Capítulo tres. Hecatombe
Pasando el tiempo, las mangas cortas eran parte de la moda que imperaba en cada esquina o plaza por la que pasear, y los niños sudaban como cantantes de rock, al jugar sin desprender hedor. Porfidio se descentraba en los partidos por su obsesión con la maldita palabra. Esa semana tocaba misa en el colegio con el Padre Tostón, un bisonte de nariz aguileña que sujetaba unas gafas de culo de vaso, y unas manos capaces de romper una tabla de madera maciza de un solo golpe. De familia más que pobre, fue enviado al seminario, truncando su ansiado sueño de llegar a lo más alto dentro de la cirugía. Gracias a su frustración, se hizo confesor y ejecutor de ritos por la alabanza hacia Dios Nuestro Señor; castraba las perversiones de los ya no tan chiquitines con la pregunta fatídica:
—A ver chico, ¿tú cometes actos impuros?
—¡No padre; yo no hago esas cosas!
¿Cómo lo iban a hacer si eran mocitos, con la única aspiración de poder dar un beso en la mejilla a la prima o a la vecina de? Al sacerdote le importaba un bledo, dejando a los críos con las pupilas mojadas, jaquecas o sin ganas de cenar. Hubieron quejas de un grupo de padres, que fueron solucionadas con “si no te gusta mi casa, hay otras”, y como bien sabían las familias que ese colegio era de lo mejor para instruir a sus hijos, a callar y punto. Podía verse cualquier jueves, a más de veinticinco promesas sentadas en los bancos de la iglesia que tenía el colegio, esperando el turno del matarife, lloriqueando por haber pecado, ¡un drama humano! La confesión era rápida, con el verdugo poniendo a todos como beatos rezando padres nuestros. Porfidio, Anselmo, Juan Carlos y Silvio esperaban; salía cada uno de ellos atormentado por la pena capital impuesta, ¡y no habían hecho nada sucio! Pero se mascaba una revolución pasada en un trozo de papel que decía: a las órdenes de Porfidio:
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida padre.
—Dime hijo mío.
—A ver padre, ¿usted se la menea? —soltó Porfi sin titubeos.
—¿Qué?
—Que si usted se la menea; porque yo tengo curiosidad por saberlo, ¿cómo se hace?.
No dio tiempo a hacerle más preguntas, cuando un alma en pena salía del confesionario vociferando:
—¡Sinvergüenzas, herejes, sois unos demonios!
El ministro del más allá corriendo por toda la iglesia y mirando a los chiquillos con un odio propio de asesinos inconfesos. ¿Se asustaron los zagales?, empezaron a reírse y nombrar a Porfidio el rey de la homilía. Porfi salió de su escondite, levantó los brazos en señal de victoria y fue corriendo al altar para dirigirse a todos como un director de orquesta; el Padre Tostón se había bebido todo el vino en un par de tragos, sumido en la locura tras hablar con su calvario apellidado Valentoso Fernández, que dirige el estribillo que los pecadores cantaban con fervor:
—¡Menéesela, menéesela! —recitaban todos perfectamente sincronizados.
Llevaron a hombros a Porfidio desfilando de camino al patio, cuando el director del colegio entraba y exclamaba:
—¡Virgen de los ajusticiados! —quitándose las gafas.
Al Padre Tostón y Don Director les unían sus estudios en el seminario y la huida de la miseria; estaba dando una vuelta, comprobando la limpieza de las papeleras, cuando le atrajo el bullicio que podía escucharse desde fuera del recinto sagrado. Don Silverio Tostado quedaba ese día postrado en la cama de su habitación, siendo asistido por dos hermanos que no conseguían tranquilizarlo:
—¡Ya está hermano, todo ha pasado!
—¡Los clavos de Cristo; son unos endemoniados!
