Capítulo cuatro. Cambios para nadie.
Los chicos creciendo al ritmo de la ciudad que tornaba a ser una gran urbe, más que espabilada aunando mucho movimiento en su centro histórico. Se daban las primeras elecciones democráticas, saliendo elegido un desalmado enfermo de codicia llamado Juan Pablo Castillo, con permiso de quien o quienes realmente gobernaban: adoraba a su madre bebiendo devoción ciega por su padre, que alabó la ambición sin remordimiento alguno hecha desprecio al género humano. Don Juan Castillo mandaba a sus jornaleros a la misera, con enfermedades por no concederles descanso, a base de malos alimentos y horas de sueño ridículas. Con amigos en el poder por puro interés y su hijo paseando libros en la facultad de derecho, vio un filón en la política y ahí lo metió. En ese círculo debía llevarse cuidado con vejar a alguien, si querían enriquecerse. El flamante alcalde se rodeó de compañeros de juergas nocturnas, bien conocidos por ser unos impasibles asesinos de la bondad femenina, poniendo a las inocentes que caían en sus redes a los pies de la clínica clandestina practicante de abortos, al no ser de suficiente categoría para ellos. El más canalla de todos estos malnacidos tras Juan Pablo, se llevó la Concejalía de Urbanismo; Antonio Simón de la Torre se pegó a Juan Pablo desde la universidad, creyendo que algo rascaría, ¡y vaya si rascó! Lo primero que hicieron antes incluso de entrar a sus despachos, fue decretarse un sueldo de escándalo para empezar con el atraco. A puerta cerrada con su lacayo preferido, el excelentísimo elegido planeaba la gesta:
—Antonio, prepárate que vamos a ser muy ricos.
—Pero por poco tiempo Juan Pablo.
—No creas; el pueblo es idiota y traga mientras le demos ocio. Tú déjame a mi que verás; esto es territorio virgen. Vas a alucinar.
—¡Como las vírgenes que nos tirábamos!, ¿te acuerdas?
Las risas de los dos pavos reales se oían en los despachos contiguos, preparados para el expolio. La papeleta de Pingralio y Fligida, sirvió como la de tantos otros para ponerlos en los tronos; creían que estos dioses de la palabrería iban a dar a sus hijos y los de los demás un futuro mejor, por haber pisado la universidad. A los hijos de los trabajadores del edificio les importaban un bledo el alcalde y sus compinches. Estudiaban por obligación y placer sin ninguna vocación a la vista. Porfidio quería tener el carnet de Casanova, a la vez que los ordenadores personales ya estaban en comercios y negocios de todo tipo de tamaño, haciendo las gestiones un trabajo de niños. Porfi seguía devorando a literatos y poetas, para hacerse más brillante en sus discursos. Empezaban los tiempos de las salidas nocturnas con la facultad a elegir en sus cabezas; sus padres incitándolos a meterse en carreras insulsas, ¿debido a qué?, pues a la falta de interés por los deseos reales de sus hijos, menos dos excepciones: Pingralio y José, el padre de Joselito. Los dos preguntaron a sus respectivos qué querían ser, teniendo respuestas acordes con sus maneras de ser:
—Yo estoy meditando en hacer psiquiatría, porque la mente humana es un enigma padre; sobre todo la femenina.
—A la mente femenina hay que dejarla que se salga con la suya. Si no lo haces vas listo para echarte novia, hijo. ¿No te llama la atención estudiar algo que vaya con mi trabajo y me ayudas?
—No sé padre. Quiero pasar más tiempo con mujeres, ¡las adoro!, y sé que ellas sentirán devoción ardorosa por mi; tiempo al tiempo.
