A solas con la libertad. Capítulo 8

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Capítulo ocho. La ciudad prodigiosa.

Un día y una tarde perfectos para la transformación de un ser humano, se daba en la pantalla de un ordenador con un mensaje demoledor después del sesteo: solamente hablar. Era el escudo adecuado para que Rosita se dejara caer, pidiendo foto del careto de Porfi, y el avispado le puso una sentado con Blanca. Rosita no pasa del metro cincuenta, con un tipo lleno de gracia y ojos negros muy vivarachos, que encajan con su oscura media melena; todo en ella estaba muy bien proporcionado. Le gusta hablar sobre cualquier tema, dejando en el sumidero los complejos, sobre todo si se trata de su último amor; ya se lo dejó caer en su primer chateo, recogiendo el guante su casanova de rebajas:

—Tranquila mujer, yo no tengo ninguna prisa; de hecho no quiero prisas.

Causó tal curiosidad en Rosita, que al día siguiente le pidió quedar en una cafetería muy conocida, en la Avenida de la Cornamenta, el metro cuadrado más caro de Gallarda, hogar de los grandes empresarios de la ciudad, infieles algunos a ambos lados del matrimonio; el nombre de esta vía fue puesto por referéndum, cuyos votos venían del Hogar de los Dementes, o lo que es lo mismo de la cabeza de Carmelona, y a quien no le guste que vote en las próximas elecciones, que ella continuará manejando los hilos hasta la coronilla de grifa. Era una mañana de miércoles cuando dos desconocidos se veían las cara en el Café Solera, lugar de reunión de los culturetas de la ciudad. Sillones de cuero marrón y negro, con mesas de madera antiquísima para el reposo de mentes creativas, que sueñan con vivir como potentados. Porfidio viste pantalones de prometedor y camisa abotonada; era una mañana de primavera por la temperatura, y el olor a tubo de escape se sentía en la gente, que andaba camino a los comercios abiertos esperando con género recién horneado y doblado, incitando a comprar sin hambre ni necesidad. El Café Solera lo manejan una pareja de amigos que se puso de acuerdo en lo de cincuenta por ciento, si quieren seguir con la amistad; el tándem lo forman Manu, el gestor de la pasta, y Raúl de servidor de su público, que abarrota el sitio los fines de semana para disfrutar el mejor café importado. El negocio es herencia de sus padres, los cuáles también siguieron siendo amigos en la jubilación, criando a sus hijos en un ambiente de tertulia; Manu y Raúl han heredado esta historia con energía y altura de miras desde que lo regentaron, e incluso juegan al billar en la única sala que hay en la ciudad, con sus respectivos padres, siendo apodados el Cuarteto Solera. Rosita era asidua de otros sitios desde que rompió con Miguel Ángel; el fin de su relación fue en este café, por lo que no quería volver; ¿qué fue entonces lo que le hizo ceder?: la educación de Porfidio, que sin darse cuenta ya había marcado un tanto. Iba preciosa con un vestido rojo pasión y medias negras a juego con sus zapatos de no muy alto taconeo; la ropa fabricaba una señorita dulce y delicada, con la guinda de un maquillaje discreto. Porfidio abrió la puerta dejando pasar a Rosita, para sentarse en uno de los sillones que daban al ventanal testigo de un tráfico insano, del pasear de pandillas de amigos armando jaleo, con sus voces lanzando la libertad al viento, y de otro tesoro de promesas que es la juventud. Porfidio escuchaba a Rosita, que no le quitaba ojo; ella preguntó a qué se dedicaba un hombre tan educado, extrañándola que un miércoles no estuviera trabajando; Porfi salió al quite con una mentira piadosa, que las verdades saldrían después si tenían que asomarse:

—He terminado un curso de gestión comercial, ¿y tú, Rosa?

—Yo estoy buscando trabajo; vivo con mis padres.