No supieron qué hacer para remediar su angustia, pero él sí. Se fugó al día siguiente de la tragedia con el coche de los recados, al único burdel de la ciudad que se encontraba a unos veinticinco kilómetros por orden del ayuntamiento. Unos militares que habían escapado de unas maniobras llamaron al colegio, para que alguien fuera a recogerlo, a lo que él se negó. Lo encontraron en una de las habitaciones, acostado con nunca se sabría cuántas compañías, sus ojos desencajados de éxtasis pagano, alabando las virtudes de la carne, que encima le salió gratis por tanto tiempo de contención. A los pocos días salió la noticia en el periódico local, narrando el hallazgo vergonzoso para la congregación con el siguiente suceso: un fornido obrero del todopoderoso, escapa de sus obligaciones espirituales y es hallado en un bar de encuentros renegando de la fe. No volvió a saberse nada más de este alma tan impía. El causante de semejante locura, provocó el día de autos que su madre se apasionara por el anisete la noche que dormía, creyéndose fuera de todo castigo. El bonachón de Pingralio abrió la puerta y se encontró a su mujer beoda perdida:
—El niño está durmiendo en su cuarto.
—¡Fligida, mujer!, ¿qué te has tomado? —quitándole el vaso con pasmo en su cara.
Se lavó las manos para volver al salón y escuchar la explicación de una esposa embriagada de sufrimiento. Tuvo que ponerle el camisón y acostarla en la cama. Cenó tortilla fría sin vaso de vino, reflexionando sobre su pasado familiar, las lágrimas de Pirilia por los desmanes de Ambrosio Sabelotodo, espolvoreados por los vecinos de la aldea:
—Ni a mi ni a mi hijo nos pasará.
Fue al colegio a la mañana siguiente sin que Porfidio se enterara, decidido a prometer al director no recibir más disgustos de este calibre. No quiso sacar el carácter, porque recuerda en su difunto padre los estragos que produjo, aunque castigó severamente al elemento calmando las aguas. Fligida se lo agradeció haciendo más el amor con su marido, sin gemir y a escondidas, como todo el vecindario, y Porfi pagó su exceso de caradura, saliendo a jugar al patio bastante menos con sus amigos para leer mucho más; ¿sirvió de algo?; cuando estaba en la escuela o acompañado de Joselito y Blanca, sí, cuando estaba en casa incrementando sus dotes lingüísticas, no. Un ambiente apacible durante un tiempo vino bien a todos. Porfidio estaba callado de más, hecho que Joselito, Blanca y especialmente las niñas del barrio agradecieron, con un niño que mostraba la herencia materna de su buen hacer. Toda la nueva generación pasaba los cursos con notas estupendas o aceptables excepto Silvio, que pagaba su debilidad de carácter con esa mala leche, propiedad de la saga familiar y pagadera en vida. Anselmo sacaba las cartas que lo definían como el querer para no poder, al igual que Juan Carlos, un extremo obediente en la autoridad. No dejaron de ir al quiosco por sus chucherías cada mediodía al salir de clase; Porfidio iba sujetado por sus amigos para no escapar a la esquina sucia. Una gran parte de estas familias pasaban los veranos en las casas de los abuelos en los pueblos; Blanca se marchaba con Diego Miguel y Ana para ser cuidada a cuerpo de reina. La adolescencia llamaba a la puerta, y la tecnología la acompañaba sin resistencia. Porfidio se fue con literatura de Lope de Vega y Quevedo; más comedia, que busquen.
Las vacaciones eran un no parar de trabajar para los matrimonios, y una melancolía profunda para los hijos cuando se acababan, teniendo que dejar a sus amistades de poco más de dos meses, y regresar con las del curso entero; era complicado mantener un vínculo con alguien en tan poco tiempo, trabajo solamente apto para malabaristas emocionales: trabajo de Porfidio. Hizo buenas migas con un niño de su edad que venía del norte del país; Isidro era muy ancho de pecho y con una cabeza de diámetro parecido al porfidiano, pero el chaval la usaba mejor, pues dejaba anonadado a Porfi al hablar su lengua sin cometer errores; Isidro le explicaba que en su tierra se habla así, ahondando más la pasión que Porfidio estaba tomando por los narradores y poetas de otros siglos en su Isidro, e Isidro tomando cariño especial por el alfeñique de su amigo, desde la primera presentación:
—Hola, ¿cómo te llamas?
