilar fundamental bajo el que construir el andamiaje de su economía sangrienta el de la comodidad como ceguera y la instauración de una verdad lesiva, y es la de que tan sólo él puede producir estado del bienestar, más su unión a la palabra democracia con el fin de convencer a la plebe de que su voz y su voto importan. Y realmente la voz y el voto, aunque en ocasiones parezca que no, importan. Porque imaginemos por ejemplo que el voto del pueblo estadounidense pusiera en el cetro imperial de la Casa Blanca a un loco o a alguien capaz de tomar decisiones que implicasen muerte y desestabilización tan sólo por amasar más y más dinero (es un suponer. Doy por hecho que esto no pasará claro). Pero al capitalismo le da igual. Como afirmó una vez cierto presidente de cierta empresa que a su vez es presidente de cierto club de fútbol: “Yo estoy con el poder”. Primero porque viene a decir que el poder es él, y segundo porque viene a significar que caso de no ser él el poder, él carece de ideología porque el dinero o más en concreto los beneficios económicos carecen de ideología y sólo tienen patología, la de ganar más y más a costa de lo que sea.
Lo único que pretende el capitalismo es que, aunque seamos conscientes del velo con el que recorremos el deambular consumista de nuestras vidas, prefiramos la incomodidad de la comodidad por muy incómodo que sea el ser conscientes de nuestra propia responsabilidad individual en los males del mundo. Y por supuesto no estoy defendiendo aquí a ninguna dictadura comunista y sangrienta (con las que por cierto al capitalismo no le ha importado negociar si era y es dictadura comunista de puertas hacia adentro pero capitalista como el que más de forma externa). Lo que si defiendo es una incomodidad mayor de la vida y que una vez que un sistema dota a la población de lo mínimo para su subsistencia la incomodidad debe hacerse cada vez más presente y que hay que educar en la incomodidad. Que incomodar al poder es casi una obligación. Que defender que leer libros en vez de Tweets es defender la arritmia intelectual de personas pensantes, aunque sus ideas no comulguen con las mías, es una realidad. Defender que la incomodidad nos hace más fuertes y menos dependientes es sencillamente verdad. Y defender que la incomodidad debe ser probada alguna vez por las personas antes de su muerte para poder decir que al menos, durante un tiempo, vivieron como les dio la gana, sin la necesidad de doblegarse a las dagas de lo social que de forma subliminal le decían cómo tenía que ser, ni de doblegarse ante un sistema que tan sólo ve a una persona como ente consumista y le ofrece la comodidad de consumir gilipolleces (a menudo manchadas de sangre) cuando quiera y como quiera.
El verdadero arte a menudo es incómodo. Es más cómodo sentarse a ver una serie cuya narrativa y texto es fácilmente consumible que ver el cine con virtud de ser cine. Como decía aquella canción de Loquillo con letra de Gabriel Sopeña: “Es más fácil obedecer a un general/ que saber a que pueblo condena”. Y si, todos llevamos una mochila a cuestas y ninguna vida es fácil, pero por muy incómodo que nos resulte, no existe nada más perverso, que la comodidad. Aquella que es absolutamente innecesaria en una vida tan sublime como a menudo, incómoda.
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