Pingralio se marchó a la cocina a beber el primer vaso de vino de golpe y no oírlo más. Apoyaría a su hijo en lo que quisiera embarcarse sin caer en la estupidez de su padre Ambrosio, mientras que Joselito no tuvo problema. Sus padres vieron a un artista sin techo, encaminado a un Grado Superior de Diseño y Moda. Este hijo iba a lograr lo que muy poquitos conseguirían: ser feliz traducido en rico honradamente y libre. El resto de compadres fueron acatando las manipulaciones paternas traducidas en “haz esto que tiene futuro”, o “la universidad te llevará a trabajos que tu madre y yo no hemos podido tener”. Mientras Anselmo era un portento de los arreglos, que soñaba con ser mecánico de coches y tener su propio taller, Juan Carlos el genio del cálculo matemático, siempre deseó ser profesor de instituto. El primero se metió en económicas esperándole una vida lineal y el segundo empezó derecho para hacerse un abogado de renombre, aunque terminando por aguantar a gente de la peor calaña, camino de una o varias bajas por depresión; ¿Silvio?: injusticia divina.
Los respectivos padres mientras tanto a aguantar en sus trabajos; Diego Miguel ganaba dinero aún más con su último ordenador, enviando facturas al laboratorio y comentándolo a Pingralio, a la vez que rememorando las hazañas de su Porfi:
—¡Tienes que comprártelo Pingralio!, ¡yo paso los pedidos como si nada!; estoy ganando mucho tiempo; voy a ahorrar para la boda de la cría.
—¿Y cómo está?, ¿ha superado lo de sus padres?
—Parece que sí; por fin mi mujer ha hecho los papeles para reconocerla como hija nuestra; estamos locos de contentos. Estudia mucho y sale con un chico mayor que ella; ya veremos.
—No te preocupes hombre. Ha madurado mucho y sabe lo que hace. Por lo menos bastante más que mi hijo, que está como un cencerro.
—Tu hijo es un artista. Mira que me ha hecho reír; ¿sigue con sus fijaciones?
—Ahora es peor; dice que va a montar una consulta de asesoramiento emocional. No sé qué hacer con él; mi mujer lo ha dejado por imposible, y el caso es que es muy noble. En fin Diego, que me ha tocado la china.
—No te preocupes hombre. Dale tiempo que tu hijo no te dará los disgustos que puedan dar otros como Silvio; es un cabrón, lleva la maldad en la sangre.
—Y bien puedes decirlo; el otro día lo vi fumando; va mal ese chaval.
Era el comentario de los vecinos y la vergüenza de sus padres; aceleraba su declive ofreciendo tabaco a sus colegas de infancia. Todos querían saber poco o nada de él. De un día para otro la familia se fue de allí, parando en un barrio peor. Anselmo, Porfidio y Juan Carlos no lo echaron de menos. Joselito respiraba en paz por una vez en mucho tiempo; salía con ellos por la noche pensando que a todo cerdo le llega su San Martín. La pandilla terminaba sus juergas nocturnas muerta de risa casi siempre porque a Porfidio lo sacaban de los bares a guantazos; preguntar a una chica en la primera conversación si quiere intercambiar fluidos es mal comienzo, por muy democrática que fuera la sociedad de Gallarda. Y a gallardas todos los viernes, sábados y domingos. Porfidio lo consiguió no mucho tiempo atrás con más pundonor: de lunes a lunes. Las chicas del edificio iban a su aire porque ya tenían muy vistos a estos. Se convirtió en un ritual llegar mamados al portal del edificio y recordando las trastadas porfidianas con mucho afecto. Los domingos por la mañana se levantaban famélicos, dios sabe a qué horas y sin decir una palabra; Anselmo comía para acostarse otra vez, Joselito entusiasmado con su compañero de estudios, ¿Porfidio?:
—A ver hijo; ¿qué hiciste anoche para dejar el jabón de la vajilla en el frigorífico y la botella de agua en la encimera?
—Muy sencillo padre; la cabeza a veces me da vueltas de tanto hablar con mujeres; el trabajo de libertador requiere un esfuerzo desmesurado; a fin de cuentas soy un héroe del amor.