—Yo Porfidio, ¿y tú?
—Yo Isidro; estoy aquí pasando el verano con mi madre y mis abuelos, ¿tú tienes amigos?
—Sí claro, te tengo a ti, porque las chicas no me hacen caso, así que si quieres podemos hacernos amigos este verano sin besarnos.
—Vale, ¿y veraneas aquí siempre?
—Normalmente sí; una vez fui a la playa con mis padres, y cuando vi a tantas mujeres tumbadas en biquini tomando el sol, me puse tan nervioso que me tiré a dar palmadas en el culo de una de ellas; las demás se reían, pero mi mamá que es muy guapa se enfadó mucho; yo solo quería tocar un trasero.
Isidro se ahogaba con su risa en la acera evocando a Joselito. A partir de esa tarde tras cada siesta, todo fue miel sobre hojuelas. Juntos a todas partes, compartiendo ocio con recitales poéticos de Porfidio, para alucine de Isidro. La sorpresa más grata que pudo tener el crío fue la visita de su Joselito, como premio por buen comportamiento; Fligida lo había arreglado a espaldas del niño para formar el trío de ases; sus madres los vieron una vez abrazados, yendo al final de la calle donde solían jugar como tres vaqueros que se perdían en el horizonte a la caída del sol, hablando de lo importante que es la amistad o el amor. Isidro daría con esto último en la universidad, Joselito en el taller de confección, ¿y Porfidio en un vis a vis? Los tres eran una fortaleza inexpugnable, asaltada por el final de las vacaciones, haciendo el sagrado juramento de volver a verse cientos de veces más. Porfidio hacía pucheros por la marcha de su amigo Isidro:
— Mamá; ¿por qué tiene que irse Isidro ahora que me lo estoy pasando tan bien?
—Porque tiene que volver a cole como tú, cielo. Pero vas a mandarle muchas cartas, ¿verdad?
—¡Sí sí, en cuanto vuelva; y voy a contarle lo grandes que son las bombas de la Señora Fernanda!
Porfidio lloraba de nuevo por el cocotazo de Fligida:
—Pero, ¿por qué me pegas si he dicho una obviedad?
Iba a atizarle otro pero se lo pensó mejor y se marchó a la cocina a desatarse de risa. Cuando se lo contó a su Pingralio tuvieron que taparse las bocas estando ya en la cama, para que Porfi no los oyera; obran igual cada vez que intiman. Como en cada verano, los padres ejercían de Rodríguez haciendo compañía al Ministerio del Alquitrán. Las madres esperaban a sus hombres los fines de semana como agua de Mayo, y los que podían, hacían incursiones a las casas de veraneo entre semana con o sin bolsas de ropa para lavar; solía ser los miércoles y se conocía en la ciudad como “el efecto falta de cónyuge”. Muchos matrimonios daban muestras de cariño y complicidad al verse, mientras una minoría esperaba con ilusión esta parte del año para atreverse a ejercer la infidelidad, trayendo venganza meses después: traición pagada con justa maldad. Ninguno de los vecinos era conocido por sus correrías nocturnas, o por lo menos no se sabía. Los hombres que vivían en los edificios de al lado no lo confesaban, y el que lo hacía practicaba el vacío de poder del hogar en esos dos meses críticos: falsedad en toda regla.
