A solas con la libertad. Capítulo 10

Difunde cultura

Capítulo diez. Camino recto.

El frigorífico del ciberconversador enmascarado se llenaba de un surtido de producto fresco y comida casera de cuchara, típica de casi cualquier casa de la ciudad, dando a él y su corazón ultrageneroso la paz de espíritu que necesitaban; encurtidos, guisos y fruta del tiempo se convertían en el escaparate gastronómico de su hogar, mejorando su salud casi de inmediato. Más humanizado si cabe, recogía a sus padres los sábados por la mañana y se los llevaba a desayunar, regalando ellos trazos de sus vidas. Pingralia unida por siempre a Fligido, desbordaba incredulidad y orgullo, al ver a un hombre que apreciaba lo que los suyos habían hecho y estaban haciendo por él; los frutos del sacrificio se daban, y Fligido tenía una cara de satisfacción impensable; Diego Miguel se lo escupió hace tiempo:

—Tranquilo hombre que tu hijo espumará; la buena gente triunfa y tu crío nos va a sorprender a todos.

Les preocupaba el no tener una pareja conocida, mientras que sus amigos se preocupaban porque ni les escribía ni les llamaba. El amo de los desaguisados conocía la historia de sus padres, sufriendo una pequeña decepción hacia su abuelo Ambrosio. Pingralio le contaba lo vivido sin maquillaje, lo que la abuela padeció mientras Fligida escuchaba recordando parte de esa vivencia:

—Nosotros teníamos miedo que fueras como él; nos daba pánico porque nos habrías hecho sufrir tanto, que a lo mejor no estaríamos aquí contigo -dijo Pingralio.

—Por suerte no ha sido así cariño; estás un poco zumbado, pero solo un poquito —la madre para quitar hierro al asunto.

—¡Mamá!, ¿por qué dices eso?; soy un soñador, nada más.

—Es verdad hijo mío, tienes toda la razón; ¿sales con alguna buena chica?

—Salí y la perdí; tenía que perderla y aprender; ahora estoy con alguien pero es solamente el principio; ya veremos.

—Bueno hijo, a ver si tienes suerte; tu padre y yo nos vamos a casa que allí estamos muy bien.

Porfidio los dejó para largarse a su cueva, comer y ronronear; intercambió unas palabras con Joselito, a la vez que meditaba sobre sus domingos con Don Salvador, sin poder quitarse de la sesera todas las enseñanzas habidas y por haber, no cayendo en la cuenta de lo que le ocurriría. Su piso pasó de ser una leonera, a una vivienda de soltero ordenada con su adecuada pulcritud, aunque nunca un museo; era un hogar para el disfrute de una persona con más sentido común que fantasías, con los muebles justos, la ropa necesaria, los electrodomésticos imprescindibles y las comodidades propias de un animal racional que odiaba el lujo y la prepotencia; a su abuelo no podía odiarlo porque no lo conoció como debió, logrando entender que su abuela salvara a su padre, que Fligida salvó a su marido, y que tanto Don Salvador como Fligida, Pingralio, Joselito, Juan Carlos, Anselmo y Blanca están salvándole. Quedó con Luisa esa noche con la propuesta de cenar en su piso, ver una película y lo que pasara después. A Luisa le pareció una idea genial por el ajetreo que había llevado durante la semana; necesitaba soltar tensión. Conversaron como dos amigos íntimos con intimidad, y de hecho en eso estaban convirtiéndose; hablaron hasta pasadas las doce y durmieron juntos sin tocarse, pero la mañana fue otra historia, en honor a las pasiones porfidiana y luisiana; antes de guerrear, Luisa le dijo:

—Porfidio, estamos vivos, vivamos —antes de besarlo.

Desayunaron tarde por segundo domingo la mantequilla con tostadas, café descafeinado y fruta, para hacer el hombre de transportista hasta la esquina del anonimato. De vuelta pensaba en el menú de hoy con Don Salvador, y en lo que tocaría escuchar para continuar adquiriendo maestría en el arte de vivir. Le costó aparcar y los nervios hacían acto de presencia, debido a la falta de civismo de una mujer que cruzó sin mirar la calle, porque la pobre se hacía encima; cosas de la prisa. A Porfidio le temblaban las piernas y el corazón le palpitaba demasiado fuerte, su frente sudaba, y en vez de ir directo al hogar del jubilado, deambulaba sin saber por qué. Justo antes de entrar al salón comedor, Don Francisco salió de la barra:

—No entre usted; Salvador ya no vendrá.

—¿Cómo?

—Que no está.

Porfidio empezaba a desmayarse, lo sentaron en una silla y le dieron un vaso de agua. De la alegría contenida a la consternación en unos pasos con obsequio incluido:

—Don Salvador me dio esta carta para usted; hoy invita la casa, así que intente tranquilizarse que tiene que comer.

—He tenido una vida muy fácil, ¿espera que me comporte de otra manera?

Don Francisco estuvo junto a él hasta que se le fue el susto y un poco de hambre apareció, comiendo nada más que un plato, ante la mirada de los vivos que quedaban y disfrutaban del menú del domingo. Un matrimonio se acercó a acompañarle:

—No te preocupes hijo, que tu amigo está contigo; algún día me darás la razón —dijo la mujer extremadamente cariñosa.

—Gracias señora; le había cogido muchísimo cariño; ha sido un disgusto horrible.

—Lo sé hijo, por eso debemos apreciar lo que tenemos y dónde estamos. Mi marido y yo hemos sobrevivido a unos hijos que nos quieren por el dinero; nuestros padres nos hicieron trabajar como burros sin darnos cariño, y mira, aquí estoy con él queriéndonos cada día más; ¿me permites aconsejarte?

—Sí señora, faltaría más.

