Capítulo cinco. El visionario virtual.
Se hizo de noche y Porfidio no soltaba prenda; tenía que madurar y escribir la idea. Cada uno en su casita, con Dios en la de todos menos en la del pensador hacia su andadura empresarial. En un sueño profundo, la compañía iba a tener por nombre Gestión Semidecente Sociedad limitada (debiendo ser realmente Hombres Indecentes Suciedad Ilimitada), dedicada a la promoción del Cine de Pelo, con un festival internacional patrocinado por la Concejalía de Asuntos Inclasificables, con Carmela de Directora Emérita, y Porfidio de Presidente. Este certamen traería a lo más granado de la ciudad y el país, cuyos premios a los mejores largometrajes velludos serían llamados Pelóscar, según categorías; el premio de más renombre sería para el mejor guión, compuesto por escribientes de prestigio en el jurado. Si se quiere más, se publicaría una revista de sociedad y nombre comercial Pelhola, relatando a la vez que fotografiando con todo lujo de detalles, los avatares amorosos de actrices, actores, productores y directores del cine guarro. El cargo de Juan Carlos dentro de este monstruo sería Director de Fichajes, poniendo a Anselmo de encargado de la contratación y las Relaciones Escrotales y Púbicas. Ni el mismo Joselito sería tan creativo como ellos, siendo el rechazo de esta aventura algo de locos para Porfi, y una lógica más que evidente para el resto del planeta. La deriva de la sociedad gallardiana pasaba a ser de chalados. El bienestar quitaba humildad y educación dentro de sus pilares fundamentales, poniendo al dinero como fuente de estrés e impregnando todos los estamentos. El alcalde unido a sus delirios de grandeza, le hacían cometer barrabasadas con el urbanismo de la ciudad. Comisiones cobradas por sociedades fantasma para los fantoches como él y su recadero, se celebraban en el por entonces mejor restaurante de la ciudad, con sus señoras compitiendo en vestidos de alta costura, asumiendo el papel de cornudas consentidas, en deshonor a la avaricia de un dinero ganado a lo mugriento. Sus hijos junto a los posibles de sus amantes en los colegios más caros, teniendo como amigos a unos lameculos que les reían las gracias en sus noches de juerga, cada vez que mencionaban con desprecio de sus paisanos, como sus padres en sus cenas:
—Antonio, ¿te acuerdas de la primera reunión?
—Cómo no acordarme Juan Pablo; es que no me lo creo; y los nuestros tragando sin enterarse.
—Ya te lo dije; dales ocio y todo irá cojonudamente bien. ¿Alguien se resiste a pagarnos?
—De momento no: bueno, un tal Agustín Cabrera va diciendo por ahí que somos una panda de ladrones, que no tenemos perdón.
—Pues a ese ni un metro de terreno, ¿de acuerdo?
—Así será Señor Alcalde, ¡brindemos!
Haciendo negocios turbios con el suelo de la ciudad, sin consultar al verdadero dueño. Agustín era un hombre nada alto, de bigote corto y denso que había mamado la pura miseria al morir su padre joven, de trabajar la tierra en demasía. Sufrió tanto de crío y mozo, que endureció su corazón cuando hablaba de negocios y familia; sus hermanos se aprovecharon de él, dejándolo con lo puesto al descapitalizar la primera constructora que tenían; remontó gracias a un vecino que le prestó dinero para su primera cooperativa de viviendas, y siempre animó a sus hijas a no fiarse de absolutamente nadie; hasta ni una de la otra:
-Hijas, la familia buena en la distancia, y la mala en el olvido. Vivid vuestra vida y pagad como os paguen; prefiero que os respetéis a que os queráis.
Ya no se amedrentaba ante nadie, jurándose pisar los cuellos que hicieran falta para que no faltase de nada en su casa, ni a las chicas ni a su mujer Mari Fe. Quería más a su vecino que a sus hermanos, devolviendo el favor con la cantidad prestada pero por dos. Una noche le contó a su esposa lo que le había ocurrido con el ayuntamiento por orden del señorito del cortijo:
—Ya sabes lo que hacer; mándalos al infierno.