Porfidio creyó acertar pensando que de acabar en algo que prometiera este primer encuentro, en las siguientes citas tendría que invitar; iba por mal camino. Lo que más atrajo a Rosita fue la situación de soltería en la que su pretendiente vivía. Rosa no se entrega a cualquiera, cuando su as en la manga reside en lo buena persona que es cuando ama con y sin amor, pero es cierto que necesita cerrar su herida pronto, así que concede una segunda cita al libertador de almas sangrantes; Porfi no tiene ni idea de la procedencia familiar de Rosita, una de las más ricas de la ciudad, emigrantes que regresaron con las cuentas repletas. Es más, Rosita podría permitirse el lujo de vivir sin mover un dedo, no siendo su meta. Porfidio alucinó cuando al despedirse de ella y no viniendo a cuento, Rosita lo besó rogándole volver a hablar por la noche vía móvil; se escribieron para verse en vivo y en directo el viernes. Después del primer contacto mañanero, los dos se perdieron por el bosque de hormigón con destinos diferentes; Porfi fue a casa de sus padres, que estaban preocupados por no tener noticias de su hijo. Pingralia se lo comió a besos y le regaló cuatro tápers de guiso. Se marchó sin decir una palabra sobre el encuentro por indicación de Don Salvador, dejando el domingo para contarle pormenores, y por descontado guardando detalles para él mismo, como caballero que cree ser. Hablaron Rosita y Porfi noche sí y noche también de temas candentes. A ella le hacía mucha gracia el giro artístico de la ciudad, con los nombres de algunas de sus calles, barrios y plazas tan estrambóticos, diciendo que la originalidad hace a la gente y sus sitios peculiares; Porfidio escuchaba y escuchaba, para seguir escuchando. Acercándose el día de la quedada nocturna, echó cuentas de los días que llevaba sin conectarse a las páginas de contactos, encendiéndose la luz de su interior. Para que Rosita no dudara de él, se metió en una web nueva con nuevas caras para hacer nuevos amigos, y dio con otra persona demandante de cariño clandestino con más años que Rosita, pero menos idealismo que ella, divorciada con un hijo y de conversación fluida; parecía ser su bala en la recámara para disparar la semana siguiente al fiasco del viernes, que estaba en puertas. Charló con ella no más de media hora por no agobiarla, marcando otro gol casi a bocajarro. Luisa era una mujer tan normal como atractiva, con una dentadura sumamente cuidada que invitaba al beso perenne. Por si fuera poco no estaba para líos sentimentales ni enamoramientos tardíos. Porfidio la dejó en ascuas, debido a la cortesía que salía de su voz sin esfuerzo aparente; no contenta con ese rato, le pidió que por favor se conectaran de nuevo el domingo por la noche, gustando a Luisa Porfidio; pero antes de ella había una reserva en el restaurante Los Tres Girasoles, gestionada por Rosita; Porfidio estaba muerto de miedo pensando en la factura que vendría después de la gran cena, ignorando que no pondría sobre la mesa ni una moneda por generosidad de Rosita; el restaurante tiene ya una fama ganada por sus codillos de cordero en salsa, sin menospreciar los pescados a la parrilla; Rosita lo esperaba en la puerta del local y se abalanzó sobre él cuando lo tuvo a su vera. El hombre estaba calmado, y la mujer con la cartera sufriendo de obesidad; Porfi se preocupaba cuando se sentaron en la mesa:

—Voy a arruinar a mi padre.

Y Rosita pensaba:

—Cena bien que no sabes lo que te espera.

Rosita se zampó un codillo entero mojando la salsa con más de una ración de pan, y mientras untaba una de tantas veces, soltó:

—Hoy voy a invitarte que me tratas muy bien; te lo mereces.

Dicho y pagado. Porfidio cenó un solomillo al punto con patatas hervidas; la cena fue regada con un vino acorde al nivel de los comensales; los billetes los soltaba Rosita con gracia, no ofendiendo a nadie. Rosita miraba a Porfi con ojos de pícara cada vez que él abría la boca; se fueron a la zona de juerga universitaria, con bares infestados de hormonas saltimbanquis para dejarse querer; Rosita lo besaba con pasión dosificada pero sin parar, y Porfidio con la cintura bailonga dudando:

—¿Dónde meterá esta chica todo lo que come?, ¿y si se enamora de mi?

Mejor habría sido preguntarse cómo gasta todo lo que mastica y por qué está tan ardiente. La respuesta fue en casa de Porfidio a las dos horas y media de la primera copa; comenzó a zarandearlo de madrugada, la madrugada se hizo de día, culminando el desayuno con pasión desenfrenada de una pantera apodada Rosita la Menudita, que casi lo liquida en la primera cita con seriedad; ganas había por parte de los dos, pero lo que no sentía Porfidio, es lo malherida que estaba Rosita. Había padecido sin buscarlo un choque psicológico, infidelidad no ganada por parte de un chico que ofrecía una cara guapa y punto. Le mintió en muchas ocasiones cuando le decía que estaba ocupado (con otras compañías); la verdad salió a la luz al descubrir Rosita ropa interior que no era suya debajo de su cama; el entonces novio perdió la oportunidad de estar con un alma que vale oro y ama en zafiro; el afortunado era en ese momento Porfi, que jadeaba pidiendo tiempo muerto:

—Mujer, ¿puedo tomar algo?

—Claro que sí cariñoso —respondió Rosita con cara de satisfacción todavía por cumplir.

