Capítulo seis. El ideólogo mandarín.
El ordenador procesa información sin descanso durmiendo poco, a las órdenes del internauta que mira fotos como un analista del Mossad. No esperaba visita cuando suena el interfono; es su mamá pidiendo que baje. El hijo ve a sus dioses apoyados en un coche gris plata con llantas manga, y Pingralio sin caber de gozo nuevamente:
—Toma hijo, con el depósito lleno para que te muevas por ahí y seas más independiente. Haz buen uso de él y danos alegrías.
—¡Puedes estrellarlo cielo, mientras no te pase nada a ti! El seguro también lo paga tu padre, que es un santo.
Fligida ha tirado la toalla. Antes iba entusiasmada con su marido a misa, pero ahora se levanta tarde pensando que Dios les ha gastado una broma pesada. Volvieron los padres a su piso con conductor de categoría, y Porfidio llamó a los suyos para pavonearse por el centro de la ciudad tocando los elevalunas y el climatizador del bólido; mandaron una foto a Joselito; Blanca aconsejó al mozo para variar:
—Porfi, vas a triunfar con este bicho; aprovecha que estás en racha.
—¡Me lo ha dicho el horóscopo; voy a tener un mes que ni pintado!
—¡Yo lo decía por las entrevistas de trabajo! Llévame a casa.
Dejó a sus amigos en sus pisos y callejeó hasta llegar al suyo; un poco de descanso de la pantalla le habría venido muy bien, porque nada más llegar se sentó en la silla a chatear hasta las tantas en lugar de relajarse para su cita con la consejera laboral. A pesar de todo, acostarse le supo a cielo estrellado, no soñando con ropa interior ni coitus interruptus que valieran esta vez; estaba sentado en la playa al lado de una chica con biquini naranja y unas piernas de obsesión, melena dorada vistiendo ojos a juego y cejas finas, que casaban muy bien con las uñas pintadas de azul; unos dientes alineados sin tacha producían una sonrisa picarona y plácida. El nene a su lado escuchaba la conferencia, con bañador marca El Misil que tapaba sus pulsiones:
—A ver Porfidio, ¿tú quieres amar?, porque el amor es un sacrificio enorme, y si no que se lo digan a mi padre, que hacía lo que mi madre le decía; amar es renunciar más que disfrutar. Luego vienen los hijos, y la persona que esté contigo los querrá más que a ti; así es el juego del amor; nadie escapa a nuestras decisiones, eligiendo nosotras; ahora, si lo que quieres es elegir, sé educado y un poquito pasota; la confianza es importante, ¿o ibas a fiarte de alguien que te dice que quiere restregarse contigo de buenas a primeras?
—¡Pues claro que sí me fío, porque quiere lo que yo!
Ahí terminó el sueño con la chica desvaneciéndose, y el mozo con los ojos como platos haciendo un esfuerzo por roncar; lo consiguió a costa de no oír el despertador, salvándose por poco; se levantó legañoso a un cuarto de hora de la cita, por lo que le tocaba correr duchándose sin cantar ni soñar y ponerse la ropa del día anterior que había dejado muy bien extendida en la cama de la habitación de invitados. Algo le decía camino a la oficina de colocación que no fuera tan rápido, y así lo hizo andando a paso de amateur lesionado. Al llegar para meter su número de cita en la máquina, escaneó al personal que esperaba ya sentado, viendo un asiento libre junto a dos mujeres de unos cincuenta y tantos, esperando su turno. Las caras de los convocados eran un poema, siendo la gran mayoría padres y madres que esperan con resignación lo que les viene encima, pudiendo ser una ayuda del gobierno o un trabajo remunerado con mezquindad, hundiéndolos más en el foso. Un espectáculo deprimente sobre todo en las mujeres sin tinte de peluquería ni arreglo casero en sus cabezas; rizando más el rizo, gente de otros países, o gente de fuera como se les dice aquí, llenan la sala de espera con caras de pocos amigos por parte de los paisanos, ignorando que buscan el trabajo que ningún gallardiano está dispuesto a agarrar, además de vivir donde nadie quiere ni de regalado:
—Que sí Loli, que hemos sido muy tontas; trabajando en la fábrica para luego no tener casi nada. Mi Paco sin faena, en casa con depresión porque no hay obras; menos mal que le he dejado la leche con las galletas en la cocina. A ver qué nos dan, que va a ser poco; tanto sacrificio para ésto —comenta resignada una de las mujeres, con el bolso encima de sus piernas.
