A solas con la libertad. Capítulo 9

Difunde cultura

Capítulo nueve. Abundancia.

Tiempo llevaba sin tener prisa por ir a cualquier sitio, pero esa mañana aparecía por el despacho de su padre, corriendo al trono con los pantalones casi bajados; eran los nervios del estreno, al no querer defraudarle llegando tarde; la caca no llegó al río. Le esperaba una mesa rectangular de aglomerado nada trillada, y adornada con un ordenador portátil plateado sin abrir, unos archivadores listos en la estantería a sus espaldas, para pasar de papel a pantalla con tarea de sobra toda la mañana. Iba a estar entretenido y no le disgustaría; le daba lo mismo, ya que no tiene recuerdos de haber perseguido una vocación que le habría hecho dejarlo todo. Porfidio se afanaba a la espera de atender las primeras llamadas de teléfono con éxito, con ese modo de hablar tan académico, tan del medievo. Su padre pesaba en sacar la buena naturaleza del hijo, ayudado por el trabajo y las habilidades de su lengua para la rama comercial. Pingralio necesitaba descansar, dejando su despacho a media tarde; Porfidio recuerda las veces que se dormía, sin poder ver a su padre de vuelta de su trabajo, y se empleaba más a fondo con el manejo de la base de datos de clientes y proveedores, gracias al programa de facturación en una semana. Cuando Diego Miguel lo vio entrar y tras su episodio con el váter, le dio un abrazo de padre; el viernes de esa semana fueron los tres a almorzar y hablar de trabajo en horas de trabajo; durante esas jornadas tan instructivas, recibió mensajes de sus amadas; se negó a quedar con ellas por orden divina de Don Salvador; prefirió ver a sus amigos, que lo habían dado por caso perdido, sin poder creer todo aquello que su corazón estaba sintiendo en los últimos tiempos:

—Tú no eres el Porfidio que jugaba con nosotros en el patio —decía Juan Carlos.

—¡Nos lo han quitado! —refunfuñaba Anselmo.

—¡Que no!; es que he conocido a una persona que me está ayudando mucho; es un señor mayor, quedo con él de vez en cuando.

—Cuando Joselito se entere. ¿No crees que uno de nuestra edad te vendría mejor?; sabíamos que eras un depravado, pero esto… —dijo Juan Carlos apenado.

—¡Animal, es un amigo que me aconseja muy bien!; escuchar es la clave si no queréis ser conformistas de la vida —dijo Porfidio a sus amigos.

—Nosotros no somos conformistas, ¿o sí? —se preguntaba Anselmo.

—Yo necesito vivir; hay que pasarlo bien con la cabeza en su sitio, porque si no, ¿qué sería de nosotros? —palabras de Porfidio.

Juan Carlos y Anselmo estaban petrificados con las disertaciones porfidianas, nacidas de un día de misa, con un menú de menos de nueve euros. Sus dos amigos quedaron en verlo en otro momento. Comía y cenaba paz con su móvil en modo silencio, cuando otro domingo más acudía al rescate de un hombre muy solo, que había recuperado la ilusión con su aprendiz y protegido. Don Salvador dejó de tener esa cara tan agria para escuchar música clásica mientras desayunaba, limpiar su casa y recorrer los barrios nuevos, pudiendo comprobar el crecimiento de la Real Gallarda, aupado por el racional y colorido urbanismo de la dueña. Pasaba sin saberlo por el edificio en el que Porfidio se crió, pegado al casco viejo; el edificio de los únicos ya no rebosaba de vida, al estar ocupado por matrimonios sin más compañía que ellos mismos con sus recuerdos. La comunidad propuso reunirlos a todos en una comida vecinal, para que recorrieran con cariño el cuarto donde guardaban las bicicletas, y el patio en el que jugaban al fútbol. Joselito vino con su ya marido de incógnito, como es costumbre en los dos, y con la billetera queriendo escupir. Estaban emocionados al ver la suerte con la que había pasado sus infancias, sin bombas ni penurias económicas que los habrían dejado tumbados o en la cárcel. Una sala de Los Tres Girasoles estaba reservada para la ocasión, con una silla vacía para Silvio:

—¡Qué escalofrío, parece que alguien me ha tocado! —dijo Joselito.

—No delires José, será el hambre —palabras ignorantes de su Floriano.