—Vive el día a día y sufre por los demás lo menos posible, o no sufras, así pasarás los noventa con mucha dignidad; yo tengo noventa y uno, y mi Felipe noventa y tres. Hemos llegado aquí con la cabeza en nuestro sitio, porque cuando nos conocimos y enamoramos, hicimos el juramento de cuidarnos sin preocuparnos mucho por los problemas que nos vinieran. No hay problemas en la vida hijo. La salud es el único tesoro que tienes que cuidar, y quítate de la cabeza las preocupaciones porque no existen, así que las calenturas de mente para quien las quiera; vive el ahora preparándote para lo que pueda venir, y afronta tu vida con toda la calma que seas capaz de tener hijo, que nada importa mucho. Nosotros hemos cuidado de nuestros hijos, cometiendo el error de darles demasiado, y así nos han salido, unos egoístas de campeonato; vienen a vernos de uvas a peras, ¿y sabes qué digo yo por muy hijos que sean?, ¡que les den! Mi marido y yo ganamos el suficiente dinero para tener a alguien que nos cuidara, nunca quisimos que ellos cargaran con nosotros porque los habríamos marcado de por vida, y ellos al igual que tú, tienen que vivirla; no te compliques hijo, que los problemas vendrán aunque no quieras, y además se solucionan. Tu amigo se fue queriéndote mucho, y has tenido la suerte de conocer a alguien muy especial, ¡quédate con eso y con sus consejos!

—Muchas gracias señora, ahora me encuentro mejor.

—¿Lo ves hijo?; cuando termines de comer te animo a que vengas a pasear con nosotros y te invitamos a ver nuestra casa, que te voy a poner un gin-tonic que te vas a chupar los dedos; Don Salvador nos pidió que cuidáramos de ti un poco.

—Pues le tomo la palabra señora; a sus deseos más furiosos.

El matrimonio se reía con las palabras porfidianas sin dejar de animarlo. De poder haber sido un mar de lágrimas, a repetir postre y caminar con ellos hasta su piso ubicado en un edificio vecino al de Don Salvador. Don Felipe y Doña Conchita tomaron café, desgranaron la vida tan desgraciada que tuvieron por falta de amor de sus padres hasta que se conocieron, mejoraron y se retiraron con dinero en el banco para gastar sensatamente. Las pocas veces que salían de casa a celebrar algo, lo hacían sin remordimientos. Conchita trabajó toda su vida de costurera, así que no le hizo falta llevar prendas de su casa a una mercería, y Don Felipe obtuvo un buen retiro de interventor en un banco. Porfidio los escuchó, sintiendo la carta en el bolsillo trasero izquierdo de su pantalón, pero sin azogue ni tristeza que mostrar. Se despidió de ellos, emplazándolos para el domingo siguiente, alejándose camino a su fuerte para leer la carta sin mensajes ni llamadas impertinentes:

—Hola chico; creerás que no estoy contigo cuando leas ésto, y volverás a equivocarte; pero no te preocupes que lo comprendo. Llegué a tu vida para pedirte perdón por todo lo que te hice pasar; tu amigo Joselito fue el blanco de mi ira, y odiar es un verbo que debería ser eliminado de cualquier diccionario. Mi trabajo ha sido hecho como nuestros creadores me mandaron, y debo decirte que tienes por delante una vida envidiable para muchos, y admirable para los que te quieren y querrán. Soy tu amigo el chino que asalta estanterías de licores, tu vecino Silvio, tu abuelo y todos los que intervienen en tu camino, que recuerda tendrás que hacer con tu corazón y tu mente. Jamás me he sentido tan pleno desde que me casé con la mujer que tengo a mi lado, exprimiendo la eternidad a pecho descubierto. He visto en ti lo suficiente, como para avanzar que vas a ser parte crucial de la historia de esta ciudad; lo sé. Y no creas que no te veo porque volverías a cometer un error; tu felicidad depende exclusivamente de ti, quitándote a las personas que se acerquen a herirte adrede, para elegir quedarte con los que has compartido caminatas desde el colegio a casa de tus padres, parándote en el quiosco para ver revistas que no eran de tu interés por enano inexperto (Porfidio sonreía). Tienes a tus guías, yo he sido, y soy uno más, para que una persona con un poder colosal a punto de llegar a tu vida siga ayudándote, y hagas de esta ciudad un paraíso ejemplar en el mundo entero, porque tú eres genial, un loco ingenioso, un cuerdo que brilla por cada zancada que da por estas esquinas tan alegres; no dejes de perseguir la felicidad, guardando tu compostura si quieres llegar muy lejos, que lo harás.

Ama a quienes te dan su amor, a saber, los que te aceptarán sin invadir tu espacio. Deja a un lado la codicia, que trae mala salud y soledad, cosas que nadie en su sano juicio quiere sentir. La pasión te acompañará hasta la vejez, algo que llevas tan dentro de tu alma que no puedes quitar, pero sí apaciguar. Y por lo que más quieras, sé siempre lo que eres, ejecutando los dictados de tu corazón, que es el que te llevará a la gloria gallardiana. Hay un mundo de paz pendiente de construir por los que estáis en él, y no estamos solos si te has dado ya cuenta y sigues leyendo. Harás justicia, y la felicidad de los que viven en tu ciudad dependerá de tus decisiones. Te he dejado en unas manos excelentes, rogándote lo aproveches y escuches a dos personas maravillosas como hacías conmigo, siendo sincero al decirte que me has hecho aún más digno de lo que he podido ser. Sigue así chico, que lo mejor y más hermoso está a punto de pasarte para orgullo de tus padres y amigos. No te pares ahora Porfidio, pues te llama la historia.

La guardó en un cajón a juego con su mesa nórdica de escritorio, cenó sin pesar ni ganas de ir a verle al camposanto: ni preguntaría dónde está, ni iban a decírselo:

—No iré a verte porque sé que estás conmigo; seguimos en la batalla.

Antes de acostarse, sus amigos recibieron lo que estaban esperando desde que lo conocieron:

—Os quise desde críos, os quiero ahora y os querré siempre; lo mejor está al llegar.

—Ya está llegando con este mensaje; jamás te dejaremos solo —respondió Joselito.

Y se acordó de Luisa:

—Buenas noches mi diosa de la tormenta pectoral; te deseo.

Luisa lo leyó con risotadas para dormir a placer esa noche los dos. Una semana llamada eficiencia aguardaba a todos, con una decisión que dejaría pasmado a medio mundo; su marido se lo aconsejó por amor a él y a su vida en común, soltándolo las noticias:

—El diseñador Pepe Arzuaga anuncia un retiro temporal de su mundo, el de la moda —decía el presentador del Canal 1.