—Juanita hija mía, demos gracias si nos dan algo; no quiero que mis hijas pasen por lo que yo; están terminando de estudiar y dicen que van a preparar oposiciones; nos han tomado el pelo pero a base de bien, porque si mi marido y yo nos hubiéramos atrevido, con nuestro negocio otro gallo nos cantaría; ¡iban a pasar faltas los míos! —se sinceraba la amiga.
Era un mensaje directo al alma porfidiana, pero él sin enterarse; está con su poesía y sus novias:
Vengo a exigir mi dote,
¡debo asesorar, pantalones y escotes!
Estoy reclamando lo mío,
que es de mandato divino,
rey de los chats ,
cariño, soy un machote.
Cree que le espera una señorita elegante con voz de damisela dispuesta a firmarle una pensión vitalicia por gentil. Llega su turno, sale sin pereza de su silla para pedir su parte del botín y dejar la sala de espera interracial; los padres de estos consentidos ya opinaban con recelo sobre esta multiculturalidad:
—¡Van a quitarles el trabajo! —se quejaba uno de ellos.
—¡Y no hablan bien nuestra lengua, vamos, un desastre! —protestaba una de ellas.
Las Carmelas fueron las pioneras de esta avanzadilla de acogida al foráneo, por una integración que no se producía; las de aquí con los suyos, y los forasteros alquilando pisos muertos de viejos; pero ahí estaba el ayuntamiento con la fumadora de cacharros, preparada en eso de soltar dinero recuperado de las fechorías del anterior alcalde: cubrir las necesidades de los recién llegados sin importar cómo iban a instalarse. Los de aquí, señoritos de oficina y otros menesteres reservados a ellos, y los de allá a lo que dé la tierra, el fango y los almacenes de fábricas. El pasillo que daba a las mesas de los gestores estaba a unos metros a mano izquierda de la sala de la resignación, con un ejército de funcionarios atendiendo a mendigos decepcionados por los pocos impuestos que habían pagado, peregrinando hacia la subsistencia:
—Cielo, has cotizado solamente seis años de los dieciocho que has trabajado, ¿no hablaste de esto con tus jefes?
—Si yo me metía a trabajar en lo que pillaba; no tengo ni el bachiller.
La pobre Filomena lloraba delante de la orientadora laboral; sin embargo, no todo está perdido, ya que hay más porquería que quitar; la pobre terminará sus días limpiando oficinas con artrosis en las pestañas por unas migajas. Porfidio sigue sin percatarse de las desgracias pegadas a sus orejas; tiene que conseguir una paga de ligón virtual como sea, que para eso hace turnos de noche; ya visualiza a Belén, la gestora pecosa de ojos verdes y cintura sin pegas que va a solucionar la papeleta porfidiana, la cuál de paso le dará su número de teléfono para celebrar el éxito con lubricante marca Fuego de Amor. Es la mejor psicóloga de la oficina ante cualquier tipo de desgracia personal, al haber aprendido a helar su corazón y cerrar sus oídos con señoreo. Porfi se acerca al número de mesa, hasta que se ve delante de un fulano de nombre Eladio, peludo jugador de rugby. Tiene la cabeza de un búfalo vestida por una mata de pelo marrón, con canas de tanto rollo catastrófico, desde que sacó su plaza fija; sus más preciadas alegrías son una esposa que pasa de su cara, un hijo que lo usa de mulo de tiro, y un chucho caprichoso que mea sobre sus zapatos antes de sacarlo a pasear; de remate, elefantiasis en los pies, por la cual su número de calzado se conoce como talla hobbit, juntando los pelos de su frondosa barba con los de su pecho; no moja desde la concepción de Eustaquillo, teniendo un matrimonio perfecto; de ahí que coma en casa de sus padres, los Peludos, y se deje el alma en el campo de entrenamiento. De Belén a Eladio hay dos pasos separados por un mundo distinto. Porfidio se sienta de cara a este santurrón:
—A ver, número de DNI por favor; ¿tiene experiencia laboral previa?