Se rieron los vecinos con el susto de Joselito. Juan Carlos y Anselmo notaron algo en sus hombros, y Blanca con su hijo pataleando, sintió que alguien más estaba con ellos; Porfidio no dejó de tener a Silvio a su lado, que vio cómo su gente comía a placer delicias cocinadas por artistas, con el galardón de Miembros de la Sociedad Gastronómica Gallardiana. Joselito apoquinó la fortuna que costó el banquete, dejó una propina de agárrate y no te menees, cerrando el restaurante a media tarde para el equipo de creadores y sucesores. Fligido, Pingralia, Diego Miguel, su mujer Ana y los padres de Joselito, pillaron tal melopea, que volvieron a sus casas pagando taxistas. Los hijos se fueron a sus refugios salvo José Arzuaga y Floriano, que durmieron en casa de Porfidio. Conversaron hasta las tantas para irse a dormir con sábanas compradas por el colgado, y estrenadas por los artistas; se sintieron como en el chalet reformado a su gusto, en una urbanización exclusiva de la ciudad: como en su casa. Floriano conocía por boca de su José la niñez tan buena que Porfidio le dio, sin dejar de lado a los otros. Para Joselito, es un alma de encomiable fragilidad a la que cuidar; Porfi lo defendía de las faltas de respeto del pobre Silvio; ahora han cambiado las tornas, y Joselito es el que quiere proteger a Porfidio, intentando ayudarle a ir por el camino que necesita tomar. Desayunaron en una cafetería del barrio, con admiradores al otro lado de las ventanas; dos mujeres de su misma edad se acercaron a pedirle un autógrafo, que José firmó con amabilidad; Porfidio se sentía alguien importante:

—Anda, ahora va a subir tu cotización; si supieran lo que éramos de críos —decía Joselito a su amigo del alma.

—Unos soñadores, con la diferencia que tú lo hacías por algo real, porque naciste para ser lo que eres; yo sigo soñando —Porfidio replicó con sentido común.

Joselito percibía el cambio en su amigo, camino de la realidad tan cruda y agradecida; de todas formas no dejaba de fiarse del todo, a tenor de lo que soltó cuando llegó el coche con chófer que iba a recoger al modisto y su cónyuge:

—¿Es que has contratado a un coronel del ejército del aire para que os lleve a casa?

—¡Estás chalado!; es un favor de una amiga mía.

—Bueno hombre, no te pongas así que estoy cambiando; dadme un abrazo y cuidaos mucho, que sois el estandarte de los opulentos.

—Lo que yo te diga; como una cabra; vamos Floriano, ¡y dile a estos que volvemos pronto!

Floriano se despidió de Porfi con ganas de volver, comprobando el heredero del Imperio Arzuaga lo merecidas que son las amistades sanas y trastocadas. La pareja llegó a la hora de comer a su chalet con piscina climatizada, pisando suelo de mármol de Macael con un menú a mantel puesto exquisito; arroz y marisco fresco, con tacos de atún rojo comprados esa misma mañana en el mejor mercado de abastos de la ciudad de locos de verdad; son de cuchara fina y tenedor delicado, gastado a golpes en el alma, pudiendo permitirse eso y muchísimo más. El menú diario lo confecciona su cocinero, para luego disfrutarlo con todo el servicio de la casa; los dueños de la mansión se han criado en un ambiente de humanidad que no ha sobrado, vengan los tiempos que vengan; por eso los reúne Joselito a diario, y se chupan los dedos con esas viandas, salvo los días que el jefe y su consorte están de viaje; dan mil vueltas a sus vecinos arrogantes por faltos de cariño, no relacionándose con ellos. A esa misma hora, otro domingo sin igual tocaba la puerta de Don Salvador y Don Porfidio, con bacalao en salsa verde ordenado por el ayuntamiento, para tener un poco calmado al obispo renegón; la imposición de pescado el último día de la semana en clubes de jubilados, hospitales y residencias de ancianos, venía de unos ovarios porreros que aplicaba la máxima de ser lo que se come, metiendo el guiso de pez al Parlamento de Insanos de Conciencia, a condición que Eladio apalee ya muertos a los pobres animales el día anterior, como ejercicio antiestrés. Hay una calma en la ciudad típica de un pueblo sin noticias importantes que chismorrear, si se quita la que da la televisión en las cadenas para todo el país como un curioso caso de estudio: la sala de oncología del principal hospital de la ciudad está casi vacía, ocurriendo lo mismo con los dos más jóvenes, inaugurados por la reina de la llanura. Corriendo como un bulo interesante, disparó el turismo y alimentó la leyenda de, quien se instalara en esta ciudad, iba a vivir mucho y bien. Era un hecho atrayente a otras familias de provincias lejanas, hasta del otro extremo del país para encontrar la manera de trabajar y echar raíces en este paraíso. Fama tenía además por ser una ciudad con habitantes que cuidaban el lenguaje con esmero, dando la misma importancia a la asignatura en colegios, institutos y universidades que a las ciencias de cualquier especialidad. Gallarda cogía prestigio al son de los botafumeiros con hierbas de la alcaldesa, sacando a los feligreses con carcajadas y visiones celestiales que duraban días. La felicidad de gallardianas y gallardianos era la prioridad de tía y sobrina, consiguiéndolo con admiración y cachondeo del resto del país a partes casi iguales. Salvador volvía a abrazar a Porfidio:

—¡A mis brazos chico!

