Capítulo uno. Paritorio y legado
Vienen de la sierra, de Puntillas, Los Almendros y otros rincones en hordas para aclamar al dios del chateo profesional. La gente va agolpándose en una calle salón mirando a un quinto piso con un balcón solitario, esperando a que asome su cabeza para lanzar piropos. Un tumulto empieza a hacerse molesto para quienes quieren subir primero, y las discusiones se ven, oyen y sufren desde un lado a otro de la calle. Hay un clamor popular para que salga a saludar y empiece a distribuir turnos de subida a la cueva del amor o el consejo sentimental. Cuando la situación parece que va a descontrolarse, llegan dos furgones de la policía para acordonar la zona y poner orden, estableciendo una línea de seguridad y creando una cola cívica. En la cocina del protagonista hay un teléfono móvil sobre la encimera a punto de arder, pidiendo tiempo muerto, vibrando a saltos desde bien entrada la mañana. La manifestación con pancartas y cartelería improvisada se hace agobiante en el vecindario. Los agentes son bien recios de complexión para imponer buenas palabras o saber estar; los han traído de otra ciudad, porque en esta donde está pasando lo narrado, no hay aniquiladores del desorden. Sus habitantes solían vivir pacíficamente sin apenas altercados ni delincuencia que los preocupara, hasta que llegó este individuo a alterarles la existencia. Se llama Porfidio Valentoso, aguerrido maestro del manejo de la redes de contactos por internet. Todo empezó con la visita de un vecino soltero, que según el primo de un conocido suyo, no daba abasto con las citas, consiguiendo conocer el alma humana como nadie en el universo, llegando a ser invitado a comer o cenar en los mejores restaurantes, por simplemente escuchar a la gente deseosa de soltar lo que llaman problemas. Pero a él le da lo mismo, porque con todo lo que le habían contado se propuso ser el mejor de la categoría con un apodo apropiado, además de cosido a un pico de oro listo para servir a espíritus solitarios y acompañados, aunque también muy solos los últimos. Ha vendido sus cortinas para poder tener algo en el bolsillo e invitar si es preciso, que debe darle por lo menos para una infusión de aguas místicas o lo que se tercie. No se le espera en ninguna oficina los días de semana, pues este trabajo requiere entrega vocacional. A la vista está el trajín montado en la calle con altavoces y luces de coches patrulla:
—Por favor, póngase en fila ordenada y esperen a su turno por mensaje al móvil; muévanse por favor y guarden cola; servicios sociales vendrá con comida caliente para quienes hagan noche aquí.
Así está la cosa de seria y pública en el barrio, con un ajetreo nunca conocido hasta entonces. Llega el momento del saludo desde el balcón de su casa, con vítores, silbidos así como algún comentario subido de tono para la hora que era:
—¡Ya te voy a dar pasión cuando suba, que vas a ver a tus ancestros!
Qué delirio para Porfidio ver a una marabunta de gente peleando por estar con él para compartir confesiones, u otras cosas del montón de la sábana y el calor corporal. Su apellido no aparenta caché que valga, y el linaje familiar por su lado paterno ha hecho el resto, al pertenecer a una saga de terratenientes desinflados en honor a la nefasta gestión de su abuelo, el inmenso Ambrosio Valentoso, un hombre con una cabeza enorme para todo menos la administración eficiente de sus bienes. Eso sí, de cintura más caliente que la brasa de olivo, con la abuela aguantando lo que le viniera. Ambrosio tuvo que arreglárselas para desprenderse de unos terrenos bien grandes a precio que insulta al más tontaina, aunque gracias a su sufrida esposa pudo conservar algo, no sin antes creerse el más espabilado de la tierra que los rodeaba, insalubre y penosa. El orgullo lo mataba, siendo la mismísima vida la que lo castigaba con cada una de sus fanfarronerías. Amantes tuvo las que el hombre quiso debido a su aspecto; el nieto va por el mismo camino pero con otra fachada, ya que de pecho ancho es, armado con un cerebro anormal, piernas de esprínter, y brazos de mecanógrafo neumónico; le falla el trasero cuando se altera, pues más bien parece una metralleta, y eso no es erótico: cosas peores se han visto y olido. Las cuentas del abuelo eran perfectas hasta que la Señora Pirilia servilmente pedía que se las enseñara, dando con la fatalidad o error de cálculo del infame campesino, que no admitía fallos:
—¡Calla mujer, que tú no sabes de esto!