A criar más canas en el sofá después de comer, para pensar de qué manera enderezar a este trastornado: pobre Pingralio. Y Porfidio a quitar la mesa y lavar los platos a mano, que el lavavajillas está de camino; por insolente. La ciudad de hormigón iba soplando esplendor en cada una de sus avenidas del centro. El alcalde se empeñaba en hacerla tan verde que dejara perplejos a paisanos y turistas, con parques a la inglesa, muy caros de mantener aunque dándole lo mismo a él, si era con dinero de los demás: lo de otros se despilfarra, pero lo mío se amarra. Cambiaban los nombres de las calles, pasando de generales y estrategas históricos, a memos incapaces de derramar una gota de sangre por los suyos. El nombre más sonado fue el que la Concejala de Ocio y Cultura (sobre todo lo primero), propuso o más bien impuso al Parque El Vergel, que es así como se le conocía. Carmela la Porrera era un personaje denso y difuso por pensamientos abstractos y afición a la grifa antes de acostarse. Juan Pablo la ha designado bien resignado por la cuenta que le trae, si no quiere ser despedido por el verdadero poder de la ciudad. Sobrina de un gobernador en la época oscura, la filósofa estaba loca de contenta con su puesto, al igual que sus compañeros:
—Tú sí que estás loquita, Carmelita —murmuraban por los pasillos.
Habiendo metido ya varias veces la pata, en una visita del nuevo presidente de la región para ver la marcha del tinglado, y de paso apuntarse como comisionado municipal (cobrar de donde pille), durante la reunión previa a la entrevista para unirse a la banda de ladrones trajeados, Carmela interrumpió el paripé cantando a su grupo preferido, Piojosos Ilustres con su éxito “Me pica el hojaldre”. El alcalde tragando saliva, el resto del equipo metiendo las cabezas debajo de la mesa y ella, la Gran Carmela, menuda y pelirroja con ojos de cárabo fumado, finiquita su exhibición artística con la siguiente perla:
—Don Julio Visedo; me ausento porque estoy en un momento creativo imparable. Puede que nuestro alcalde sea cojonudo pero yo, seré más —marchándose con aires de emperatriz.
El Señor Visedo no podía creer lo que había visto y oído; era un aperitivo comparado con la tropa de desquiciados que estaba por venir. A medida que la sociedad avanzaba, las consultas al psiquiatra crecían. Carmela era la punta del iceberg, siendo mirada por Don Julio con pasión por acribillarla, pero aguantando el tipo porque bien sabía él y algunos más que con la señora no podían jugar. El Parque de los Ilusos en vez de El Vergel, era el lugar de la ciudad al que venían Pingralio y Fligida a pasear cogidos de la mano, soñando con una vida en común sin muchos sobresaltos; el ingenio carmelino fue todo un acierto, ya que simbolizaría el sitio preferido para las jóvenes parejas que terminarían en divorcios sangrantes, a porrillo que se fuma la colega. Porfidio y sus amiguetes no lo pisaban; estaban ensimismados con nuevas conocidas, y otros menesteres más obscenos. Su prioridad era seducir pillando unas tajadas inclasificables. Anselmo se hizo devoto de los partidos de fin de semana, que veían juntos cenando en casa de alguno de ellos antes de salir de marcha, echando los ligues por la borda. Joselito se unía esperando al chico de su vida, Floriano Juarón; se gustaban mucho, quedaban a conversar durante sus descansos en una biblioteca, por miedo a la humillación. No entendían el por qué tenían que tantearse a escondidas, aunque confiaban en poder hacerlo sin tapujos pronto, para convertirse en un orgullo que duraría siempre en sus familias. Fue el gran José Menéndez quien desenterró la caja de los truenos una noche de balompié. Ya sabían que las películas puercas existían. Quedaron en casa de Porfi para ver el partido (sus padres se habían ido a cenar con un matrimonio amigo); Joselito llegó el último con una cinta de vídeo que el primo tercero de un vecino suyo le había dejado, siendo falsa la coartada, ya que era de sus padres: la encontró en un mueble del salón buscando un mantel con rosas bordadas que le encantaba. Al verla le dio un arranque de gallardía y se la llevó como buen patriota. Nada más aparecer, Porfidio le hizo reverencias aflorando sus nervios. La cinta llevaba puesto el título “Maravillas de la selva”, y Valentoso ya empezaba a emocionarse, aunque Anselmo dudara del contenido:
—Es un documental Porfidio, no te emociones. Vamos a terminar de ver el partido y luego la ponemos.
