A solas con la libertad. Capítulo 2

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Capítulo dos. Inocencia cuatrera.

Con el sol ya encima, una pandilla de niños iba en sendero recto a su obligación de aprender, para tras su madurez y en teoría, ser felices. El honrado panadero dejaba las barras acompañadas de bollos en las bolsas que colgaban de las puertas de muchos pisos del vecindario, y tanto esta como otras bandas de mocosos llevaban en sus mochilas embutidos que engullirían después:

—¿Lo llevas todo hijo? —preguntaba una madre.

—Sí mamá, está todo —respondía dócil el niño.

Porfidio iba solamente a veces de la mano de su madre, observando los culos de las de sus amigotes, dando alas a la imaginación del querer y no poder que todavía es un infante; la hora del recreo se daba para comer y aprender vocabulario ofensivo o sexual. Fligida saludaba a sus compañeras de preocupaciones sin quedarse al café mañanero, porque su interés estaba en una casa con un marido y un insumiso uniformado de gris y azul marino. Los profesores se dejaban la garganta explicando sus asignaturas, para ver por qué no era tan necesario desgañitarse frente a una jauría de piratas expoliadores de la paciencia, aparte de tener en cuenta el sueldo tan bajo que por esa época se pagaba a estos sufridores. A cinco minutos del sonido del timbre, el murmullo se hacía notar, y Don Alfonso Jiménez apodado el Compás movía sus piernas de un extremo a otro de la tarima, poniendo deberes de matracas, con Valentoso Fernández escuchando sin abrir la boca: le chiflaba el cálculo. Pero al sonar la sirena, un enjambre incontrolable sacude las puertas y salen las fieras a desfogarse mientras comen bocadillos y beben zumos de frutas o de la única fuente que hay en el patio del cole; hay que coger fuerzas para el siguiente sermón. Anselmo, Porfidio, Juan Carlos y el recién incorporado Silvio (llegó hace dos días al edificio) sientan sus posaderas en una esquina del patio sin fin para pasar desapercibidos. Silvio el pelirrojo con los ojos malvados empieza la conversación:

—¡Mirad lo que tengo!

—¡Hala, una mujer sin ropa! —exclamaba Juan Carlos.

—¿Y qué es eso que tiene entre las piernas? —preguntó Anselmo.

—¡Es la entrada de la vida! —sentenció Porfidio.

Silvio explica:

—Yo se lo he quitado a un primo mío mayor; le he oído decir una palabra rara.

—Mi tito que es médico me ha dicho que se llama vagina. Y mi padre lo llama chisme; mi madre me soltó un cocotazo por decirlo, y le dijo a mi padre que iba a pasarse un mes a pan y agua. Pobrecito, con lo bien que guisa mi mamá — explicaba Anselmo.

—Creo que los maleducados lo llaman chocho, ¡tengo que investigarlo! —dijo Porfidio.

—Pues yo he oído por ahí que si te quedas mirando fijamente una revista de estas y te tocas la pilila, te sale un líquido como el gel de baño y da un gusto que no veas —dijo Silvio.

—¡Hala, qué asco! —respuesta de Juan Carlos.