—Tiempo al tiempo; torres más grandes han caído —respondió Agustín.
Mientras las hijas de Agustín se criaban en el respeto, los del alcalde crecían con arrogancia, lo que les haría odiarse. La concejala Carmela con su felicidad porrera, persuadía a Juan Pablo para cambiar el nombre a una plaza de la ciudad por el de Plaza del Falo:
—¡Es muy poético, precioso!, ¿qué te parece?
Juan Pablo firmaba otra vez, sin remilgos ni debates. Los que sí se querían y querrían hasta el fin de los tiempos eran los protagonistas del bloque. Se acercaba un momento importante en sus vidas, y no era otro que casi todos los mozos estuvieran con coche propio salvo Porfidio, que estrelló una carraca de segunda mano al fijarse mientras conducía en una mujer con minifalda roja; para que se le fuera el disgusto, Anselmo y Juan Carlos lo paseaban en los suyos de punta a punta de la ciudad. Gallarda era invadida por franquicias de ropa y comida rápida que se convertían en lugar de encuentro para generaciones más mimadas que la porfidiana. El día de su casi treinta cumpleaños, Fligida y Pingralio lo llevaron a un barrio nuevo en el norte de la ciudad, con unas llaves que relucían. Era su piso, su cueva, su búnker, su refugio de pasión y ardor. La madre loca de contenta con la amplitud de la casa, y el padre efusivo como nunca porque su hijo tenía una propiedad, pero no un trabajo acorde con su potencia mental. La televisión y el sofá de tres plazas con la cama a juego se la compraron sus cuatro almas gemelas; fue idea de Blanca:
—¡Esto es un sueño hecho realidad, la emoción me embarga!
—Aprovéchalo hijo —respondía orgulloso el genial Pingralio.
—¡Seguro que lo hará! —pensaron los que no estaban.
Y todo con la dictadura tecnológica que no los tenía conectados sino esclavizados. Los padres de Anselmo y Juan Carlos con sus hijos encarrilados, mientras lo comentaban en cenas donde el vacío reinaba. Diego Miguel se entusiasmaba de ver a todos sus “hijos” crecer, emancipándose sin perder el contacto:
—Nos han salido buenos. Mi niña está muy contenta, y yo más de verlos a todos bien.
—El que nos va a sorprender es vuestro Joselito —decía Fligida a sus padres.
—Es el mejor de todos, de verdad —palabra de Anselma, dando un bocado al pescado en salsa verde.
Se quedaban sin palabras con el nuevo piso Valentoso, preguntando a Pingralio cómo lo había encontrado:
—Fue por un cliente mío que me dijo que fuera a ese barrio y mirara los edificios que había. Él conoce al constructor, un tal Agustín; parece que lo hace muy bien y los precios son muy buenos. Me han dicho que es el menos malo.
Retrató la única honradez que había en ese negocio, apelando a la verdad de las zonas nuevas que se estaban creando, tanto al sur como al norte. Lo que más gustaba a Porfidio de su piso eran los dos cuartos de baño, sus templos de la higiene y la descarga. Le faltaba una faena que encaje con sus expectativas de seductor gallardiano. Anselmo y Juan Carlos se desternillaban de su muelle flojo bien conocido en los bares de su anterior barrio, con los camareros y dueños de los locales riendo cada vez que lo veían entrar a toda pastilla:
—Perdonen pero necesito dejar unos efectos personales —pajizo desabrochándose el pantalón.
El teléfono móvil era ya la droga más consumida por los habitantes de esta y otras muchas ciudades de la grandiosa nación; Blanca asesoró muy bien en su uso responsable a los responsables del grupo de wasap que habían creado. Se reían de los apretones porfidianos y se acordaban un montón de su Joselito; la emoción llegó cuando una tarde saltó la noticia en los canales principales de televisión y las más importantes emisoras de radio:
—El modisto José Arzuaga lanza su primera colección con tal aceptación, que ya tiene el compromiso de mostrarla en París y Milán; Londres y Nueva York lo confirmarán en los próximos días.