—¡De eso nada, ponla Joselito, porfa!
Porfidio estaba tan atacado que pasó el mando a Joselito; lo que empezaron a ver fue la primera escena de una película pornográfica con guión. El silencio se hizo con los cuatro dejando sus babas caer, pareciendo cuatro estatuas que apenas respiraban. Un fulano disfrazado de tarzán copulando con salvajismo en una selva desvirgada, y los chicos abducidos con la acción de amor sin amar. Porfidio estaba tumbado en el suelo con un desmayo de cine, y sus ojos blancos; Joselito fue el único en darse cuenta de la tragedia, porque Anselmo y Juan Carlos bebían su cubata sin apartar la mirada de la pantalla:
—¡Porfidio levántate, que es solo una peli!
—Joselito, eres el genio salvador de los incomprendidos seminales.
—¡Venid a ayudarme, joder!
—Eso quiero yo; joder sin parar —dijo Juan Carlos sin percatarse del desastre.
—¡Que Porfidio está en el suelo! —reaccionó Anselmo al ver a su amigo tumbado.
Levantaron al santo varón para sentarlo en su sitio, y seguir con el espectáculo gracias a la fortaleza de su cabezón, que se recuperó en un santiamén. Giraban sus cabezas para ver las faenas en diferentes ángulos. Se levantaron a la vez, y se pusieron a metro y medio de la pantalla para ver con claridad la apoteosis guarrindonga. De repente, Joselito oyó la cerradura de la puerta y sacó la cinta para guardarla en su chaqueta a la velocidad de una masturbación porfidiana. Entraban los padres del engendro y Fligida los saludó entusiasmada:
—¡Hola tesoros!, ¿qué hacéis que os veo muy tranquilos?
—¡Nada señora, hablábamos de historia! —dijo Anselmo al quite.
—¡Ah muy bien hijos!
Se levantaron y se marcharon sin más:
—¡Adiós señora! —se despedía Juan Carlos.
—¡Adiós Señor Pingralio! —se despedía Anselmo.
—¡Adiós Señora Porfidia! —decía Joselito muy nervioso con el cuerpo del delito.
—Madre, nos vamos a seguir con el coloquio donde quiera Dios acogernos —le dijo Porfidio sin más.
Se metieron en el ascensor con la risa entre dientes y a tomar el fresco; iban tan calientes que llevaban sus abrigos en los brazos; la faena mereció comentario:
—Es lo más grandioso que el cine ha creado; no hay nada más perfecto que lo que acabamos de ver —dijo Porfi maquinando Dios sabe qué.
—Sí hay algo más perfecto; tener novia —respondió sabiamente Juan Carlos.
Joselito no dijo nada y Anselmo quiso irse a casa aunque fue fácilmente convencido, que era sábado noche. Disfrutaron de la fauna de siempre, hablando con la gente de costumbre, y volviendo a sus casas bañados en alcohol duro con coca-cola, listos a dar colofón a la noche en sus habitaciones sin luz para que Dios no los viera, pudiendo ser castigados por marranos. Se despidieron antes de ir a cometer sus actos innobles con su lema de juventud: pienso luego me la machaco. Porfidio abrió la puerta con sigilo, tuvo un arrebato de pasión, se puso a buscar un regalo como el que esa noche recibió, intuyendo que sus padres eran amantes de la fogosidad. Las películas estaban escondidas, ¿dónde?, ¡en el armario del salón, debajo de unos manteles en el segundo cajón!