De pronto se percatan que Porfi está con las manos temblorosas y muy pajizo, con su bocata y su zumo por el suelo. La llamada de vuelta a sus aulas les dio un respiro, aunque tramaban algo peor a la salida. En clase de naturales, los aspirantes a tocones con avaricia no dejaban de rascarse las ingles, hasta que uno de ellos tuvo que ir al retrete para no orinarse encima. Cosas así podrían estar ocurriendo en cualquier colegio del país; el Estado pasaba de ser omnipresente a condescendiente con el verdadero poder, mientras estos pobres infelices trabajaban su curiosidad sin malicia. La mañana pasaba sin excentricidades, con el timbre sonando de nuevo para soltarlos de vuelta a sus casas. Salió el grupo deseoso de pasar el vallado de cipreses que da entrada al colegio. El camino hacia sus pisos y el resto de bloques era casi directo, pero querían hacer una parada en el quiosco de Don Enrique, un rechoncho cincuentón bastante salado, casado con Doña Virgilia, que iba a echarle una mano cuando dejaba hecha la comida. Un matrimonio de sabios sin hijos por culpa de la esterilidad, guiando dicho infortunio al mimo de su clientela, formada a esa hora del día por un aluvión de mocosos que compraban chucherías y cromos de sus jugadores de fútbol favoritos. Don Enrique los esperaba impaciente, con su camisa planchada al milímetro por él mismo, deseando atender a sus hijos que se amontonaban dejando monedas. Ya sabía de memoria lo que cada uno de ellos quería, y los enanos lo que tenían que pagar. Su quiosco es un muestrario único en el barrio, quizás por aquello del despertar de las mentes liberales, dejando en la peor esquina las primeras revistas pornográficas llegadas a la calle. Quienes se las pedían lo hacían mirando al suelo, diciendo el nombre del producto o último número del mes casi susurrando. Enrique y su pelo otoñal empezaban a impacientarse, al ver que los críos tardaban un poco en llegar, como bandadas de palomas a la caza del pan duro machacado. De pronto ve acercarse al genio Porfidio y unos cuantos más que se unían a la pandilla:

—¡Don Enrique, Don Enrique!, ¿le quedan estampas y chicles de menta?

El quiosquero despachaba emocionado por la educación de estos niños de colegio un poco caro; unos se aguantaban para después de la comida, otros tenían el aguante de viaje, y empezaban a moler azúcar como depredadores hambrientos, para llevarse luego la bronca de la madre y ser adictos a otras cosas que los llevarían a una desgracia. El enjambre aumentaba hasta adueñarse del puesto de prensa, con niños sumidos en una locura nerviosa, mandando a tomar viento al orden, hasta que un chaparrón de silencio se desata en una esquina de la caseta. Hay cuatro individuos mirando las portadas impactados. Porfidio, Anselmo, Silvio y Juan Carlos observan con la baba caída las imágenes del vicio:

—¡Mira Porfidio, está desnuda y con las piernas abiertas! —murmuraba Anselmo descolocado.

—¡Y tiene pelo en la cueva! —Juan Carlos intentando no caerse del síncope.

—¡Parece que nos invita a meternos para ver qué hay, es asqueroso; yo no puedo haber salido de ese sitio! —soltaba Silvio medio noqueado.

El que queda por hablar no se manifiesta, al encontrarse al borde del colapso ante inexplicable espectáculo, con los ojos vidriosos, las cejas agarrotadas y la baba serpenteando su mentón, por no decir de su corazón a punto de estallar:

—¡Porfidio, ¿estás bien?!, ¡Porfidio, que te caes! —gritaba Anselmo.

El inocente cae con su frente sudada, mientras Silvio da la voz de alarma pidiendo ayuda:

—¡Don Enrique, mi amigo se ha desmayado!

El hombre sale hecho una exhalación para ver lo ocurrido e intentar poner un poco de calma, ya que la escena pinta regular:

—¡Niño, despierta, venga, despierta!, ¿qué estabais haciendo? —pregunta a los otros tres.

—Nada Don Enrique; es que nuestro amigo se ha quedado mirando esas revistas de señoras sin nada que ponerse, y le ha dado un mareo —explica Juan Carlos.