Los teléfonos hirviendo, con un padre y una madre que no daban crédito ni abasto a recibir tantas felicitaciones de todo el vecindario. Porfidio lo auguró en una de las salidas nocturnas, con Joselito ya en la capital:
—Es imperial, y un imperio creará.
Con un valor a prueba de humillaciones, triunfó comportándose como un hombre vestido de una sensibilidad enorme. Su valentía fue todavía mayor cuando siendo entrevistado mencionó a sus padres, su ciudad y sus amigos. Porfidio con una cascada de lágrimas ya en la nuez, sentenciaba el cariño que tenía a su amigo de la niñez:
—¡Ay mi Joselito, eres excelso!
Blanca daba golpes de alegría a la mesa, con su ya marido asustado al no haberla visto así de feliz, y Anselmo y Juan Carlos saltaban gritando como si hubieran visto a Dios o se hubiera declarado el fin de la hambruna mundial. Ni por sus cabezas llegaron a pensar una vez recibido el mensaje de este genio de la costura, el significado de dos simples palabras: ser feliz. El secreto de este logro yacía en unas cualidades claras: sencillez, humildad y valor, el andamiaje idóneo para triunfar en la vida. No pudo llevar el odio a cuestas desde que nació pero sí era un creyente en la justicia divina, lo que le hizo arrepentirse por haber deseado un día nada más, el mal para su desaparecido Silvio. Se lo confesaba a Floriano con pena:
—Yo no quería eso para él; es culpa mía.
—No te castigues porque no eres culpable de lo que le pasó; ni él tampoco tuvo la culpa; a lo mejor fue su genética, José.
Su pareja se convertía en un sol que jamás se apagaba. Incluso enfermo le hacía el café cada mañana para preguntarle cómo le había ido el día anterior. Aceptó los peores trabajos habidos y por haber, creyendo con fidelidad en su José, limpiando váteres de hoteles fines de semana, además de coches de ricos que lo insultaban al verlo sacar brillo a sus máquinas de lunes a viernes:
—¿Has visto cómo limpia el marica?, ¡qué bien lo hace!
José se lo pagaba durmiendo poco y diciéndole te quiero mucho al cerrar la puerta del cuchitril que pudieron alquilar. El sufrimiento les llevó a lo que tenía que llevarles, la cima de la verdad creando un emporio internacional. Floriano aconsejaba a José, y José recogía el guante creando diseños nunca vistos en los últimos treinta años. Pensaba Joselito en sus amigos desde quinientos kilómetros, especialmente preocupado por la soltería del loco de Gallarda:
—Porfi, me gustaría verte con una buena chica; estarías más tranquilo.
Porfidio quería amar a ratos, por un exceso de películas de pelo que veía en el ordenador portátil, comprado por Pingralio el Beato para que supuestamente le ayudara a encontrar una ocupación. El correo electrónico era una maravilla aumentativa de la cartera de clientes y las colas a los centros de salud, con gente extrañada de sufrir de agotamiento y falta de aire en el pecho; la ansiedad y otras enfermedades de cabezas con prisas se ponían de actualidad, entronando a Porfidio como soñador del globo. Otra especie de soñadores trabajaba aún menos. El alcalde pegado al poder destituyó a Carmela, sin poder evitar que la fumadora de lo que no son cigarros, pasara el testigo a su sobrina Carmelita, que fue sin buscarlo el arma perfecta para destronar a Juan Pablo y su camarilla de buitres, con la inestimable ayuda de la grabadora de Agustín. Carmelita paseaba por los despachos recogiendo informes cuando vio que el del pirata estaba entreabierto. Entró y se puso a fisgonear, hasta que encontró en el último cajón sin llave de su escritorio unos papeles donde figuraban las comisiones con nombres, apellidos y cifras exactas; tan curiosa y acertada fue que se los llevó para sacar copias, cantando por el pasillo principal del consistorio:
—¡Soy la reina de los justos!