—¡Mis padres, eminencias de la liberación pasional!
Ni en sus mejores reyes magos había estado tan contento. Las dejó en su sitio muy reconfortado, sabiendo que tenía material suficiente para ejercitar su amor propio, marchándose a su catre medio mamado para descargar su falta de amor. El secreto era mudo ente los matrimonios que tanto habían renunciado a pecar ante la iglesia, siendo estos padres los proveedores de esta fuente de perversión, hecha alimento de corazones inteligentes. Al mismo ritmo con que lo prohibido llegaba a las casas del edificio, algo más peligroso se hacía hueco, destrozando futuros. La cocaína se quedaba arrastrando a jóvenes sin personalidad metidos en los reservados de los bares de copas. Tanto Pofidio como sus amigos del alma lo veían claro, con asco en sus caras:
—Yo nunca pienso meterme eso, tíos —afirmaba Porfi.
—Nos jodería la vida —pensaba Joselito en voz alta.
Proseguían sus marchas, con incorporaciones del mismo barrio que se acoplaban al grupo utilizando un arma infalible en la conquista del sexo contrario: vivimos en el centro. Una vida suave sin más preocupaciones que estudiar y divertirse, en vez de tener que jugársela en una batalla o salir a la calle a mendigar. Gallarda se hacía importante como antes no lo fue, con calles y arbolado enorgulleciendo al gentío que la poblaba, y los comercios abriendo de lunes a sábado, dejando un día para el descanso sagrado. Las cosas cambiaban con el dominio de grandes almacenes y supermercados, donde las familias tenían demasiado para escoger. Se montaron siendo Porfidio pequeño al igual que sus amigos, pasándolo en grande al admirar tanto surtido de comida y ropa, haciendo carreras con los carros por los pasillos de estos pabellones del exceso. Fligida y sus vecinas preferían confiar en las tiendas de ultramarinos de toda la vida, los mercados de los viernes y la atención exclusiva recibida en las mercerías. Porfidio quería vestir a la moda no habiendo dinero para todo:
—Madre, estos pantalones que me has traído y estas camisas son de pensionista con gastritis. Yo soy joven y apuesto.
—Pues hijo, búscalo tú y yo te doy el dinero, ¡pero que no sea caro!
Era el tonteo de ir a la última, dejando a un lado la mente y los corazones al importar la imagen por encima de cualquier otra cosa. Se creían los mejores al querer lo mejor, obteniendo lo que se merecían, y sus estudios los guiaban a construirse en diferentes razas laborales: la cobarde o conformista para recibir a Anselmo y Juan Carlos, y la brava por feliz que lleva el nombre de Joselito, al tener un valor sobrado para luchar sin temor a nada, como explicó a sus padres hace ya:
—Mamá, papá, voy a estudiar moda; si os gusta os lo agradeceré siempre, porque sé que tendré vuestro apoyo; si no es así, me buscaré la vida para hacerlo, porque quiero ser feliz y pienso conseguirlo.