Fue una piadosa mentira para no despertar estupor. El miedo le entró en el cuerpo unas semanas antes, con un dolor en el pecho que apuntaba a ansiedad, no siendo así. La advertencia de su médico fue un atisbo de esperanza:

—No es infarto, pero lo será de seguir a ese ritmo.

Don José vio la esencia de vivir con el éxito mundial a sus lomos, sin capacidad de abarcarlo en su sesera ni en la de su marido, que se asustó más de la cuenta:

—José, me da igual todo el dinero que tengas si no estamos juntos y bien de salud, ¿voy por buen camino?

—Sí Floriano, y te pido que no te preocupes lo más mínimo porque todo está controlado y decidido.

Joselito había planificado su marcha antes de lo esperado y desde que saltó al estrellato, porque tanto viaje con entrevistas cosidas a vida social insulsa le condujeron a este sustillo, pero superaba los devenires planeando y ejecutando. Nadie sabe la amistad que tiene con Carmela, y es de momento el único gallardiano con las llaves de la ciudad, dadas en una ceremonia de incógnito, y un trozo de suelo en propiedad con una casa cómoda a más no poder. Ahí tuvo claro retirarse cuando se lo dijo a Floriano:

—Está todo preparado, voy a vender la empresa.

—José, piénsalo bien por favor, que ha sido tu sueño y quitártelo así como así podría matarnos.

—Tranquilo Floriano, lo dejo en buenas manos con la clave del negocio en las mías, que son los diseños; los gestores son otros, así que recogeremos el dinero y a vivir; volvemos a Gallarda con los nuestros si lo ves bien.

—Lo veo estupendo, iré donde me digas como siempre he hecho.

—Pues vamos a disfrutar de la vida como nunca, porque si tengo lo que he conseguido es gracias a mis padres, mis amigos y nosotros dos.

Joselito se mudaba a una casona antiquísima, acondicionada y con piscina climatizada; se llevó a sus padres, atendidos como duques multimillonarios. La cuenta bancaria del Señor Arzuaga solamente podía rivalizar con la de la su amiga Carmela, que se apuntó a ser vecina del matrimonio de diseñadores. Floriano y Joselito no necesitaron medicaciones para recuperarse de la prisa y la superficialidad de la capital, habiendo sido una decisión tan planeada como certera. Para celebrar la vuelta del hijo pródigo, Joselito hizo una fiesta nocturna en su fortaleza con cocina de categoría, porque se llevó también a todo el personal de servicio de su casa; compró a cada uno de ellos un piso equipado al completo, para que no sufrieran por deudas, consultándolo antes: no falló nadie porque lo adoraban. Acudieron al evento todos sus vecinos de edificio, y unos muy poquitos conocidos de la capital del país (gente fiel a él desde que no era nada) en viaje y alojamiento pagado por el mariscal de las telas; Doña Carmela y su sobrina asistieron bellísimas, vestidas de gala como si fueran divas, deslumbrando por cada conversación que daban al resto de invitados. Pingralio y Fligida llevaban el pelo verde y azul, y cómo no, Porfidio preparado para dar el discurso de bienvenida al amigo que protegió de niño, hasta que de adulto supo cuidarse. La rajada arrancó un aplauso unánime y apasionado, con Carmela y su sobrina exclamando:

—¡Es él! —las dos casi patidifusas.

El resto de invitados estaban en sus cosas ya calientes, honrando el atracón que se habían pegado, y el alcohol yendo de arriba a abajo. Carmelina sobrina se acercó a Porfidio para pedirle que salieran al jardín a disertar:

—Perdone caballero, permita que presente a mi tía Carmela, y discúlpeme de antemano porque está muy emocionada.

—Encantado. Es usted la dama del señoreo gallardiano. Va imponente con ese vestido de Cleopatra Milenial, mostrando fervor por la vida de los suyos.

—¡Es él, es él! —Carmela sin parar con un petardo consumiéndose.

—Tenemos que explicarle algo, señor…

—Porfidio Valentoso Fernández, para servirle a usted y su belleza —besando la mano de Carmelina.

—¡Oh, qué galante! —respondió ruborizada y un poco caliente.

Carmelina tenía la sonrisa brillante como el sol de Agosto; era una mujer hermosa de amor y pasión, con unos ojos verdes y pelo negro azabache incapaces de rechazar, a no ser que se fuera muy memo; el cuerpo de Carmelina no sufría deformaciones gracias a la genética familiar, que su tía va por los sesenta y tantos y había que verla: puro vicio maduro, casi echado a perder por su afición a los alcaloides humeantes; el moño de Carmelina era un no dejar de mirar, de diseño y valor femeninos, que llevaba tiempo sin ser acariciado por manos masculinas; una mujer morena de piel marrón y manos dulces de dama intocable por instrucción de su tía, que estaba fumándose un canuto doble y hablando sola de la historia familiar, una historia larga y gloriosa:

—Ha venido usted a nuestras vidas para continuar con nuestro legado; usted ha venido a rescatarnos, para seguir siendo los que somos: eternos y grandiosos —dijo Carmela con lucidez porrera.

Carmelina y Porfidio se apartaron de la reina y se besaron tumbados en el césped del jardín, con los corazones agitados. Ninguno de los dos había sentido un arrebato pasional y cárnico tal desde que descubrieron el placer. Carmelina era esa noche la diosa de la fertilidad, y Porfidio su macho librepensador:

—Ha sido verle y mi corazón ha dado un vuelco; voy a tutearte porque eres mi sueño carnal y sentimental; el futuro de mi estirpe, de nuestra estirpe está en nosotros si así lo deseamos.

—Yo te deseo tanto que mi sexo será por ti un surtidor de sudor amatorio.

—¡Oh qué léxico, qué dominio gramatical! —respondía Carmelina impresionada y enamorada.

Porfidio y Carmelina se fueron con la gerifalte a su mansión para enseñarle la joya de la corona, un retrato de Don Pedro Gallarda, fundador de la mejor ciudad del planeta. Porfidio es la viva imagen del hombre que murió eternamente preocupado por la continuación de su imperio:

—¿Se da cuenta ahora? Siempre hemos tenido fe en el destino, que ahora viene a nosotros para amar a mi sobrina y llevar con ella las riendas de todo lo que poseemos. Confiamos en usted y su amigo Don José, una gran persona —explicó Carmela con templanza.