—Por supuesto señor Kodiak, ¡perdón, señor orientador! He sido consejero espiritual de mis vecinas desde el colegio; en mi adolescencia como cosedor de bragas; los veranos he trabajado de masajista de muebles en casa de mi gran abuelo Ambrosio, un empujador épico. Diseño tangas unisex cuando me aburro, y he opositado a mamporrero municipal. Actualmente soy ciberseductor y asesor emocional, planeando especializarme como conferenciante sobre asuntos psicodélicos, y tan pronto vuelva a resurgir de mis cenizas me licenciaré como gestor inguinal; un currículum denso, ¿verdad?
Eladio con la boca abierta sin mover su mirada; vuelve en sí y le dice:
—A ver caballero, ¿alguna ocupación real?
—Las que me mencionado que están pendientes de homologación por parte del ministerio.
En un ataque de egoísmo, Porfidio descarga un aire que no pasa desapercibido:
—¿Qué ha hecho usted? —pregunta Eladio con ganas de tomarse una baja.
—Lo que usted cuando no tiene que recibir visitas —responde Porfi con descaro.
Eladio se levanta para hacer una consulta al jefe de oficina, aguantando el tipo para no desplomarse. Porfi aprovecha para pillar una tarjeta del orientador y marcharse corriendo de allí, sin esperar el veredicto. Va directo de la oficina a la panadería, compra una barra de pan blanco todavía humeante, y se marcha a casa a no dejar de clavar sus dedos en el teclado. Está más cabreado que un mono sin su mona, al tiempo que engulle un bocadillo de salami antes de ir a la carga. No le ha parecido nada bien que le pusieran a un hombre tan antipático de asesor laboral:
—¡Yo no me merezco ese trato; me tocaba la mujer y encima se pone a consultar para ver si me dan la paga!, ¡un ciberseductor no acude a las minucias burocráticas, un ciberseductor salva caderas y mentes!
Se sienta frente al portátil y ve una luz verde parpadeante a la que echa un ojo, para ver el nombre con mensaje escrito; se llama Felisita, de treinta y pocos, vive en Los Almendros, un pueblo a media hora en coche, por lo que no hay problema alguno en acercarse. Fama tiene esta aldea por sus gentes muy valientes. La foto parece ser actual con cara y cuello normales, de cejas gruesas unidas a una expresión anodina, como si echara en falta a alguien. Felisita no es muy parlanchina:
—Hola qué tal, soy Felisa; me gustaría conocerte; a ver si vienes por aquí; un beso guapo.
Porfidio responde diciendo que irá antes de lo que ella piensa, lanzando una propuesta de quedada para la tarde del día siguiente; terminado este mensaje dirige su cabreo hacia el funcionario velludo abriendo su correo:
Ilustrísimo Don Plantígrado.
Ya me gustaría decir que es todo un honor dirigirme a su persona por este medio tan avanzado, pero va a ser que nanay de la China Popular (para macilentos orientales estoy yo). El motivo de mi escrito se sumerge en el universo del chasco, cuando comprobé con mi mirada rapaz que no era moza erótica sino oso amaestrado. Nada más verle e intercambiar unas palabras con usted, me lo imagino en el trono de la meditación rectal con profundidad de sufrimiento, cuando no se halle cumpliendo obligaciones derivadas de su anillo transformado en soga matrimonial. Sé de buena tinta que ejemplares como usted jamás se extinguirán, ya que el monte le espera para que corte leños con sus manazas, las culpables de mi desdicha financiera. Es por esta exclusiva razón que debo invitarle a reflexionar hondamente, porque soy un espécimen único en el mercado que se debe a la salvación de pubis y prepucios agonizantes; no crea que se trata de un trabajo estéril si viera las caras de felicidad que produzco. No hallará oficio más honorable que hacer sonreír, por lo cual le persuado, a fin de recapacitar e iniciar las gestiones pertinentes, para la adjudicación de mi paga mensual de ciberconsejero, por un período indefinido. De lo contrario me veré obligado a realizar conjuros en su contra, provocando un malestar gástrico desembocado en latigazos anales de tanta pelambrera que posee, dejando su pandero malherido y por consiguiente, su honra en jaque mate. Espero su respuesta sin titubeos ni negativas, aportando mi número de cuenta en un máximo de cuarenta y ocho horas. Mi retrato unido al de nuestra querida concejala permanecerá expuesto en sus dependencias para ser vigilado, del mismo modo que a todos sus compañeros vencidos por la monotonía y el puesto emérito por oposición.
Fielmente nada suyo.
Pofidio Valentoso Fernández.