Preparó unos zumos de naranja mientras Rosita se lavaba por tercera vez y se perfumaba; tenía que zarandear al indescriptible de varias posturas más. La presa sufrió una cruel derrota sin oportunidad de clemencia, soñando con una cama de la UCI, con extrema unción del Hermano Estreñimiento incluida. Rosita acabó con su sufrimiento, dando cariño torrencial a un espíritu en pena incapacitado para hablar, ni hacer juicio sobre la noche y la mañana que disfrutó, ¿no quería pasión?, toma tres tazas Porfidio. Llamaron a un taxi a la hora de comer para dejar al afortunado tullido descansando, no sin antes besarlo con el corazón en sus labios, prometiendo repetición de gesta. Rosita, para ser una chica bien, sabía defenderse a raíz de la gris experiencia del amor que quiso tener y no pudo disfrutar. Una mujer con una sensibilidad tan descarnada, no podía hacer otra cosa que no fuera intentar amar de nuevo sin esperar a un nuevo amanecer; pensó más de una y siete veces en no entregarse a nadie más en un tiempo largo, aunque su instinto como el de cualquier mortal, llamaba a unas caderas con fervor por sentir como antes no había pedido, con el alma y sin planear el futuro, necesitando para lograrlo modales, sintiéndose valorada. Porfidio seguía el manual de Don Salvador con resultado inesperado, por certero y fogoso. Gracias a ronquidos vespertinos se despertó con merluza en salsa verde en su estómago, y vio un mensaje de su amada:

—Eres un cielo; me has quitado tristeza; te voy a seguir compensando.

Tiene que cuidarse el rey de los grillados, si no quiere acabar en un hospital; pasó la tarde y el anochecer en el sofá sin mover una pestaña, recordando claramente la noche anterior bien exprimida; el destino le había jugado una buena pasada, al conocer a ese hombre que no era muy parlanchín, pero sí bastante instructivo. Y de la misma manera que no alcanzaba a conocer realmente a su primera conquista, tampoco tenía una gran noción de quién era ese gran caballero que había mostrado el camino porfidiano de amar; en esos instantes no le importó; sentía en su corazón las piernas de Rosa oliendo a claveles, con sus labios abrasando su cuerpo; Salvador es un enigma por desvelar, pero Porfidio se niega a hacerlo: necesita su consejo el día siguiente. El domingo apareció con Radio Gallarda anunciando un cambio de nombre en un barrio por orden municipal; el barrio donde está la Plaza del Tercer Ojo se llamará en un mes Barrio de los Descompuestos, con la flamante iglesia y su virgen llamada Santa María del Porrazo, por mucho que le pesara al párroco, Don Críspulo Rodríguez Santos, que pilló ese mismo día una depresión terminados los sermones. El asunto se tapó mandando al Padre Paciencia, como es conocido por sus devotos feligreses, a una aldea recóndita sin apenas clientela, para que su alma torturada repose y se recupere, con la promesa de no volver a la ciudad que tanto quiso y vio pegar el estirón. El ayuntamiento hizo un pleno extraordinario más para resolver este asunto, ganado por mayoría obligada por la Señora Carmela; el poder de esta mujer parece ser más oscuro que el chocolate que se fuma. Los paisanos no se atrevían a meter mano en este embrollo político, por miedo a perder sus servicios públicos que tan magníficamente estaban funcionando. El reemplazo del sacerdote se hizo mandando al dadivoso Don Cristóbal, novicio adicto a los predicadores americanos, así como fiel cultivador de una hierba divina de fumar antes de ir al catre. Una de las beatas estuvo a punto de ir a la página de decesos, cuando fue a darle la bienvenida un domingo a la hora de la cena; le abrió la puerta una mezcla de insumiso retirado y florista con colitis de pelo arcoíris; el apodo no tardó en surgir dentro de la parroquia: Padre Colorines. La norma insalvable si se quería asistir a sus shows, se resumía en vestir con atuendos chillones, a la vez que mostrar furor por la alegría de vivir; sus misas eran tan concurridas que tuvo que contratarse seguridad privada para acordonar la zona, y así guiar por el buen camino a la masa. En la historia de esta ciudad se había visto tanto fervor ni tanto contento para gloria de sus creyentes. La población se amontonaba en las escaleras de la iglesia para salir feliz con tanto positivismo, creando una longevidad a prueba de desgracias. Don Cristobal acudía a todos los funerales para contar chistes, haciéndoles creer que el fin de todo suplicio que puede ser vivir había acabado, y la alegría verdadera estaba en otro mundo; en cada sepelio al que asistía, llevaba comida con agua o vino, para terminarlo con una frase de su cosecha:

—¡No lloréis hijos míos, que el más allá es de toma pan y moja!