Cítricos, frutales y animales de granja sustentaban el falso poderío de Don Valentoso, con sus ingles en posición de disparo siempre que la ocasión se lo permitió. Para él todo fue a base de pelotas sin pedir consejo a su intuición, y cuando la mente no se trabaja, ¿hacia dónde va el cuerpo?: al terraplén de las desgracias. No pasa nada, como él solía decir:
—¡Aquí estoy yo para lo que se presente!
Herencia de su abuelo, como no podía ser de otra manera en una aldea cercana a la ciudad, donde el nieto pretende construir gestas de la misma índole. Ambrosio era conocido por su planta bien pasado el metro ochenta, y una altivez que desprendía desde que salía el sol hasta que se marchaba, para reírse de otros hombres como este. Tenía nada más que una amistad, Francisco el Pausado; lo era por pena hacia su amigo; los demás, ninguna. A quien sí valoraban era a Doña Pirilia, su entereza y clase, soportando como una señora de enorme categoría las idas y venidas del poseedor de la verdad absoluta. Era una mujer menuda, con una melena castaña que dejaba a sus vecinos sin habla. Siempre con una sonrisa, guardando dentro de sus tripas una frustración enorme al no ser escuchada por el esposo prepotente. Todavía se recuerda en el pueblo el entierro de Ambrosio, con su viuda sin soltar una sola gota de pena suspirando de alivio:
—Anda hijo, descansa que ahí estás bien
Porfidio era muy niño cuando toda esta realidad ocurrió; quería a su abuelo con la ignorancia comprensible de una criatura inocente, siendo encima el único nieto que tenían. Ambrosio y Pirilia crearon un vástago, Pingralio el Cachondo. Su madre le inculcó el trabajo muy bien hecho con extrema humildad, porque el gran padre permanecía casi siempre ocupado, amasando ridiculeces llamadas tratos, adelgazando lo que pudo haber multiplicado por cien, para finalmente dividirlo por toda la aldea sabe cuánto. De este modo, el papá de Porfidio junto a unos pocos ahorros que su madre escondió, marchó de joven a la ciudad para estudiar gestión comercial en una academia que tenía fama de colocación segura. Pirilia se sintió completa al hacerlo, evitando que su único ser tomara los derroteros del insignificante padre. Las declaraciones de Ambrosio respecto a este asunto ahondaban su poca inteligencia, algo que su hijo supo muy tempranamente:
—¡No sé para qué estudia Pirilia, un Valentoso no lo necesita, yo puedo enseñarle de todo!
No le salió la jugada bien gracias al cielo. Esta vez no logró estropear a la segunda generación. La tercera parece acarrear la misma genética, de huevos por encima de todo e igual de soñador y creyente en su destino, con la salvedad de poder tener una formación académica adecuada, con los tiempos que corren. Es la única verdad sobre lo que puede acontecer al muchacho, que no se amilana de momento, pero ya vendrán duras teniendo que afrontar su existencia de una forma más humana y natural. Aún así, el recuerdo de su abuelo le marca, pretendiendo honrarle por caminos que no le convienen. Conociendo ya la verdad sobre el caso Porfidio, su nacimiento fue una fiesta para las dos familias, con tintes de escándalo, pues la criatura salió al mundo real ejerciendo de manoseador tempranero con los ojos bien abiertos, tal y como advirtió la comadrona entre risas, acompañada siempre en cada parto por el equipo de sacacabezones, y una radio colgada de la pared que daba las noticias para hacer amenos los dolores de las parturientas:
—Si se está tocando la cuca el pillastre; tome Fligida, aquí tiene a su pistolero.
La madre casi muere del disgusto:
—¡Ay señor, la de problemas que va a darme!