Sientan a la víctima en la acera para que tome un poco de aire, con Don Enrique corriendo al quiosco a sacar una botella de agua que le echa en la cara; bebe un trago comenzando a volver en sí. Poco a poco va recuperando color el monicaco, y empieza a diferenciar la silueta de sus colegas sonriendo. Don Enrique pensó en llamar a una ambulancia desde la cabina que hay pegada a su puesto de periódicos, ya que como previsor tiene una libreta con números de teléfono, por si pasara algo con alguno de los nenes y un botiquín por si las moscas. Hablando de moscones, el primer capítulo de la fama porfidiana ya es un hecho consumado, que será consumido en habladurías por todo el barrio. Se largan a sus pisos hechos de hormigón imbatible, deambulando como almas pecadoras y a paso de anciano, por si al protagonista de su vida le diera de nuevo el bajón. Llegan al portal del edificio, teniendo la gran suerte de encontrarse con Don Diego Miguel, el vecino del último piso, un exitoso visitador médico abriendo la puerta. Diego es de muy buena altura, y de un sarcasmo que casa perfectamente con su trabajo; juega a preocupar a los bandidos con sus comentarios jocosos, para él mismo comprobar la reacción de cada uno. Posee la sabia habilidad de no llevar sus problemas laborales a casa con su mujer, que se parte de risa cada vez que le cuenta lo que le dice a los enanos, y las caras que estos ponen. Es muy bien conocido en el bloque por un vestir sencillo pero impecable (van todos los hombres del edificio más o menos así), logrando casi la mitad de las ventas que necesitan de un empujón final, con esa socarronería que dan lugar al derrumbe de los guardianes de la salud, riendo y pidiendo cada vez más medicamentos. Se gana hasta a los doctores más amargados, que no han tenido el valor de enfrentarse al destino familiar para hacer con sus vidas lo que les apeteciera. Diego Miguel es su medicina perfecta, sabiendo nada más mirarles a los ojos lo que necesitan oír, cocinando la corta negociación con una salsa de chuparse los dedos, llamada palabra justa y chiste adecuado, subiéndolos y bajándolos con una maestría bien digna; su padre, Don Diego el Largo, era un chistoso comerciante de mercadillos, por lo que de casta le viene al galgo. Y está esperando al niño de sus ojos:

—¡Ay mi Porfidillo!, ¿qué te pasa que vienes muy blanco?

—Que me ha dado un vahído Señor Diego Miguel.

—Pues lleva cuidado y tira para tu casita rápido, que hay hombres malos por ahí que a los niños los capan.

—¿Qué es capar Don Diego?

—Les cortan las bolitas; así que tú siempre con tus amigos, y si te gusta alguna chica, el pajarito siempre abierto, ¿vale?

Porfidio empieza otra vez a sufrir de sudores helados tapando su bragueta con las dos manitas, para no dejar al libre albedrío su herencia más preciada. Mira desangelado a Don Diego pensando, ¡me has abandonado, vecino!, y no comprende la risa del hombre que suelta su maletín, vencido por la chispa del mono que baila con ansiedad. Porfi se desespera, las tripas le piden retrete con urgencia y se despide del vecino, corriendo hacia su puerta para dar saltos tocando el timbre. Abre su madre un poco asustada y se encuentra al pordiosero del amor:

—Hijo mío, ¿qué te pasa?

—¡Quieren quitarme la dignidad, mamá!

—Pero, ¿qué dices?

—¡Ahora después te lo explico, voy a evacuar!, ¡van a eliminar mi ser!

Fligida ha traído a este mundo a un genio sin parangón, que vaga con sus tormentos por un mundo irreal, viniendo a su mente el nombre de Diego; está haciendo muy buena amistad con Ana, su mujer, que no puede tener hijos; toman café juntas un par de veces por semana sin sentir envidia ni comparar estilos, una conexión inmediata que forjaría algo más que simpatía mutua. De momento, las dos disfrutan de las cosas que Diego dice a Porfidio, y de las reacciones del punto filipino. Paralelismo había en esos tiempos, entre la aspirante a gran ciudad Villa Gallarda, y el crecimiento porfidiano. El capitalismo se instalaba medio a escondidas no para quedarse, sino para asfixiar a algunos de sus paisanos, viviendo a crédito. Una hermosa planicie comenzaba a afearse con grúas y cemento, creando un bosque gris repleto de vida a cualquier hora. Las buenas formas seguían abanderando el civismo, y poder aspirar a una vida conforme lo necesario mantenía a Fligida, Pingralio, Diego Miguel, el quiosquero Don Enrique y demás fauna humana, vivos y expectantes ante los cambios. Porfidio no se despegaba de sus amigos, sus tres reyes salvo cuando jugaba con las niñas a beso, atrevimiento o verdad. En ese caso los dejaba en la estacada a mitad de partido, demostrando la debilidad masculina. Se les unió al grupo Joselito, un niño un tanto apocado de maneras excesivamente finas, con su homosexualidad tan escondida por temor al acoso psicológico, que salía poco de casa (vivía en un edificio contiguo). Porfidio se arrimaba a él para saludarle con cariño:

—¡Joselito, tenía ganas de verte!, ¿te vienes a jugar con mis amigos?

Joselito accedía una poco horrorizado al sentir que lo maltratarían sin misericordia:

—Porfi, ¿por qué te traes al mariquita? —preguntaba Silvio con maldad.

—Es mi amigo y nuestro vecino; si no os gusta, me voy.

—¡No te cabrees tío! —respuesta de Anselmo intentando poner calma.

Los muy bichos ponían a Joselito de portero y lo cosían a pelotazos, acabando con la paciencia de Porfidio Superstar:

—Vamos Joselito; con las chicas lo pasaremos mejor.

El ejercicio de mala leche de Silvio especialmente sacaba a Porfi de sus casillas, haciendo que se decantara por jugar con sus vecinas; la maldad conlleva un pago con creces. Volvían con las crías que al ver llegar a los dos con cara de sufrimiento, acudían para consolarlos e invitarles a jugar a qué quieres ser de mayor:

—A ver Porfi, ¿qué quieres ser de mayor? —preguntaba una de ellas muy ingenua.

—Ginecólogo.

—¿Y qué es eso?

—Es un médico que ve todo lo que tenéis entre las piernas, y yo quiero ver muchas cosas de esas.

El griterío se transformaba enseguida en una espantada de antílopes, con la presencia del descarado frente a ellas, y con su Joselito rebozándose en el suelo llorando de la risa, estando Porfidio otra vez solo como tantas veces; eso sí, orgulloso al decir lo que sentía a solas con su libertad, habiendo hecho una magnífica obra sin percatarse: sacar a su amigo de la tristeza para darle unos minutos de alegría. Fligida estaba planchando unas camisas de su marido cuando llamaron a su puerta, y abrió para escuchar a dos niñas contarle la jugada de su hijo; bajó hecha una pantera menopáusica, para llevarse al monstruo con un tirón de orejas, sin ganas de escuchar clemencia:

—¡Pero mamá, lo he dicho sin querer; son mis ganas de conocimiento!

Joselito detrás de ellos rogando el perdón de la señora:

—¡Señora Fligida, no es culpa suya; además me ha sacado de la maldad de Silvio!

No hubo nada que lo remediara, ¿o sí? Fligida dejó a los dos jugar al parchís en la habitación, pero que se olvidara de ir al patio con sus amigos del alma por unos días. Terminaron merendando tortilla a la francesa en un panecillo para cada uno, un zumo de naranja y manzana cortada a trozos. Maria Rosa, la madre de Joselito, recogió a su hijo con el semblante de preocupación que acostumbra, ¿por lo que hizo Porfidio?: ni allá lejos:

—¡Fligida, muchas gracias!

—De nada mujer, para eso estamos las vecinas.

Entonces, la dama castaña de ojos negros y estatura corriente suelta unas lágrimas en la mesa de la cocina de Fligida: Mari Rosi, que así es como se le conoce en el barrio, no soporta el sufrimiento familiar debido a las mal llamadas “rarezas” de su hijito:

—¡No podemos más!; se meten con mi niño en el colegio todos los días; le dicen mariquita, niña, repipi, y muchas más cosas. Mi marido está fatal, no sabemos qué hacer, ¿qué hemos hecho?

—Tener un sol de niño. Es muy educado y a mi me da que llorarás de alegría dentro de unos años. Tu hijo va a llegar muy lejos y será un hombre muy feliz

—¿Un hombre?