Verlo y alucinar. La ciudad más alegre del país con una vejez pegada a la juventud de espíritu. Todo ocurriendo en un momento dulce en la existencia porfidiana, convirtiendo el Padre Colorines a los más ateos, entre los cuáles se encontraba Don Salvador, que no fallaba ni un sábado, porque reservaba los domingos para su hijastro. Don Mentor estaba sin caber de gozo esperando a Porfi, mientras le servían la ensalada, cuando vio entrar a un descalabrado sin batería; era de todo menos un hombre en plenitud de energía, con una sonrisa similar a la que tenía cuando en el colegio le daban las notas de lengua. Porfidio vio al mismo Dios hecho carne, con su ropa allanada respirando pulcritud, y Don Salvador lo llamaba para que se sentara junto a él; pidió para el mozo doble menú, que más sabe el abuelo por viejo que por jubilado. A Porfidio le dolían las pestañas, se sentó como un moroso apaleado mirando a Don Salvador con cara de “socorro, dónde me he metido”. Don Salvador reía sin parar:

—Don Salvador, estoy roto.

—¡Has tenido éxito, chico!; estoy muy orgulloso de ti.

—Tenía usted razón; escuchar, escuchar y esperar.

—Ya te lo dije.; ¿cómo es la afortunada?

—Muy graciosa; un ser altruista de la entrega amatoria.

El asado de pollo se zampó con hambre lobuna, siendo rematado de segundo por un par de huevos fritos y patatas para bajarle los dolores; el postre dio lugar a una clase de sapiencia:

—Don Salvador, ¿por qué fue tan fácil? —ya más recuperado.

—Porque nadie ama y odia como una mujer, chico; estaría dolida por la traición; ¿te contó algo de su última pareja?

—Sí; me dijo que se sentía humillada y que creía no volver a sentir el amor con otra persona.

—¿Y tú la escuchaste?

—Hice todo lo que usted me dijo y sigo acordándome de la cita; me ha dejado sin palabras; es usted un maestro.

—No chico; soy un hombre como los demás que ves en este comedor; la única diferencia entre nosotros y tú, es que con lo que hemos aprendido, no podemos dar marcha atrás, pero tú sí puedes rectificar y disfrutar lo que nosotros no hemos podido. Una mujer es una máquina de dar vida y sentir; piensa por un momento que ellas aman hacia adentro, al tener sus órganos escondidos, y a nosotros nos cuelga un trozo de carne que a veces es un esperpento, ¿tú crees que se siente igual el placer?, no chico, de ninguna manera. Quien pare manda, y para darte su tesoro necesitan comprensión; a cambio te guían, te protegen y te cuidan, por eso me he quedado más que viudo desde que mi mujer se marchó. A lo que iba, ¿tienes trabajo?

—Ahora no; mi padre tiene una pequeña empresa y quiere que vuelva con él.

—Una persona sin porvenir no tiene nada que ofrecer al mundo, y ese arma debes explotarla también, pero con cuidado; ¿sabes cuál es?

—No Don Salvador.

—Decir si te preguntan que trabajas en una empresa y nada más. A nadie le interesa quién la lleva ni quién la hereda; tu padre estará cansado de tantos años llegando tarde a casa y viéndote dormir; se arrepentirá de no haber podido disfrutar de su hijo todo lo que quería, así que no se lo tengas en cuenta.

—Nunca se lo he tenido, ¿cómo sabe usted tanto de los demás?

—Escuchando, viendo y haciendo caso a mi mujer que en paz descanse. Pero vamos a lo que importa, ¿te ha dicho la chica que volverá a verte?

—Eso me ha escrito.

—Pues no le presiones y deja que ella te llame o te escriba. Ir detrás de la gente les hace pensar que te tienen en la palma de sus manos, pero si pasas un poco y vas día a día por tus intereses, te llamarán, ¿me explico?

—Claramente Don Salvador.

—Bien chico; ahora deja que ella piense y ve buscando otra alternativa; debes jugar así sin olvidar la ignorancia en su justa medida, y no solamente para querer sino para vivir; pasa un poco del mundo para construir el tuyo; ¿cómo es la próxima pretendienta?

—¿Cómo lo sabe?

—¿Tú crees que eres el único con el que hablan?; pues vas apañado.

—Es una mujer madura; le dije que no tenía prisa y que hablaríamos esta noche.

—Bien hecho; no le des la espalda ni la persigas, vas muy bien mi chico. Ahora deja que piensen en ti; si la primera vuelve, entrégate como ella lo hace y deja que la segunda espere un poco más si le interesa, ¡y habla con tu padre, ofrece al hombre tu ayuda, ahí está tu salvación! Si yo hubiera podido…aunque la jugada me salió bien. Es igual, empieza a ganar dinero que falta te va a hacer.

Salieron los dos cebados en dirección a casa del impresor. El anciano estaba encariñándose de un treintañero de domingo a domingo, con posibilidades de amar lo que él no amó antes de casarse, siendo un hombre feliz junto a su Cefe. Entraron a su sexto piso comprado con toda la ilusión del mundo siendo muy jóvenes, en el casco viejo de Villa Gallarda. Nada más entrar vio Porfidio el retrato de una mujer con el pelo ondulado, luciendo unos ojos verdes acompañados por una sonrisa de actriz de cine:

—Esta es mi mujer; cuando entro en mi casa beso el retrato; en esta foto pasaba los cuarenta, que fue para mi la mejor época de nuestra vida; bueno, toda nuestra vida juntos fue la mejor. Ella cuidó de mi y me dio unas hijas maravillosas, ¿te acuerdas de lo que te dije?