Fligida tenía confianza absoluta en su marido, y él la echaba de menos, acercándose siempre que terminaba a media tarde en la oficina, compensando su gasto en gasolina al ver a su mujer y su hijo veraneando en la casa de sus padres. Tenían una conexión instantánea con simplemente mirarse, y un nexo de unión que les hacía quererse más cada día, no queriendo tener más hijos. La madurez del moño de Fligida era un punto a su favor, con una sensualidad olorosa que no podía ser robada por otro hombre, aunque las pasiones ocultas de los caballeros del pueblo, bien que despertaban al verla pasar directa a cualquiera de los comercios que hacían su agosto. Iban marido y mujer juntos a todos sitios, anulando deseos de otros, y el juicio de las vecinas al verlos salir de casa con el niño se hacía certero:
—Estos van a estar casados toda la vida.
A Fligida nunca se le olvida el comentario de su madre, la noche anterior a la subida al altar:
—Es un buen hombre hija; entrégate sin miedo, serás muy feliz.
Como lo estaban siendo de momento los otros vecinos. Gracias a esta solidez en sus uniones, los hijos crecerían para ser unos adultos juiciosos, buscando el mismo sendero de vida en las posibles parejas. Las separaciones no se veían con buenos ojos en la generación de Pingralio; serían más frecuentes cuando Porfidio y sus vecinos estuvieran en edad de trabajar. Las casas de vacaciones listas para hibernar cuando hace nada bullían de casi adolescentes merendando pan con atún o jamón serrano con tomate y aceite, camisetas hasta el cuello de sudor y negrura de la calle. Los que se quedaban todo el año se sentían huérfanos, imaginando a sus chiquillos más altos el verano siguiente; estos pueblos de campo y playa rejuvenecían de Junio a Septiembre. El ajetreo era incesante en las escaleras del edificio de los únicos por las tardes, hasta que la tropa estaba en su sitio, que no era otro que el patio de juegos. Porfidio siempre iba primero a recoger a Blanca, y quedaban en la puerta del patio con Joselito, para reunirse por fin con los tres que faltaban. Una de esas tardes, queriendo Porfidio hacer el imposible de complacer a todos, eligió jugar al fútbol con su trío, dejando a Blanca y su ángel blanco con las chicas. El partido terminó antes de tiempo por la mala fe de Silvio, que casi llega a las manos con Anselmo, teniendo que separarlos Juan Carlos. Para apaciguar los ánimos fueron al cuarto de las bicis, cada uno echó mano de la suya y fueron a ver a las chicas a la calle, con Porfidio vigilado muy de cerca. Las niñas dejaron a los cuatro jugar temblando por el turno porfidiano; le tocó verdad, teniendo que hacer una pregunta a su compañera de juegos:
—María, ¿a que las braguitas que llevas puestas te vienen grandes?
—¡Eres un cochino Porfidio, pero es verdad!, ¿cómo lo has sabido?
—Porque al cerrar las piernas te he visto un poquito el chorrete.
Joselito, de nuevo revolcado por el suelo, Blanca corriendo a esconderse detrás de uno de los dos bancos del patio, y el resto de chicas rompiendo el círculo huyendo despavoridas. María salió disparada hacia su casa para contarle a la madre la desfachatez, pero esta vez no hubo sentencia, porque la señora Maria Pilar se equivocó al comprarle a su niña la talla incorrecta; Pili la Miope asumió su culpa, y el edificio entero enterado de una más del genio. Cuando Fligida supo la verdad compensó a su hijo con un lápiz nuevo y unos folios para que escribiera lo que sus sentimientos le ordenaran. Sabía sobradamente que no era malo, sino curioso en exceso y un tanto calenturiento como el abuelo. Lo veía sentado en su pupitre pareciendo un escribiente de antaño, elaborando obras maestras clasificadas como incunables de sabiduría incurable. Su cabeza tenía para dar justicia amatoria y joyas de índole fálica; la madre prometió no leerlas, lo que le hizo sentirse aún más importante en su tarea literaria. Este juramento se debía a que la mujer recibió en su buzón una carta de su amigo Isidro, y vio la oportunidad de reconducir a su punto y aparte, pidiendo que le escribiera, haciendo que el niño pensara en lo que le toca para su edad. La misiva fue un ejercicio de angustia existencial cabalgando sobre lujuria:
Hola Isidro.
