A solas con la libertad. Capítulo 7

Difunde cultura

Capítulo siete. Viandas octogenarias.

Un viernes tranquilo sin mensajes ni prisas que tener en las tres comidas del día, y con la previsión del triunfo por bandera. Porfi es de armas tomar cuando se le conoce. Anselmo y Juan Carlos siguen por sus caminos sin curvas, Blanca más pura y feliz que nunca, habiendo palpado el infierno de niña para saborear el amor de padres, marido e hijo que viene. Y Joselito mandando mensajes autoritarios con toda la razón:

—Porfidio, trabaja y échate novia o te echamos del grupo.

—Estoy en un momento de jovial costumbrismo y exaltación del yo. Todo vendrá si se busca, pero antes debo amar sin cortapisas. Soy un alma en trance a la llamada del divertimento sin soga emocional, y me han advertido dioses y emperadores del éxito de mi empresa; pero no me echéis del grupo, queridos amigos. Sois mi anclaje sentimental.

—No vamos a echarte; vamos a llevarte al sanatorio de dementes como sigas así; no me hagas bajar a darte un par de hostias —respondía Joselito.

Nunca había leído Porfidio a su modisto preferido de esa manera. Floriano lo animaba a contratarlo de lo que fuera, pero José Arzuaga y su correcta concepción de la realidad lo resumió:

—Si lo meto en la empresa se las arregla para hundirla en menos de seis meses.

Fue entendido al minuto. A Porfi en estos momentos no lo querrían ni en el Hogar de Abandonados Cerebrales, salvo en el caso de necesitar aligeramiento de clientela, con suicidios y fugas a otra galaxia nada más verlo entrar, que los locos tienen buen ojo:

—¡Eladio no te ahorques, por Dios! —decía Paco sujetándolo.

Así está la situación de este individuo, dejando un río de víctimas a su paso. Hasta Carmela ha oído hablar de él, con un concepto sobre la persona completamente distorsionado por tanto petardo:

—Ese hombre tiene que ser un erudito, y el ayuntamiento necesita gentes con principios.

El cigarrillo tuneado le sabe a gloria después de haber cenado salchichas radioactivas con arroz mi colores mega-ecológico. A su gato Shishi le sienta peor tener que colgarse de la lámpara del salón y balancearse para ver a su ama en seis dimensiones. Todo sobre ruedas para ella, al tener la caja del ayuntamiento con más derecho que nadie por honrada, o debido a su linaje. La casa del pueblo tiene dinero para sus habitantes como no se imaginan, gastándose por decreto a base de cheques para la construcción de servicios sociales, encargados a la empresa más limpia del sector: la de Agustín y sus hijas. Porfidio se acostó temprano, a la una de la mañana más o menos tras analizar un trozo de la película de pelo del viernes, aburrido ya del mismo elenco de profesionales. No se ha preparado ninguna ropa ni le importa, pues la mañana del sábado da para mucho, como al resto de trabajadores de la ciudad que han pasado la semana a la espera de su día de relajación; se salvan de esta epidemia de rutina los funcionarios municipales, gracias a jornadas de haga lo que le dé la real gana, mientras saque su trabajo. Porfidio piensa en la cita, Blanca en su bebé, Carmela en la próxima jugada creativa para su ciudad, y Joselito en la angina de pecho que le podrá dar como siga pendiente del disoluto de Gallarda. El loquero está que arde con Eladio queriendo cambiar de sexo por las bravas, paseándose por el patio con bragas soviéticas de contrabando, Paco subido a la azotea y gritando al mismísimo Dios traidor apolítico, y el nuevo director del centro pensando en amenizar a estos con la visita de Shishi y sus bailes a dos patitas, al ir cargado de hachís hasta los bigotes; Gallarda, a pedir de boca. Fina apuesta por la cita; tiene su ropa preparada, soñando con degustación de vieiras y paseo por el centro de la ciudad, ¿abrazada?, ¿quién sabe? Una velada de ensueño después de tantos años de ostracismo con salidas al trabajo, la compra y la visita a unos familiares. Amigos tiene, aunque harta está de ellos por el desinterés que muestran hacia la cultura general. Quiere un hombre más joven que ella para volver a sentir:

—¡Estoy loca con la cita de mañana!

