Reflexiones de un Erizo tuerto. Nº2

Difunde cultura

La fotografía

Nadie habló de ellos en vida,

ni de sus gritos,

ni de su coraje,

ni de su rebeldía.

Nadie lloró su muerte

a solas con su familia.

Derramada la sangre

nadie cerró la herida,

ni pidieron clemencia

ni pidieron piedad

tan sólo exigieron justicia.

Nadie hablará de ellos

sentados alrededor de la mesa,

de las golpes que en sus cuerpos pesan,

de la libertad para su lucha conseguida.

Sólo quedarán las cabezas cortadas

el velo que no cesa

el silencio, y la ignominia.

Sólo quedará una España sin memoria

con palabras coma archivo,

y con fotografías.

¿Qué es eso que has leído abuelo? – preguntó mientras jugaba con uno de sus playmobil al lado de su sillón.

¿Esto? Mi vida -dijo mientras le acariciaba la cabeza, con los ojos ya casi cerrados-. Mi vida, repitió antes de dormirse.

Tras ello su nieto cogió el poema y lo guardó en uno de sus bolsillos. Acto seguido hizo lo mismo con la fotografía de aquel viejo diario que su abuelo sostenía levemente entre los dedos de su mano izquierda, en la que se veía como unos policías golpeaban a varios manifestantes. Al dejar el poema y la fotografía en un lugar seguro, algo le llamó la atención: los ojos de uno de los jóvenes que aparecían en la instantánea se parecían mucho a los de su abuelo. Aquel joven portaba una pancarta donde se podía leer “Libertad para los trabajadores presos. Dignidad y justicia”. Leí el poema en voz baja, miró a su abuelo, sonrió, se acercó a él, lo tapó con su manta, y le susurró al oído: “gracias abuelo”. Luego continúa jugando.

El país no cree en su hijo

Solemne y austero eran los dos adjetivos que mejor describían el despacho en el que aquel funcionario enviado por el gobierno para evaluar las aptitudes de los alumnos atendía desde hacía dos días a los padres de estos, informándoles de los resultados obtenidos tras las pruebas y las entrevistas a los que los estudiantes habían sido sometidos. Una tenue luz entraba por el único ventanal que había, iluminando levemente el rostro hierático de aquel hombre enjuto, con gafas oscuras, pelo moreno y tez blanquecina. Por expreso deseo del funcionario, la mesa no presentaba objeto decorativo alguno. Sobre esta tan sólo había una carpeta, un cuaderno, un lápiz, una goma de borrar, un sacapuntas, y un cenicero lleno de colillas. Delante de esta, dos sillas vacías, una de las cuales en ese instante era ocupada por un padre, que se sentaba expectante, dispuesto a escuchar lo que, según el estudio hecho por el gobierno, habría de ser el futuro de su hijo.

  • Mire, – dijo el funcionario sin saludarlo- voy a ser directo y sin concesión alguna. Tras los resultados obtenidos por su hijo en las pruebas realizadas, la entrevista con él y las charlas con todos sus profesores, he de decirle que el porvenir de su hijo no es demasiado halagüeño. Su hijo, según la información de la que disponemos, es un holgazán con un carácter díscolo, que no muestra interés alguno en las asignaturas relacionadas con las letras, que carece por completo de imaginación alguna, incapaz de hacer buenos análisis de texto, que no muestra facultad alguna para el estudio de materias científicas (asignaturas en las que según sus profesores permanece siempre abstraído). Un niño con un temperamento agrio, y que hace gala de una gran mediocridad en todo aquello que está relacionado con el estudio.
  • No le consiento que hable…
  • ¡Me da igual lo que me consienta o no! ¡Soy un funcionario del gobierno y su hijo es un zoquete!

Un incómodo silencio inundó el despacho.