—¡Don Salvador!, ¿cómo está?

—Ahora bien.

—¿Es que se encontraba mal usted?

—No chico; estoy tomándote aprecio, nada más. Ya sabes que no he tenido hijos.

—Pero seguro que sus hijas son mujeres estupendas.

—¡Sí que lo son!; y dime, ¿cómo vas de amores?

—Demasiado bien Don Salvador; no me dejan parar hasta que suplico.

—Bien chico, bien. Cuando una mujer ama lo hace con el alma, pudiendo destrozar al más fuerte; nadie escapa a los ojos de una mujer, ¡o los de un hombre con la sensibilidad de una mujer! ¿Sigues escuchando?

—Sin dudarlo Don Salvador.

—Bien chico; debes tener el valor de parar una relación cuando no te llene.

—Me queda todavía un poco para cansarme, ¡si llevo media vida aguantando!

—¿Y tu trabajo?

—Bien Don Salvador.

—No lo dices con entusiasmo; eso significa que no te alimenta.

Ya en casa del padre adoptivo, y con una copa de licor en la mano, la charla continuó:

—Dices que no te llena el trabajo; ¿tienes opciones?

—No señor, y eso es lo que me preocupa; mi felicidad están en juego, y no quiero dejar a mi padre tirado. Tanto él como mi madre son bellísimas personas, y no quiero hacerles sufrir más.

—Pero has de ser valiente y construir tu destino. Quien no lo hace se condena a repetir la historia familiar; ¿cuántos profesionales no debieron ser por seguir la tradición, y echan a perder sus vidas y las del resto?

—No conozco esos casos Don Salvador.

—Yo he visto alguno que otro; debes y tienes que ser tú desde que te levantes hasta que te acuestes; es el único camino para irte satisfecho con los grandes creadores, los que nos vigilan. Alimenta tu alma con cosas y formas de vivir que te hagan sentir bien cada día, construye tu destino; tu padre tendrá suficiente dinero como para vivir con tu madre sin preocupaciones lo que les queda de vida, así que debes encontrar tu camino, y créeme que te vendrá la señal, porque lo bueno viene cuando estamos preparados para que llegue, que normalmente es cuando lo necesitamos, no cuando queremos. La vida nunca es completa y siempre pagarás por lo que obtienes, llevando cuidado en no ofender a quien no te lo ha hecho, y si te hacen daño, castiga con el látigo de la indiferencia. Trata a todos por igual sin que importe el tamaño de su monedero, pero no seas demasiado bueno, o sufrirás más de la cuenta, que tú también tienes unos intereses. Cuando dejes de sentir con alguna de las chicas con las que estás, díselo con educación, porque ellas no se merecen desprecio de tu parte, y volverán o no a ti, pero siempre te recordarán con afecto. Quiere mucho a tus padres porque han sufrido por ti lo que nadie va a sufrir, ahora sobre todo que los tienes vivos; llévalos a tomar un café un sábado o domingo por la tarde así sin planearlo, y cuéntales cómo te sientes, y lo que significas para ellos. Ama a tus amigos porque son capaces de sacarte de la muerte. Ama mucho Porfidio, todo lo que puedas, y nunca dejes de luchar por tu destino defendiendo tu posición; serás tan feliz que ni te lo creerás.

—¿Usted cree?

—Por supuesto que lo creo; nos vigilan chico.

—¿Quiénes nos vigilan?

—Si piensas que este mundo es una casualidad te equivocas.

—¿Un ser supremo?

—Un consejo más; si das con una mujer casada, cosa que no te aconsejo que hagas, compra el gel de baño, el champú y el perfume que ella utilice, con el fin de eliminar sospechas en su casa.

—Entendido; ¿lo veré el domingo próximo?

—Espero que sí chico, o mejor dicho proyecto de hombre; tu evolución es admirable.

—Déjeme preguntarle algo; ¿cómo habla tan bien nuestra lengua?

—Porque me obligaban, nos obligaban en la escuela y en los talleres de oficios. Era una orden que viene siglos atrás del hombre que fundó esta ciudad, pasando el testigo a sus familiares, que son los que realmente mandan aquí, ¡y nadie les tose!, porque somos los ciudadanos más felices del universo salvo algunas excepciones, claro está; ese gran hombre merece el mejor de los legados que Gallarda puede hacerle, y es cultivar este tesoro que tenemos y nadie nos quitará; hay gente de la ciudad que al hablar parece de otra época, y qué le vamos a hacer. Tú y todos los que vivimos aquí somos privilegiados, ¡y nos vigilan chico, la tierra está vigilada y tú formarás parte de la historia de esta ciudad sin poder evitarlo!

—Si usted lo dice, bien está.