—Sí Don Salvador, que dan vida.

—Y la quitan si les haces sufrir; tu chica te ha dado lo que a otros no, que es su vida interior; te dio lo que tenía guardado para quien la respetara; y espera que verás de lo que puede ser capaz, hasta de compartir su fortuna contigo si la tiene.

—Me invitó a cenar a Los Tres Girasoles, ¿lo conoce?

—¿Que si lo conozco?; es el único restaurante al que iba con mi mujer y mis hijas a cenar en ocasiones especiales. Chico, has tenido mucha suerte, tú has nacido de pie; ¿tienes buenos amigos?

—Desde críos Don Salvador; tres chicos y una chica; dicen que estoy tarado pero no les hago caso; yo sigo a lo mío y les quiero como a mi vida, que conste. La chica se llama Blanca, como los dientes de su mujer, preciosos por cierto. Va a ser madre ahora y su hijo tendrá el nombre de un vecino nuestro que murió muy joven por culpa de la droga.

—Eso sí que es una tragedia; no los dejes de lado porque ni ellos ni tus padres te dejarán tirado. ¿Un gin-tonic para bajar el atracón?

—¡Perfecto Don Salvador!

Salvador le sirvió una copa mejor hecha que en cualquier local de moda de la ciudad. Porfidio se convirtió en el único invitado a su casa desde su viudez; no se atrevía a confesar que estaba deseando que llegara el próximo domingo, para estar con su chico y hablar de sus vidas, corriendo el tiempo que se las pelaba cuando estaban juntos; Porfidio tuvo que marcharse para echar un vistazo a sus padres; al llevar llaves de casa entró sin llamar, encontrando a Fligido y Pingralia sin ropa en el salón, jugando al escondite equis equis equis:

—Padre, madre, ¿qué hacéis desnudos de fe?

—Podrías haber llamado hijo; espéranos en la cocina —dijo Pingralio.

—¿Y qué te trae por aquí? —preguntó su madre.

—Pues nada importante; decirle a papá si quiere que le ayude en la empresa otra vez, si lo ve bien.

—¿Que si lo veo bien?; estaba esperando este momento hijo.

—Necesito me des una semana para resolver unos temas.

—No hay problema hijo, ¿vienes mañana a comer?

—No madre, todavía tengo tápers.

—Vale hijo; qué alegría nos has dado; llámanos si necesitas algo.

Salió de casa de sus padres sin juzgar la escena; estaba contento al comprobar que su familia se ama sin tener en cuenta la edad, una rareza con cuerpos un tanto ya vencidos por tanta lucha. Ya en su casa echó un vistazo al móvil como quien no quiere la cosa, fijándose en un corazón latiendo de Rosita con el siguiente mensaje: te echo de menos. Luisa tendría que esperar a la mañana del lunes, que despertó con su peregrinación a la panadería sin querer seducir, lo que hizo que Antoñita se extrañara:

—Buenos días guapo, ¿lo de siempre?

—Sí gracias.

—Te noto despistado, ¿estás bien?

—Mejor que nunca; ahora estoy muy liado.

Antoñita sacó un trozo de papel con su número de móvil, para dárselo con una sonrisa que a ninguno de sus clientes había regalado antes; se encontraba abusadora de deseo:

—Este mes libro los viernes; a ver si quedamos.

—Ya veremos; gracias.

Salió con su barra de pan y andar despreocupado a su palacio, con el hambre por bandera. Un bocadillo de jamón cocido con pan que rompe al cortarlo con cuchillo de sierra, fue el detonante de una jornada espectacular. Quiso ponerse el primero en la cola, y lo logró despachando a Luisa con una conversación breve: quedaron a tomar café una media mañana antes del fin de semana. Luisa dio el visto bueno, y un miércoles a las diez y media estaban tomando capuchinos cerca de casa de Don Salvador, coincidiendo con el paseo matutino del maestro. El hombre andaba recién duchado y afeitado, cuando la corazonada hizo su trabajo y vio a un chico vestido con ropa de hombre en sus cabales, hablando con una mujer como si se conocieran bastante. Luisa lucía vaqueros y camisa que hacían de ella una escultura pecaminosa en grado supino; Don Salvador se fijó en ellos, sonrió y siguió su marcha. Luisa contaba su divorcio con bajada al averno, subiéndola Porfidio al cielo de las oportunidades:

—Me dejó sin dinero ni casa. Menos mal que mi madre me recogió y pude levantar cabeza.

—¿Y cómo estás ahora?