Para entrar a la ciudad desde cualquier punto cardinal, un sinfín de árboles alienados sin crítica, con un césped cortado con arte dejará sin habla a cualquier visitante. Gallarda es un cuadro enorme nacido en una meseta, con la protección de pueblos que crecen a sus lados y las faldas de las montañas que la abrazan. La urbe era ya famosa por la hospitalidad unida a la pasión hacia el onanismo de las almas que la habitaban, antes del nacimiento del elemento Porfidio. Tiene un centro histórico pequeño, pero muy apañado con una historia única que contar, y un centro reciente con edificios de no más de ocho plantas decretado por urbanismo de Carmela y anterior, hacen de esta maravilla urbana un sitio por el que querer quedarse a vivir. Los nuevos barrios con zonas ajardinadas y bloques de pisos sin aires de grandeza, dan cabida al futuro de la generación gallardiana mejor preparada. No tiene río ni falta que le hace, porque Gallarda y la lluvia son amigas inseparables, helando los inviernos y sofocando a sus paisanos sin pasarse en verano. Fina está más que guapa con su vestido de flores y su chaqueta de punto. Los zapatos de tacón correctos y sus labios hacen de ella una preciosidad madura que brilla como sus ojos marrones. Ha quedado a las doce y media con Porfi, y el perfume mojado en su cuello le da un aura de dama de altos vuelos difícil de describir. Tiene coche pero ha elegido el autobús por ofrecimiento de ser llevada a casa por un chófer apuesto:

—Este chico es un caballero.

El conductor la mira embelesado, y Fina está que tritura estereotipos. Se sienta en la parte trasera como buena amante del anonimato; la población de Puntillas está muy cerca de convertirse en una pedanía de Gallarda. Lo único que disgusta a Fina son los nombres que están poniendo a las calles, avenidas y plazas de la ciudad:

—Qué ordinarios, no lo entiendo.

Pues el sitio en el que ha quedado no es ninguna bicoca. Porfidio la ha convocado en la Plaza del Tercer Ojo, antes Plaza del Socorro. Se trata de un plazoleta chiquita, famosa por ser uno de los lugares preferidos de reunión de marcha nocturna los fines de semana, refugio de feligreses ya entrados en años que salen de la iglesia, y de un grupo de afectados por colon irritable que se reúnen para hablar y dejar su sello. El ayuntamiento votó sí a la instalación de aliviadores públicos, y no a la escultura de un culo: era demasiado. Fina no ha puesto reparo en el lugar, ya que hay un aparcamiento subterráneo pegado a la plaza con restaurantes a elegir, perfecto para los dos. Fina Sánchez Mendoza está en una nube de incertidumbre:

—A ver dónde me llevará.

Una mujer con la belleza de Fina merece encontrar a alguien especial tras rascar con esfuerzo, pues ya guarda muchos años de luto por quien la dejó con una cartilla de banco temblando. Entra el autobús en la ciudad con su tráfico lleno de vida, y agobiando los días de semana; la gente va con ropa primaveral, y es que hace más calor de lo normal. Se apea con calma y camina por una calle estrecha del casco antiguo, con edificios no muy altos que adornan sus balcones con flores rojas y blancas.

—¡Qué bonito, hoy voy a enamorarme! —suspira.

Porfidio la espera en un banco de la plaza con su instinto aniquilador, mezclado con una serenidad impropia en él al haber evacuado, pero no en los aseos públicos; cuando el cura de su iglesia lo ha visto llegar le ha dado las llaves sin hacer preguntas:

—Ten hijo, que Dios está contigo.

—Gracias reverendo; voy a liberar biomasa y se las devuelvo.

—De nada hijo mío.

Saliendo del templo se encuentra a una mujer con piernas que huelen a rosa, sentada en un banco por poco tiempo. Porfidio se acerca para saludarla con distinción, y ella se levanta para recibir a su conquistador:

—¿Fina?, soy Porfidio, a su servicio.

Le da un abrazo de prima tetona que deja a Fina sin aliento y desconcertada, aunque con un voto de confianza. Pasean un rato por el casco histórico con Porfidio de magnífico confesor; Fina le habla de su vida como viuda y su hija Finita. La madre es aún más guapa que la niña, siendo corroborado por Porfi al ver una foto de la jovencita:

—Es muy guapa, pero usted lo es más.

—Ay por favor, no me digas esas cosas; ¿dónde vas a llevarme a comer?

—Ya lo verás; una mujer especial como usted merece un sitio de categoría.

—Pues yo invito al aperitivo, ¿te parece?

—Perfecto Fina; a su servicio.