Porfi volvió a su casa medio entero, al quedarse meditabundo escuchando las palabras de su mago. Le atrajo todo sin desechar nada dicho esa tarde, llena de cosas en las que pensar. No era nadie según Don Salvador, ni siquiera un grano de arena desértica pegada a otros miles de millones. Más le gustó la idea de la vigilancia por parte de alguien o algo que lo ve todo:

—Si en Gallarda no hay cámaras ni policías patrullando, ¿quién fue ese gran hombre que creo lo que ahora tenemos?

Cierta era su meditación; el crimen en Gallarda es residual, se paga con el destierro, y si se vuelve para fastidiar, te envían al Edificio de los Prácticamente Imposibles o cárcel, construido por orden santa carmelitana, a una celda de aislamiento y rancho digerible por justos reos. Pero lo más intrigante para él fue la gran pregunta que le rondó toda la noche: ¿quién fue ese gran hombre? Para saber la respuesta hay que ir a la edad media, cuando un laureado capitán del ejército fue agasajado por sus reyes con unas tierras donde nada más que había trigo y hielo criminal cada invierno. Consistió la dádiva en una inmensa planicie que le permitió un retiro pacífico, pero a ratos turbado por no saber qué hacer con ese latifundio. Se convirtió Don Pedro Gallarda, Marqués de Plana, en el terrateniente querido por toda su plebe para asombro de otros nobles, pues la tiranía no cupo en su cabeza. Se unió en santo sacramento matrimonial a Doña Carmela Girada, conocida como La ausente, una mujer anormalmente bella y de mente perennemente distraída, al pasarse casi todo el tiempo tomando unas hierbas alucinógenas que le daban una alegría de vivir inexplicable. Doña Carmela y sus escasos momentos de lucidez los repartía entre la adoración a su esposo, y sus ideas revolucionarias, según se miraba en aquellos siglos. Carmela asesoraba al latifundista con astucia visionaria, transformando él sus ideas en hechos:

—Mi Señor y amado mío, ¿qué le parece si arrendamos todo este terreno, para que nuestros súbditos laboren y comercien?

—De acuerdo estoy, mi señora; se hará lo que vos a propuesto; es usted una dama de espíritu genial, cuando esos arbustos no le hacen pensar en regentes indispuestos y ángeles adúlteros; siga platicando su excelencia con su dedicado señor.

—He aquí otra más mi amado Pedro. Divida usted la llanura en dos, y mande hacer un camino para recorrerla de norte a sur, con el glorioso fin de evadirnos de nuestras gentes cuando nos plazca, que debemos cumplir los votos matrimoniales sin miradas.

—No había caído yo en semejante argucia, mi siempre deseada esposa; amada será usted por mi bravo corazón mientras viva, queriendo que nuestros hijos sean unos confundidos plenos de felicidad.

—Lo serán Marqués de Plana. Pondré todo mi empeño en dicha empresa con usted. Hagamos lo aconsejado y seremos eternos para nuestros lugareños, jamás vasallos, como algunos creen que debieran ser.

Don Pedro y Doña Carmela prosperaron por las rentas producidas de todo lo arrendado a sus ciudadanos, que hacían el mejor hierro y trigo de toda la nación en una época tan negra. El marquesado y la propiedad de la tierra nunca se perdieron generación tras generación hasta llegado el siglo veinte, con Don Pedro Gallarda Buenavista elegido alcalde de Villa Plana, cambiando su nombre a Villa Gallarda por mayoría de aplauso, y sabia administración en beneficio de sus ciudadanos. Su Excelentísimo Regidor multiplicaba ganancias, invirtiendo lo que obtenía con el alquiler de sus tierras en obras públicas y prestamos a comerciantes, con condiciones sin competencia por parte de la banca. Así pudo conservar su imperio, inculcando el mantenimiento y crecimiento del mismo a las actuales herederas, sin olvidar que Don Pedro cultivaba unas hojas milagrosas que quitaban el dolor y la mala uva. Fumadas o en infusión se convertían en el delirio familiar, llegando a su vejez internado de forma voluntaria en el Centro Municipal de Pensionistas Creativos. La mujer de Don Pedro lo acompañó hasta el fin de sus días, tan zumbada y bonachona como él, con su sangre continuando la saga familiar de tocados del ala hasta el presente. La sobrina de la Gran Doña Carmela es la dueña y señora de todo el suelo sobre el que se asientan la ciudad y sus alrededores:

—Tita, ¿qué hacemos con este ladrón?

—¿Es de mi partido o del otro?

—Del nuestro tita; del otro hay uno que promete para mal.

—Pues los dos al Centro de Inadaptados Sociales.

De corruptos al loquero, que Eladio y su pandilla necesitan sacos vivientes para las clases de kárate, con los juzgados archivando sus recursos de inocencia de raíz:

—¡No nos deis más hostias, por favor! —suplicaba uno de los recién ingresados al centro.