Cumplida su ira salió ya casi de noche para comprar chicles en una tienda dos manzanas detrás de su casa. El negocio no es de un paisano; lo lleva un hombre de ojos diminutos y tez lánguida. Han prosperado en todos sitios para ofrecer una gran variedad de productos a cualquier hora, creando una competencia desleal para cabreo de otros comerciantes. Siendo Porfidio un demonio de dos palmos, las tiendas de ultramarinos de toda la vida gobernaban los monederos de las amas de casa, pasando el testigo a los hipermercados. En los tiempos que corren, una plaga de mustios maneja el sector de las tiendas de barrio; la de Porfi dice: Alimentación Guang Jong, pero sus clientes lo reclaman diciendo:
—¡Juanjo, un paquete de tabaco!
Y ya es famoso por hablar la lengua gallardiana con todas sus reservas. Quienes le compran son amigos suyos no íntimos; Porfidio va a ser de los mejores gracias a su coche. La tienda de Juanjo es una de tantas que hay repartidas por toda la ciudad y en cualquier barrio; han nacido como champiñones con un denominador común: tienen más cochambre que el rabo de una vaca. Críos, no tan críos y adultos acuden durante el día, aumentando la frecuencia al anochecer, y alguna que otra cola los fines de semana, con el vicio pegado en los bolsillos de sus pantalones. Juanjo siempre está con la sonrisa en la boca, no dejando escapar nada. Es de cara delgada y cuerpo discreto, haciendo juego con una nariz de palo sobre dientes medio blancos o medio grises; fuma como un carretero, lo que le hace estar más consumido que las colillas que tira a la calle, y sus cejas parecen matas espesas de mala hierba, aunque aparenta ser buen hombre; viste los mismos pantalones de tela modelo transición desde que abrió la tienda, sin cambiar de arrugas ni manchas; las camisas y camisetas son diseño de saldo de saldo o lo que es lo mismo, alta horterada en costura pequinesa. Culmina el hombre su figura con uñas bien largas bañadas de color indefinido, sobre todo la del dedo meñique derecho, portento de suciedad pegada en sus horas de asueto rascando yeso en una cantera de Chin Pam Pum, mientras soñaba. Juanjo vino con una mano delante y la otra tocándose los bajos, ya que a la vista está que vive muy bien sin dejarse el lomo. Una mujer de su misma patria le acompaña sin decir una sola palabra; llega la señora a mediodía o pasada la tarde con sopas que huelen a zámpame, hasta que la curiosidad se fija en la limpieza de los cuencos y piensa en ni una cucharada. El señor de oriente da repaso a su clientela sin bajar el precio, que comprar bien entrada la noche tiene su plus de peligrosidad, y si no te llega, te despacha:
—¿Tú no dinelo?, ¡llama plesidente!
Más claro agua de manantial. Juanjo se enteró que sus compatriotas iban a comprar todo tipo de género a un mayorista de nombre Cash Alegría, pudiendo comprobarlo él mismo al hacer tres grandes compras con la furgoneta de uno de su tierra, que ya prospera al montar dos tiendas más. Es tan económico que ningún tendero sale con mala cara, pero no tiene vehículo. Porfidio llega con recelo a la tienda rectangular atreviéndose a pedir un paquete de chicles de clorofila que Juanjo deja en la vitrina opaca; el chino percibe su bondad y ataca:
—¡Tú amigo!, ¿tú coche?
—Sí tengo coche, ¿quiere verlo?
—¡Oh coche bueno!, ¿tú aleglía?
—Pues sí, estoy alegre; estoy en racha.
—¡No no amigo, cah alegría!
—¡Ah Cash Alegría!, ¿quieres que te lleve?
—¡Sí sí amigo!, ¿mañana, onse?
—Mejor pasado mañana a las once.
—¡Oh amigo, glasiah!; chicle no paga, ligalo.
Ha hecho el trato del siglo como su abuelo; chicle gratis y chino al coche en vez de ligue, pavoneándose para más inri de ser un negociador nato. Comprueba que su empresa pública no da beneficios; llega la siguiente mañana, Eladio enciende su ordenador con el ánimo en la reserva y lee un mensaje de un tal Porfidio cuyo asunto es “Mi sagrada manutención”; el coloso se levanta de la silla una vez leído el correo para salir a la calle hecho un rayo, con sus compañeros sin creerlo; llama un taxi que lo lleva directamente al Centro Municipal de Inadaptados Sociales (loquero de Gallarda); pagada la carrera llega en dos zancadas y empieza a dar manotazos a la puerta de entrada: quiere meterse para no salir de ahí mientras respire; el director no le hace preguntas al ver su cara fuera de orden; cuando la mujer y el hijo se enteran acuden para sacarlo de ahí:
—Venimos a recoger a un inefable con cara de abducido; es mi marido y padre de este niño.