Tenía tres años y no dejaba de sobar su pilila (ni de mirar el trasero y las pantorrillas de la que le parió), unido a su esfínter que era una máquina de soltar inmundicias de carácter radioactivo, hasta el punto de provocar vómitos a la pobre señora en cada cambio de pañales. Tuvieron que pedir auxilio en la aldea de los padres de Pingralio, porque Fligida, por más que se esmeraba, no podía con sus espectáculos escatológicos adornados con manoseo de partes nobles. El culo de Porfidillo era un gasoducto de producción alarmante, con su mamá teniendo que abrir las ventanas de la casa a todo momento para no asfixiarse ni perturbar el medio ambiente. La hora de comer, otra odisea con más de cuarenta minutos de entretenimiento para tres cucharadas de papilla; el monillo ni comía, ni bebía ni dejaba vivir con sus nervios. Terminada la hazaña del cebado, este cachorro dormía en el salón comedor del piso del matrimonio, que entonces podía disfrutar de una delicia de olla. Era la década de los setenta y no les iba mal ni a Pingralio ni a Fligida, viviendo en una ciudad perteneciente a un país que salía del oscurantismo, camino del despelote moral. Pingralio se construía en esos tiempos como un prometedor comercial de productos de bricolaje, muy serio y querido en el gremio. Tenía su propia representación de varias fábricas del norte del país, gente fiel donde se busque. Empezó en un bajo alquilado a su padre que estaba casi en la ruina, y que sirvió para una jubilación con una pizca de decencia, a pesar que Ambrosio seguía pregonando que nunca metía la pata. Todos los meses llegaba el dinero a casa de los abuelos, llamando la madre al hijo para agradecérselo, como si cada día uno le salvara la vida:
—¡Gracias hijo mío, si no estuvieras tú!
—A ver mamá, deja de llorar. Yo lo hago con gusto, que tú me has ayudado siempre
Pero Pirilia se consolaba con él por no haber tenido un marido normal; y Pingralio lo sabía:
—Hijo, tú no sabes lo que tu padre me ha hecho pasar y lo tonta que he sido yo por consentirlo.
El papá de Porfidio era un devoto de su madre, practicando respeto muy en la distancia hacia el sumo sacerdote (“sabio” Ambrosio). No quería que su mujer y su hijo pasaran por lo que Santa Pirilia padeció, y con toda justicia, Pingralio consultaba cada gestión de su negocio con su esposa, que a pesar de no haber hecho el bachiller, poseía un doctorado en intuición femenina sin fallar. Se alojaban en la Avenida de la Prosperidad, en un edificio de siete plantas conocido como el Bloque de los Únicos, al vivir en él matrimonios con una sola criatura o algún que otro vecino sin hijos que valieran o se conocieran. Este mamotreto alojaba trabajadores, médicos y otros funcionarios tanto del estado como de la recién estrenada región. La patria despertaba de una anestesia muy potente, estando en sus primeros pasos, camino a un cachondeo que tardaría unas décadas en cuajar. No querían los creadores de Porfidio y otros padres que la tan necesitada libertad se echara a perder bajo el paraguas del todo vale, tratando de preservar el orden, obligando a sus hijos a hablar correctamente. Porfidio Valentoso tenía un don: no llegaba a los cuatro años y leía los periódicos con la erudición de un catedrático. Su portentoso cerebro era acompañado por una cabeza gigante, pegada un cuerpo de chiste; parecía un caramelo de palo compensado por una gracia natural que hacía las delicias de sus compañeros de edificio, sacando siempre sonrisas a mandíbula abierta. Uno de los vecinos de su misma planta siempre le lanzaba una pregunta:
—A ver Porfidio, ¿qué son las monjas?
—¡Unas amargadas y reprimidas!
Fligida se escandalizaba enrojecida como un tomate, dando palos en el culo al mono que no entendía el castigo:
—¿Por qué me pegas mami, si a lo mejor estoy en lo cierto?
—¡Porque esas cosas no se dicen, maleducado, que vas a matarme a disgustos!
Nada frívolo recorría la gigantesca cabeza del niño, fijándose en cómo iban vestidos sus compañeros de pupitre, a la vez que atinaba con precisión cirujana al componer frases y realizar cuentas sin inmutarse; sus nervios lo traicionaban más de la cuenta y los maestros ya lo conocían:
—Señor, ¿puedo ir a hacer pis?
—Sí Porfidio, ve hijo, ve.