Políticos no fiables en el loquero, cosidos a guantazos al bostezar el sol, mientras grupos interminables de japoneses fotografían las clases a precio de oro, no se puede pedir más, ¿o acaso sí? Carmela fundó con dinero público, su dinero, una fábrica de medicamentos para los hospitales de Gallarda y fuera de ella, llegando a facturar la friolera de más de trescientos millones de euros y subiendo, con el laboratorio de investigación más puntero del país. La única cárcel la reformó, llevando a los presos a la Mansión del Reposo Emocional mientras durara la obra; volvieron todos más suaves que guantes, a base de mamporros de los chiflados, llegando a ser el centro penitenciario más inmaculado que se había conocido, con un retrato de Eladio en cada celda por si se ponían farrucos; la guinda del pastel fue el capricho de la insigne señora, su restaurante La Porrería, así que a imaginar con qué se adornaba la guarnición de carnes y pescaditos; un éxito indiscutible con lista de espera exceptuando a Pingralia, Fligido, Diego Miguel y Ana, que iban fin de semana sí y fin de semana también a colocarse un poco. Las fiestas de la ciudad se convertían en un homenaje a la vida durante la última quincena de Septiembre, y un desfile de carrozas con la atracción principal, la del manicomio, vistiendo a Eladio de drag queen arruinada con plumas de paloma filósofa:

—¡Gracias Gallarda, os quiero reinas!

Eladio fuera de sí con sus compañeros regalando calendarios de la dama peluda, medio desnuda sonriendo a la cámara, y una vez acabados se ponían a bailar el can can vestidos de tabernera parada sin ropa interior, televisado para toda la provincia como muestra de valentía por parte de sus gentes, que animaban el desfile. Ahí no quedaba todo, porque la traca final era Carmela, madre de todas las gallardianas y gallardianos presidiéndolo, soltando aguinaldo por cada fan que le besara la mano; una apoteosis de generosidad culminado con los padres de los amigos de Porfi, disfrazados de coristas tanto ellas como ellos, bailando al son de la canción “Qué pisos más buenos hacen aquí” en la carroza presidencial. Aplastante triunfo de organización y participación, con el jolgorio en los cuerpos de la mayoría de la ciudad. Porfidio estaba descentrado por la charla tenida con Don Salvador, sin acertar esa semana a hacer bien las gestiones que le pedía su padre:

—Pero hijo, ¿qué te pasa?

—No sé papá, es que no me encuentro esta semana.

Era lunes cuando respondió a su padre, y el miércoles recibió un mensaje de Rosita para verse; lo hizo al salir del trabajo para tomar unas tapas en un bar cualquiera del barrio antiguo; Rosita iba preciosa como era costumbre en ella, aunque Porfidio notó en su cara algo de preocupación:

—Dime por favor qué te pasa, porque algo te pasa.

—Que voy a echarte mucho de menos Porfidio.

—Llora si quieres, pero yo me quedaría con lo que hemos disfrutado juntos, y me siento muy contento por haberme regalado tu tiempo. La vida es ingrata cuando los caminos se separan, y yo entendí desde el principio que estuviste conmigo para quitarte el dolor que llevabas dentro; te toca estar con otra persona.

—Esa es la razón por la que tengo que decirte adiós, Porfi. Has hecho que me sienta especial y no puedo olvidarlo; llevo llorando días porque he conocido a alguien, llegando a sentir que podemos encajar muy bien. No me odies Porfidio, te lo ruego.

—¿Odiarte?; si siempre voy a quererte Rosita.

—¿Nos despedimos como amantes de verdad? —le rogó abrazándolo.

—¿Tú quieres?

—Lo estoy deseando, Porfidio.

Fue una noche memorable para los dos; Rosita besó a su ángel como si estuviera frente al cadáver del amor de su vida, ofreciendo un corazón restaurado en agradecimiento a la bondad porfidiana. Lo hicieron tres veces, amándose como solían hacerlo cuando intimaban, con pasión de veinteañeros y modales de señora y caballero desenjaulando al deseo, con una delicadeza y salvajismo propios de una película que hablara de amar perpetuamente. Las caricias de Porfidio quedaron tatuadas en la piel de Rosita para toda su vida, siendo recordadas en su vejez cuando le hablara a sus nietos de sus tiempos de estudiante, o del apuñalamiento de su corazón con el primer amor. Porfidio dejaba su impronta de joya humana, llevándola casi al amanecer al portal de su casa, y antes de bajarse del coche, Rosita besó su boca entre lágrimas para quién sabe si alguna vez se verán. Esa jornada de trabajo fue muy amarga, pidiendo permiso al padre para no portar por la oficina a la tarde; Pingralio lo dejó porque vio a su hijo entrar con las emociones muy bajas: Dios dirá al día siguiente. Ambos se quitaron la espina de la separación con sus respectivas parejas, nada seguras para ninguno de ellos, costando más de una semana que volvieran a la rutina emocional en el caso porfidiano, y a la novedad en el de Rosa. Lo lograron no sin antes quedar una vez más para restregarse en plan guarro, sin argumento ni conversación que valiera:

—Recógeme esta tarde que te vas a enterar.