Porfidio escuchó la historia de esta gran familia de idos de la chola, sin dejar de mirar el retrato del Capitán General de Todos los Soñadores del Mundo, empezando a creer por una vez en su existencia, para asimilar a qué había venido mientras era acariciado con devoción cegata por Carmelina, una dama embelesada:

—Tengo deseo y amor para ti y los que vengan; vamos a confiarte lo más sagrado de nuestras vidas, prometiendo darte placer, paz y alegría mientras vivamos; soy como tú, una hembra peleona y juiciosa superada por tu poder mental de gran envergadura (cabeza no le falta)

—No digas eso mujer. Lo importante será hacer lo vuestro más grande, y disfrutar de las mieles del éxito con restregones imperiales, haciendo frente a lo que nos venga.

—¡Eres mi esperanza! —interrumpió Carmela liando un canuto.

Charlaron hasta bien entradas las tres, trazando un plan férreo con destino al olimpo de los grandes personajes históricos. Pingralio vio cómo entraba su hijo con semblante serio, pidiendo se reunieran en la sala de juntas para hablar de algo necesario:

—Padre, anoche estuve hablando con la señora Carmela de planes para mi, y yo tengo planes para ti; ¿sabes quién es esa mujer?

—Quien manda de verdad en esta ciudad, porque es la dueña de todo el suelo que pisas; no me asustes Porfidio, que te veo venir.

—No te asustaré; a partir de ahora tengo que iniciar un camino nuevo con un equipo distinto, dirigiendo el destino de esta ciudad; ya lo tengo todo pensado para que puedas irte a casa con mamá y no preocuparte más en lo que te queda de vida; vais a disfrutar como nunca lo habéis hecho sin sufrir por mi. Luego te cuento.

Porfidio siguió con sus gestiones esa mañana, ardiendo su móvil con mensajes de Carmelina y Luisita. A la hora de comer echó un vistazo al aparato y recordó las palabras de Don Salvador, transformándolas en hechos. Invitó a Luisa a cenar esa misma noche en Los Tres Girasoles, obligándose a explicarle con diplomacia el fin de su aventura. Luisa no se entristeció para asombro de Porfidio, porque todo fue con una fluidez digna de dos adultos comprensivos, que separaban sus caminos para un bien mayor en el caso de él. Porfidio no supo más de Luisa; continuó su vida con un hombre tan bueno y viril como impopular. Desde que se conocieron y disfrutaron de su libertinaje, no hubo fotos que lo rubricaran, lo que hizo aún más llevadero el olvido para los dos. Porfidio se entregaba desde esa última ruptura a una emperatriz elegante de ojos mar en calma y moño poderoso, un cuerpo lleno de calor que emanaba de cada poro de su piel tostada, y una mirada fresca y de vicio por Porfidio y sus vocablos singulares. Carmelina tuvo antes un novio que le salió sapo, al descubrir el falso amor por ella y el verdadero por su fortuna; Angelín quería sus dineros y no su ser, con una falsedad a la vista de ciegos. Su tía se alteraba al verlo con cara de lobo, esperando a su sobrina:

—No me gusta para ti ese farsante; hazme caso sobrina, no es para ti —decía echando humo porrero.

Hechos hablaron por si mismos al contratar la jefa un detective privado a recomendación de Joselito, que vino de la capital para desarmar al fariseo. Unas fotos de Angelín con la mujer de un empresario gallardiano consumó el resto, y los torrentes de lágrimas de su sobrina le hicieron tocar fondo para no volver a confiar en el amor, aunque su tía le decía que sí, que esperar era el secreto del triunfo:

—Cariño, llora lo que quieras que te vendrá muy bien; tu estás destinada para ser amada por alguien único, y me da que va a ser así —abrazando a su sobrina.

—¿De verdad tita?; es que estaba loca con él, y el caso es que no era gran cosa cuando lo veía; parecía un trapecista reumático.

—¿Lo ves cariño?. Alguien vendrá a volcarte el corazón; mientras tanto no olvidemos lo nuestro.

—Vale tita; y gracias por tu apoyo —abrazando a su tía.

Angelín en el cesto del pasado a olvidar, y Porfidio en su corazón sin más sitio para otros. Carmelina pasea sus piernas por los edificios oficiales de Gallarda, imponiendo su voluntad a golpe de propiedad de suelo, esta vez con un hombre ahora a su lado que aprende a marchas forzadas los secretos de un imperio, por promesa a su amada de cubrirle las espaldas y algo más. De la conversación pingraliana y porfidiana surgió algo muy alentador para los dos: el padre se jubilaba ya, y el hijo daba comienzo a una guerra con los males de cualquier ciudad, que se catalogaría en la historia de Gallarda como legendaria. La empresa fue comprada por el ayuntamiento, y liquidada de su actividad para pasar a ser el centro de operaciones de la gestión municipal, de un modo bastante oculto. Pingralio se preocupó en un primer momento por el destino de su esfuerzo:

—Pero hijo, ¿quién va a seguir con los clientes y proveedores de tantos años?

—Papá, el dinero no tiene religión; con alguien se irán porque ellos no van dejar de comer por nosotros.

—Pues tienes razón hijo mío.

—Lo que te he dicho; tú disfruta con mamá que ya habéis jugado con vuestra salud bastante. Dejadme a mi ahora.

El dinero recibido por la compra del negocio fue una inyección de alegría para el matrimonio, nunca vivida con tal grado de intensidad; estaban aún listos para hacer caminatas en ciudades de todo el mundo, un sueño puesto en práctica al mes siguiente de la operación. Una vez hecha la gestión definitiva, faltaba tener personas de confianza para poner en marcha lo que a la ciudad iba a caerle encima, y la idea fue confuciana. Llamó a Anselmo y Juan Carlos, ofreciéndoles ser parte de la plantilla del ayuntamiento, sin figurar en los medios ni en la corporación; Carmelina se lo explicó:

—El abogado para las guerras que vamos a iniciar, y el contable para espiar al mi equipo de urbanismo. Si Porfidio os ha elegido y queréis, yo doy el visto bueno: sueldo cada día uno del mes con pagas extraordinarias cada cuatro meses.