Me he puesto muy contento al ver tu carta; ya estoy de vuelta en la casa de la ciudad y no quiero ir al colegio; los maestros son un rollo menos el de lengua, porque leo mucho y aprendo palabras nuevas; ¿cómo llevas tú lo del cole?; espero que bien. Le he dicho a mi madre que te invite a pasar unos días aquí con nosotros, así conoces a mis amigos y mis amigas; las chicas no están nada mal. A veces me pongo muy nervioso cuando estoy con ellas y puedo desmayarme si me besan, pero nunca lo hacen porque tienen miedo a que se enamoren de mi. Tienen unas puertas de atrás impresionantes; el de Francisca parece una plaza de toros, y a mi me gustaría tocárselo porque tiene que ser blandito. A algunas les han salido debajo de los hombros, ya sabes…¡pelotas!, y yo sueño con manosear alguna de ellas para que no me digan luego que tengo la mente rara. Si vas a algún quiosco a comprar chuches fíjate bien, porque puedes encontrar revistas donde salen mujeres desnudas que mi madre llama pilinguis, y enseñan sus vergüenzas con mucho descaro (algunas te sacan la lengua y todo). Dicen que si tocas tu cosita, cambia de tamaño y llega a ser cosa; cada vez que lo pienso me cuesta dormir. Una vez me desperté porque no tenía mucho sueño, y escuchaba a mis padres hacer cosas muy privadas; mi mamá le decía a mi papá que siguiera, como si estuviera haciendo gimnasia.
Yo intenté averiguar qué era consultándolo con mis amigos, y ninguno supo responderme. Creo que estaban sin ropa y rascándose la espalda o algo parecido. Los fines de semana los paso con mis amigos en un patio que tenemos aquí en el edificio, jugando al fútbol o montando en mi bici; ¿te acuerdas de Joselito? Ya verás Isidro, si vienes a visitarme te lo vas a pasar muy bien porque vas a ver a las vecinas, jugarás conmigo, con Joselito y con Blanca (la única amiga que tengo y me comprende), y conocerás a la señora Fernanda, que tiene unas bombas que no veas; puedes llegar a trastornarte nada más verlas; vas a pasarlo muy bien. Tengo que consultarte unas cosa: ¿sabes lo que significa meneársela?, porque nosotros estamos aquí pensando qué podrá ser; lo que sabemos es que si te tocas mucho la pilila te sale un líquido gris, y que cuando lo descubramos no vamos a parar, que significa algo como “darse una gallarda”. Bueno Isidro, voy a terminar esta carta que a lo mejor es muy aburrida para ti. Yo te la he escrito con mucho cariño porque tengo muchas ganas de verte otra vez. Saluda a tu papá y a tu mamá de mi parte, y espero no tardes mucho en mandarme otra.
Tu amigo que te quiere.
Porfidio.
Isidro se puso a saltar por el pasillo de su piso, abriendo con nervios la carta de Porfi; cuando terminó de leerla sus ojos estaban un poco desencajados, habiendo pasado de la alegría a la preocupación con grito incluido:
—¡Mamá, ven que Porfidio dice cosas que me dan miedo!