Porfi captó el mensaje un viernes al anochecer con cena en casa pasando de largometrajes, enganchándose a amar en la clandestinidad, al jugar la una y el otro a dos bandas, pero el deseo les podía y las ganas de verse les hacía repetir, engañando a sus respectivos; era así la historia que estaban viviendo sin poder frenarla, con una pasión que alcanzaba cotas de escándalo vecinal como diría Valentoso; la verdad es que una vez acabado uno de sus asaltos, le dijo a Rosita:

—Somos esclavos del deseo; diosa del placer mundano, tu siervo viril siente ser el General de los Elegidos.

Rosita era feliz partiéndose de risa con sus salidas; no quería renunciar a esa felicidad, porque su nuevo novio exhibía nervios al estar con ella, por lo que no era él mismo, aparte de no ser por naturaleza la alegría de la huerta. A Porfidio le pasaba algo parecido con Luisa, y es que la mujer transmitía cada vez más amargor al llevar en sus espaldas tanto sufrimiento. Porfidio era Porfidio con Rosita, y Rosita era toda Rosita con su Porfi. Parecía entonces que estaban hechos el uno para la otra sin querer soltar a sus noviazgos, pero es que les encantaba ese juego. Les era fácil poner excusas a los traicionados sin el más mínimo remordimiento, aún siendo conscientes de lo efímero de su…¿relación?, exprimiendo el presente para insulto del mañana y beneficio del ayer aprovechado correctamente; la cuerda se rompió con un mensaje para Rosita:

Hola Rosita; puede que no quieras leer este mensaje y lo entiendo, pero es que llevo algo dentro que tengo que soltar, si quiero tener la conciencia tranquila. He sido yo el único culpable de todo lo que has sufrido, arrepintiéndome mucho, al no valorarte como la gran persona que eres; llevo ya un tiempo sin ti, y me doy cuenta de lo que te echo de menos. No sé si eres el alma correcta para mi, y por todo lo que te he hecho es muy probable que hoy no sea el indicado, pero te añoro Rosita. Si lees este mensaje debes saber que sigo y te seguiré queriendo, te pido perdón por todo el daño causado. Reflexionando mucho me he dado cuenta que al equivocarme te perdí; espero no sea para siempre. Eres libre de elegir, no como yo que me siento solo sin tu sonrisa. Si me respondes, te demostraré que todo lo escrito es verdad.

Se despidió Rosita de Porfi, sin derramar una gota de pena al explicar todo lo ocurrido para no herirle:

—¿Lo entiendes Porfidio?

—Sin ninguna duda Rosa; no he venido a este mundo para atar; vengo para complacer. Estar contigo ha sido una experiencia en toda regla, ¿podrás recordarme con cariño, como yo lo haré?

—Tampoco dudes de eso; olvidarme de ti será imposible, y nunca se sabe si volveremos a vernos; así es la vida de cruel y sorprendente; si no, no tendría sentido.

—Volveremos a vernos; mejor dicho, volverás a verme con poder para gente como tú.

—Estás muy loco Porfidio, pero puede que sea verdad, ¿y sabes por qué te lo digo?, porque tú podrás ser lo que te propongas, y eso está al alcance de muy pocos.

—Gracias Rosita, ¿quieres que te lleve a casa?

—Porfa, Porfi.

Porfidio dejó a su Rosa en el portal y dio la vuelta para poder descansar su espalda en el sofá, sin querer pensar en nadie; el mensaje de Luisa lo leería al día siguiente, que no estaba para líos. La jornada de trabajo se hizo pesada con despistes, al igual que la siguiente y la posterior, hasta que llegó otro fin de semana de tantos. El sábado por la mañana se levantó con un ataque de madurez, sacando toda la ropa de invierno y verano que no usaba; la apiló en cuatro bolsas y la llevó a una iglesia:

—Tengo que desprenderme de muchas cosas; quiero ser libre y estar tranquilo.