Cuando vieron lo que iban a cobrar por trabajar junto a su amigo y su prometida, empezaron a bailar:

—¡Esto es de locos, por eso es cosa tuya Porfidio!

Aceptación de inmediato y firma de contratos esa misma semana con todo en regla como era de esperar, a costa de un año mínimo de trabajo intenso sin apenas vacaciones, cosa que también tenían que aceptar por el bien de la ciudad, hasta que los planes se asentaran. Porfidio saldría poco del despacho, para no ser conocido ni dejar que su inconmensurable melón desconectara de los asuntos gallardianos; comía con su Carmelina en casa de la madrina Carmela a diario, salvo sábados que lo hacía con sus padres si estaban en casa, y los domingos con Don Felipe y Doña Conchita, que serían a la postre los mejores consejeros para su obra magna; Carmelina accedió a las peticiones de su amor sin discusión alguna, en pro del paraíso carnal que se montaban cada noche; la moza amaba en secreto la pornografía, bautizada por ella como cine de mollas, con todas sus perversiones, bendecidas por la tía, que para eso crió a su heredera:

—Porfidio, ¿sabes por qué siempre estoy con mi tía? —le dijo mientras rascaba su pecho tumbada en la cama.

—Eso iba a preguntarte, ¿y tus padres?

—Murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía cinco años. Mi madre era su hermana, y ese golpe le hizo perjurarse que nadie iba a quitarle la ilusión de continuar lo que el Gran Pedro Gallarda comenzó, y que por herencia familiar nos ha tocado; por eso tengo, tenemos que cuidarte al máximo: para poder hacer algo que nos diferencie del resto del mundo. Te amo y te necesito, así que nuestras siestas después de la comida serán sagradas, y tu comida con Don Felipe y Doña Conchita, también. A mi lado no te faltará salud.

—Sí mi señora Carmelina; el sueño vespertino no despierta nuestras perversiones; es la llegada de la noche cuando nos transformamos.

—Así es mi Señor Porfidio; soberana transformación.

El domingo comió con Conchita y Felipe, que lo vieron llegar para nada más entrar al hogar del jubilado, levantarse y darle un beso y un abrazo de hijo bien acogido. Lo notaron distinto para muy bien, porque comió sus dos platos de costumbre rematados por su postre, costándole bastante poco. En esta ocasión y desde ese momento, invitaba el hombre al matrimonio de ancianos, a cambio de guiarlo:

—Esta ciudad se nos puede ir al traste, ¿qué pueden aconsejarme que haga?

—Hijo, si quieres mantener el orden y la prosperidad en la mejor ciudad del mundo que es la nuestra, tendrás que imponer tu criterio; al principio protestarán e irán a buscarte para tener contigo más que palabras unos muy pocos, porque en general los gallardianos somos gente pacífica como ninguna. Pero si el propósito de esa imposición es limpio, es humano, te seguirán como un Dios; recuerda hijo, que por eso no tenemos policía —palabras de Conchita.

—No permitas que los lobos vengan de otros lugares a condicionar nuestra manera de vivir, una especial en todo el país, que no nos pisoteen. Y en cuanto a la única porquería que tenemos que soportar, la quitas a golpe de fuerza; los traficantes no entienden la razón —añadió Don Felipe.

—Descuiden que pienso luchar hasta el último aliento por nuestro lugar.

—Sabemos que lo vas a hacer; nadie salvo nosotros y Don Salvador conoce a la persona que va a dirigir cientos de miles de destinos —respondió Conchita.

Los dejó pasadas las cinco para volver a su piso de soltero bien acompañado, como querían llamarse los dos tortolitos, a fin de mantener su relación viva; Carmelina no se ataba a un hombre, amaba con voluntad, y Porfidio también. Esa noche de domingo le costaba dormir gracias al recuerdo de Silvio, metiéndose uno de los últimos picos de su vida, y no había masajes de la pareja que valieran para hacerle salir de la cama y bebiendo un vaso de agua, pasarse el resto de la noche en el sofá, soñando con los ojos entreabiertos. Era raro verle a la mañana levantado sin agotamiento de camino al despacho a ver a sus amigos; las decisiones importantes las tomaban en una pequeña sala de reuniones, fuera de tecnología; el papel y un bolígrafo para dar ideas y sus ejecuciones les era más que suficiente. Porfidio escuchaba a sus amigos pero callado, y Juan Carlos y Anselmo se mosqueaban al no verlo activo en el juego de la lluvia de estratagemas para gestionar mejor la ciudad; Silvio fue su obsesión ese día. La noche llegó con el Centro de Desatendidos Intelectuales en tensión; la tía Carmela se presentó con un retrato porfidiano paseando por todas la habitaciones, hasta aparecer en la de Eladio, el jefe de la tribu, que vio la imagen y se le enrojecieron las pupilas; pero sabía con quién hablaba:

—Usted es la jefa de todo; yo lo sé.

—Así es querido; y te enseño este retrato porque ahora tienes que protegerlo con tu vida si quieres seguir de regente de este centro. Voy a encomendarte algo.

Carmela mostró fotos de los traficantes de la ciudad, susurrando al oído al tarado de tarados. Estaba el hombre tranquilo en su celda presidencial con televisión por cable, viendo un documental sobre narcos causando estragos en un territorio lejano, y le vino la visita que ni pintado. Salieron en dos furgonetas negras disfrazados de elefante con el maestro Eladio a la cabeza, y uno a uno los fueron metiendo en vereda a palo limpio, con la advertencia de no pisar la ciudad si querían seguir respirando. Los yonquis tuvieron su sustitutivo, ya que PharmaGalla había creado pastillas y jarabes que aliviaban su mono; asistentes sociales se los daban en un centro de desintoxicación construido antes de la coronación porfidiana, para el bienestar de los familiares; asunto solucionado, camellos y droga ilegal apartados de la circulación, aunque suene increíble. Porfidio estaba una de esas tardes después de la siesta con sus amigos en el despacho, viendo qué podían hacer con el asunto de los comercios de toda la vida, que apenas podían competir con las grandes superficies. La idea fue doblar el cobro de impuestos por el suelo que los monstruos pisaban, aparte de por decreto municipal poner un techo mínimo salarial para los trabajadores de estos centros: la pataleta no tardó en llegar. Carmelina recibió de su secretaria personal un correo electrónico, pidiendo una reunión urgente de los amos de estos centros comerciales:

—¡Vienen de la gran capital a vernos Porfidio, quieren nuestra cabeza!