Ya de noche, Carmelita llamó a su tía para informar de la hazaña. Ambas odiaban la codicia política, creída en un pedestal sin poder ser ni mirada. Juan Pablo descuidaba su auténtica fortuna, su familia, con un hijo en un centro de desintoxicación que le costaba más de un año de robo a la ciudad. Quería todavía más a Carmelita fuera del comedero. En un alarde de chulería, colocó de secretaria personal a la hija del conocido de un amigo, una joven idealista que se enamoró de su jefe. Esta chica fue uno de los detonantes del mazo de un magistrado. Juan Pablo la dejó embarazada a los ocho meses de estar trabajando; ella aceptó dinero a cambio de silencio para luego dar marcha atrás y contárselo a su antecesora en el cargo; las dos fueron a un juzgado con lo recogido en el cajón del aún alcalde, destapando el primer gran caso de porquería. Agustín aportó las conversaciones grabadas con el descuidado escudero, y el asunto empezó a desembocar en la renuncia y ruina de los dos, que encima tuvieron la jeta de no admitir sus delitos públicamente.
—¡Todo lo que se está sacando es una vil campaña contra mi persona!, ¡es totalmente falso!; seguiré trabajando honradamente por mi ciudad como he hecho desde que tomé posesión de la alcaldía.
Mandaron a alguien a comprar al juez, siendo la peor ocurrencia de toda su carrera política; le embargaron las cuentas, su mujer lo abandonó y huyó de la ciudad para refugiarse en casa de unos tíos suyos con el hijo que le quedó, porque el otro fallecía en un accidente de coche a más de doscientos kilómetros hora de infarto; a esa velocidad, los milagros están de baja. El camposanto recibió a un hombre solo despidiendo a un hijo que no verá al día siguiente. Le quedó lo justo para pagarse un estudio sin aire acondicionado ni calefacción. Carmelita pasó por méritos a ser la alcaldesa en funciones, con todo listo para el disloque colectivo. La paz, el amor y la limpieza de espíritu eran su ideología, aunque de eso no se coma. Incentivando la cultura y el cariño por el ciudadano mediante un contacto permanente con su tita Carmela, inundó la ciudad con festivales y eventos relacionados con el conocimiento, habiendo heredado la peculiar costumbre de cambiar nombres. La Agencia Municipal Tributaria pasaba a ser Delegación de Atracadores Oficiales, y la Oficina de Empleo Local se bautizó como Agencia de Asuntos Milagrosos. El resto de concejalías quedaron como estaban, porque la Gran Carmela se quedó sin hierba que fumar; la creatividad de la señora entraba por decreto y ovarios, tras una noche en casa viendo dragones vestidos de cabareteras. Porfidio admiraba su recién estrenado barrio, a la vez que pensaba acerca de las nuevas posibilidades, con comercios tradicionales a su disposición, que pisaba poco por obra y gracia de los tápers de Fligida, una de tantas esclavas que valoran demasiado a sus hijos. Envejecía muy lentamente y con honor esta mujer junto a su marido, al conservar una lucidez de elogio. Eran personas de hábitos muy cuidadosos, con sus siestas de tres cuartos de hora en el sofá después de haber comido con salud: eso no puede sentar mal. Se convertían en un ejemplo de corrección al no salirse de la línea recta ni por necesidad. Los cuatro amigos animaban a Porfidio a que no desfalleciera si quería encontrar amor del bueno. Porfi disfrutaba de la soledad porque se encontraba a solas con la libertad, confesando sus sueños a sus fieles, especialmente a Joselito:
—Mi querido amado mariscal de los hilos; anoche creí estar en el cielo de los ecuánimes, cuando salía en uno de tus desfiles enseñando mi portentosa figura, con un tanga de félido gallardiano, siendo agobiado por un público que anhelaba sobarme ante un delirio generalizado. Por aclamación popular me sentía tan abrumado, que decidía esconderme tras las cortinas que nos abrigan de la lujuria, no sin antes decirte que firmaré ese contrato de modelo publicitario para el regocijo de mis padres, que tanto te adoran. Sé que me rescatarás de esta cochambre sentimental, para gozo de tu insobornable conciencia. Seré feliz y fornicaré al fin. Te quiere mucho, tu Porfi.