Isidra cambiaba de color conforme la leía hasta que el síncope le hizo caer en la cama de su hijo, que tuvo que socorrerla empapando una toalla de bidet con agua, pasándosela por la cara. Recuperado el conocimiento, la llamada a casa de Porfidio no se hizo esperar; tras ella, la consulta al psicólogo infantil de tapadillo; el psicólogo cerró su gabinete y pidió cita para un psiquiatra desde esa consulta con ese espécimen en concreto. Total, que aún está el caso de este individuo tan menudo sin resolver, siquiera por la comunidad científica. Nadie en la ciudad estaba preparado para tal despliegue de instintos; pobres ciudadanos cuando se desate. Pasaban las mañanas con prisas en cualquier casa, con el vaso de leche con galletas a toda marcha, para luego funcionar a la máxima potencia las perolas, dejando olor a manjar de cuchara en los patios de luces; las lavadoras también se oían trabajar desde primera hora: la amenaza silenciosa del estrés ya empezaba a notarse. Siempre que las almas cándidas ya en curso de instituto se resfriaban, tenían a sus madres pegadas con los zumos de naranja con miel y medicamentos cuando la situación se veía un poco oscura. Porfidio soñaba aún despierto con el trasero de su mamá palpado por un extraño: ¡no señor, sólo lo toca mi padre, que para eso se casó con ella! Las inseguridades de estas mujeres se disipan al saber que sus hijos están bien recogidos, jugando con sus amistades y aprendiendo lo que muchas de ellas no han podido o no han querido. Porfidio se siente muy seguro en sus pensamientos, vigilado sin tregua por sus amigotes:
—¡Porfi, ven a jugar un partido, que estás muy quieto! —le ruegan sus amigos del alma.
Se levanta con desgana porque le cuesta arrancar, pero una vez en marcha es muy difícil hacer que pare. Cada vez que patea el balón, se imagina su cuerpo de chiste tumbado en una cama con una belleza anónima dándole arrumacos:
—¡Ay mi Porfi, eres el rey de mi corazón; quiero todo de ti!
Y Valentoso falla el pase de la muerte para disgusto de su compañero de equipo:
—¡Porfidio, no estás en el juego!
Él a su rollo criando imágenes sin pudor, al decidir decantarse por el género opuesto y complementario, según ve en sus padres y los de su pandilla. De vuelta a casa no se detienen en el quiosco, prosiguen su marcha hasta el portal del edificio con Porfidio mudo. Fligida lo recibe sin malas caras, gracias a una mañana de perros, trabajando como una esclava para mantener su fortaleza reluciente y alejada de las críticas maliciosas, con la ropa de los tres en perfecto estado de revista.
—Mami, ¿sabes que cuando sea un poco más mayor voy a tener muchas novias?
—Pues aprende esto: con una tendrás más que suficiente, a ver lo que duras, ¡y cómete el plátano ya, que llevas media hora dándole vueltas!
Porfidio sin crecer, y sus amigos transformándose en hombrecillos con vello en el cuerpo. En lo que sus colegas superaban a Porfidio, él los rebasaba con cultura. No iba ninguno mal en los estudios salvo Silvio, pasando demasiado tiempo con el ordenador de Anselmo, mientras Joselito, Blanca y Juan Carlos subían al piso del Señorito Valentoso, a verlo y escucharlo recitar poemas como principal espectáculo de la tarde, culminado por un sonoro aplauso de sus incondicionales; Fligida está sonriente pelando judías verdes y patatas para la menestra de la noche. Las otras madres renegaban de la máquina dichosa que tenía a sus hijos atrapados:
—¡Voy a cortar el problema de raíz; le pregunto la lección y no se la sabe! — decía Anselma.
—Al mío lo he castigado; tiene una mala uva que me preocupa mucho, pero a mi no se me tuerce —comentaba Silvia.