Salieron señora e hijo corriendo del sitio, y es que Eladio quería apedrearlos; otro daño colateral. Pero hay más, porque Felisita no sabe a quién va a tener delante de él; ha quedado con Porfi esa misma tarde a la hora del café por asuntos de oriente lejano. Porfidio sabe el camino y la entrada al pueblo. Se verán en un café junto a la plaza principal, que es un monumento homenaje a la riqueza que da la almendra, otorgando a sus lugareños el título de ocupados comarcales. Todo es sudada ganancia y sentido común en un pueblo que vive y come de lujo pero sin lujos. Aunque gentes raras hay, si hubiera ido el chico a una administración de lotería le habría tocado cero patatero, porque el gordo está al llegar. Aparca el coche en un estacionamiento nada gratis:
—Hoy estoy que me salgo; ni chicles ni aparcamiento pago; a Porfi le pagan.
Felisita lo esperaba en la puerta del Pub Orión con vaqueros y blusa rosa; de una sola ceja y con solemne cojera no es lo que Porfidio esperaba, haciéndose notar en su mirada. Pero como es muy educado ser acerca a saludarla y Felisita responde:
—¡Qué mono eres! —le dice con mariposas en el estómago.
Valentoso piensa que le han llamado simio, pero aguanta su enfado y van a una cafetería para que ella monopolice la conversación, regada con café y manzanilla acerca de un novio que tuvo:
—¡Ay nene mi Abdul, qué bueno era!
—Tenía una porra importante, ¿verdad?
Se puso tan nerviosa que tiró su café sobre los pantalones de Porfi. Mil perdones pidió la muchacha para salir de allí, apoquinando el galán. La cita al traste por no entenderla; Felisa a lo suyo con su sultán, y a lo lejos una mujer uniformada multando el coche de Porfidio, que se alarma y empieza a correr hacia ella con Felisita acelerando como podía:
—¡Vamos mujer, que me están poniendo una multa!
—!No puedo más, tira tú!
Porfidio alejándose de la moza que se marea al intentar forzar la marcha, estrellándose con una farola; consigue Porfi que la inspectora le perdone la sanción para salir de allí echando leches, viendo desde su retrovisor cómo llega una turba de paisanos a socorrer a una joven con una brecha en la frente; no irá al Hogar de Pensionistas Emocionales, pero que se olvide de quedar de nuevo con el trastornado real que refunfuñaba:
—¡No vengo más a este sitio!
Ni dos horas duró la cita; le dio igual porque llegó a su piso sin hipoteca y siguió intentándolo sin éxito. Si se hubiera enterado que la pasión de Felisa por el mundo árabe, se debe a que casi la matan a zapatillazos por pedir un gin-tonic en un local de té, mientras se ponía a cantar siendo salvada por su Abdul, habría renunciado a la quedada; Felisa es conocida como La tarada de Los Almendros. Paró de chatear milagrosamente, pensando en que tenía que hacer de transportista al día siguiente. La noche tumbado en su sofá mirando las paredes blancas de su salón, habría sido el rato perfecto para empapar el estómago con agua, pan tostado y caballa en lata, pero un mensaje de Blanca interrumpió su parón:
—Porfi, estoy embarazada; no me lo puedo creer; bueno, sí me lo creo porque sé cómo se hace, ¡uy, si me parezco a ti! Ya tengo padrinos; un besito.
Diego Miguel y Ana estaban que se salían; bajaron puerta por puerta para anunciarlo e invitar a sus vecinos a comer, ¡un nieto! Esa misma noche los futuros abuelos pillaron una tajada cenando de padre y muy señor mío, compensando la vida a un matrimonio fiel. La comida fue celebrada en un restaurante de las afueras, lloviendo en la misma celebración regalos para el bebé. Pingralia y Fligido estaban un poco apagados, ¿debido a qué?:
—¿Qué os pasa? —preguntaba Ana.
—Mi Porfidio mujer, que no sabemos cómo enderezarlo —respondía Fligida un poco exhausta de sufrir.