Tomando un par de cervezas bien frías y unos buñuelos de bacalao, Fina empieza a querer saber sobre la Dolce Vita Porfidiana:

—¿Y a qué te dedicas Porfidio?

—Soy ciberconfesor profesional y asesor sentimental; aquí tienes mi tarjeta.

Fina se muestra incómoda, haciendo que afloren unos pocos nervios. Porfidio estaba contento por el mareo que dan las birras, pelotazo con suavidad que lo animaba a llevarla al restaurante; un paseo de diez minutos y da con el sitio:

—Aquí vamos a comer; un sitio espectacular con comida de lujo.

Fina no articulaba palabra; se encontraba en el hogar del jubilado del Barrio del Futuro Trastazo. Esperaba mesa, mantel y camareros de uniforme que los trataran como reina y rey. Porfidio cede el paso a la señora pleno de orgullo, y Fina observando con incredulidad. A la derecha de la entrada mira una barra que reluce con tapas de premio atendidas por Don Francisco, marido de otra Fina, la jefa del local. Francisco se viste con una camisa blanca de limpieza intachable, mostrando modales de hostelero muy trabajado. Todo lo que en sus mesas se sirve es fresco:

—Aquí la carne es muy tierna —dice Porfidio listo para seducir.

—¡Claro, si sus clientes no tienen dientes! —aclara Fina un tanto decepcionada.

Un suelo oliendo a lejía da paso al comedor en el que hay algunos matrimonios de ochenta y…disfrutando del menú del día; Fina no puede elegir. Mesas forradas con papel de mesón de carretera secundaria dan paso una vez toman asiento al hijo de Francisco, un chico muy servicial. Ahora está sobrio pero la noche será suya. Piden el muslo de pollo a las finas hierbas con patatas en su jugo, mientras dan cuenta de la ensalada:

—Quiero comentarte algo sobre un negocio que no está explotado y va a dar mucho dinero.

—¡Habla chico, soy todo oídos!

Comienza el sermón relacionado con las pelis de pelo

—¿Qué es eso, un género nuevo?

—No mujer; es cine porno.

Fina se pone blanca y alterada con los nombres raros pelhola y pelóscar, y Porfidio a toda velocidad con la emoción embargada; la dama con urticaria en el cuello, y nervios que le hicieron recordar el patatús que casi sufre cuando decía hasta siempre al padre de su hija; el disgusto asomaba por sus ojos a la espera de la traca final:

—Después de comer nos quedamos aquí un rato y vemos música en directo. Es un grupo nuevo que se llama Colocados y Desmemoriados; se está celebrando en la ciudad un festival de trovadores anarquistas, y van de gira por barrios; este grupo del que te hablo tiene solamente tres canciones: “No me acuerdo”, “¿Cómo?”, y la mejor que se titula “¿Eehh?”; son buenísimos.

Fina suelta el tenedor furiosa, dejando un par de billetes para salir despedida del comedor sin despedirse de su amor:

—¡Ay ay ay, tengo que largarme! —dice desencajada.

En cuanto sale del salón y encara la calle, se ve frente a un señor con los ojos estreñidos; Juanjo está buscando un sitio donde le han dicho que se come sin palillos un pollo asado campero a tarifa de chino agarrado, pero se fija en la mujer al borde del pánico y remata la faena, sin saber con quién acaba de sentarse la señora; Juanjo le corta el paso:

—¡Oh tú mujel guapa pala amigo, tú dame beso! —cogiéndola de los hombros.

—¡Quita marrano! —zafándose del chino con ímpetu.

Fina empuja al tendero con sus pantalones de siempre, y cambia de rumbo para escapar lo antes posible; al cruzar la calle da un mal paso hundiéndose entre dos coches aparcados en batería. La caída es divina, porque la ven dos amigos que iban a comer al hogar del pensionista, y volar un zapato de tacón que aterriza en el capó de uno de los coches:

—¡Virgen del Porrazo! —grita uno de ellos.

Van corriendo a socorrer a la mujer tumbada con la mirada ida, el rímel serpenteando por las mejillas e intentando levantarse:

—Señora, ¿se encuentra bien?, ¿llamamos a una ambulancia?

—¡Dejadme coño, puedo yo sola!