El camino correcto le condujo a dejar el armario ropero con lo estrictamente necesario, dándose cuenta del esfuerzo hecho por sus padres para poder él comprar caprichos de ponérselos bastante poco; su mente se aligeraba por una pérdida recordada y asumida. Era curioso verlo tan centrado en la tarea de dejar su piso claro de miras, limpio de enredos y cosas inservibles; sin darse cuenta, su evolución alcanzaba desde esa mañana niveles inimaginables desde que empezó la aventura del ciberlibertinaje. No satisfecho con lo que estaba haciendo, planeó sanear el resto de las habitaciones de cosas inútiles para su confort mental. Iba a dejar el salón y la cocina más despejados que la calva de Don Salvador, pero era para otro día, que quitarse de encima la ropa que no quería le ocupó toda la mañana. Comió libre para roncar a pierna suelta en su sofá insobornable. Tras el sueño largo y sin prisa que valiera, mandó un mensaje a Luisa por la tardanza en responder, pidiéndole quedar esa noche; Luisa estaba con un enfado de no me escribas, pero ganaba el deseo al orgullo, y quedaron. La recogió y fueron al centro de la ciudad para tomar algunas tapas sin planes preconcebidos. Luisa no articuló palabra hasta que se sentaron en una cafetería sin nombre ni prestigio conocidos. La atmósfera era cálida y compuesta de gallardianos de todas las edades, si pasaban los cincuenta. Vio la mujer el sitio adecuado para echarle el rapapolvos, en una esquina con vistas a no me importa lo que hay fuera. Porfidio sentía su malestar, pero tenía a Don Salvador de su lado, mientras que a Luisa la escoltaba un corazón decepcionado:

—¿Por qué has tardado tanto en responderme?

—Porque explicarle a alguien que ha sido traicionada no es fácil.

—¿Cómo?

—Lo que has oído; te he traicionado y no sabía cómo decírtelo.

—Pues ya me lo has dicho; ¿hay algo más?

—Sí, hay algo más. Decirte que todo el tiempo que he compartido contigo ha sido para que me hagas mejor persona, y como no soy capaz de hacer daño a alguien a posta, entenderé que no quieras saber nada de mi.

—Te agradezco tu sinceridad. Ahora va la mía; yo tampoco he perdido el tiempo y estuve con alguien como tú hiciste, y también he aprendido mucho contigo; he aprendido a procurar no engañar como hemos hecho los dos, a no guardarme cosas que me duelan, a decir lo que pienso con tacto, con educación si la persona que tengo a mi lado me importa.

—¿Y yo te importo? —preguntó Porfi con cara de querer retomar la aventura.

—Lo suficiente como para seguir disfrutando, ¿qué te parece? —respondía Luisa con el mismo deseo.

—Que estupendo.

—¿Te enseño algo?; espero que no pienses mal de mi, porque quiero estrenarlo contigo.

—A ver, sin miedo.

Luisa abrió a medias su bolso para que Porfidio viera unos juguetes eróticos, fabricados para satisfacer fantasías con límites; los que los dos pacten.

—¡Qué maravilla Luisa, eres la diosa de la creatividad púbica!

—¿Pero qué estás diciendo, te apetece?

—Pues claro, contigo y nada más que contigo, ¿cenamos?

—Mejor vamos a tu piso y ya comeremos algo después.

Se marcharon habiendo pagado Luisa la cuenta; esto no lo imaginaba Porfidio ni en sus sueños más calientes, animados los dos a la fiesta de pijamas transparentes, con Luisa llevando puesta una lencería marca sin botones y a bocados. Levantarse sin otra preocupación que dar de comer a dos estómagos llorones, fue lo que hicieron Porfi y Luisi. Iba Valentoso a salir de la cama para preparar café, cuando Luisa lo paró poniendo su mano en un muslo, pidiendo mimos y relax, el mejor comienzo de una mañana de misa para dos agnósticos; tras las caricias vino por ellos sabrán qué vez, más diversión y un desayuno de café descafeinado con tostadas de mantequilla francesa que a Luisa pirró:

—Está muy buena, ¿dónde la compras?

—En una tienda muy vieja del casco antiguo; ¿te suena Comestibles Rizo?

—Son muy caros

—Yo no escatimo en alimentación, y aconsejo a todo el mundo que haga lo mismo. Podrás tener un coche mejor o peor, pero en comida, calzado y colchón, no escatimes Luisa, porque la salud va en ello.

—Estoy contigo; ¿y qué vas a hacer después de dejarme?

—He quedado a comer.

—Espero que no sea con otra mujer, hemos hecho un pacto.

—Si te digo que andará por los ochenta y es un hombre, ¿te vale?

—¿Tu padre?

—No, mi guía.

—Chico no te entiendo, pero bueno, ahí queda.

—Es un amigo mío, un señor muy educado; no es lo que pensabas.

—Bueno Porfi, me alegra que así sea, ¿hablamos esta noche y me llevas a casa?

—Sin problema Luisa.

Dejó a su amor en una esquina a pocos metros de su casa por discreción, que significa miedo al qué dirán; odia el cotilleo, y la calle en la que vive tiene vecinos con lenguas largas. Porfidio se marchó al hogar del jubilado para comer con el pensador del reino, pensando:

—Me ha quitado mi pesar de un plumazo, ¿o de varios castañazos?