—No te preocupes mujer; cortaremos la suya si es lo que quieren.

En una sala del ayuntamiento a puerta cerrada, se sentaban con aires de pavos reales tres caballeros de traje impoluto con Carmelina, Porfidio, Anselmo y Juan Carlos; las infusiones armaron a los gallardianos, desarmando a los capitalinos que habían venido con ínsulas de aquí estoy yo y mi poderío empresarial. El pelotazo llegó en un suspiro, firmando lo que Porfidio les pidió, y escribiendo su sentencia de despido mandada por la matriz. Denunciaron al ayuntamiento por malas prácticas, alegando que no se puede negociar en estado catatónico, una ilegalidad inconcebible; ¿qué hizo la casa del pueblo?, pasarse la denuncia por el forro, porque les había tocado una jueza amiga de la infancia de Carmela; ¡lo sentimos chicos! El juicio se celebró un jueves por la mañana, y el domingo estaba Porfidio con la Señora Conchita y el Señor Felipe hablando de lo ocurrido:

—La pobreza trae verdad y la avaricia traición; ¿te acuerdas de lo que te contamos de nuestros hijos?

—Sí señora, me acuerdo perfectamente.

—Pues no quieras más de lo que necesites.

Gallarda hacia el ejemplo de gestión local, una ciudad insignia con unos niveles de bienestar y salud de sus ciudadanos impensables para el resto del globo. La corrupción se luchaba con amiguismo encubierto, adjudicando la construcción de nuevas viviendas a la empresa de Don Agustín, con una filosofía de trabajo que se podía alcanzar con facilidad, no habiendo codicia de por medio: calidades a precio de Gallarda. La planificación urbana a ampliar se hacía con calles rectas y perpendiculares, cuadrados dentro del gran cuadro; ese desarrollo hizo que la gente empezara a preguntarse quién era la persona que estaba mejorando la vida de todos, porque no lograban ponerle rostro. La jugada intachable fue declarar la primera semana de Febrero, semana del padre y de la madre; sus hijos adolescentes y adultos tenían que encargarse de ellos, llevarlos al trabajo y sus salidas con amigos para que se dieran cuenta del egoísmo que habían ejercido durante tanto tiempo; la trifulca en la calle apareció, tras la primera vez que se ejecutó este decreto:

—¡Ayuntamiento, sin conocimiento! —gritaban una enorme tropa de acomodados en una manifestación.

No llegó el asunto a un problema de orden público, porque los esperaban en las puertas de la casa de todos y todas, los locos con ropa de antidisturbios incluyendo su equipo, presentando a Eladio en primera línea de batalla mostrando los puños:

—¡Venid venid, que aquí hay para todos!

Conato de jaleo disuelto con quejas de los hijos en las casas, y respuestas de los padres para zanjar el asunto:

—Os fastidiáis si queréis vivir con paga y comodidades; nosotros también tenemos derecho, que estáis sobrevalorados, por muy hijos que seáis.

Norma aceptada como costumbre una vez al año, a la vez que copiada por otras ciudades que vieron cómo se involucraba a sus ciudadanos en un mayor humanismo. Se restablecía la autoridad del profesorado en centros de enseñanza primaria y secundaria, fueran públicos o privados, habiendo poderes para expulsar a los alumnos irrespetuosos o abusones de los débiles, sin dar explicaciones a sus padres; Porfidio nunca olvidará los partidos de fútbol en el patio con Joselito, padeciendo la ira no querida de Silvio. En menos de dos años, Gallarda iba a ser la ciudad con más zonas verdes y mayor índice de bienestar del continente, incomprensible para albergar a casi quinientas mil personas con un apaciguamiento espiritual insuperable. El resultado daba con la envidia de sus provincias vecinas, y por ello enviaban a emisarios disfrazados de nuevos ciudadanos queriendo instalarse en la ciudad. Intentaban averiguar el nombre del cerebro de todo este éxito sin conseguirlo, porque la guardia personal porfidiana estaba instruida en el espionaje; algo tan simple como poner a Eladio al frente de un escuadrón de seguimiento de estos nuevos contribuyentes, y entregar el informe a manos de Carmelona, que lo enviaba a Carmelina y era pasado a Porfidio, solucionando el intento de robo de información. El entrenamiento era en el propio Centro de Atacados Sensoriales, jugando al escondite en los salones de juegos y pasillos, con Eladio de supervisor; ya era el hombre un Grande de Gallarda, con medalla entregada por la matriarca de toda la metrópoli, en ceremonia institucional incluida y celebrada en los jardines del loquero; Eladio agarrotaba sus pestañas para asombro de sus compatriotas de cabeza ida, y la emoción los embargó:

—Don Eladio, a partir de hoy forma parte de la historia de esta ciudad. Queda usted nombrado Duque de Villa Psiquiátrica; enhorabuena.