Salieron a ver qué estaba pasando Don Francisco y Doña Fina, unos clientes del hogar, una confitera que estaba despachando delante de la escena del casi crimen, y Porfidio sin atender a la realidad. Fina cogió su zapato y hecha un guepardo cojo se perdió por la Plaza del Tercer Ojo. Llegando a la Gran Vía secuestró un taxi asustando al conductor:

—Pero señora, ¿qué hace?

Amenazando al taxista con noquearlo de un golpe de bolso, le pidió que la llevara al Centro de Rebeldes Emocionales, saliendo la carrera gratis por temor a quedar herido de gravedad; dejó a Fina soltando puñetazos en la puerta de entrada:

—¡Abridme, que vengo en las últimas!

El espíritu porfidioso hace que un ente llamado Carmela se congratule, al ser informada del estreno del pabellón femenino del centro psiquiátrico; está tan orgullosa de la gesta, que ha otorgado a la inquilina papeles arreglados con pensión vitalicia para la hija, y visita dominguera a la madre con una nueva ocupación: Fina da clases de kárate habitación por habitación. Los sábados salen los internos al jardín principal para hincharse a palos por parejas, y hasta el sábado siguiente con su ilustrísima Fina como maestra, un lujo para los internos y decadente espectáculo dicho por sus familiares. Las ventas de ansiolíticos suben como la espuma en el caso de los segundos, mientras que para los primeros bajan; la paliza semanal y las clases de lunes a viernes les da más que suficiente sosiego loco. Fina obtuvo de la alcaldesa el título de Interna del Año, con un retrato suyo en la sala de recepción de visitas, poniendo gesto de asesina de Porfidios; asunto terminado y relatado por Radio Gallarda, para apuro al igual que cachondeo de habitantes y chismosos. Se ha llegado al punto de ofrecer a los turistas, visitas guiadas al Santuario de Jubilados Neuronales, con escenificación de la paliza colectiva a precios zumbados. El consistorio con superávit de chiflados, Fina con sus alumnos, y Porfidio comiendo su plato el día de la caída de la mujer al infierno, creyéndose confesor de almas desamparadas, por cortesía de una mujer bellísima transformada en Comandante de las Fuerzas Especiales Psiquiátricas; más caché no se puede pedir salvo para Salvador, un hombre un poco mayor que comía en una mesa de la esquina del salón, viendo todo el cataclismo de emociones; esperaba a que Porfidio terminara para hablar con él. Salvador llevaba su calva brillante, con la alegría de los ancianos a la espera de su hora final, dejando pasar los días pacíficamente por la suerte de haber vivido. Un viudo de cejas rectas y andar tranquilo, con dos hijas preocupadas por él los cinco primeros días de la semana; los sábados y domingos los reservaba para ir a comer al hogar. Sus camisas olían a lavanda, los pantalones a flores del bosque, planchando todo lo que él mismo lavaba y vestía, un señor bajito con gafas graduadas por sus años de trabajador de imprenta, que no deja a nadie sentarse a su lado excepto al espíritu de su Ceferina, que ve con su melena cobriza lo que tanto le hizo sentir. Está vivo por sus cuatro nietos, pues si no fuera por ellos, se habría marchado de pena hace ya seis años, los que la esposa lleva esperándolo; no tuvieron ni una mala palabra ni reproche luchando por la crianza de sus dos chicas, untando su unión con cariño y pasión por la vida. Dieron estudios a las mozas, dejando que ellas hicieran lo que les apeteció siempre que les llenara, saliendo entonces una psicóloga, y la otra profesora de matemáticas en un instituto gallardiano. Salvador está triste desde que su Ceferina no duerme con él. Come con una parsimonia que da ejemplo, hasta que Porfidio le ha sacado una carcajada sin querer, al ver toda la escena del flirteo fallido. Porfi come con ansiedad mientras Salvador saborea su comida. Les llega a los dos el postre, Salvador coge su plato con naranja cortada a cuartos y va a la mesa del joven:

—Buenas tardes chico, ¿puedo sentarme?

—Cómo no señor, acompáñeme por favor.

Porfidio lo admite con la educación que acostumbra a mostrar a todo el mundo, llamando la atención de quien topa con él; Salvador termina su naranja y Porfi su trozo de tarta de chocolate con galletas:

—¿Has comido bien, chico?

—De cine, señor; y una cita inolvidable; soy tan bueno que me invitan.

—¿Quieres tener éxito en tus citas?

—¡Ya lo tengo!