  • Mire, – las manos del empleado público se entrelazaron al tiempo que su tono de voz se suavizaba- lamento decírselo, pero su hijo no muestra capacidad alguna para el estudio y la comprensión de cualquier asignatura. No debería de malgastar el dinero con él tratando de que curse estudios universitarios. Sería una pérdida económica para usted y un malgastar recursos del estado. Y nuestro país no puede permitirse que muchachos como su hijo entorpezcan el futuro de nuestros jóvenes con mayor porvenir. Mi recomendación es que aprenda un oficio que le permita tener un sustento en un futuro. Debería de dejar ya los estudios y ponerse inmediatamente a trabajar. No le genere al chico falsas expectativas. Todos los profesores son de la misma opinión. Bueno, casi todos- dijo con cierto desdén.
  • ¿Quién opina lo contrario?
  • Su profesor de matemáticas. Según su criterio su hijo tiene algo que él no sabría definir pero que le hace intuir que estamos delante de una persona con un, ¿cómo ha dicho? , “cierto potencial”.
  • Bueno, al menos hay uno.
  • Esa opinión no merece credibilidad ninguna. Es el parecer de un joven, que acaba de empezar como docente y que muestra demasiada bondad a la hora de juzgar a su alumnado. El resto de los profesores, todos con una dilatada trayectoria a sus espaldas, son de la misma opinión que yo. Y luego están los resultados de las pruebas, que no dejan lugar a dudas. Todos los datos apuntan en la misma dirección. Este país no cree en su hijo. Lo siento.

El padre se puso de pie, miró fijamente al funcionario, que agachó la cabeza simulando que cogía un nuevo expediente, y acto seguido se dispuso a abandonar el despacho; pero al posar la mano sobre el pomo de la puerta, se detuvo y tras unos segundos se giró y dijo en voz alta:

  • ¿Sabe? Me da igual que el país no crea en mi hijo. Yo sí que creo en él. Mi hijo irá a la universidad.
  • Usted sabrá. Pero es dinero tirado a la basura. Ahora si me hace el favor salga del despacho señor Einstein.

Javier y Bashar

La presencia de aquel chico árabe en la cola del autobús le incomodaba. Había escogido uno de los asientos de la parte trasera del vehículo y desde él observaba a todas y a cada una de las personas que iban accediendo al mismo, y a las que aguardaban todavía para subir. Le gustaba imaginar las historias que acompañaban a cada uno de los pasajeros, pero en el momento en que le vio toda su atención quedó fijada en él. El joven en cuestión tendría unos veinticinco años. Era fornido, de mediana estatura, con nariz alargada y unos ojos marrones oscuros que acompañados de la amplia barba que cubría todo su cuello y unas gafas negras de pasta le conferían cierto aire desafiante. Vestía una gandora gris y llevaba sobre su hombro una mochila negra. Al verlo subir Javier pensó “Mierda. Yo no soy racista pero después de lo que está pasando preferiría que no hubiera subido la verdad. Joder y encima de todo se va a sentar aquí en la parte trasera”. Efectivamente, Bashar (que así se llama nuestro otro protagonista de la historia), se sentó en la última fila del autobús que permanecía vacía, justo en el asiento que se encuentra ubicado frente al pasillo. Al sentarse puso la mochila sobre sus rodillas.

El chofer arrancó el vehículo. Una hora de camino les esperaba hasta su destino, aunque para su desgracia todo iba a acabar mucho antes.

Javier seguía luchando contra los pensamientos que le venían a la mente. “Tengo miedo”. ¿Por qué negarlo? ¡Tengo miedo! Y me jode actuar así con alguien porque sé que estoy prejuzgando a esta persona, pero no puedo evitarlo. Con todo lo que está pasando…”. El autobús se encontraba en plena autovía justo en el momento en que Javier giró la cabeza y observó durante unos segundos a Bashar que le aguantó la mirada desafiante. Javier apartó los ojos de los de Bashar y acto seguido pensó: “No está bien esto. No puedo actuar así. Esta persona no es un terrorista. En esa mochila no hay nada más que libros o enseres personales”. Fue segundos antes de que sonara la explosión y de que el caos se apoderara del interior del autobús, que fruto de la misma había volcado.

Javier tenía numerosas heridas que cubrían su rostro y un brazo roto. Estaba aturdido. El humo le impedía ver y apenas podía moverse. De repente alguien rompió los cristales de la ventana que había a su lado, le asió por los hombros y le saco del interior del autobús que por aquél entonces se había convertido ya en una trampa mortal en la que el fuego devoraba todo lo que encontraba a su paso. Cuando le depositaron en el suelo pudo ver a una mujer a su lado, aparentemente sin vida. Esa fue su última visión antes de desmayarse.