Guerra hay que dar a base de orgullo y sonrisas, pero el confidente sentimental estaba avejentando a sus padres sin querer. Al tener casa y coche, no se entiende su deriva. Mujeres y hombres hechos maquinaria para durar un siglo, disfrutaron como sinceramente hacia tiempo que no ocurría. En las cabezas de todo ellos estaba Silvio, sentado en la mesa alargada, escuchando a unas familias orgullosas de uno hijos no problemáticos; incorruptibles hasta aquí. Porfidio pudo desayunar al día siguiente en paz, agradeciendo a su conciencia el haberlo guiado a apagar el portátil por un día; bocadillo de salchichón en pan tostado, y por fin sentado en la mesa de su cocina sobre una silla granate. Una mañana lujosa como ella sola sale acompañada por la ropa que lleva para la cita amarilla: pantalones de malabarista, calzado de peregrino y camisa de tornero de baja para pasar desapercibido. Juanjo lo espera en la puerta con puntualidad británica:
—¡Hola amigo, tú mucho amigo!
Se sienta donde debe con el mismo pantalón de ayer, de la semana pasada, y del mes pasado. Pide permiso para fumarse un pitillo con la ventanilla bajada, y va a ser que sí; los chinos no son cotillas, pero Juanjo lo es:
—¿Tú novia, tu follal?
—No, yo no, ¿y tú?
—¡Yo mucho fuma, ehta siemple abajo, nunca aliba! —señalando su bragueta.
Parecen dos desocupados repletos de júbilo. El trayecto se les hace tan corto que ni sienten la atmósfera cargada de humo de los coches; tanto tráfico está haciendo que Gallarda eche a perder su prestigio. Aparcan a la primera y una bala china sale del coche para coger un carro que llenará de cosas para su tienda. En esa acción, un desconocido tan descolorido como Juanjo se acerca a Porfi para susurrarle al oído:
—Chino loco; tu amigo, mu loco.
Porfidio pasa de él, metiéndose los dos en el almacén sin final de comida y otros productos. Es un cuadrado de unos quince mil metros, con las cajas nada más entrar; justo antes de ellas una pequeña oficina para realizar el pagamento, donde una chica de pelo castaño rizado con un lunar en la mejilla derecha, cuenta los billetes de sus clientes a velocidad de vértigo, sin errar en el montante. Juanjo va con el carro a toda pastilla dirección alcoholes duros (güisqui, ginebra y otros); las carretillas elevadoras trabajan a toda marcha por los pasillos, pitando a los clientes, por orden del dueño de la compañía; para él, tiempo parado es dinero perdido, y Cash Alegría factura más que un casino pequeño. En el pasillo alcohólico hay dos mozos subiendo y bajando carga; uno de ellos ve venir al chino y le entra el pánico asiático:
—¡Ya llegó, otro más Paco!
Quiere marcharse pero sus nervios hacen que al parar se dé con la carretilla de Paco, y Paco contagiado por Walter Rogelio también choca. La feria con los coches de choque está en su clímax, Juanjo pone el carro atravesado para que los dos operarios no puedan salir; se sube a la carretilla de Walter Rogelio y le dice:
—¡Tú amigo, aliba, güisqui!
Walter Rogelio tiembla como un flan, lo sube y sale corriendo dejando al Kung Fu de tercera regional a más de cinco metros del suelo; pero Juanjo es un ninja que pasa cuatro cajas a Paco; el pasillo es un atasco de otros chinos que no pueden entrar, con un conductor latinoamericano a la fuga. Juanjo salta a la carretilla de Paco como una pantera, y abre las cajas con un cuchillo para llevarse las camisetas promocionales que hay dentro; Paco se lo explica al borde del patalete:
—¡Eso no, que me regaña mi jefe!
—¡Amigo, ligalo ligalo!
Iba una camiseta por caja de ocho botellas, llevándose Juanjo cuatro camisetas y cuatro botellas de güisqui; sale todo chulo de allí con su carro y un carretillero desaparecido en el pasillo de las pastas, acurrucado en una estantería, y el otro con una descomposición del susto. Sigue su marcha como que nada ha pasado, y se encuentra a Porfidio con una cajita de desodorantes caros:
—¿Puedo Juanjo?
—¡Sí clalo, tú amigo, paga Guango, no polema!