La respuesta del grupo no se hizo esperar:
—Porfidio, búscate un curro ya que estás muy muy mal.
—Ahora me encuentro bajo los efectos de la búsqueda de mi infraser.
—Como hagas venir a Joselito te vas a enterar —Blanca un tanto negra con él.
Su diarrea mental iba a más, despilfarrando el tiempo en los chats de internet a la caza de una dama para amar fugaz y repetidamente. Los apodos que veía en la competencia lo ponían más en guardia: Rabocop, Motopico, Apuesto30, Elmejordetodos, y suma y sigue. Sus nervios y ojeras se hacían palmarios, yendo de fresco y viril a Don Juan Estéril de Megas, dejando diariamente el ordenador a puntito de explosionar. Tomó la adulta decisión de visitar a su médico de cabecera por imperativo de su puerta trasera y su traicionero cerebro, huérfano de paz. Todo con un clic era posible, y la Doctora Velasco Hernández deseosa de atenderle hasta que se lo encontrara de frente. Al despertar la mañana, se sentaba en su consulta un ser vivo con la cabeza muy gorda poniendo la mirada en Saturno:
—Buenos días, señor…¿ventoso?.
—No me tiente doctora, no me tiente…que últimamente hago de vientre con pasión y no conviene embarrarlo todo. Me duele la tripa, y todo por querer pasarlo con las damas un poco pipa.
No hizo falta más narración; aspirante a psiquiátrico con una fácil solución; le recetó ansiolíticos para todo un año; Porfi se lo agradeció rematando la faena ante una mujer con hermosa melena marrón y de sensualidad extrema:
—Es usted una profesional tan grande, que me declaro lacayo de mi glande.
—Hágame caso; tómese lo que le he puesto y no vuelva; necesita reposo y menos pantallas, ¡siguiente por favor!
Salió Porfi auto-declarándose rey del chat profesional, con el merecimiento de no pagar por la medicación. Atendido por una joven en prácticas le entregó su droga en un santiamén, deseando echarlo. Lo veía con cara de desnudarle con la mirada, e iba acertada la muchacha. Gracias al cielo Porfidio tenía más gestiones que hacer, dejándola sin parar de quejarse por tanto lunático. Cambió de faena por Porfi y otros cincuenta y tantos clientes del nuevo barrio. Susana la boticaria se quedaba en el almacén haciendo pedidos salvo cuando se necesitaba ayuda en el mostrador, saliendo más seria que un lector de testamentos; Santa Susana:
—¿Tanto estudio para esto? —se preguntaba al salir una noche de su trabajo.
Porfidio pasaba de la farmacia al supermercado, que deleita a señoras que lo ven junto al mercadillo, el sitio perfecto para soltar sus pesadumbres y socializar con las amigas, limpiando entre ellas sus conciencias. Entra para comprar papel higiénico; se fija en una cajera con gafas que está atendiendo a una anciana quejica:
—Pues nena, en el otro sitio lo tienen más barato; ¿es que no hacéis rebajas aquí?
—Aquí no señora; rebajas en la ropa; tome su cambio, ¡gracias!
Porfidio se detuvo en el atuendo de la chavala, colocada ahí por no haber aprovechado sus oportunidades; la madre no paró de pedirle que estudiara si no quería verse hecha una marioneta de cualquiera; fue en un colegio cercano al de Porfidio, dejando los estudios demasiado pronto porque le pudo más empezar a ganar un dinero que realmente era limosna; y ahora se ve entregada al cuidado de ancianos con un mal humor constante: por no escuchar. Una joven con su futuro hecho puré iba puesta con toda serie de artilugios en la cintura, lo que llamó la atención del rey del trastorno:
—Parece que los integrantes del Comando de Operaciones Anfibias tienen que pluriemplearse para llegar a fin de mes.
Atrapando ya su paquete de papel escucha por megafonía:
—¡Atención clientes, tenemos el pollo culturista en oferta, no se lo pierdan!