Dos días después, recuperándose junto a su familia en el hospital recibió una nota que le entregó una enfermera: “Buenas tardes, señor. Mi nombre es Bashar que en árabe significa “portador de buenas noticias”. Yo estaba sentado en la parte trasera del autobús, llevaba una mochila negra sobre mis rodillas. No sé si me recordará. Soy la persona que tras reventar la rueda del autobús y volcar, le sacó de entre las llamas. Soy la persona señor, que le salvó la vida. Simplemente quería que supiera usted mi nombre: Bashar. Y como ya le he dicho que soy portador de buenas noticias me alegra anunciarle que nadie falleció en el accidente. Espero que se recupere usted lo antes posible.”

Javier cerró la nota, y comenzó a llorar.

El mar los hizo libres

Habían follado salvajemente durante cerca de un año y medio, sin embargo, al cabo de un tiempo la realidad había hecho acto de presencia ante ellos para reclamar su atención y proclamar al mismo tiempo que era solo sexo aquello que los unía. El placer de lo prohibido, de lo negado. Aquello que abre nuestra alma al abismo de la duda. Sin embargo, miraban sus manos y no podían dejar de observar aquellos anillos, aquella cárcel en la que se habían sumergido.

Se habían conocido en aquel curso de buceo donde lo primero que les había dicho Clara, su monitora, fue una frase que marcaría para siempre sus vidas: “Recordad una cosa cuando estéis ahí abajo: el mar os hará libres”. Sus familias habían visto con buenos ojos desde el principio aquella relación. El padre de Gonzalo era un prestigioso cirujano, y el de Ágata, uno de los abogados más reconocidos de Alicante.

Sus madres coincidían a menudo en todas las actividades que desarrollaba la parroquia. Fieles devotas, habían sido educadas para representar la figura de esposa perfecta del marido importante, aunque muchas veces, en el caso de la madre de Gonzalo, por las tardes, cuando la soledad de los sueños no cumplidos irrumpía con fuerza en el salón de su ático, solo podía contener el frio sacando de aquel cajón la petaca llena de whisky.

Durante un tiempo, mientras la sed de placer mantuvo vivo el engaño del amor, Gonzalo y Ágata, con cierto rubor, bromearon en ocasiones en el salón de su casa, con el tema de un embarazo, por ambas familias esperado. -Para que vamos a ser nosotros padres, si entre ambos juntamos ya doce hermanos- repetía Gonzalo constantemente acompañado de la sonrisa cómplice de Ágata.

– ¡Imposible! – gritó el padre de Gonzalo.

– ¡No vamos a permitir que nos avergoncéis de esta manera! – hizo lo propio el padre de Ágata, en tono casi amenazante.

Gonzalo y Ágata, cogidos de la mano por vez primera en varios meses, permanecían en el centro de aquel salón donde sus padres, tras haber mandado a todo el mundo fuera, trataban todavía de entender porque sus hijos, a quienes todo se lo habían dado, a quienes ya les habían diseñado un futuro acorde a su posición, querían avergonzarlos con aquél deseo de divorciarse.

-No nos queremos- dijo Gonzalo en un tono tan firme como suave.

  • ¿Y eso que importa? Aquí no estamos hablando de amor – le contestó su padre.
  • Recuerda: “El mar os hará libres” – le susurro al oído Ágata a Gonzalo.

Este al escuchar sus palabras sonrió. Tras esto se besaron con una ternura estremecedora y entonces Ágata mirando a sus padres y a los de Gonzalo pronunció en voz alta unas palabras que días más tarde esos mismos padres que ahora gritaban, amenazaban o guardaban silencio, recordarían entre llantos:” No os vamos a avergonzar”. Acto seguido miró a Gonzalo y le dijo: “Vamos cariño. Disfrutemos del mar”. Cuando salían de aquel salón Gonzalo giró la cabeza y pudo ver cómo mientras su padre y los padres de Ágata suspiraban aliviados, su madre lo miraba con ojos llenos de ternura y de comprensión. Fue la última vez que vio a su madre. La última vez que la vio llorar.