Punto de inflexión en el cual sus padres se dieron cuenta del hombre que ya era, siendo nada más que un adolescente; jamás lo abandonaron. Queda una última raza de incorregibles, ¿la de Porfidio?; en efecto, porque aspirar a empujador profesional conduce a la ansiedad con alucinaciones y ansiolíticos de alta alcurnia. Esta carrera no se ha creado aún, así que optó como pasatiempo por la Filología Hispánica, encaminándose a aspirante a opositor. Sus amigos de vida plana terminaban sus licenciaturas, pero él les sacaba ventaja acabando antes de tiempo, lo que lo dejaría más zumbado: cosas de leer demasiado. Como no tenía nada que hacer salvo colgar un título para ennoblecer la habitación, se puso ayudar a San Pingralio en el negocio, dejando a todo el cuerpo comercial boquiabierto con su desparpajo; clientes y proveedores del padre se afanaban medio en broma medio en serio por ficharlo, pero el hombre les persuadía para que estuvieran quietos, si querían conservar sus vidas ordenadas. Porfi ganó durante un tiempo unos dineros que le venían de perlas para salir con sus compadres, medio guiados a resolver su futuro; Juan Carlos fue enchufado en un despacho, especializándose en todo lo que le daban para ver suciedad a más no poder, y Anselmo pasando facturas sin creatividad alguna. Se les veía más desahogados económicamente y tensos psicológicamente; Joselito se marchó a la capital del país, y sus tres amigos le hicieron una fiesta de homenaje, despidiéndole en el andén borrachos como cubas, pero a lágrima viva. Joselito y su Floriano se alejaban de la estación prometiendo volver en navidad; sus amiguetes aliviaron la pena vomitando en sus casas. Esto fue un domingo por la mañana bien temprano; el fin de semana siguiente tenían concierto, y estaban nerviosos porque era la primera vez que veían música en directo en el estadio de fútbol de la ciudad, cuyo equipo jugaba en cuarta comarcal; unos portentos que vivían gracias a las subvenciones de Carmela y su ayuntamiento. El grupo les daba igual porque lo importante era ver a tantas chicas juntas tarareando las canciones de una banda de pijoteros adinerados. Tuvieron que llevar mucho cuidado con Porfidio, al estar sitiados por tantas hormonas, y lo escoltaban dirigiéndolo por aquí y por allá para luego nada. Más de dos horas de tedio sin ligar, pensando los tres en otra noche tocando la zambomba: hay que honrar al nombre de su ciudad. De vuelta a sus castillos les salió de sopetón por una esquina un cadáver andante con una navaja:
—¡La pasta que os rajo!
La jumera se les fue de golpe, y Juan Carlos lo identificó al instante:
—¡Silvio, somos nosotros, Porfidio, Anselmo y yo!
—¡Que me deis la pasta! —acercando el cuchillo a Anselmo.
Porfidio empujó al saco de huesos:
—¡No nos das miedo Silvio!, ¿estás loco tío?
Entonces el despojo con piernas se puso a llorar pidiendo perdón y socorro:
—¡Estoy muy mal, necesito un chute ya! —derrumbándose ante ellos.
Con ropa recién sacada de un basurero o eso parecía, la mirada la tenía tan hundida que apenas se veían sus ojos. Un posible hombre guapísimo, transformado en un montón de huesos con sus órganos pidiendo el fin del partido, la piel amoratada y las venas de sus brazos bombardeadas a picaduras de jeringuilla. El pelo era tan grasiento que apestaba, con unas zapatillas deportivas a juego repletas de mugre y sin cordones. Las manos temblando y la sien sin dejar de esquiar sudor. Estaba en el pico de su síndrome, al estar horas sin un pico:
—¿Qué quieres? —preguntó Anselmo con la mirada valiente.
—Que me deis la pasta que tengáis tíos y me acompañéis.
Lo siguieron a un portal conocido por el esqueleto andante que daba buen caballo. En la puerta había un yonqui que hacía de vigilante por si se acercaba alguien no conocido; Silvio le dio una orden antes de subir:
—Que nadie los toque; bajo enseguida.
—Vosotros aquí conmigo y no os rajarán —les ordenó el drogata.