—Si; un hombre que tendrá a alguien que lo quiera mucho y un trabajo estupendo; debéis ayudarle en todo lo que podáis tu marido y tú. Mira en cambio a mi delincuente, que me lleva desquiciada con su obsesión por las mujeres; lo he pillado sacando mis sujetadores y mis medias, ¡y se queda embobado mirándolos!. Yo sí que tengo un problema, ¿pero tú?; lo que hay es mucha tontuna de los demás. No te preocupes mujer, y cuenta conmigo para lo que puedas necesitar; el nene está cenado.

—¡Gracias Fligida!; mañana hablamos.

Joselito se despidió de su amigo y dio las gracias a Fligida por la cena. Le preguntó a su madre si ver las bragas de una mujer es estar mal de la cabeza, a lo que Mari Rosi tiró de la oreja izquierda del curioso directo a su cuarto; otra razón más de peso para que Joselito pensara:

—Si al final voy a tener razón; me gustan más los chicos que las chicas; si lo que me espera es un tirón de orejas cada vez que quiera saber algo de psicología, me cambio de bando. Porfidio es mi amigo pero no me gusta porque está loco; ¡Porfidio está loco!

Pasan las estaciones en Villa Gallarda, pudiendo convertirse en un desierto a no mucho tardar, ¡pero todavía hay tiempo para dar marcha atrás! Otoños e inviernos con relente y lluvia generosa limpian a base de dulzura las calles y avenidas, y la tromba de niños continuando su marcha a los colegios, con la moral bien atada por siglos de alienación, manteniendo a raya la caradura y el libertinaje. Aunque ya se oyen cosas feas por el edificio. Un matrimonio formado por Fina y Pepín no paran de discutir por una niña retraída, que bautizaron como Blanca por su piel nácar, heredada de su abuela materna Felisa; una princesa de ojos castaños, candidata a reina de la bondad y el intelecto, que sus padres manchan sin perdón; la culpan de la mala marcha de su matrimonio, perdiéndose el respecto a gritos y palabras que la infancia no tiene que oír. La verdadera razón de la pena de esta niña está en las vocaciones frustradas de papá y mamá, trabajando él como supervisor de una fábrica de plásticos, cuando soñaba con ser pastelero, y ella en un laboratorio, habiendo querido opositar a fiscal. Discuten hasta casi la media noche con medio edificio escuchando sus barbaridades:

—¡Estoy hasta los cojones de ti!

—¡Pues ya somos dos, Pepín!

La cría se mete en su cama, tapándose de cuerpo entero y empapando la almohada, afectando a su rendimiento en la escuela; ni come bien ni descansa como debiera, acrecentando el desastre venidero de seguir así la cosa, en una adolescencia inestable: Blanca la Descarriada. La nena se refugia en sus muñecas y sus compañeras de pupitre; muchos padres con Diego Miguel a la cabeza querrían adoptarla para darle una mejor vida a este ángel, pudiendo hacer poco de momento, salvo esperar a ver si Fina y Pepín reflexionan, algo improbable; ¿podría alguien salvarla?; si Porfidio y su escudero Joselito se empeñaran, lo conseguirían: ¡y lo hicieron! Convencieron a Blanca para que jugara con ellos; después habló con su trío de ases, advirtiéndoles de un desprecio irreparable si volvían a meterse con su compañero del alma y su recién estrenada amiga. Blanca no regateaba en los partidos de fútbol, pero se la pasaba muy bien a Porfidio y Joselito. Porfi estaba que no cabía de gozo con sus dos nuevos fichajes, llegando Blanca a adquirir una seguridad tal, que una noche de pelea entre sus padres salió de la cama, fue a la cocina y poniéndose delante de los dos inconscientes les soltó:

—Como sigáis así, me voy con Ana y Diego; ellos me querrán más que vosotros —con una muñeca en sus brazos.