Juanjo está feliz, sin saber que ha dejado a la empresa con dos operarios de baja por ataques de pánico a los tenderos chinos. Al carro no le cabe más, han hecho la compra del año. Paga sin dolor a golpe de billetes que cuenta la chica del lunar en la mejilla derecha, para marcharse habiendo ganado la guerra. Cuando el coche sale de allí, Paco está todavía dando gritos sin poder escaparse del pasillo, se ha hecho encima y está emborrachándose con una botella de güisqui ya a mitad, sentado al lado de su carretilla:
—¡A la mierda los chinos!, ¡me voy al loquero!
Un pobre carretillero se marchaba en la bicicleta de un comerciante de Shanghái llena de cajas de refrescos hasta en los manillares, con caca de camino al Centro de Acogida de Proscritos Mentales en fase ampliación, al haber expropiado unas tierras pegadas a un ganadero de cabras psicóticas, que fue ingresado en la institución por resentido, y con las cabrillas sacrificadas en el matadero municipal por el rito tibetano. Pero Paco llegó antes, dando puñetazos en la puerta de entrada como hizo Eladio; ha dejado gata y novia plantadas en el altar; montó un escándalo antológico, cuando uno de los funcionarios le enseñó una foto de Porfidio, que Eladio había sacado con su móvil. Dos compañeros tarados, obsesionados con la paz interior pillaron a Paco y Eladio intentando saltar por la ventana sin arnés días después del ingreso voluntario del carretillero, señalando al culpable de sus desvaríos: la foto valentosa:
—¡Nosotros no hemos sido; ha sido este!
Juanjo y Porfidio fueron ajenos a este caso contado en las noticias. El primero porque no quiere entenderlas, y eso que cabezón tiene, que ganó el concurso Gran Cerebro Internacional de Guangdong, al no poder cuadrar una foto de su calabaza en un selfie, y el segundo por padecer una rara animadversión a esa pantalla, porque a la otra…Virgen de las Teclas. Paró Porfi a Juanjo en otra tienda de amarillentos para comprar periódico escrito en chino, antes de dejarlo en su multinacional cochambrosa. Juanjo lo descargó todo y se despidió de su colega:
—¡Adioh amigo, glasiah!
Porfidio llegó a su choza a la hora de comer guiso de Fligida, cosa que hizo nada más ponerse un par de canciones en su teléfono espabilado y ver si tenía algún mensaje de alguna candidata; ¡y sí lo tenía! Fina se llamaba con foto completa, muy bien arreglada, con ojos achinados que amedrentaron al seductor virtual en un primer vistazo, pero se armó de coraje pidiendo chatear esa misma noche. La mujer se presentaba como una divorciada inundada de simpatía, con una hija apasionada por los estudios, trabajadora en una boutique con apariencia de gustar por su moño, pantalón negro que ensalzaba su elegancia y jersey de cuello de pico. Su lema “vive la vida con pasión” encajaría con la filosofía porfidiana de “arrímate que verás”, yendo la charla de los internautas sobre ruedas. Porfidio echó el resto:
—Si quieres, este fin de semana te invito a comer y nos conocemos.
—Uy, ¿de verdad?, ¿y dónde me llevarás?
—Es una sorpresa; ponte tus mejores galas que yo invito con sumo gusto.
Fue de tal sutileza el envite, que Fina lo aceptó intrigada como su primera cita con único novio, el padre de su hija, ya difunto maestro encofrador. Fina no acabó el instituto, ¿necesitaba retomarlo?, ¡ni pensado ni imaginado!, porque aparte de sacar adelante a su cría ha leído tres libros por año en los últimos diez de abandono. Es una verdadera joya, merecedora de amor sin cobardía a las primeras de cambio, con unos pasos tan suaves y una voz tan finamente esculpida, que dulcifica cualquier estancia, dejando a la altura del betún a la más digna condesa de la ciudad, viviendo en una casa de planta baja cerca de la Gran Gallarda. Porfidio se toma un respiro con esta oportunidad que no debería desaprovechar, intuyendo la situación de Fina, que no está para volver a criar sino para amar locamente y vivir. Los días previos a la cita fueron de visita a los orfebres de la paciencia, creyentes en la buena dirección del hombre que visita empresas sin parar y sin suerte:
—¡No saben lo que se pierden, padre! —les suelta mintiendo como un bellaco.
—¡Di que sí, hijo!; y si te cansas de hacer entrevistas, tu despacho te espera. Toma hijo, que no te falte dinero y cuídate, que eres lo único que nos queda a tu madre y a mi.
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