Los tres no tenían ni idea de la existencia de este inframundo, donde Doña Calamidad es la alcaldesa, y sobreviven una manada de muertos vivientes sin familias que les solucionen la papeleta; vidas ya hechas polvo por la papelina de polvo. Silvio bajó enseguida, dio una palmada a su colega de chutes y un regalo extra. Se largaron de la zona de guerra cagando leches, y cagados de miedo todos menos el cliente nocturno. El bloque de pisos del cual se alejaban era una maldición a la que no se acercaba ni un barrendero, con hogueras encendidas cada noche y esquinas salpicadas de papel de aluminio, jeringas compartidas y sangre pudriéndose. Era el único espacio de la ciudad que avergonzaba a los suyos, no sabiendo el alcalde cómo solucionarlo, aunque las familias sí: matar a los que metieron esa droga como aviso para el resto. En Gallarda, ni se os ocurra. Fueron a refugiarse a unos árboles que les eran bastante familiares; una hilera de pinos ya mayores que hay antes de entrar al que fuera su colegio, les hizo de cobijo para que Silvio preparara su dosis:
—No quiero que me veáis, así que de espaldas.
Confiaron en él hasta que oyeron a la piltrafa caer con la jeringa a su lado. La cara de Silvio era un poema al alivio, con su mirada cayendo al sueño eterno. Sus antiguos amigos lo miraban sin abrir la boca, y él les sonreía por estar casi vivo una noche más. No se atrevieron a preguntarle cómo llegó a esa situación, y él tampoco se lo iba a contar. Un rato largo y lentísimo pasó, cuando el pobre Silvio recuperó un poco el ánimo y mucho el hambre. Se despidió de ellos sin darles las gracias:
—¡Hasta luego, cuidaos mucho, y pedidle perdón a Joselito! —sin apenas fuerzas.
Compañeros inseparables, volvieron a sus camas derrumbados sin mirarse ni hablar. Tardaron una eternidad en llegar, estando a no más de diez minutos de distancia a buen ritmo, y estos iban como balas pero percibían el paso del tiempo con mucha pesadez. Los tres tenían una misma pregunta en sus cabezas: ¿quién le había llevado a ser un heroinómano?. No supieron nada desde su marcha del edificio hasta esa noche. Quien sí temió esta desgracia innombrable fue Fligida, al cruzarse con su madre un año antes en el mercado. La mamá de Silvio había envejecido a la velocidad de la luz; se movía sin gracia por los puestos buscando lo peor de lo peor al mejor precio. Cuando se vieron, Silvia se emocionó al instante porque sentía un verdadero aprecio por la madre de Porfidio y su marido. De ser la dama más deseada de su pueblo por estilosa y sonriente, a quedarse en la reina de los harapos y las ojeras; una caricatura de lo que fue:
—¡Fligida, virgen del amor, qué sorpresa!
—¡Silvia, cuánto tiempo!, ¿cómo estáis?
Le contó el motivo de su caída libre. El único hijo que tenía yéndose de sus manos por heredar el carácter de su cuñado, que murió apuñalado en la puerta de un bar debido a un asunto de faldas. Incluyendo robo de dinero y joyas antiquísimas de una abuela de Silvia, Silvio se lo comió todo para droga, sin tener la culpa de ser un calco de su tío Tomás, un rencoroso buscador de líos que terminó en la acera con el hígado agujereado. Esto llevaba a Silvia a ser un fantasma ambulante por el mercado, sin ganas de respirar. Fligida le dio dinero para una compra de dos semanas y armada de valentía, su número de teléfono:
—¡Hablamos pronto Fligida, y gracias mujer!
—¡Claro que sí Silvia, llámame!
Fligida no dijo nada a nadie, ¿excepto a su marido?; demasiado impactada se había quedado como para compartirlo, y eso que Pingralio sabe casi todo de ella menos del novio que tuvo antes de casarse con él. El encuentro con Silvio les provocó un par de días de insomnio al trío de ases, mirando hacia arriba y dando vueltas a las sábanas. Silvio en cambio, durmió como un bendito tras la dosis que se metió. Una señora vestida de negro acariciaba el pelo mugriento del joven, que no la sentía lo más mínimo mientras ella le hablaba:
—Pagas tu desprecio a los demás con el desastre en tus venas, y deseas que te lleve conmigo mi niño, donde no hay luz en la tierra y la oscuridad te asfixia con su poder. Duerme ahora, levántate mañana, que cuando yo lo diga te tumbarás para siempre, dejando a los tuyos tan dolidos que querrán que les visite pronto. Porque no cambias mi niño, y no te culpo por ello; daño hiciste sin querer, dolor recibirás sin merecer.