Cortaron el tiempo de juego de guerrilleros, tan poco a poco que, cuando vinieron a darse cuenta, Anselmo estaba de nuevamente en el patio con los suyos y su bicicleta. Eliminada una amenaza, otra peor asomaba; la heroína se introdujo en el único barrio marginal de la ciudad y una tarde, los críos se quedaron helados cuando un joven de estatura media, barba desaliñada y ojos sin orden, se arrimó a la valla del patio para amenazarles con saltar y quitarles todo. Salieron corriendo como almas que se lleva el diablo, refugiándose en la portería interior del edificio. Desde ella vieron cómo el joven apenas tenía fuerza para encaramarse, yéndose muy poco después. Ya más tranquilos recogieron las bicicletas, acompañaron a Joselito hasta su portal y volvieron en pelotón a sus refugios; la noticia corrió como la pólvora, pues al día siguiente ninguno fue solo al instituto. Quedó olvidada a los dos días, para que los juegos y sueños de adolescentes de vida regalada gobernaran su rutina. Para los padres sí se estaba haciendo un poco dura la crianza, llegando cada vez más tarde a casa al igual que ellas, guardando el tipo agotadas de tanta tarea. El delirio inguinal se mascaba en el ambiente con la pubertad como anfitriona. Las niñas eran mujeres con su virginidad mental intacta, ¿y los chicos?; quedaron una tarde de Domingo en el cuarto de las bicis proponiendo el comandante lo inevitable:
—A ver chicos, ¿sabéis ya lo que es meneársela?
—Pero qué bestia eres — el bueno de Juan Carlos hinchando una rueda.
—Me explico; tenemos que saber qué es porque a mi me tiene sufriendo y uno tiene que amar aunque sea a si mismo.
—¡Qué razón tienes Porfi, eres un sabio! — asintiendo Anselmo.
—Pero tú con lo pequeño que eres, ¿vas a poder? —preguntaba el malvado de Silvio.
Se propuso intentarlo cada uno cuando pudiera, debatiendo el resultado del experimento; esa misma tarde, aprovechando la marcha de sus padres a una comida de vecindad en un merendero por las afueras, los gritos y las expresiones no se hicieron esperar:
—¡Madre mía, soy el consorte del amor propio! —exclamaba Juan Carlos.
—¡Qué gustazo Dios Santo, y no es pipí! — dijo Silvio al terminar su faena.
—¡Es gel de baño, cómo mola! — gritó Joselito.
Anselmo pedía socorro cuando vio salir todo su “yo”; Porfidio se atascaba a la primera y a la quinta, haciendo honor al quiero y no sé si algún día podré. Estaban todos exhaustos corroborando lo que relaja poder auto-complacerse. Pocos días después, la pandilla de mustios se sinceraba en grupo durante el recreo del colegio:
—Soy un desheredado del placer —se sinceraba Porfidio.
—¡Tío, qué raro hablas; cada vez te entiendo menos! —le decía Anselmo mirando al cielo.
—Es que Porfidio es un estudioso de la lengua — respondía complaciente Juan Carlos.
—O sea que al final no te has ido; si vas a ser marica como tu amigo —decía Silvio buscando gresca.
Los otros lo miraron ya un tanto hartos de su mala intención, y Porfidio se lo explicó sin daño de conciencia:
—¡Vete a la mierda borde, que no vas a llegar a viejo!
A Silvio le vinieron unos escalofríos incomprensibles, con esa sentencia hecha maldición. A confesarse toca que son unos pecadores y tienen consulta con el Padre Julio. Han aprendido rápido a mentir piadosamente como buenos creyentes al cura, un tonto por ser enviado de Dios: mentira cochina. Este siervo es más listo que el hambre; los despacha rápido a rezar el resto de la misa y santas pascuas. A Porfidio le ordenó:
—Hijo mío, no hace falta que te confieses tanto; un alma limpia como la tuya tiene el perdón de Dios.
—¿Y si me la meneo a diario, padre?
Un leve cuadro de taquicardia solucionado con el médico del centro, el Hermano Alfredo, y solicitud de traslado a otra parroquia, buscando no terminar hasta los mismísimos de la vocación de evangelizar a casi adolescentes marranos: aquí paz y después gloria. Trajeron a otro soldado de la confesión conocido por su pasotismo, hasta que las visitas de Porfidio y sus compañeros lo condujeron a un asilo antes de hora, por un síndrome ansioso- depresivo agudo. Se lo llevaron a un convento de retiro perpetuo y no quisieron explicar a los padres el por qué de sus desgracias; parece que ya no tienen solución estos asesinos de la fe.
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