Su ánimo por seguir saboreando los sencillos placeres de la vida volvían a la carga, con permiso de sus obligaciones laborales y amigos de siempre. Llegó a tiempo para sentarse junto a su maestro, con el protocolario abrazo afectuoso:

—Don Salvador, ¿cómo está?

—Estupendamente desde que te he visto llegar, ¿comemos primero y hablamos después?

—Usted lo ha dicho y yo con gusto obedezco.

Tomaron antes del plato principal, que era paella de pollo campero (estaban hartos de pescado), unos mejillones al vapor con pimienta negra molida rociados con limón a precio de ganga. El arroz tenía una pinta indescriptible, con sus pimientos rojos y alcachofas de adorno. Los dueños del negocio miman a su clientela si quieren que repitan; el postre fue un tiramisú casero para Porfidio, y flan de café hecho por la cocinera para Don Salvador. Alimentados como sultanes, mojaron la comilona con tónica, ginebra y limón:

—Don Salvador, mi Rosita me ha dejado.

—Habrá vuelto con su novio.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé, lo intuyo. A veces me equivoco.

—Pues usted conmigo no.

—Porque te conozco mucho más de lo que crees. Tu locura te hace ser justo y sensible.

—Ya me gustaría a mi no tener esta locura.

—A ver chico. No podemos luchar contra nuestra naturaleza, pero sí controlarla un poco. Nunca renuncies a ella si quieres ser feliz; cálmala, nada más.

—Ya me doy cuenta que lo hago.

—¡Y nos vigilan chico!

—Por el móvil, seguro.

—No chico, mucho más. Por cierto, ¿cómo te sientes desde que puedes lograr lo que soñabas?

—Mucho más tranquilo, pero me da miedo porque me ven más frío.

—Eres más práctico, más feliz. ¿Estás enganchado a ese aparatito con…internet se llama?

—Cada vez menos Don Salvador. Ya no tengo la ansiedad que tenía; me falta ser un poco más…no sé.

—Te falta ponerte aún más el primero en la cola. Como te dije, vivimos la mayor parte del tiempo por y para los demás, ¿y a nosotros, quién nos llama, quién nos invita a compartir tiempo de su vida, quién nos pregunta cómo estamos?

—La verdad es que yo iba siempre detrás de la gente, llamaba mucho más a mis amigos que ellos a mi, y los ligues, ni le cuento. Me presionan todavía porque tardo a lo mejor más de una hora en responder.

—¡Ahí está el meollo del asunto! Quien te aprecie acudirá a ti, así que ponte el primero; ¿estás ahora con alguien?

—Sí; la he llevado a casa esta mañana.

—Bien hecho chico; sé un caballero siempre, pero a partir de hoy mismo sigues valorándote un poco más y responde cuando te llamen, debes estar pendiente de ti para poder dar a los demás; ¿vas a…chatear se dice, esta noche?

—Hablaré con esta mujer por la noche, y ya veremos luego.

—No lo hagas, hazme caso por favor; mantén lo que tienes y sigue a tu interés. El mundo funciona así, las personas son así. No llames a tus amigos en toda la semana, y el domingo que viene me cuentas; haz ver al resto que tienes tu propio mundo, tus propias metas. Eres un hombre único y más pronto que tarde lo verás. Has dado unos pasos enormes que te van a traer mejores cosas sin renunciar a tu naturaleza; domínala un poco y ponte el primero.

—Seguiré su consejo Don Salvador; y cuídese mucho porque lo necesito.

—No me necesitas chico; te necesitas a ti y necesitas a tus padres y amigos hasta que seas emocionalmente independiente.

—Si usted lo dice.

—No chico, lo dirá tu propia vida.

Dio un abrazo de despedida a Don Salvador para seguir con su crecimiento, visitando primero a sus héroes: papi y mami. Estaban como de costumbre, envejeciendo con dignidad, contándole lo bien que se encuentran ahora desde que Porfi va relevando a Pingri. Se llevó dos tápers de carrilleras en salsa congeladas, y cuando llegó a su castillo de ciento y pico metros cuadrados vio un mensaje de Luisa:

—Buenas noches, ¿lo has pasado bien con tu amigo?

—De lujo Luisa, ¿y tú cómo estás?

—Echándote de menos, con ganas de verte otra vez.

—¿Martes ó miércoles te vendría bien?

—Creo que sí; yo te diré, besitos.

Conversación escueta y al grano por una sopa con fideos finos y una pera. Porfidio y Luisa se entregaron al placer sin tapujos, pudiendo así llevar la semana con dulzura. Es más, la compra del pan la hacía Porfi, con indiferencia ante los ojos viciosos de Antoñita, porque salvo los ratos tan buenos que pasaba amando con pasión leonina, sus trajines transcurrían como si nada. Trabajaba con inercia y vivía su tiempo libre eligiendo, al dejarse llevar por su instinto y las palabras de Don Sabio Salvador, haciéndole cambiar su chip psicológico sin hastiarse.


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