A Porfi no le gusta el sitio acordándose de ir a la tienda de siempre, cogido de la mano de su madre, teniendo los dos un trato más cercano. Llegó a la caja para pagar y despedirse de la tragadora de rollos interminables:
—Gracias y adiós señorita Rambo.
Llegó a su pisazo para chatear, a ver si el flirteo le daba un poco más de suerte; disparó sin rececho previo al dar con una candidata:
—Hola, ¿cómo te llamas?
—Porfidio.
—¿Y qué buscas?
—Entrelazar nuestros cuerpos.
—¡Gilipollas, tú estás mal!
Una, dos, cinco, veinte…y sin remedio. Llamó a Blanca para pedirle consejo; estaba metida en cuerpo y alma en un doctorado, permitiendo ser interrumpida por su pareja, sus padres y sus chicos. Blanca le explicó las cosas como son en realidad, es decir, que tiene que estar tranquilo y dar confianza al personal, sin decirles directamente que quiere roce, y terminó la charla con algo importante:
—Y no te olvides de encontrar trabajo; en el triste mundo en el que vivimos, si no hay cartera no hay diversión, ¿lo pillas?
Porfidio se propuso hacer caso a los mandamientos de Blanca, cerrando una cita con la oficina de empleo para reclamar una paga de seductor célebre: esa profesión no existe. La primera noche con la pastilla para los nervios le supo a gloria, despertándose sin ganas de comer, pero hizo el ánimo:
—Un rey del chat debe nutrirse para poder seducir.
Le faltaba pan recién hecho. Con pantalones de gerente y camisa de banquero prejubilado se cruzó con su vecina del ático, Pepi la sufridora con su mapache bipolar y algo más, viniendo de la consulta del veterinario. Pepi es una luchadora que ojea su horóscopo más de dos veces al día; vidente quiso ser. Traía a su Coco del Doctor Alfredo Sanz de la Selva; Porfidio la vio tan triste que intentó animarla:
—Buenos días Pepi, ¿qué te ocurre que te veo alicaída?
—¡Ay vecino, mi coco que no está bien, me lo ha dicho el veterinario!
—Mujer no te preocupes que mejorará.
—¡Ay no vecino, no tiene solución la cosa!
Porfi salió del ascensor escuchando a su vecina decir al pobre animal: vamos cariño, a casa. La mascota es un híbrido de rata almizclera y ornitorrinco depresivo, con unas patas insignificantes y barriga de parado cervecero. Apenas se mueve, pero comer sí que lo hace y a cualquier hora, por lo que pasear con él se torna tortuoso; Pepita es una santurrona por narices sin ser amada apasionadamente; el mapache pasa de ella salvo cuando le llenan su recipiente de lechuga marca El Genio, para mapaches y otros seres muy listos. Todo lo contrario en el caso de Coco, con un diagnóstico cruel del Doctor Sanz, el más caro de la ciudad:
—Señora, a ver si lo entiende; su mascota no tiene depresión; es retrasado, o lo que es lo mismo, lo parieron gilipuertas y así se quedará hasta que muera o me lo traiga usted y lo entregue al asilo de animales esquizofrénicos para que jueguen con él al bádminton, y siento decírselo así, pero es lo que hay. Pepi había apoquinado un capital con radiografías, analíticas y medicamentos, acudiendo a un médico cansado de intentar dar solución al desheredado. Lo mejor que le pudo pasar al animal fue su fallecimiento en un ataque de arrogancia, al tirarse desde el balcón soñando ser un águila real. Se montó un jaleo sonado, con ambulancia para Pepita del telele que le dio, y la brigada de limpieza del barrio quitando papilla de Coco. Pero tanto sufrir tiene su recompensa, al regalarle su sobrino una semana después un perrito muy jovial: su Coquito. Resultó ser el can un pervertido de la raza lame…lo que mucha gente piensa, salvando a Pepi mientras viviera. La mañana que se despedía de Pepita, Porfidio iba a la panadería que hay en un barrio viejo pegado al suyo. Una carretera estrecha a unos metros de su portal a mano izquierda le llevaba a la Vía Erecta (bautizada por Carmela), ilustre calle de obreros sudorosos de antaño, que ahora pasean sus bastones y andadores con gracia. El maestro panadero lleva su horno al dedillo ayudado por su hija Antonia de treinta y nueve lozanos años, adornados por una piel aceitunada que juega muy bien con sus ojos y pelo color miel. Salen los clientes de siempre con sus miembros medio erguidos sin dar para más. Porfidio tiene la libido por los suelos hasta que entra por la puerta y la ve:
—Buenos días guapo, ¿que te pongo?
