Eran dos desconocidas cuyas vidas volaban dejando a su paso estelas entrelazadas. Las contemplaban la misma edad y los mismos golpes que el tiempo pone en el haber de cada persona. Sin saberlo, Teresa estaba a un metro de Lucía. Y sin ser conocedora de ello, Lucía estaba a un metro de la mujer de Mariano, el hombre que hacía años le había salvado la vida a su marido.
Aquella mañana de 1984 la enfermedad y un embarazo las había reunido en aquel centro médico, extraño y huraño como todos los centros médicos; fríos para el alma, y al mismo tiempo esperanzados.
Lucía no recordaba prácticamente nada. El Alzheimer había devorado sus recuerdos, aunque sin embargo seguía envuelta en aquel halo de sabiduría que siempre la había acompañado. Porque la enfermedad te puede quitar la vida, pero no te puede robar lo que eres. Y Lucía era una persona de gesto pausado, de palabra calmada y de quejido en la sombra. Una de aquellas personas que había soportado los odios de las dos Españas sobre su espalda y que estaba en paz con su tierra. Y su hijo, fiel adalid, lo comprendía, y cada vez que la cogía de la mano, España miraba al futuro, y descansaba.
Teresa por su parte acompañaba a su hija a la consulta. Aquella era una circunstancia extraña para ella. Hacía dos años a Mariano, su marido, en ese mismo centro médico se le diagnosticaba un cáncer que tres meses antes, y tras una ardua pelea, lo había derrotado sin vencerlo; y ahora, sin embargo, estaba allí, con su hija, embarazada de cuatro meses, siendo ello sinónimo de vida, por los mismos pasillos por los que la muerte en su alma se había hecho tan presente dos años antes. De vez en cuando se levantaba y andaba un poco, pensativa, con las manos en la espalda, en un eterno gesto de elegancia. Era una persona inteligente, noble y de gran temperamento pero que, sin embargo, a lo largo de su vida, había hecho del silencio una de sus cualidades más destacadas. Un silencio observador, testigo de un siglo que iniciaba su recta final. Un silencio del que hacía gala en aquel instante, mirando al horizonte a través de aquel ventanal, con el sol alumbrando tenue su rostro.
Pero la historia de Lucía y de Teresa, de aquello que las unía sin saberlo, había comenzado tiempo atrás, aquella tarde de 1936, cuando José, sargento del bando republicano, reconoció el nombre de Mariano en aquel documento.
- Sé quién era tu padre. Y sé que él te hizo el carné de falange. Has caído en el bando republicano. Quédate bajo mi protección y no le hables a nadie de tu pasado.
Mariano asintió. Por vez primera en su vida sabía lo que era el miedo a la muerte, porque si algo es una guerra civil, es que es la más incivil de todas las guerras. Es aquella iconografía del mal, donde al arrastrarte por la noche en busca de un plato de comida mientras escuchas de fondo voces que hablan tu mismo idioma, no sabes si te van a dar de comer o a pegar un tiro. Y esas mismas voces, a Mariano, iban a dar la orden de fusilarlo si se descubría que tenía el carné de la Falange.
Pero la guerra, como todos los males, terminó. Mariano había pasado al bando nacional y con ello, el contacto con José quedó roto, como todo; sin embargo, aquella mañana de 1940, por una vez en la vida, el viento iba a soplar a favor de aquel sargento republicano. Dicen que quien siembra, recoge, y aquel día, soleado y risueño en la costa levantina, el futuro de José, un futuro condenado a la cárcel y al exilio, cuando no a la muerte y al olvido, iba a cambiar, como cambia el futuro víctima del azar o de la causalidad. Y lo hacía en un momento en el que el propio José sentía derrotado su optimismo más visceral y asumía que aquella prisión estaba destinada a ser su sepultura, a no ser que un golpe de suerte en forma de fuga se hiciera presente. Y mira por dónde, en ocasiones la vida tiene cruces de caminos que uno no espera. De hecho, él no esperaba la ayuda de nadie, y no obstante…
- Dígame, Don Mariano.
- Este hombre, José Sánchez Serra. Este hombre estuvo conmigo en Falange. Cayó en el bando republicano. Intentó en varias ocasiones pasar a nuestro bando sin éxito. Yo doy testimonio de ello. He hablado ya con el Gobernador Civil. Traigo firmada una orden para que lo pongan en libertad inmediatamente.
- Hemos recibido ya la orden Don Mariano. No se preocupe. Están aseando al preso y en cuanto esté presentable saldrá de prisión.
José salió de la cárcel desposeído de todo, menos de su dignidad. Al ver a Mariano esperándole, sus ojos se enrojecieron. Mariano, estrechándolo con un fuerte abrazo, le repitió aquellas palabras con las que en su día José le había salvado la vida a él: “Quédate bajo mi protección, y no le hables a nadie de tu pasado”.
La carpintería que regentó José hasta su muerte estuvo siempre enfrente de la casa de Mariano, o como él le llamaba, de Don Mariano. En ella conoció a Lucía, la hija de Don Matías, una tarde en la que éste pasó a pedirle presupuesto para un armario que le hacía falta para su nueva consulta. Los armarios le gustaban mucho a José. Lucía siempre pensó que José se hizo carpintero para crear cosas nuevas y hacer armarios donde guardar el pasado o los secretos que como a él le perseguían, secretos que él y Mariano habían decidido ocultar a todo el mundo, incluso a sus esposas.