Familia no le hizo falta que viniera a apoyarle; los chalados le arropaban silbando y aplaudiendo como locas de atar; fue un acto digno de enmarcar en la historia de la ciudad, agrandando con esplendor su población y estableciendo órdenes de preferencia para crear patria. Los venidos de otras provincias con certificado civil de buena fe, tenían estatus de ciudadanos de adopción, con casi todos los privilegios de los gallardianos; si los querían al completo, tenían que traer descendencia y empadronarlos como paisanos de primera generación, acatando las leyes locales de comportamiento cívico y respeto a las instituciones y bienes de la ciudad. Porfidio paseaba por las tardes queriendo saborear el cambio de rumbo de la que fue una villa, con una libreta pequeña tomando notas de aquellas cosas que podían mejorar; creyentes de todas las religiones tenían sus templos de culto adecentados para orgullo de sus usuarios, pero faltaba uno. Empezó a construirse con símbolos extraños de corte diteísta; eran dos dioses formados por un hombre con túnica blanca de cabeza gigantesca, abriendo las manos a sus adeptos, con una mujer al lado de él vestida de sacerdotisa, de pechos preciosos por redondos y generosos tapando con la mano izquierda su sexo, y extendiendo la mano derecha en signo de invitación a la fertilidad; bautizada esta nueva religión como Iglesia de la Verdad, tenía un lema irrefutable: mente y carne. Fue votada por referéndum encubierto a través de cartas a los buzones de los habitantes, con un resultado sorprendente a favor de la creación de la nueva creencia. Una vez construido el templo, se invitó a todos los representantes religiosos para un bautizo institucional, con discurso Carmelón de bienvenida (quien se negara a bendecir la iglesia, visitaba a Eladio), agua bendita lanzada por el obispo, y plegarias en distintas lenguas como signo de globalización de la fe. En la entrada a la misma había una placa conmemorativa, definiendo el sentir de sus adeptos: creemos en nosotros mismos ante todo, así que bienvenido. Ni misas ni historias que valgan, el templo se abría de lunes a viernes porque es muy pagana esta religión, y su vicario vestía según le daba el día, sin ningún adorno que incitara a la alienación; es más, a veces venía con ropa de agricultor cabreado, otras con pantalones y camisa de funcionario con insomnio, y en ocasiones especiales parecía una persona cualquiera. En este sitio se debatía e invitaba a los recién llegados a tener fe en sus posibilidades, para conseguir sus objetivos en la vida; eso sí, se nutría como el resto de los hogares de culto, de la limosna de su clientela, y si faltaba, llamaban al consistorio a ver si caía alguna gratificación. Tráfico muy restringido los fines de semana para fomentar la actividad física, y dejar que las ambulancias tuvieran la calle para ellas en exclusividad compartida con los taxistas y autobuses; jornadas de trabajo razonables refrendadas por votación postal, con castigos ejemplares a quienes trataran mal a sus clientes o atendieran maleducadamente a sus ciudadanos, daban con la ciudad más eficiente y sosegada que se pudiera encontrar. La Reina Carmela comenzó toda esta hazaña con necesidad de seguimiento. La mujer no tuvo rey en su vida, pero ahora está centrada en el cuidado del hombre que enamora a su niña, se ha enamorado de su niña y rige los destinos gallardianos con milagroso estreñimiento, acrecentando su ilusión por vivir más para ver el futuro de su sangre en una generación de alucinados geniales. De momento tanto monta monta tanto, Carmelina como Porfi, que son unos depravados noche sí y noche también en el piso porfidiano que cohabitan para dormir, al pasarse el resto de la jornada trabajando por la gran casona. Sus perversiones son limitadas como manda la lógica amatoria, pero muy enriquecidas en creatividad, pues ven películas de pelo que les inspiran líquidamente de cara a la escenificación guarrindonga, construyendo su querer en una torre sólida y libre de amar, con visos de no terminar ni en el fin del universo: había que crear herederos. A Porfidio le preocupaba el gasto de energía que supone criar cabezonas y cabezones llorones sin horario fijo, pero Carmelina y su perspicacia dieron con la solución, albergada en las pasiones Fligidiana, Pingraliana y Carmelona, consuegros que se llevaban como el agua y la tierra sedienta: de lujo. La pareja de enamorados tenía en sus mentes y a diario la filosofía del disfrute en el trabajo, culminado en dislocaciones íntimas bajo el mismo techo, por lo que embarazos queridos venían de amores no sufridos, y así ocurrió. La noticia fue el acontecimiento social del año para su familia y amigos nada más, que había que llevar el tema con la máxima cautela, teniendo en cuenta que las ecografías daban mellizos:

—Mi sentir ha dado sus frutos hijos míos —le decía Reina Carmela a los dos.

—Sí señora, pero tengo mucho miedo de no estar preparado para esta guerra que es criar —le decía Porfidio con cara de espeso.

—Estás salvando esta ciudad, entonces, podrás salvar a tus hijos —respondió Carmelina sin ambajes.

Porfidio anulaba su deseo carnal por un tiempo…¡ni hablar! Carmelina tenía más pasión nocturna que él, y a pesar del embarazo se las arreglaban para apasionarse con un cuidado exquisito bajo recomendación ginecológica. Más no se podía pedir a estas alturas de la historia, ¿o sí? Una noche de primavera se recibía en todos los buzones de pisos y casas de Gallarda, una información sellada por el insigne consistorio, que daría con la respuesta a la constante pregunta de sus ciudadanos, acerca del o la responsable de toda la evolución de la gran villa; los sobres se abrían para leer:

—Próximo sábado, coronación del guía supremo de la ciudad, gerente y amado conductor del porvenir gallardiano, perteneciente a nosotros y nadie más; rogamos su asistencia para expresar el apoyo emocional a nuestro estratega, con especial entusiasmo a su salida al balcón principal de la casa consistorial, que es de todos ustedes.

El viernes por la tarde casi noche quedaron con Joselito a cenar en su mansioncita para lanzar la bomba informativa; Porfidio soñó con un barrio abarrotado de seguidores, en agradecimiento a su buen hacer como ciberlibertador y consejero espiritual chamánico, cuando la escena prometía ser algo diferente y de muchísima más trascendencia histórica. El mosqueo del futuro comandante era evidente, al ver a sus padres y amigos íntimos en casa del Señor Arzuaga, siendo arropado por sus Carmelas, con la abuela ya sin porros, cambiados por infusiones budistas, y su compañera de armas con un bombo de belleza celestial.

—¿Qué es esto? —preguntó Porfidio con tembleque en la tripa.

—Vamos a explicártelo hijo —dijeron Pingralia y Fligido

Hizo falta una silla de tornero hipermétrope para calmarlo, y dar el sentimiento adecuado a la situación que iba a vivir la mañana siguiente:

—Porfidio; los que estamos aquí sabíamos que algún día ibas a descubrir quién eres realmente; tuvieron que hacértelo ver estas dos señoras tan estupendas que ahora vigilan por tu bienestar, para que no nos abandones; te ha tocado dirigir el futuro de Gallarda, algo que tampoco imaginábamos los que estamos aquí; aunque sí estábamos convencidos que llegarías tan alto que ni ibas a creerlo, y aquí estás. El trabajo que haces desde que ellas te descubrieron, ha producido una sociedad aún más feliz, que en definitiva es lo que cualquier persona busca, luchando contra el exceso y todo lo injusto que nos puede pasar, así que tienes que prepararte porque mañana es tu confirmación como elegido de nuestro camino a seguir. Cuidaste de mi y de Blanca cuando necesitábamos un hombro sobre el cuál apoyarnos, y ese hecho habla y hablará por si mismo de tu talla como persona; estás dando humanidad a muchas generaciones, y mañana a las doce más o menos, es hora de mostrarte nuestro agradecimiento. Tienes lo que has obrado con mucho corazón y valentía, por lo que prepárate para recogerlo por muchos años que vamos a cuidarte a ti, tu mujer y tus hijos, con los mismos valores que tus padres te han dado. Silvio estaría muy contento de ver en qué te has convertido.