—Para guapa usted, dicho con sinceridad. Una barra de pan; por cierto, ¿su nombre por favor?
—Antonia, cariño.
—Pues hoy estás preciosa, Antonia; me llamo Porfidio, para lo que desees.
—¡Ay, no me digas esas cosas que me pongo loca!
Un vestido azul marino insinuaba sus caderas de mujerona al frente del negocio; su mandíbula redonda y finísima con una sonrisa erótica desencadenaron los nervios porfidianos, con su tripa de fiesta. Despedida rápida:
—Gracias Antonia, ¿te veré mañana?
—Si vienes, sí; eres todo un caballero; mañana nos vemos.
—Seguro; adiós guapísima.
Salía de la panadería con el culillo tembloroso, traduciendo la conversación en tórrida pasión, con Antonia embadurnada en harina y la máquina de amasar pasada de rosca. Fue una escena bien corta debido a su colon gamberro, y la prisa en aumento con sus nalgas peleando por sacar el bombazo. Ya andaba en la calle estrecha que da a la avenida donde tiene su piso, cuando ve algo que lo trastoca más. Un perro en medio de la calle con un apretón de campeonato y cara de avergonzado mirando al infinito, como todos los perros que defecan en público, mientras un minino callejero le observaba riendo:
—Anda cochino, descarga bien que no tienes civismo.
El perro mirando a la nada y el gato acercándose desafiante para mofarse del animal:
—Así te pillara un coche, desgraciado —meditaba el perro.
Porfidio estaba a unos metros de ellos a ritmo de marchador viendo el coche venir; el perro y el gato, no. Felisa, la dueña de su chucho con amago de infarto y braga al aire, como si hubieran matado a toda su familia. La dueña gritaba al ver a los dos con Dios, o dios sabe con quién, Porfidio huyendo de la escena, y la única funeraria para mascotas de la ciudad, la insigne Pompas para Caninos y Felinos, entierros finos finos, haciendo caja una vez más esa semana. Por cierto, es propiedad de unos primos de Carmela, porreros y enterradores de fauna diversa: buenas piezas. Valentoso llegó a tiempo y sin mancha en su historial. Tras esa urgencia que le hizo sudar más de la cuenta, el desayuno de pan crujiente y chorizo le supo a manjar de varias estrellas. Ya saciado manda un mensaje a Juan Carlos, diciendo que tiene a la panadera en el bote. Antonia trata con el mismo cariño a todos sus clientes, apodando pimpollos a momias de noventa y tantos, e indeseable a un cliente sordo de más de ochenta que siempre le deja a deber algún céntimo. Juan Carlos no hace caso de Porfidio, pero Porfi se envalentona y mira su horóscopo virtual; el cibervisionario arranca:
—Horóscopo para Porfidio (su signo, pero cree que es únicamente para él). Su carisma dejará huella allí donde socialice. Posibles conquistas de naturaleza fogosa para solteras y solteros que no podrán rechazar, llegando al punto de tener que elegir, algo raro en este signo que es por naturaleza de pasiones duraderas. Es un mes muy activo, por lo que tendrá que cuidarse con una alimentación adecuada. En el ámbito laboral, altas probabilidades de promoción e incluso suerte con los juegos de azar, dándole ingresos extra, como también por otras vías de financiación inesperada. Es un mes muy interesante y fructífero en muchos terrenos, con oportunidades que podrían afianzar una prosperidad inusitada; sus números de la suerte son…recordar aprovechen toda la energía que este mes les brinda —relataba el “vidente”.
Mejor no va a darse (reflexiona). Estás en tu mejor momento, y los magos saben lo que dicen.
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