El mazazo sirvió para parar la trifulca en seco y dar paso al silencio; Pepín quiso subir a terminar de descargar su ira con su vecino visitador, pero sabía que se jugaba el tipo ante un armario empotrado, que sin haberla hecho amaba a esa niña como se puede amar a alguien verdaderamente:

—¡Bajo ya Ana!

—¡Espera Diego, deja que venga el problema que vendrá, y lo solucionamos nosotros!

Desde esa noche, Fina y Pepín acordaron respetarse un poco y llevar cada uno su vida con la máxima discreción. Blanca llegaría a cumplir los dieciocho siendo toda una mujer, casada más tarde con una joya de persona que pasaba los treinta y cinco con parte del edificio como testigos de esa unión, siendo Diego Miguel y Ana sus padrinos cuando todo esto pasó. Tuvo el coraje la entonces niña, de no entregarse a la experiencia de la juventud con la ayuda permanente de sus padres adoptivos, ya que los que la trajeron al mundo se separaron, desparecieron del mapa y de la vida de Blanquita. Pero hasta que la boda ocurriera, Diego Miguel la compartía con su mujer, dándose los dos cuenta que algún tipo de Dios tenía que existir, ya que les había tocado la lotería con la niña. Al llegar la primavera, las reinas de las casas empezaban a mover la ropa de sus armarios. Cambiaron de nombre la ciudad los nuevos señores del ayuntamiento, impacientes por poner las manos en el poder que nunca cambia, pues la estrategia a través de los siglos es la misma, salvo en este lugar: robar a manos llenas con el pretexto de cambiar la ciudad para bien. Esta lección era recibida por Porfidio y sus amigos en el colegio cuando en una clase de lengua, el profesor ni corto ni perezoso dejó una perla:

—Da poder a un hombre que Dios se avergonzará de él, por las atrocidades que cometerá en su nombre.

A los críos ni les iba ni les venía toda esta parrafada. Ellos no paraban de dar vueltas a la ropa interior femenina, ¡bueno él, el súper cochino! Sus socios tenían sus estampas de coches y futbolistas, hasta que la informática básica irrumpió en sus vidas, ¿para qué?, para aislarlos casi a lo bestia. Era el no va más de la época, un ordenador negro para Anselmo, con juegos de estrategia militar; los que tenían Pingralio y Diego les hacían el trabajo muy llevadero, haciendo su compra a plazos merecida. Porfi con los otros tres jugando a la guerra espacial bastante enganchados:

—¡Vamos a jugar otra partida Anselmo!

—No, que mi madre no me deja.

Entonces aparecía Doña Fernanda la voluptuosa, con unos bollos con chocolate para el cuarteto, que devoraban a toda prisa menos Porfidín. Estaba embelesado con los pechos de la mujer, dejando caer el azúcar por la comisura de sus labios. Los demás se daban cuenta del alucine, y el rapapolvos no se hacía esperar; tenía que regresar al mundo de los marcianos:

—¡Porfidio espabila!

—Perdona Anselmo; es que no me he dado cuenta.

Retomaban el asunto que les interesaba: matar al enemigo con cañones láser. La partida terminaba y Fernanda los largaba de su piso, tan cargado de muebles que daba dolor de cabeza a todos lo que lo visitaban, ¡pero más limpios que una patena!; con ese asunto no se discutía, sino que se competía. Esposas, maridos e hijos sin dejar una mancha a la vista de las criticonas, que por descontado las había, ¿y los nenes proyectos de mozos? Había que verlos, pareciendo estrellas de cine americano, repeinados al extremo para salir preciosos en la foto de su clase. Porfidio en la media de niños inquietos, con el brillo en la puntera de sus zapatos modelo todo-terreno. Todos a excepción de Joselito, volvían a comer con la ropa casi inservible; parecía que venían de una guerra, con rodales y arañazos por todos sitios. Los árboles florecían, y estos nenes oyeron un día una palabra que les causó máxima curiosidad: masturbación. Silvio escuchó a su padre decir algo como…meneársela. Todos fueron a la consulta de Don Porfidio: menudo desastre.


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