—Yo estupendamente, ¿cómo me ves tú?

—Te veo con buen ánimo; recordemos que la vida es cíclica y lo que nos ocurre sea bueno o malo, es por algo; todos hemos pasado por situaciones delicadas, pero aquí estamos. Tuve que asumir que lo que me ocurría no era mi culpa (mandar gente al manicomio no, claro que no); la vida es así, y ahora nos toca disfrutarla, que para eso hemos venido al mundo.

—¿Eres psicólogo? —preguntaba Luisa.

—No mujer; simplemente pienso —en revolcarme con usted, por supuesto.

—Pues voy a contarte algo más. Encima me mandó a juicio para que le pasara pensión y viviera del cuento; ahora está en casa de un amigo sin trabajar; ¿tú tienes casa?

—Sí, en la zona norte.

—¡Uy, esa zona es preciosa!, ¿me la enseñarás algún día?

—Cuando te apetezca.

—Pues me apetece ahora, ¿te importa?

—En absoluto, ¿vamos?

Caza sin rececho; más rápido no puede alcanzarse la cima de la intimidad. Porfidio se disculpó de antemano por si veía desorden en la casa, lo que no era verdad; había hecho una limpieza de mantenimiento y quitó todos los enredos. Luisa disfrutó con las vistas del balcón a la calle salón que olía a tranquilidad, con Porfidio explicándole lo bien que se lo pasa en su piso cuando se encuentra solo meditando (mentira cochina):

—¿También haces meditación?

—Sí, ayuda mucho a sobrellevar el día a día, ¿no crees?

—¿Puedes enseñarme?

—Sin problema, ven al sofá y siéntate a mi lado.

Luisa se sentía plenamente protegida, dejándose llevar por las manos de Porfi. Una caricia hizo que se estremeciera, y lo abrazara con un beso aterciopelado en el suyo, dando paso a otro de largometraje. La pasión brotaba a ritmo de paseo de pareja enamorada, que visualizaba cómo el sueño de sentir el calor se acercaba, dando soltura al sentir de él meditando de veras:

—Te acaricio sin temor al susto, quitándote la ropa con una suavidad que no entrené pero sí intuí. Repaso tus piernas, y me lo agradeces con unos ojos que lucen en honor a tu sacrificio, estando ante un desconocido. Dame tus labios para que los míos se humedezcan en un trono sucio, acolchado, y déjame abrazarte porque voy a tender tu blusa sobre una silla, para ver tu alma hecha fuego con la leña de las lágrimas ya vertidas, y las que caerán. No me pongo sobre ti por imposición debido al acuerdo que hemos besado, sin cláusula de continuación. Luisa te nombro y adoro, al regalarme tu pecado, cocinando un cuerpo desnudo que escudriño palmo a palmo. Eres la fuente de la cual surge mi experiencia en un arte enjuiciable, ilegal, consentido. Voy a comerme tu pena en un roce imperceptible sin tiempo marcado, estando tú y yo separados por la timidez que hago se marche rabiosa. Ofrecemos lo que nos viene, rascando el seso del deseo, e invocando un ardor que no se narra a la multitud. Tenemos que hacerlo para amar sin nudos ni intemperie.

Luisa deseaba a Porfidio haciendo gala de su madurez, deseando con clase al dosificar su amor en lencería granate. No escandalizaba ni daba muestras de vulgaridad, a su modo de apasionarse sobre unas almohadas aún sin sudar. La tormenta venía de los brazos de Porfidio, leyendo los ojos de Luisa con órdenes de energía y aguante. Así fue la culminación de la obra trabajada por ambos, con los ojos blancos de Luisa, enganchada a Porfi con solidez; su caras resumieron el momento vivido en dos tesoros: libertad y deseo. Hablaron un buen rato, con Luisa rascando el pecho de su amante, y frotando sus piernas en la plenitud de la paz que produce un desahogo espiritual. Cuando la conversación acabó, Luisa pidió una toalla que ya tenía preparada sobre el bidé, invitando a su amado a pasar el gel, que degeneraría en más pasión mojada en los poros de sus pieles, con un segundo asalto finalizando en empate. Un sueño cumplido por los dos e imaginado por Don Salvador, a la luz de una hermosa mañana regada con agua, crema hidratante y desodorante antes de salir del piso. Luisa tocaba la mano derecha de Porfidio, mientras él cambiaba de marchas tan fácilmente, que el trayecto de vuelta a la cafetería se hizo sin sentir.

—¿Te veré de nuevo?

—De ti depende; a mi me encantará, porque acabo de estar con una gran persona.

—Entonces nos veremos pronto, ¡adiós guapo!