La noche de aquél catorce de julio de 2010, sus cuerpos se entregaron con desaforada pasión al deseo; un deseo que había vuelto a surgir entre ellos tras la negativa de sus padres a que se divorciaran. En cada embestida, en cada arañazo, en cada jadeo, en cada grito de placer, todas y cada una de las cadenas que los tenían presos se iban rompiendo en pedazos. La ciudad aparecía al fondo, como voyeur de una escena en la que dos almas lograron liberar en cada orgasmo, sus miedos más íntimos. Al terminar, se fumaron un pitillo mientras guardaban un conmovedor silencio al amparo de aquel telón de fondo, entre melancólico y grotesco al mismo tiempo, que habían configurado para ellos, las luces de su ciudad. De repente ambos sonrieron, unieron sus manos, se acercaron al borde de aquél acantilado y tras besarse una última vez, saltaron. Mientras caían, se soltaron de la mano.

Dos días después, con toda la policía de Alicante buscándolos, alguien dio un aviso de que había encontrado, en un acantilado próximo a la ciudad, una toalla con un sobre con una cadena y un candado encima para evitar que se volase. En el interior del sobre había dos anillos y una nota que decía: “El mar nos hizo libres”.

Tras varios días de búsqueda infructuosa de los cuerpos, la policía dio por finalizada la misma, y se firmó por el juez la declaración de ausencia, que tal y como marcaba la ley, según informó a los padres, se transformaría en defunción a los seis años. Los padres lloraban desconsolados al recibir la noticia. – ¡Los hemos matado nosotros! ¡Los hemos matado nosotros! – le gritó la madre de Gonzalo a su marido mientras este miraba el mar, con extrañeza y con dolor.

Lisboa se había levantado aquella mañana más hermosa que nunca. Aquel veinte de julio de 2016 podía parecer un día cualquiera para Andreia, pero no lo era. Se le notaba cierto nerviosismo mientras desayunaba en aquella cafetería llamada “Los Claveles” en honor a la revolución portuguesa. La había elegido en su día porque le gustaban las vistas del Océano que desde allí se vislumbraban y el significado del nombre. De repente, alguien por detrás le susurro al oído: “El mar os hará libres”. Se giró, miró al hombre que estaba frente a ella y con lágrimas en los ojos le estrechó entre sus brazos y le susurró al oído: – Estamos muertos Fabio. A lo que él respondió: – Pues habrá que celebrarlo.

El mundo los despertó

Ella Introdujo el pene en su boca mientras tenues rayos de sol se filtraban por entre la penumbra que reinaba en la habitación, iluminando con ello su espalda. Su corta melena marcaba el ritmo de una felación donde la ternura danzaba para ambos el vals de la pasión. Él agarraba con firmeza un almohadón al tiempo que el ritmo de la lascivia contorneaba su cuerpo preso del placer y acariciaba el pelo de ella, dejándose llevar por las sensaciones que le invadían con cada roce de su lengua sobre su falo erecto. Acarició con su mano derecha sus testículos mientras incrementaba el ritmo de la felación, implementando un placer desprotegido, lascivo, volcánico y embriagado.

La noche entre risas y alcohol los había conducido de forma tranquila hasta una habitación, transformada en paraíso del deseo. Ella se recostó sobre la almohada y durante dos minutos rieron, como ríen las personas liberadas de preceptos y de retórica, de prejuicios y de sombras él comenzó a acariciar sus senos y acto seguido la boca de él bordeo los montes del deseo, mordiendo con suavidad sus pezones.

Su lengua, en busca del tesoro de lo prohibido bajó hacia el jardín del Edén, introduciéndose en el húmedo aljibe enmarcado por los labios de la vida y del deseo. El vello púbico de ella acariciaba su rostro mientras sus manos masajeaban sus senos y su lengua, por entonces fuente emanadora de agua placentera, buscaba en su vagina redención. El sexo sobrevoló durante toda la mañana los destellos de una noche libre y sin ataduras.

La brisa de los naufragios se apeó en el andén de los cerebros con escarcha y el sol, testigo de excepción desde el palco de la fragancia, los arropó hasta quedarse dormidos, alejados de explicaciones y de cadenas; abrazados el uno al otro, sin amor ni desamor, sin anhelos ni fulgor; aferrados a la vida, a la palabra, al sexo, al placer, a la risa, y a la pasión. Horas más tarde, el mundo los despertó.


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