—No hijo no, date cuenta; ha huido cuando podría haberse quedado el resto de la tarde, y quién sabe si repetir la quedada, como vosotros decís. Lo que te ha pasado hoy no es tener éxito. ¿Quieres que te ayude?

—A ver, cuénteme que yo le escucho con atención.

—¡Ahí está la clave!, ¿tu nombre?

—Porfidio, señor.

—Yo Salvador; encantado Porfidio. Para empezar, debes estar más tranquilo; la primera vez que quedas con alguien suele ser para tantear el terreno y escuchar es la clave, porque ellas quieren ser escuchadas; quien escucha recibe, y quien explica recoge, ¿me entiendes? Una mujer como la que se ha sentado a comer contigo es un trabajo de oído, hijo. Haz un esfuerzo por comprender sus problemas, y tendrás tu recompensa antes de lo que esperas; a partir de ahora es momento de no ser egoísta, de entregarte al altruismo; es para ti la hora de dejar que se confiesen, haciendo como que no buscas nada más, porque necesitan confiar en ti; da posibles soluciones a sus preocupaciones sin perder la educación, que la tienes para impresionarlas; si controlas tus impulsos, ni te imaginas lo que puedes llegar a conseguir. Una de mis hijas es maestra, ¿y sabes qué me dice?, que si enseña cobra, y si aprende paga. Este asunto es bastante parecido; si escuchas recibes, si hablas pagas con el fracaso.

—Es usted un sabio Don Salvador.

—No hijo no. Es que tengo mucha edad y la experiencia da unas tablas que vosotros todavía no tenéis; venimos a este mundo a aprender, y cuando lo hemos hecho, ya se termina la partida.

—Tiene usted toda la razón; por cierto, ¿y su señora?

—Mi señora murió hace unos años.

—¡Perdone la pregunta, lo siento de verdad!

—No pasa nada hijo, sé que tu sentir es sincero; recuerda lo que te he contado. Tú tranquilo siendo muy educado, y haz como que solamente quieres conocerla, escucha mucho y verás.

—Así lo haré; ¿quiere usted que nos veamos la semana que viene?

—Me encantará, ¿comemos juntos y me cuentas?

—¡Perfecto Don Salvador!

Porfidio acompañó a Don Salvador García al piso que pagó con horas extraordinarias muy cerca del hogar del jubilado; hablaron un poco más de lo difícil que es querer a los demás, y de lo trastocado que este mundo se está volviendo; como no tuvo un hijo, Salvador se encariñó de Porfidio a primera vista; el incidente con Fina llegó a los móviles del grupo de amigos, y Floriano se pasó la semana siguiente entera riendo:

—¡José, si se descuida se la lleva a un asilo a comer!

Joselito preguntó al grupo:

—¿Intervenimos?

—No; dejadlo que aprenda —propuesta de Juan Carlos.

—Creo que va a cambiar —apoyando Blanca con la suya.

—Vamos a darle unas semanas —pide Anselmo a los demás.

Porfidio se fue a su casa decidido a reposar como un jeque, con la conversación con Don Salvador en su cabeza. A pesar de costarle horrores no se conectó a su portátil, pasando la noche entre documentales y película sucia correspondiente, que ya le aburrió nada más empezar. No estuvo en su mejor momento esa noche al recordar a su vecino Silvio, agonizando y pidiendo perdón a su familia por todo lo que les hizo padecer; ese pensamiento se tradujo en una llamada de teléfono a la mañana siguiente. Fue Blanca para decirle que su hijo se llamará Silvio, tras consultarlo con su papá Diego; esta vez, Silvio será un ser feliz teniendo a su lado al tito Porfidio, que le enseñará cosas interesantes. Y la conversación con Don Salvador aún en su mente; dejó llegar la hora de comer para tomarse un tàper de caldo hecho con todo el cariño de Pingralia, coronado por unas croquetas de merluza de segundo y siesta de señorito de postre, por ser día festivo (para él son todos los días). Se puso a batallar tras el descanso, sintiendo delante de su portátil una templanza jamás vivida, capaz de desarmar a la más desenamorada de todos los confines de la tierra. Analizaba edades, inquietudes, mensajes subliminales, gustos, pesares, caras, vestimentas, fotos y alturas para adaptarse a las preferencias de ellas y concederles el beneplácito de una confesión durante horas, regalando una mirada impenetrable unida a la labia de un seductor nato. Pescaba en río revuelto con una competencia de mayor billetera que la suya y menor sensibilidad: en esto último gana él.


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