La despedida quiso decir en realidad un hasta muy pronto. Porfidio volvió a su refugio, necesitado de guiso listo para calentar en microondas; Luisa había preparado un estofado de pavo para su madre y ella, con una tarde especial para los dos en sus sofás, pensando si pudo haber sido mejor. Fligida había quedado con la mujer de Diego para ir al centro, mientras sus maridos se encerraban en los despachos, haciendo dinero con ayuda de la informática y ahorrando costes, que el bajo comercial en el que trabajaban ya estaba pagado, esperando a Porfidio con mesa y ordenador puestos; se lo dijo a sus amigos creando sueños profundos la noche de la noticia:

—José, es buena señal, ¿no? —preguntaba Floriano con esperanza.

—Espera, que este manda a todos los clientes al loquero o al camposanto —sin mirar a su Floriano.

—No exageres hombre —pensaba Floriano en su ignorancia.

—¿Que no?; ya verás, ya —sabia reflexión del modisto.

Lo que pasó al día siguiente de la noticia se calificaría como no normal. Anselmo y Juan Carlos se las arreglaron para entrar en la iglesia del Padre Colorines, vestidos de flamenca extasiada y corista con lumbago, alegando confesión urgente. La gente los miraba por la calle, temiendo que el ayuntamiento estaba yendo demasiado lejos con la modernidad; Blanca no pisó la acera de su barrio por miedo a verse involucrada. Don Cristóbal les abrió, y se pasmó al creer que eran dos travestidos que iban a robarle:

—Padre, venimos a confesarnos a la vez, y vamos de esta guisa por un amigo que parece haber recuperado la cordura; queremos que la pierda —dijo Anselmo con preocupación.

—Parecéis unos adúlteros sin rumbo, hijos míos.

—Ni allá lejos padre; necesitamos confesión, por favor —Juan Carlos yendo directo al grano.

Don Cristóbal los llevó al confesionario para que ellos contaran las faltas de su amigo, en lugar de las suyas; el Padre Colorines necesitó menos de un cuarto de hora para salir corriendo a tomar una copa doble de anís y sacar un látigo, ¿para castigarles?; fue que no, porque primero echó a los dos a escobazos, y luego volvió a su cuarto para autoflagelarse:

—¡Desalmados, libertinos!

Cuando ya no le quedaban fuerzas ni para darse un pellizco en la ceja, llamó a urgencias por el estropicio de su espalda. Acto seguido regresó a su cuarto, dibujó un retrato del demonio, al que pintó con flores en la cabeza antes de marcharse de la ciudad, con una carta dirigida al obispo de turno:

Su hasta hoy adorada Eminencia.

Me dirijo a usted por este medio, al verme imposibilitado de explicar delante de su rostro, tan fiel a Dios y al dinero, lo que voy a relatar. Resulta que ustedes me mandaron a esta parroquia, con la intención de salvar almas o lo que es lo mismo, convertir lo inconvertible. Creía yo en mi inocencia como criado del todopoderoso, que ya lo había visto y me lo habían contado todo. Pero me veo harto de beatos cebados y viejas que jamás han espolvoreado su entrepierna, creídas ellas que pecaban si amaban. Pues esa es la cuestión que da lugar a mi renuncia como confesor, que hay un feligrés en esta ciudad que supera mi labor con creces, tiene ideas revolucionarias para el mundo del cine, habla como los ángeles custodios con sus confesadas, y si ahondamos más en su personalidad arrolladora, me da a mi que le va a faltar cañón de tanto fornicar. Un humilde obrero de la iglesia como yo, solamente aspiraba a dominar almas díscolas embriagadas por el materialismo, y viene ahora a ser todo lo contrario de mis años de seminarista. El verdadero ser supremo que todos nos guía, es un individuo altamente masturbador, generoso con la carne y el vicio alcohólico, unido a otras tentaciones más, ¿o qué se creía usted? Es ahora cuando comprendo el por qué de su palidez impenetrable sin tratar, radicada en que se esconde por su piso, tocándose más que un simio selvático en plena catarsis hormonal. Aparte de estas, podría haber otras razones que hagan efectiva mi renuncia; voy a consagrarme a la vida hippie en una comuna de magantos, desde el alba a la medianoche. Ya me he cansado de escuchar tonterías sin fuste, bostezando por no escupir al suelo, y dejarlo a usted en evidencia. Quiero enseñar el trasero en una playa, ver hipopótamos fluorescentes colocado hasta las sienes, sin más preocupación que mirar al horizonte, porque el mundo se va al carajo, lo quiera usted o no. Necesito humedecer mi liana con ímpetu y celeridad, no vaya a ser que la manguera se estropee, y tenga que sondarme, haciendo mi penalidad más honda. Yo sé que usted no entenderá lo que le he escrito, al venir de una saga de estreñidos iluminados, pero vamos eminencia, que me la trae al pairo. He visto la luz hace un día y voy a adorar a un ser que no conozco, meditando sobre él para que me dé fuerza y honor fornicador hasta el fin de mis días, sentado junto al tito Lucifer, en compañía de un quinteto de meretrices. No olvide que al ser un inminente peregrino pecador, dejo de tener alma, por lo cual, mi salvación no es viable. Recomiendo con ahínco ponga en mi lugar a una emperatriz gobernante de la casa consistorial, que dicen por ahí, que se le da de perlas persuadir con fiereza a todo el que la escucha. Aquí termino mi servicio para ser un aficionado al masaje prostático, sin importar la hora; recuerdos al suyo hijo ilegítimo que vive en el pueblo en el que empecé mi labor pastoral.