A su favor estaba la pasión por la higiene personal; ni falta hacía insinuarle que el baño estaba listo para ir corriendo a disfrutar del agua con espuma y gel, mientras la madre rascaba su cabeza buscando ahuyentar a la posible legión de piojos. Él se recreaba con unos juguetes sin alma, flotando sobre un agua azul que protegía a un cuerpo minúsculo, sujetado por una mente poderosa e incansable en pensamientos guarros pero muy hondos. Su padre entraba cada noche en casa, harto de hacer números tras comprobar la llegada de la mercancía diaria; dejaba su abrigo en el perchero de la entrada al gran piso que con tanta ilusión disfrutaba; era como estar de vacaciones por obra y gracia de Fligida. Antes de dirigirse a la cocina y dar un beso a su mujer, iba a la habitación del demonio para verlo dormir pero no soñar, porque mejor era no saberlo. Después se sentaba con la dueña de su casa para despachar asuntos del día, escuchando ella muy serenamente; la tortilla de patatas con cebolla y el vaso de vino comprado en la Bodega el Beodo eran mano de santo para los dos. Una mujer tan sosegada como Fligida no podía obtener un marido más agradecido que Pingralio. Natural de la aldea de Los Blancos, Fligida Fernández Pérez venía de una familia apodada los Tranquilos. Conoció a Pingralio en la verbena de las fiestas del pueblo, celebradas en Abril, cuando la arboleda que presidía la calle principal producía un color realmente mágico, haciendo de este lugar un sitio hermoso sobre el que pararse a mirar con quietud. Fligida era experta en costura y sabiduría de mujer, con la educación no como bandera, sino por forma de ser: callada, sufrida, elegante y fina, con una melena repleta de poderío, que con frecuencia recogía en un moño para evitar pasiones que ni loca de amor pretendía desatar. Sus padres, Herminio Fernández y Blasa Pérez venían de otra aldea todavía más pequeña pegada a la falda de Sierra Blanca; regentaban una tienda de ultramarinos, que la gente aclamaba por el trato exquisito hacia su clientela. A diferencia de Ambrosio, Herminio era humilde y recto en la gestión de su pequeño negocio. No se fiaba salvo a una familia de pobres que pagaba tarde pero muy bien, haciendo matanza semanal para luego despachar con mucho agrado, cuadrando unas cuentas lo suficientemente buenas para mandar a su hija única al taller de confección de Villa Gallarda, lugar al que acudía la jovencita con puntualidad prusiana y sin lamentos. La joven desprendía cariño y respeto al unísono, lo que hizo despertar el interés de la jefa del taller, Doña Anunciación Alvarado o la sobriedad en persona. A Fligida la tuvo como la hija que jamás llegó a arropar, pues soltera se quedó tras un descalabro amoroso, al ser abandonada el mes antes de su boda. Fligida pasó de aprendiz a costurera en tiempo récord, escalando de hacer arreglos a la mercería de Doña Anuncia. Ya ganaba un poco de dinero en su tránsito de chica a mujer sin atender al público, porque no era lo suyo; prefería coser, arreglar embastando telas al igual que llevar la caja de la pequeña empresa con la eficiencia de un contable experto, sin necesidad de tener el título de economista. Tenía la total confianza de la dueña cuando proponía ideas propias de una ejecutiva de ventas:
—Doña Anuncia, ¿cómo ve usted que ofrezcamos descuentos por cliente a mayor número de prendas que nos traigan?; tengo las cifras de lo que podemos ganar.
—¡Hazlo hija, muy bien!; lo dejo en tus manos para que las dependientas lo pongan en marcha.
Fligida corría a la mesa de madera que había junto a la de costura, abarrotada de alfileres, trozos de tela, alguna falda a medio terminar y cinta métrica. Sobre esa tabla estaban ya las cifras hechas de lo que se podía ganar en cada prenda que se trabajara, con Griselda y Jacinta de fieles dependientas, siguiendo sus directrices. Aparecía en casa de sus padres al anochecer con la tienda ya cerrada al público; cenaba sin hacer ruido al masticar o sorber, para después meterse en su habitación, cerrar los ojos y no pensar en lo que pasará el mes que viene; lista como ella sola le valía el hoy y el ahora, ya que para tener una buena perspectiva de futuro, le importaba el presente bien simple. Pero la moza hallaba en sus sueños la ilusión de encontrar a un chico que la quisiera a corazón abierto, con esa sinceridad que cala en las médulas al recibir un beso tras otro, nada más poner los pies en el hogar que los dos construirían con cimientos indestructibles, no dando demasiada rienda suelta a sus instintos. De señorita a dama el paso fue sin sentir, yendo de las verbenas al altar mayor del Ministerio de Dios, al lado de un señor grabando en sus sesos el deber como hombre que ama, enseñado por su madre: ser amable, muy cariñoso con su esposa y un escuchador de primera, para no caer en los pozos de Ambrosio. No era cuestión de sentirse menospreciado, tal y como le decía Santa Pirilia:
—Hijo, no eres menos hombre por escuchar y ceder cuando te toque; dejas de ser hombre cuando no lo haces; reconoce su valía y te hará feliz como a nadie.