Al cabo de unos días, la experiencia vivida por los tres mimados se extendió como la pólvora al contárselo a sus padres, que no se extrañaron. Y casi a los tres meses, una llamada a casa de Porfidio hizo que el vecindario fuera un desfile de dramas de camino a la tumba, con Silvia descargando su pena sin control:
—¡Mi hijo de mi alma, me lo han matado! —mirando al cielo que la ha traicionado.
Vino Joselito desde la capital sin su novio, oyendo cómo nadie murmuraba; el chirriar de las suelas de los zapatos con la grava hacían de este desfile una desgracia monumental. Fligida y la madre de Joselito sujetaban a una mujer tan rota de pena, que tenía que pillar trozos de aire para desatar su rabia, e insultar a su mala suerte:
—¿Por qué me ha tocado a mi?, ¿qué he hecho yo?
Hubo gente que imaginó este colapso con un final muy diferente. Diego Miguel mudo viendo la tragedia tan cerca y dolorosa, al fijarse en Silvia que lloraba, sin descanso ni fuerzas para volver al coche de un vecino, sentarse y seguir soltando pena. No había ni habrá más rotura de corazones que esa tarde, con una madre arañando el ataúd y suplicando a los sepultureros que no lo bajaran. El palo de llevar a un vecino con una vida por delante al otro mundo, dio con Porfidio traumatizado perdiéndose en el camino de vuelta a los coches; Blanca lo vio al momento y fue corriendo para recogerlo, con Fligida y Pingralio pasmados pensando que a su hijo iba a darle algo, pero fue fuerte para volver con sus amigos al aparcamiento. Silvio descansaba a las siete de la tarde en el cementerio municipal, con tumba y misa pagada por los padres de los que fueron unos cursos sus amistades verdaderas, vecinos y madres que esa noche no cenaron. Fue necesario algo más que un día, para que la realidad volviera a sus vidas, excepto a la de los padres de estos chicos, ya que tenían que estar al pie del cañón quisieran o no. El luto les duraría mucho, para pasar a recuerdo homenajeando al joven, siendo ellos mismos. Porfidio como abanderado de los descerebrados de vuelta a su obsesión por la tecnología y las películas porno. En una de las suyas reunió a sus hermanos para meterse en un videoclub y echar un vistazo a la sección de cine para adultos; Valentoso bautizó a este género tan insigne como Cine de Pelo, metiéndose con los otros dos en una sala aparte mirando al suelo. Al entrar en el antro daban vueltas, mirando las estanterías atestadas de películas con títulos de lo más creativo: “No nos gusta estudiar”, “El ejército clitorial”, o “El rey prepucio, un monarca muy sucio”. En una esquina se encontraba la sección radical encontrando largometrajes más sugerentes: “Me mojo toda”, “Butaneros armados”, “Cuernos africanos”, o “Damas adúlteras para vergas sin úlceras”. Temían Anselmo y Juan Carlos el ataque de ansiedad porfidiana, pero no; estaba sumido en un trance sublime, con la esperanza de poder montar un negocio de alcance internacional dentro de esta industria, que ya movía cifras impensables al otro lado del atlántico. Su sueño se amasaba en un cabezón díscolo y creador de sensaciones. De vuelta a la madre tierra avisó a sus amigos:
—¡Tengo la clave para hacernos ricos!
Salieron a paso de chicos con prisa para no ser reconocidos y encerrados en un calabozo por pervertidos; ya en la calle, anduvieron más tranquilos con Porfidio meditando su negocio multinacional.
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