Para convencerse a sí mismo de su juicio, Gallataxi lo llevó al Retiro Municipal de Almas Trastocadas; lo recibieron con las puertas abiertas. A falta de camas, durmió la primera noche en la habitación de Fina la Fibrosa, encontrando el amor verdadero. Llegaba la señora muy sudorosa de su clase de combate con saña al saco, y en cuanto lo vio se le iluminó la mirada:

—¡Qué bello ejemplar es usted! —exclamó con decisión.

—Mejorando lo visto —respondió Cris.

El inicio de una unión, se rubricó esa misma noche con el consiguiente insomnio de sus compañeros grillados. Dando gusto a sus cuerpos, se les oía rugir y chillar con pasión alocada, envidiada sanamente:

—¡Hala, no paran! —susurraba Eladio mirando al techo.

Solicitaron los amantes el alta voluntaria a la mañana siguiente, llevando una tarjeta con sus nombres y falta de ocupaciones reconocidas, con estampa de un sello del ayuntamiento que decía: reinsertados para lo global. Pasaron por el obispado para recochinearse, y después desaparecer con la limosna de la última semana que Cris había sisado; se instalaron en la costa pasando un mes de sobe en sobe, y cuando se dieron cuenta que les quedaba poco del robo parroquial, se pusieron a producir, dando clases de meditación él, con sesiones de guantazos a puño cerrado ella, ¡y les fue de fábula! Sus empresas podían hacerse franquicias, pero la idea fue rechazada de inmediato por el Padre Motocultor, que hacía el amor empujando sin oxidarse:

—Fina, diosa de mis pasiones, demasiado dinero serían más preocupaciones.

—Estoy contigo mi amoroso. Yo quiero comer bien, dormir mucho y rozarme contigo, hasta que no podamos con nuestros cuerpos; sigamos siendo felices.

La avaricia no entraba en sus vidas estando unidos. Casi nadie adivinó cómo les fue desde que dejaron la ciudad, y a ellos les importó poco, porque se dedicaban al cultivo emocional de uno hacia la otra y al revés, a veces encima, con algunas que otras de lado mirando a la persiana, y debajo poniendo gestos orgásmicos mirando al espejo…vamos que se lo pasaron en grande honrando al amor libre sin más pretensiones, al igual que Porfidio, principal causante de este bello destino, que unió a otros dos girados de la olla que no hacían daño a nadie. Don Cristóbal pasó a ser conocido como Cris el Señor de los Chacras, y Fina la repartidora de galletas, doctorada en autodefensa y exaltación del yo voy a darte con lo primero que agarre si te arrimas más. Porfi los vio el día de su desaparición, acaramelados saliendo de la iglesia con el botín y mirando al firmamento. Su cabezota iba un poco más derecha, a pesar de tener a sus más fieles seguidores revueltos, por temor a que su naturaleza excéntrica saliera pidiendo poderío, y volviera a montar algún taco sonado para la radio, o televisado para la audiencia. El domingo llegaba feliz para Don Salvador, y lleno de entusiasmo para Porfidio. Ya se daban abrazos sin pudor, comían de hombre a loco reconducido, con el anciano de gafas de pasta roja y calva curiosa, queriendo el informe semanal:

—A ver chico, ¿cómo te está yendo?

—Mejor de lo que yo esperaba Don Salvador; ahora mismo estoy con dos a la vez y no sé cómo manejarlo.

—¿Quieres una idea?

—Por favor.

—Sé tú mismo, relájate y sigue escuchando; deja que ocurra lo que tenga que ocurrir haciendo lo siguiente: pon tierra de por medio y descansa esta semana; deja que te escriban, no escribas tú, ¿te acuerdas?

—Sí señor, ¿y la ginebra con tónica?

—Luego te la pondré con mucho gusto, ¿cómo va el trabajo?

—Empiezo con mi padre en su empresa mañana; es agente comercial y tiene muy buenos clientes.

—¡Muy bien chico!, necesitas dinero para seguir el ritmo. La gente conformista termina por no vivir tranquila, y la codiciosa por no saber vivir.

—¡Qué razón tiene Don Salvador!

Con las instrucciones bien seguidas, ese día no hubo mensajes, peregrinando a su camaza antes de las once; tenía que madrugar y causar buena impresión a Don Pingralio.


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