El discurso de Joselito enmudeció el salón para sacar los colores a todos los asistentes; Porfidio contenía su emoción como podía, sin fuerzas para replicar todo lo dicho; se abrió una puerta que daba a otras habitaciones de la casa, para ver salir a un chico que le provocó un grito de sorpresa:

—¡Isidro, mi amigo Isidro, has venido!

Isidro y Porfidio se abrazaban unos segundos; Joselito, y un papel que Porfidio le dio para que lo guardara como oro en paño, con la dirección de la casa de los padres siendo unos monicacos, hicieron el resto.

—No pienso perderme lo de mañana Porfidio; yo también sabía que ibas a triunfar, pero no tanto.

—¿Dónde duermes?

—En casa del Señor Pepe Arzuaga, ¿o qué te creías?

Isidro vino con su mujer y su hijo de cuatro años, que fueron presentados como mandan los cánones:

—Mira hijo; este señor y yo fuimos muy buenos amigos un verano; gracias al Señor José supe de su vida hasta hoy; dale la mano, que va a ser una persona muy importante en esta ciudad.

Isidrito estrechó la mano de Porfidio, cortando el protocolo para pasar directamente a la cena y el reposo con muy poco alcohol. El itinerario a marcar era vestirlo en casa de sus padres, con un traje de emperador diseñado por Floriano. Fue sobre las diez y media cuando estaban todos esperando verlo salir:

—¿Qué parezco?

—Lo que siempre has sido hijo mío, un rey demente rebosante de sensatez, para ser sinceros.

—Bueno, cuando queráis.

Salieron de casa con coche oficioso y una escolta de lujo; los zumbados oficiales flanqueaban la limusina Joselina en sus furgonetas negras, vestidos de guardianes de castillo que pasaban por el centro sin apenas ver un alma; el silencio era desconcertante, y Porfidio iba concentrado, al estar cogido de su mano derecha por la mano izquierda de Carmelina; la razón por la cual no se ponía intranquilo era la fijación hacia los pechos de su mujer, grandes como globos para alimentar a sus retoños:

—Sigue mirándolos mi Porfidio, que también los disfrutarás porque no pienso reducirlos.

—Diosa del deseo sideral, te amo mi Carmela.

Entraron por la parte trasera del edificio escuchando un gentío nunca reunido en la plaza de la ciudad. La comitiva subió las escaleras, con Porfidio andando a paso protocolario, sin más esperanza que saludar a una minoría e irse a casa derrotado por el fiasco de la reunión. Eladio y Carmelina abrieron la puerta del balcón principal a las doce y cuarto justas del medio día, divisando una multitud apabuyante congregada en la plaza del ayuntamiento, con pancartas a la espera de la salida de su ídolo, un gentío que había venido desde todos los barrios, y al que se unieron ciudadanos de las poblaciones que se sentían parte de este acontecimiento de arrope popular. Carteles de lo más variopinto con frases que expresaban el sentir de ciudadanos amantes de su sitio, definían la fiesta narrada por Radio Gallarda, con los recluidos por delitos menores reclamando protagonismo, que para eso los habían soltado con la promesa de volver ellos solos a sus celdas:

—¡Aquí estamos los de presidio para aclamar a Don Porfidio!

Otros eslóganes eran más escuetos:

—¡Aquí no se vive, se sueña!

Curiosos y anónimos:

—¡Sigue así y nunca vas a morir!

Reveladores del nombre de la ciudad:

—¡Los más autosuficientes digitales, te aclamamos sin tocarnos los genit…!

Salía Porfidio al balcón para saludar a la masa y escuchar un griterío de alegría, por ver a una persona hecha divinidad. Familiares, vecinos y amigos íntimos en el salón de celebraciones lo veían de espaldas, levantando las manos con ademán de querer hablar porque lo pedía el pueblo:

—Que hable, que hable, que hable…

Porfidio agarró un micrófono que tenía preparado para soltar un pequeño discurso, que la palabrería cansa mucho; su mensaje fue una especie de revelación:

—¡Quien quiera infelicidad, que se marche a otra ciudad!

Todos saltaron del alegría celebrando esa sabiduría lingüística que solamente se encuentra en la mente de los gallardianos, con frases cortas pero resolutivas sobre la vida misma, que hasta los llegados de otros países decían, para el regocijo de esta gran explanada multicolor; muestra de ello fue una pancarta que llamó la atención del rey Porfidio Gallarda, apodado el Justo y que sabía desde el primer vistazo de su autoría:

—Glupo Folclólico Confuciano, Amarillos de Alta Alcurnia.

La levantaban un grupo de ultramarinos mandarines vestidos de tonadilleras en suspensión de pagos, con peinetas, rizos hechos con rulos con wifi, y labios pintados que no quisieron perderse la fiesta de entronización, coronado con un saludo especial de su amigo Juanjo, diciendo en una cartulina blanca inmensa:

—¡Amigo plesidente!

Porfidio se conmovió al verlo y recordar esos tiempos de despelote logístico en Cash Alegría. Un niño curioso en exceso por la cultura, que de adulto fue salvado por el destino, aguardándole amor verdadero con esperpentos porno- conyugales a mansalva, una familia y unos amigos que creyeron en él pasaran lo que pasaran, una suegra y una mujer que saben de su sentido de la justicia, al ser reconocido como la reencarnación del fundador de este edén, y una generación que será preparada para ejercer la plenitud, llevando las riendas de una ciudad que ha sido rescatada por un desquiciado, con más sentido común de lo que parece: porque a gallardas, Gallarda amó a Porfidio, y Porfidio la salvará.


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