- Es un tratamiento experimental- dijo el médico con voz grave.
- ¿Experimental? – el hijo de Lucía enarcó las cejas, entre inquisitivo y esperanzado.
- Mire -el rostro de Don Tomás reflejaba al mismo tiempo compresión y cierto aire docente- los tratamientos en materia de Alzheimer son todavía experimentales. Se están desarrollando nuevos fármacos reguladores de la neurotransmisión, pero de momento lo único que la ciencia puede ofrecer son terapias paliativas. Por desgracia el proceso no tiene vuelta atrás.
Manuel resopló con resignación. Como buen hijo, y sobre todo como hijo único, la desesperación le invadía pues sabía que la vida de su madre se estaba apagando, y sentía una tremenda angustia y sobre todo, una gran impotencia.
- Disculpe Don Tomás. Hace tres años del diagnóstico, pero todavía me cuesta hacerme a la idea.
- No se disculpe hijo. Es lógico y normal. Mire, el propósito de esta entrevista con ustedes es el siguiente. Actualmente la Agencia española de Medicamentos ha autorizado el uso de este fármaco -comentaba mientras les mostraba el bote- en personas enfermas de Alzheimer y cuyo desarrollo de la enfermedad se encuentre en el mismo nivel que en el de su madre y que además cumplan con una serie de requisitos con los que cumple su madre. Evidentemente no podemos garantizar resultados. Para serle honesto, es más una cuestión de futuro que de presente. Puede que con este tratamiento logremos alargar la vida de su madre uno o dos años más, o puede que no. He de advertirle que los efectos secundarios pueden ser graves, caso de que acepte. Si quiere que le diga la verdad, de estos avances disfrutaran sus nietos, no su madre.
Al escuchar esto Lucía, ausente durante toda la conversación, miró fijamente a los ojos de Don Tomás y con voz decidida afirmó: – Eso es cierto. Quiero hacerlo.
Manuel bajó la cabeza y sonriendo dijo emocionado: – Que cabezota eres madre. Hasta en este estado pretendes que se haga lo que tú quieres-. Y Lucía que permanecía con la mirada inmóvil, fija en el techo de la consulta, sonrió. Tras una larga explicación por parte de Don Tomás, Manuel miró una última vez a su madre y acto seguido preguntó:
– ¿Dónde tengo que firmar?
Al mismo tiempo que Manuel y Lucía habían entrado en la consulta de Don Tomás, Teresa y su hija hacían lo propio en la consulta de la doctora Inés.
- Es un varón-
La emoción de madre e hija se encontraba cobijada por el aroma a futuro que desprendían los retratos de David Bowie y Frida Khalo, que colgaban de una de las paredes de la consulta de la doctora.
- Se va a llamar Mariano, madre.
- ¿Estás segura hija?
- Completamente madre.
A Teresa, los ojos se le inundaron de lágrimas de orgullo, de lágrimas que suponían una caricia sobre un luto, que durante un tiempo llevaría en el vestido, pero que siempre llevaría en su corazón.
- Con que sea la mitad de buen hombre que fue padre me conformaría.
Su hija sabía perfectamente lo que había querido decir con eso. Su padre no había hecho nada más que trabajar duro desde bien niño para darle un futuro, no a su familia, sino a toda su familia. Había levantado una empresa no desde la nada, sino desde su coraje y desde sus principios. Durante toda su vida fue un hombre de aquellos que daban la mano y aquello valía más que una firma.
En estos razonamientos andaba metida la hija de Teresa cuando el azar se dispuso una vez más, a jugar con las vidas de las personas. Lucía y Teresa salieron a la misma vez, asidos del brazo de su hijo e hija confluyendo en un mismo espacio de forma repentina y provocando un ligero contacto entre ambas que provocó que el pequeño bolso negro que llevaba Teresa en su mano izquierda cayera al suelo.
- Disculpe- dijo Manuel.
- No se preocupe- contestó la hija de Teresa agachándose a recogerlo.
- No se preocupe por favor- Teresa lucía una sonrisa solemne y enternecedora de la que siempre había hecho gala y que regresaba a ella tras meses oculta bajo la piel de la tristeza.
Lucía y Teresa se miraron un instante y el tiempo permaneció impávido, a la espera, durante unos segundos.
- ¿No nos conocemos? – preguntó Teresa con curiosidad.
- Creo que no -respondió Manuel de forma amable-. Si nos disculpan.
Lucía y Manuel comenzaron a andar mientras Teresa colocaba de nuevo el bolso sobre su brazo izquierdo.
- Mariano -dijo Teresa evocadora-. Me gusta que se llame como padre.
- Lo sé madre, lo sé -dijo su hija-.
Ambas iniciaron su camino, a escasos metros de Manuel y de Lucía. La doctora Inés y Don Tomás observaban la escena desde las puertas de sus consultas. Sin saber muy bien por qué, ambos se habían levantado de sus respectivas mesas con el fin de ver a esas cuatro personas marchar. Al girarse sus ojos se encontraron y un saludo con un leve gesto de manos hizo acto de presencia. Tras esto volvieron a su puesto de trabajo. “Siguiente”, gritó una enfermera, y el karma inició de nuevo el vuelo.
Créditos fotografía: Archivo Alfonso (Archivo General de la Administración. MECD). Copyright Herederos de Alfonso.
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