La memoria venía en sus ratos de soledad al hacer gestiones comerciales. Fligida le preguntaba cada noche en la cena cómo le había ido el día, y Pingralio como de costumbre respondía con franqueza:
—Muy bien; la verdad es que las ventas van muy bien. Te he traído los pedidos y los pagos por si pudieras echarles un vistazo; ¿y el nene, cómo se ha portado hoy?
—Me va a matar, no puedo con él; parece un hombre obsesionado con las mujeres que habla mal de las monjas, ¿tú crees?
Pingralio se reía sabiendo que la crianza es un suplicio digno de admiración. El materialismo no campaba a sus anchas, y la tecnología tardaría un poco en llegar para embrutecer lenguaje y las cabezas. Villa Gallarda, la pequeñita ciudad, se estiraba con desparpajo: el barrio en no muchos años pasaría a ser conocido como pleno centro. El tiempo como juez implacable haría pasar a la sociedad gallardiana, de la sencillez a la opulencia, o lo que es lo mismo, de la cordura a la estupidez. Los padres de familia que podían permitírselo creían sin dudar en la educación religiosa, mandando a colegios católicos a sus hijos a costa de horas extra de trabajo. La represión impuesta en la sociedad mucho tiempo atrás, dejó incrustada una seguridad en las calles aún sentida, algo que permitió que Porfidillo el Salidillo con sus vecinos Anselmo y Juan Carlos, fueran andando al Colegio Hermanos del Sagrado Calvario (infantil). Ya tenía cada uno de los religiosos su mote, como no podía ser de otra forma, y Porfi junto a sus compañeros de clase, disfrutaba hablando por lo bajini entre lección y lección. Una mañana cualquiera, el Hermano Estreñimiento, Don Jose Antonio Echevarría López, empezó a repartir las notas del último control de Ciencias Sociales, soltando en el turno del cabezón del grupo:
—Porfidio Valentoso, un tres; por ahí vas requetebién hijo mío.
Respuesta de Porfi:
—Jo, encima de suspenso hijo ilegítimo; qué disgusto.
La que se lió en clase, con más de treinta chiquillos riendo y jaleando al respondón, fue propia de una comedia de locos, con el religioso gritando a diestro y siniestro. Dos niños bailando encima de las mesas, con otros tantos correteando para celebrar el descaro del delincuente, dieron con una llamada a casa de Fligida para que fuera a recoger al crío, previa charla con el director del centro, el Hermano Colitis. El niño cabizbajo al lado de la madre que le clavaba puñales con la mirada, escuchando el sermón de un hombre que hablaba y observaba contenido las piernas de la mujer:
—Señora, su hijo no se comporta como debe; es muy inquieto, molesta a sus compañeros y se proclama el jefe de la clase para hacer trastadas.
—Es que yo creía que mi papá era Pingralio, y ahora es el Hermano…¡Jose Antonio!
Fligida le suelta un capón caliente y rápido; el director Don Pedro Álvarez Quintana, Doctor en Filosofía, imagina a esta gran señora en ropa interior, y siendo acariciada por sus manos creyentes en el más acá que allá. Aguanta la mirada un momento para dar un aviso serio, rogando corregir la actitud de su hijo. Se marchan con el cogote del niño color cerezo japonés por no hacer una a derechas, sin poder aparecer por clase en lo que queda de día, a la vez que atiborrado de deberes. Es obligado a comer un plato de lentejas con chorizo y tocino ya frías, y de siesta nada de nada, que tiene que hacer todas las tareas para la clase siguiente. Porfidio no pide ayuda a la jefa que bastante cabreada la tiene, harta de repetirle que si tiene dudas que pregunte a sus maestros que para eso están, y atienda un poco más:
—Mamá ya he terminado, ¿puedo ver un poco la tele?
—¡Vas a ver el guantazo que te voy a dar!, ¡te metes en tu habitación y a leer!
Esa tarde fue una tragedia, siendo las clases sin él un funeral de estado, con la comidilla en su momento cumbre. Para evitar problemas futuros, el hermano que no suelta lastre empezó a tomar pastillas para la tensión, sintiendo que la guerra no había hecho más que comenzar.
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